La
literatura -incluso la buena literatura- se nutre a menudo de encuentros
impredecibles, efímeros sortilegios que otorga el azar, extrañas
divagaciones a la luz de una copa entre amigos y dulces, dulcísimos
raptos de la razón. No es infrecuente. Ejemplos hay para empapelar
los urinarios del Parnaso. La literatura, ya se sabe, es un juego de
espejos y la Poesía -con ser también otra cosa- es parte
de ese juego: ¿quién es quién en la aparente docilidad
del verso escrito? ¿Qué razón de más se
le condece a un poeta? ¿Ejemplo de qué? Nosotros, cuatro
amigos, aquejados con dudosa fortuna de empezar a ser considerados miembros
del clan, preferimos entregarnos al único experimento que de
verdad nos seduce: la verticalidad del tobogán. Fue en Alburquerque,
en abril de 2005, durante el último Congreso organizado por la
Asociación de Escritores Extremeños. Estaba allí
el tobogán, en medio de tanta erudición, ajeno a las incontables
amenazas que asolan a la literatura, atento sólo al sol y a la
fotografía.
Ahora llega a ti, lector, este libro, fruto del afán de conciliar
dos realidades: el azar y la poesía.