IMPRESIONES DE LECTURA


Por Manuel Simón Viola


Accedo gustosamente a la invitación de un grupo de poetas y amigos a escribir unas líneas liminares a esta breve selección de sus versos. La idea, me cuenta Antonio Reseco, surge de improviso en medio de las sesiones del IX Congreso de Escritores Extremeños celebrado en Alburquerque los días 9 y 10 de abril de 2005. Ahora ve la luz en las cuidadas ediciones de “Littera Libros” esta iniciativa vertida en un singular proyecto colectivo.

La repetida afirmación de tantos poetas de no considerarse integrantes de corriente alguna, interpretada frecuentemente como una “boutade”, traduce, en una lectura más benévola y, probablemente, más cierta, la sensación del verdadero poeta de caminar sin compañía, de deambular por un territorio desconocido, como un descubridor inseguro de sus hallazgos, como un pionero cuyas fundaciones no sabe si serán reconocidas algún día. Trabaja en el empeño de hacer algo nuevo con el riesgo probable de no ser comprendido, pues “no siempre la actualidad es capaz de reconocer el valor de algo a lo que es ajena por cuanto no le pertenece, por cuanto es una desviación recién aparecida de lo anterior, una evolución que aún la historia no ha demostrado que sea válida” [Serafín Portillo] No opera en ellos un desmesurado propósito fundacional (de un movimiento, de una escuela), pero tampoco se resignan a la efímera popularidad de los epígonos. Aspiran, naturalmente, a elaborar una obra maestra (ese es el sentido de tanto esfuerzo), pero son conscientes de la improbabilidad de su empeño y de la seguridad de la falta de reconocimiento, pues la obra que “escrita en un tiempo preciso, escapa de su pequeña historia singular y textual para pertenecer a todos los momentos de todas las épocas sin ser exclusiva de ninguno” siempre será, como recordaba Portillo, extraña al presente ya que “su esencia literaria la sitúa en el pasado y su excelencia literaria la proyecta hacia el futuro, de modo que, en nuestro caso, no caben preocupaciones: si de pronto apareciera el genio, no estaríamos en condiciones de reconocerlo” [Hidalgo Bayal].

En la lectura de la obra de estos cuatro poetas (tan próximos temporalmente como diversas son sus propuestas estéticas: José María Cumbreño, 1972; Antonio Reseco, 1973; Hilario Jiménez, 1974, y Daniel Casado, 1975), sin duda la parte más gozosa del trabajo, he creído adivinar, por encima de especificidades personales, este rasgo común: el empeño por hallar un itinerario personal, no importa si está lleno de deudas lectoras, la búsqueda de una expresión individual de temas universales, en textos únicos e irrepetibles, impulsados en una dirección que tiene la originalidad como meta y la ininteligibilidad como riesgo, pues, en palabras de Ramón Nieto, el poeta “trabaja y crea más allá de sus límites, quizá porque la creación -como el universo- se encuentra entre su límite y unos centímetros más allá, donde no sabe qué hay, o a lo sumo sospecha que hay una irradiación. Algunos han cruzado ese insondable punto donde lo material se vuelve evanescente, y no han querido regresar”. Y esta misma impresión nuclear comunican las brillantes metáforas lorquianas: “El poeta que va a hacer un poema tiene la sensación vaga de que va a una cacería nocturna en un bosque lejanísimo. Un miedo inexplicable rumorea en el corazón. Delicados aires enfrían el cristal de sus ojos. La luna, redonda como una cuerna de blando metal, suena en el silencio de las ramas últimas. Ciervos blancos aparecen en los claros de los troncos. La noche entera se recoge bajo una pantalla de rumor. Aguas profundas y quietas cabrillean entre unos juncos... Hay que salir”.

Puesto que en esta ocasión, debido a obligadas limitaciones editoriales, no hay espacio para una aproximación crítica a su obra no vamos siquiera a intentarlo. Entendemos, además, que calificar a un poeta por una de sus obras, incluso por una etapa de su trayectoria, no deja de ser una desmesura crítica, máxime si, como es el caso, nos estamos refiriendo a creadores muy jóvenes, más propensos, por ello, a bruscos quiebros de dirección, a cambios de género o abandonos. Nos limitaremos por esa razón a dar una “impresión de lectura” de los textos seleccionados sin perder de vista el resto de su obra publicada hasta hoy.

