José María Cumbreño
(Cáceres, 1972)




Es licenciado en filología hispánica.
Estuvo vinculado durante varios años al mundo de la radio, con programas literarios en Onda Cero y la Cadena Ser. También fue colaborador de Diario 16.
Textos suyos han aparecido en revistas como Turia, Reloj de arena, Prima Littera, El extramundi o "Espacio/espaço escrito.
Ha publicado los poemarios Las ciudades de la llanura (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2000), que fue finalista del XV Premio de poesía Rafael Alberti, y Árbol sin sombra (Sevilla, Algaida, 2003), ganador del XXI Premio de poesía Ciudad de Badajoz.
Es miembro del consejo de redacción de la revista El espejo.
Ha obtenido el II Premio de Narrativa Corta Generación del 27 con la obra De los espacios cerrados.
En la actualidad trabaja como profesor de secundaria .

 


SOAR

He plantado una higuera al lado del estanque
para que endulce el agua la sombra de los frutos.

Tengo perros y un horno donde cocer el pan.

Imagino que el tiempo continuará pasando:
volverá a germinar una semilla
en el excremento de alguna bestia,
sellarán los eclipses el vientre de las vírgenes,
y seguirá precediendo a la lluvia
ese olor a placenta de la tierra mojada.

Ya no estoy seguro de que mi nombre
sea el que sacudió la boca de aquel ángel.
Tal vez las vísceras de los corderos
no augurasen la destrucción de la ciudad.

¿Y si no fuese yo
el que debería haberse salvado?
¿Y si aquellos extranjeros
se hubiesen confundido de puerta?

Me lavaré los pies, pondré sábanas limpias
en la alcoba de los huéspedes,
y aguardaré junto al fuego
hasta que se consuma mi memoria.

Imagino que el tiempo
es una escudilla volcada sobre la mesa.

¿Y si yo jamás me hubiese marchado?
¿Y si no hubiera creído
que el aceite que en el candil se quema
impide la incubación de las aves?
¿Y si en realidad aún estuviese en Sodoma,
paseando por el jardín,
observando cómo las hormigas
arrastran un escarabajo muerto?

Exige la llanura un tributo de hogueras
al que se atreve a cruzarla.

El vino se habrá enfriado, lo sé;
pero no espero a nadie,
porque nadie mide
lo que mide su sombra.

Me pregunto si será cierto
eso de que todos murieron.

Me pregunto si de verdad
huir me ha salvado de algo.

 

(de Las ciudades de la llanura)

 




LEÑA


El alpinista que perdió los dedos,
amputados por el frío,
después de tocar la altura.

Ha sido luz la ceniza.

Para que la leña arda,
hay que dejar que se seque.

Fueron los célibes los que plantaron
los frutales del jardín,
los que amontonaron ramas
y troncos con los que avivar el fuego.

Los aludes.

El olor del humo.

El mismo cuerpo no pesa lo mismo
a medida que asciende.

Se acumula la arena
en la desembocadura.

El hacha, por sí sola,
no derriba ningún árbol.

Algunos frutos no pueden comerse
en cuanto se han cogido.

El montañero que ataca la cumbre
adivina en sus manos insensibles
los síntomas de la congelación.

 


(de Árbol sin sombra)

 

 


Webs sobre el autor:
Escritores de Extremadura
Revista Literaria Margen Cero

Aula Francisco Aldana

 

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