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Velintonia, 3
30 de septiembre de 2006

Esta mañana un número importante de intelectuales se han concentrado en la que fue la residencia más célebre del poeta Vicente Aleixandre, la mítica casa de la calle Velintonia 3, en el centro de Madrid. Verdadero refugio de la poesía grande de este país: Lorca, Cernuda, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Claudio Rodríguez, José Hierro, Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines... pasaron, entre otros, por la hospitalaria residencia del poeta.

En Velintonia 3 vivió Aleixandre desde 1927 y en ella acogió, una mañana de 1977, la noticia de la concesión del Premio Nobel de Literatura otorgado por el Rey de Suecia. Antes, mucho antes, hubo de sufrir un "largo exilio interior" entre esas paredes debido tanto a su maltrecha salud como a su legendaria cabezonería. Federico García Lorca leyó en esa casa por primera vez los «Sonetos del Amor Oscuro» al abrigo de unos pocos amigos privilegiados y bajo la atenta mirada de Sirio, el perro más leído de su generación. A la puerta de esa casa plantó Aleixandre un joven cedro que hoy se pudre ante la desconsideración de las distintas administraciones. La que fuera recinto y cobijo de buena parte de nuestra historia literaria, la casa Velintonia 3 sobre la que tanto se ha escrito y que almacenó durante décadas la biblioteca del poeta, es hoy un caserón abandonado a la nostalgia de unos pocos que se obstinan en recuperarlo. Esos pocos locos -nosotros, los solitarios, que diria Nietzsche- han creado una plataforma para exigir la rehabilitación del inmueble y su consideración de Tesoro Nacional. Sólo en España puede darse un trato así a la memoria de un Poeta mayor como Vicente Aleixandre. Y uno entiende, cada día más, aquello de sentirse un español sin ganas, como proclamó Cernuda.

En Internet circulan numeros artículos denunciando la actual situación del inmueble, entre los que destacan las firmas de Antonio Astorga (ABC), Fernando Delgado (El País) o Juan Planas (El Mundo). Esperemos que esta movilización sirva del algo y que la desfachatez de ciertos responsables políticos no consiga acabar con los vestigios de la que fuera casa grande de la poesía española. Parte de una Historia que también nos merecemos.

 


El descanso
29 de septiembre de 2006


No había vuelto a verla desde entonces. Hoy he vuelto a cruzarme con ella y ni siquiera me ha reconocido. No sé si lo agradezco, tal vez sí. Tal vez hice lo que debía.

Fue hace un año, más o menos; una tarde me llamaron de la Biblioteca para decirme que una señora preguntaba por mí y que si le daban mi teléfono. Al parecer era urgente y a la señora se la veía afligida. Les dije que podría hablar con ella el jueves, unos minutos antes de comenzar la sesión del Club de Lectura. Así se lo transmitieron. Dos días después, allí estaba ella, puntual, sentada sobre una silla y con las manos cruzadas. Se trataba de una anciana, una anciana de las de antes, es decir, de las de toda la vida. Yo me entiendo. Vestía un luto pertinaz y tenía la expresión rota de quienes han sufrido más de la cuenta. Su rostro era un enjambre de arrugas y al fondo de aquel rostro, entre surcos, casi aplastados, dos ojos negros me excrutaban sin piedad:
-"Hijo, necesito que me ayudes. Me han dicho que tú sabes escribir. Tienes que hacerlo, es por mi hijo ¿sabes?"

Desconcertado -¿Quién le había hablado de mí? ¿Con qué intención?, ¿Qué utilidad podía tener yo para aquella pobre mujer?-, le ofrecí sentarnos en la sala de lectura infantil de la biblioteca, que estaba casi vacía a esa hora. Fue como una tregua para ella, que inmediatamente cambió de táctica: "Sabía que podía confiar en tí, hijo mío. Gracias, muchas gracias". Iba a decirle que aún no había hecho nada por ella, cuando empezó, sin más, a relatarme su drama.