Los poemas de José María Cumbreño incluidos en esta selección proceden de todos sus libros elaborados hasta ahora, publicados e inéditos. Mientras que sus textos en prosa exhiben un experimentalismo lúdico (que recuerda, por momentos, las greguerías de Gómez de la Serna o algunos textos de Julio Cortázar), los poemas de sus libros editados revelan una cierto parentesco, pues ambas obras nacen ligadas a la tradición cultural del cristianismo (de ahí la reiteración de símbolos dilectos de esta misma tradición: el aceite y la sal, el fuego y el agua, el pozo y el árbol...). Del primero de estos dos libros destaca la presencia un trasunto poético, el bíblico Lot, quien a salvo en la aldea de Soar recuerda los episodios narrados en Génesis 19: la huida de Sodoma, la destrucción de la ciudad, la conversión de su esposa en estatua de sal..., personaje que convive en el libro con otros situados en vísperas de un viaje (que muy bien puede ser el postrero: un habitante de Herculano contemplando, por última vez, el Vesubio, un pasajero del Titanic...).

De las composiciones de su segundo poemario sobresale la reiteración de dos motivos nucleares comunicados mediante imágenes autónomas de un notable poder visual: uno es el del sin sentido de una realidad que existe sin un destino, que se traduce en ese “árbol sin sombra” del título, pero también en la lluvia sobre el mar, en los “buzones de las casas / deshabitadas”, en “los aljibes secos”, en el “libro intonso”...; el segundo recoge un topos antiquísimo presente en Heráclito, en Petrarca o en Fernando de Rojas, quien en el prólogo a La Celestina recuerda, y traduce, al filósofo griego (“Omnia secundum litem fiunt”: todas las cosas son criadas a manera de contienda o batalla) y al poeta italiano (”Sine lite taque offensione nihil genuit natura parens”: sin lid e offensión ninguna cosa engendró la natura, madre de todo), comunicado en el poemario mediante la sucesión ciega de crueles paradojas en que se resuelve la existencia, en una danza irracional de vidas y muertes: “El sol que abre las flores / es el mismo que las agostará”, “El macho que se ha comido a las crías / para que así las hembras entren de nuevo en celo”

Un lugar conocido, de Antonio Reseco, del que proceden dos poemas de la presente selección, se configura como una metáfora espacial cargada de significados: remite, de un lado, a un ámbito físico propicio para la creación (la casa solitaria, los alrededores, el patio arbolado...), pero este lugar conocido es también la memoria, ya que la contemplación en soledad de un entorno natural se ve asaltada por el recuerdo de un pasado repleto de vivencias en contraste con un presente que se percibe como un espacio vacío. “Enhebrado el hilo del tiempo”, los poemas recogen en su superficie sensaciones de tiempos distantes, en diversas horas y estaciones del año que transfiguran, de un modo impresionista, la naturaleza descrita.

Poemas como “En el claustro” o “Esquema de Down Road” anuncian su siguiente poemario, Anotaciones del viaje, cuyo título define tanto el motivo nuclear como el tono diarístico: una exploración de la realidad mediante la captación de instantes tanto en el momento de la visita como en el de la memoria, esto es, en el momento de reelaborar unas impresiones ya sedimentadas. En el libro pueden rastrearse, por lo demás, ciertas huellas culturalistas como la predilección por ámbitos marcados por la historia y la tradición cultural (“Mañana en Vysehrad”, “Ciudad del norte”, “Alhambra”, “Schönbrum”...), a la vez que un tono ecuánime, melancólico y reflexivo impregna este viaje a lugares definidos pero también a tiempos inconcretos y a percepciones futuras”, en el que tal vez sea el más valverdiano de los libros de Reseco (con ecos de Una oculta razón o Mecánica terrestre).

Los textos de Hilario Jiménez Gómez proceden de dos poemarios, En un triángulo de ausencias (2002) y Versos color naranja (2003), a los que se suman dos composiciones inéditas. Los libros de Hilario sorprenden por su cuidadosísima estructura que recuerda el esmero con que Jorge Guillén ordenó las sucesivas versiones de Cántico (número impar de bloques con el central por eje, etc). Este es el caso de Delirio in extremis de un aguador con sed (una antología temática con los motivos del nacimiento y la muerte situados respectivamente en la apertura y en el cierre del libro) o de En un triángulo de ausencias, que se inicia con la mención de un conocido poema de Miguel Hernández (“Llegó con tres heridas”); de hecho, todo el libro no es sino el desarrollo lírico de esta hermosísima composición, tanto a nivel formal (tres bloques, cada uno con tres apartados, más un “epílogo (a tres voces)”), como temático, pues vida, muerte y amor serán los temas universales que poetice.

Marcado por los poetas del veintisiete (en especial por Alberti y Lorca: de ahí el empleo de ciertos recursos neopopulares unas veces, por un irracionalismo surrealista otras: “Eclipse de cuatro lunas frente a una estrella”), así como por la pintura, sus poemas suelen incorporar episodios o motivos cargados con un fuerte componente emocional (singularmente, con la muerte planeando sobre las composiciones o acudiendo a su cita en el cierre de los poemarios).

