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(Antología de poemas leídos por
el autor. Cáceres, enero de 2006)
Basilio Sánchez nació
en Cáceres en 1958. Licenciado en Medicina y Cirugía
por la Universidad de Extremadura, posteriormente se especializó
en Medicina Intensiva, actividad que ejerce actualmente en su ciudad
natal. Con su primer libro, A este lado del alba, consiguió
un accésit del premio Adonais de Poesía en 1983, publicado
al año siguiente. Después de un periodo de silencio
de nueve años, en 1993 edita su segundo libro, Los
bosques interiores, en el que se perfilan ya nítidamente
el tono y los rasgos que singularizan su obra de madurez: una escritura
que configura el territorio poético de la mirada interior y
que hace de la contemplación un ejercicio de conocimiento.
Este libro, revisado en profundidad, fue reeditado en 2002.
Ha sido incluido en diversas antologías poéticas y colabora
asiduamente en revistas literarias nacionales y extranjeras. Entre
los años 2000 y 2003 fue codirector del Aula de Poesía
José María Valverde de Cáceres. Sus poemas han
sido traducidos a varios idiomas.
OBRA
Poesía:
1984:
A este lado del alba
1993: Los bosques interiores
1996: La mirada apacible
1998: Al final de la tarde
2000: El cielo de las cosas
2002: Los bosques interiores (2ª Edición revisada)
2003: Para guardar el sueño
2006: Entre una sombra y otra
Narrativa:
2002:
“El cuenco de la mano” en Relatos al atardecer
2007: “El cuenco de la mano” Littera
PREMIOS
1983: Accésit
del Premio Adonais por A este lado del alba
1995: Accésit del Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma
por La mirada apacible
2003: Accésit del Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma
por Para guardar el sueño
2005: Premio Internacional de Poesía Fundación Unicaja
por Entre una sombra y otra.
POÉTICA
Escribo
casi a oscuras, en las habitaciones pequeñas de la casa, donde
difícilmente podría caber un hombre. Me obstino en la
palabra que se dice al oído, que empaña los cristales,
que humedece los bordes de la página. Presiento que un poema
es un ruido que se intuye a lo lejos, la puerta que se abre al otro
lado de una misma ciudad. Por eso cada noche, después de que
el cansancio consigue disuadirme, dejo sobre la mesa una vela encendida:
la lámpara votiva de una iglesia sin culto, desprovista de
imágenes.
* *
*
Un
poema no es nada: un grito imperceptible en un extremo del aire de
la noche, la desembocadura del río de las palomas en lo alto
de la fachada de la casa. Un poema no es nada: la flor del aguacero,
la margarita azul de los canales; esa verdad que rondan, sin acercarse
a ella, las palabras inútiles.
Me lo pregunto ahora y no se trata de la luz esta vez, sino del territorio
menor de la penumbra, del teatro de sombras que alguien escenifica
para ti en la profundidad de una caverna. Sé que lo que conozco
es sólo una comarca de lo que no conozco; que todo lo que he
escrito no es, al cabo, más que un carro de bueyes transportando
de una página a otra, por el camino ciego del asombro, de la
perplejidad, una misma pregunta, un expectante e idéntico silencio.
Se vive la escritura como se vive el agua desde dentro de sus pequeños
círculos, el río desde la perspectiva de sus guijarros.
Se vive en la escritura como se participa de la respiración
de lo sagrado en cualquiera de las rutas del aire. Podrá tener
sentido o no tenerlo, pero ésa es la vida del poema.
Sumido en la cuaresma de mis debilidades, no escribo para el dios
de los hombres ni como testamento, sino como el que un día
abandona muy temprano su casa y, calle abajo, con las manos vacías,
convencido de que no habrá retorno, va alejándose hasta
perder de vista, definitivamente, la vida que ha vivido, el entramado
firme de sus propias certezas.
Me lo pregunto ahora. Un poema no es nada y, sin embargo, quizás
por un momento, alguna vez consigue redimirnos de nuestra originaria
condición de exiliados.
* *
*
La
habitación a solas, las cuartillas, la lámpara, todos
los utensilios de los miniaturistas. Esta vida que grabo poco a poco
en el fondo paciente de una taza, estas manos que han sido sedentarias,
hechas a la rutina de un único poema. Dentro de algunos años
viviré en las vitrinas, viviré en el esmalte saltado
de las tazas y en sus propios reflejos, en todos los objetos comidos
por el uso. Unos años tan sólo y entre una hoja en blanco
y una página escrita habrá una vida que he vivido dos
veces.





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