Al parecer, había perdido hacía casi dos años a su único hijo por culpa de la droga, "bueno, de la droga, no, la verdad es que me lo mataron ¿sabes?. Mi hijo estaba pillao por el caballo pero él era bueno, demasiado bueno, mi pobre, pero las mujeres le engañaron siempre, y luego tuvo mala suerte, muy mala suerte..." El caso es que en su periplo por diversos centros de rehabilitación, recaló en un piso tutelado, compartido con otro toxicómano. Éste le engañó y le robó varias veces, pero al parecer las que peor lo trataron fueron las ats que debían vigilar y controlar su tratamiento. Un mal día, el hijo se metió más de la cuenta y la dosis fue mortífera. Lo encontraron a la mañana siguiente, sin vida ya, tendido en el suelo de su habitación.

Hasta aquí el relato de unos hechos tan feroces como, por desgracia, habituales entre quienes viven de cerca el drama de la droga. Lo que ahora pretendía la anciana madre, es que le ayudara a escribir una carta a Sus Majestades los Reyes de España para que mandaran cerrar el centro donde "habían asesinado a su hijo". Como puede verse, la buena mujer no se andaba con chiquitas. Tenía claro que a su hijo lo habían empujado a una muerte segura y ésa era, desde aquella fatídica mañana, su causa, lo único que la mantenía con vida en este mundo de injusticia e insolidaridad. Ahora quería escribir a la Reina, "porque ella tiene sensibilidad con la droga", para que intercediera en el asunto y declarara aquel piso infame y aquella administración ineficaz como responsables del vil suceso, y causantes, en último término, del precario estado económico en que había quedado.

"Eso es, hijo, mío, lo que quiero que pongas por escrito para que la Reina pueda entenderlo muy clarito. Si de verdad le entregan la carta, estoy segura de que hará algo por mi hijo", añadió. Y se ahogó en su pozo de lágrimas. Ante este panorama, compungido y nervioso al mismo tiempo (la sesión del club debía haber comenzado hacía diez minutos), le dije que intentaría hacer algo por ella, pero que no veía claro cómo. Le pedí su teléfono, no tenía. Le dí el mío. Antes de levantarme, besé sus manos cruzadas, como apretando un invisible rosario, y le prometí que vería la forma de tratar el asunto y analizar los hechos fríamente.

Me llamó esa misma noche. Quería preguntarme si iba a necesitar la dirección del centro para "tramitar la denuncia". ¿Denuncia? ¿Qué denuncia? No vamos a denunciar a nadie, le dije yo. "Pero tenemos que cerrar ese centro, Daniel, tenemos que hacer que paguen lo que le hicieron a mi hijo", su voz sonaba quebrada y seca pero nítida. Nitidísima.

Casi no duermo esa noche. A la mañana siguiente, la anciana me presentó algunos papeles de varias clínicas, vagos informes médicos, análisis de sangre... Le dije que lo mejor que podía hacer era poner toda esa información a disposición de un abogado y, si tenía pruebas certeras de los hechos, tramitar una denuncia. Le insití en que no necesitaba la intercesión de la Reina, sino la de un abogado de oficio. Nunca olvidaré esa mirada, entre el fuego del rencor acumulado y la nieve de su dolor tan real como incrementado a costa de mortificarse vanamente.

Le dije que no podía hacer nada por ella. Escribir una carta sin pruebas, inducida sólo por el dolor y el resentimiento, aun cuando hubiera en todo ello un legítimo deseo de justicia, no la llevaría a ninguna parte.

Recogió sus papeles sin mirarme siquiera y se perdió en la lentitud de la tarde. Recuerdo sus zapatillas negras y el olor a medicamento, a soledad, a fracaso.

Acabo de cruzarme con ella. Es ahora una sombra que no conoce el descanso. El dolor por el hijo muerto es lo único que la mantiene con vida. Ella no tiene rostro, ni cuerpo, ni sombra, sino la sombra del hijo, que tanto pesa.