No es infrecuente que en sus poemas convivan la contemplación de la realidad y la reflexión (véanse unos versos de “El tiempo”: “¡Qué daño nos hace a todos! / Pienso hoy / a esta hora / cuando observo unas flores ya idas / que caen como lágrimas desde el jarrón”), pero, como sucede en este ejemplo, las composiciones tienden a incorporar desarrollos previsibles, a la vez que adolecen de una falta de elaboración formal, rasgos ambos que contribuyen a acentuar la impresión de lugar común, de texto ya leído.

El viento y las brasas de Daniel Casado es un intenso poemario que tiene como tema el amor y sus emociones concéntricas, probablemente el motivo lírico más transitado en la historia del género, circunstancia de la que el poeta es consciente (“¿Qué decir ahora / que todo ha sido ya pronunciado?”) y que hace aún más perceptible la impresión de libro necesario, de poesía que se impone por ciertas experiencias vividas, encarnadas en los dos símbolos del título: “La brasa que es deseo y vocación, el viento que es azote pálido y fugaz, circunstancial y doloroso, son aquí dos símbolos de una pasión que arde más allá del verso, con la urgencia y el orgullo de esas hogueras que marcan, en la noche, los dominios del deseo”.

Los motivos del carpe diem (“Madrigal de todos los santos”), los instantes gozosos de la unión, las evocaciones de momentos pasados, la separación (“Mérida-Roma, agosto de 2002”) dibujan el paisaje de una pasión creadora y destructiva a la vez (como el viento que aviva las brasas pero acelera su consunción, su paso a cenizas), “a fuerza elementos de un paisaje / que en nosotros nace y se destruye”.

El proyector de sombras
es un conjunto de poemas en prosa que tiene por tema la memoria, pues de un ejercicio del recuerdo acaba por convertirse en metáfora (así como un viejo proyector no hace sino arrojar sombras sobre una pantalla, el recuerdo proyecta sobre las páginas del libro momentos de la niñez y de la adolescencia). Estos instantes del pasado son contemplados ora con una perspectiva infantil (pues con la niñez, “esos días atravesados por los símbolos”, regresa asimismo la mirada del niño: “El afilador ha entrado bajo las sábanas”) ora desde un presente adulto, levemente nostálgico, que procura comprender y comprenderse: “Yo aprendía, sin saberlo, la inutilidad de la belleza”.

Estos son los cuatro creadores de los que se ofrece una pequeña muestra bajo un epígrafe ("Cuatro poetas en un tobogán") cuyo sentido no es metafórico, ya que ninguno de ellos se halla en un camino descendente, sino, como dijimos, anecdótico: un encuentro que tuvo mucho de casual y una fotografía que lo fija, una fotografía real que uede verse y que, tal vez, quede para la historia de la poesía y, con toda seguridad, para la historia de sus trayectorias individuales.




MANUEL SIMÓN VIOLA MORATO (Badajoz, 1955) es Licenciado en Filología Románica y Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura. Desde 1978 imparte clases en los niveles de Enseñanza Media hacia los que va dirigido su primer trabajo: Introducción al comentario de textos (Método y práctica), Don Benito, 1992 (reeditado en Badajoz, 1996). Interesado por la pedagogía y por la creación literaria en nuestro siglo, es autor de Medio siglo de literatura en Extremadura, 1900-1950 (Badajoz, DPDB, 1994, segunda edición en prensa). Además de colaborar en diarios (Hoy, Extremadura, ABC) y revistas (Catreda nova, Revista de Extremadura, Revista de Estudios Extremeños, Oeste Gallardo, Frontera, Ventana abierta de Don Benito, Empresa 92 de Mérida, Hipsipila de Colombia...) así como en otras obras colectivas (El libro extremeño en la enseñanza. Mérida, ERE, 1994), ha prologado el poemario de J. Javier Soto Ruiz, El pájaro mudo (Salamanca, Universitas, 1982) y preparado las ediciones de La sangre de la raza, de Antonio Reyes Huertas (Badajoz, DPDB, 1995), Ocho estampas extremeñas con su marco, de Francisco Valdés (Badajoz, DPDB, 1998), esta última en colaboración con José Luis Bernal; Estrechando círculos. Antología de escritores extremeños y caldenses (Don Benito, 1999) y de una Antología poética de Manuel Monterrey (Badajoz, DPDB, 1999). Es autor de La narración corta en Extremadura (Siglos XIX y XX). I, II y III (Badajoz, DPDB, 2000) y coautor de Extremadura. Ayer y hoy. I, II y III (Madrid, Cultural S.A., 2000), una antología temática sobre Extremadura, en un vasto proyecto que abarca a las diecisiete comunidades autonómicas españolas. Recientemente ha visto la luz Ficciones. La narración corta en Extremadura a finales de siglo (Mérida, Editora Regional, 2001). En la actualidad, Manuel Simón Viola es ponente del taller de Cuento y poesía de la Universidad Popular de Don Benito.

 

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