Alguna razón
26 de septiembre de 2006

Caigo ahora en la cuenta de que llevo varios meses leyendo novelas, una tras otra, sin decidirme a poner freno a esta pasión de mirar hacia afuera y sentir el mundo a través de lejanos acontecimientos y extraños devenires que, más allá del innegable deleite que proporcionan, han distraído por completo mi necesidad de recogimiento. Al contrario que la novela, la poesía (también la lectura de la poesía) exige al lector mirar y sentir desde sí mismo -con poca o nula concesión a lo ajeno (porque nada es ajeno en poesía)- hacia afuera, al pardo océano de la realidad. Esta desatención viene acompañada en mi caso de una indeclinable pereza por escribir poesía que nunca antes había conocido. De hecho, escribo estas líneas para fijar por escrito lo que viene siendo un sonoro rumor interno: la evidencia de que en todo este año apenas he escrito poesía. He querido escribir, sí, casi a diario. Pero ya uno sabe que la observación de cualquier disciplina más o menos rígida sólo ofrece versos mediocres, estériles poemas donde es fácil advertir la autocomplacencia o forzar la voz. Por eso no escribo desde hace casi un año, salvo dos poemas fechados allá por la lejana primavera que se presentaron con la irreprimible urgencia de lo casual y tal vez por ello me parezcan hoy los menos malos que he escrito nunca. El caso es que sigo mirando hacia afuera, con culpa, sí, y con cierta desvergüenza, sometido por ese mar maravilloso que llamamos literatura y que poco, salvo el lenguaje que utiliza, tiene que ver con la Poesía.

Terminaré esta noche la lectura de Uno, ninguno y cien mil (Acantilado) de Pirandello y ya estoy deseando hincarle el diente a Torquemada en la hoguera de Galdós (Periférica) y luego a la relectura de los Relatos de Henry James. Con James comencé a disfrutar de la literatura, durante una turbia y breve adolescencia que sólo conseguían aplacar sus historias de fantasmas, como lisa y llanamente se titulaban en aquella colección por fascículos dirigida por Juan Tébar para Ediciones Forum, la ya mítica Biblioteca del Terror. Los cuentos de James, lo sabemos, no causan terror sino algo aún más perturbador e insólito: la belleza de un horror doméstico, propio, interno, alojado en lo más profundo de nosotros mismos.

Sabido es que todo temor es irracional. Todo miedo, toda alerta proviene de nosotros, de alguna razón que subyace en nuestro inconsciente, en la eterna vigilia de las ideas y los conceptos. El objeto de ese miedo en la mayoría de las ocasiones no existe.

Hay un temor en mí a escribir poesía, a volver incluso sobre lo escrito. Como si todos los fantasmas que la dura luz del día oculta pudieran levantarse de nuevo y llamarme con la acostumbrada familiaridad de lo desconocido. Por eso prefiero leer novelas, ensayos, libros de toda índole, revistas... y seguir así asomado a la ventana ajena de la literatura sin contar los días, los meses, los años que dura ya el juego en el jardín vacío, antes que una voz -mi propia voz- termine de contar en voz alta -a solas, contra el muro- y, dándose media vuelta, pronuncie: "Tres, dos, uno, cero... Voy!"


Masturbación de interrogantes
25 de septiembre de 2006

Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
Cuando se despertó el dinosaurio, todavía estaba allí.
Cuando todavía estaba allí, se despertó el dinosaurio.
Cuando el dinosaurio todavía estaba allí, se despertó.
Se despertó allí, cuando todavía estaba el dinosaurio.
Todavía estaba allí cuando se despertó el dinosaurio.
Allí, cuando el dinosaurio se despertó, todavía estaba.
Todavía allí, se despertó cuando estaba el dinosaurio.
Allí estaba todavía, cuando se despertó el dinosaurio.
Todavía estaba allí el dinosaurio cuando se despertó.
Allí estaba el dinosaurio todavía, cuando se despertó.
Cuando se despertó, todavía dinosaurio, él estaba allí.

(…)

(Conjúguese tantas veces como permita el insomnio)


La belleza escatológica de Masoliver Ródenas
24 de septiembre de 2006

Domingo, a media mañana: después del trasnochón sólo me quedan fuerzas para tumbarme en el sofá y elegir una lectura ligera, no exenta -a poder ser- de acción y buenas dosis de trivialidad. Me decido a tantear el volumen de Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939) que lleva días sobre mi mesa esperando un momento de debilidad como éste. Se trata del segundo libro de relatos cortos (algunos muy breves) de su autor, catedrático -por más señas- de literatura española y latinoamericana de la Universidad de Westminster. El volumen lleva por título La noche de la conspiración de la pólvora y ha sido editado hace unos meses por El Acantilado. Como siempre, abro el libro al azar y comienzo a leer: "Camila se dirigió al rincón de las hojas podridas, se levantó la falda de su vestidito de flores y mariquitas y se puso a orinar sobre las arañas. Reía excitada mientras las perseguía con su pipí". Ya estamos. Parece que la pasión por los esfínteres no abandona a uno de mis poetas preferidos. Lleva décadas escribiendo, con la acerada pulsión que caracteriza sus versos, todo tipo de quehaceres fisiológicos, secrecciones de amor, y una turbia -aunque comprensible- pasión por las nalgas. Contra lo que pudiera parecer, ello no desmerece la mayor de las veces la calidad de su poesía, que termina hallando el delicado punto donde conviven sin estridencias memoria y pesadilla, morbidez y pureza, pasión y fisiología. Ahora, al leer por vez primera su prosa, compruebo que su debilidad por lo escatológico -y veces lo paranoico- va más allá de un necesario encuadre sentimental. Se trata, diríamos, de una marca de fábrica, algo así como un vicio irreprimible que lo empuja a bailar constantemente en la cuerda floja. No siempre acierta. Estos relatos son buena prueba de ello, aunque el lenguaje se mantiene en la tensión acostumbrada y podemos encontrar historias estimulantes (El padre, La mujer sin rostro o la macabra El bigote de Cristo, donde aparecen Ginferrer, Vázquez Montalbán y "Gilberto Biedma", entre otros...), y numerosos momentos brillantes: "Por razones que ignoraba y que no se planteaba, esa mañana observó las sombras de los pájaros en la acera. Levantó la vista y le gustó intentar lo imposible: ver simultáneamente los pájaros y su vuelo. Ver e imaginar. Sintió un ligero estremecimiento (...) ".

Con todo, prefiero su poesía, una de las más depuradas de las últimas décadas, con títulos inolvidables como El jardín aciago (1986) o La casa de la maleza (1992) y que ha conseguido situarlo a la altura de los grandes nombres de nuestra lírica, con el mérito añadido de pasear por varias generaciones a lo largo de estos años y haberse merendado a cuantos grupos poéticos y escuderías se le han puesto por delante. Masoliver es un auténtico outsider, ya que por razones de edad pertenecería a la generación del 50; sin embargo comienza a publicar mucho más tarde, a mediados de los Setenta, lo que aún podría emparejarlo con algunos Novísimos (Vázquez Montalván, Martinez Sarrión nacen en su mismo año y publican sus mejores libros a mitad de esa década) si Castellet no hubiera dictado una sentencia tan corta. Por otro lado, ha practicado el absentismo de cuantas antologías canónicas han ido surgiendo, aunque aparece finalmente en Las ínsulas extrañas (1999), el polémico manual de Valente y compañía. En fin.. ¡qué aburrido es hablar de estas cosas y más un domingo!. Al final de la tarde, he echado mano de sus versos, que es donde más me gusta. He aquí un impecable ejemplo de su altura poética. Pertenece a su último poemario, La memoria sin tregua (Acantilado, 2002) y contiene maravillosamente engarzados todos sus vicios y virtudes. Que ustedes lo disfruten.

Y antes de desabrocharle
el vestido
y bajarle las bragas
para completar
su desnudez, antes
de penetrarla y abrasarnos
para abandonarnos
más allá de la memoria,
antes había tenido
un hijo que ahora llora
en algún rincón
de la casa, detrás
de alguna puerta
o más lejos, más
allá de algún sitio.
O no llora. Está muerto.
Y yo le desabrocho
el vestido
que cae al suelo
con las bragas
y los sostenes
y tal vez los guantes
o el pintalabios,
y caemos nosotros
y gemimos
para no oir el llanto
de todo lo que antes
estuvo vivo
y es ahora un recuerdo
que nada podrá aplacar.
Nada ni nadie.


Bonita tarde, por cierto.


Escuchando: Henryk Górecki, Miserere, Beatus Vir y Symphony nº2 "Copernican"


A posta
22 de septiembre de 2006

Se me ocurre que en cuestiones de fe, la militancia es un acto claramente irrelevante, innecesario e ineficaz. La obediencia ciega y las palmadas en el pecho no nos han traído más que disgustos; la Religión es el conjunto de contradiciones que mejor definen al hombre; hoy, la barata hipocresía de muchos feligreses se materializa en el vacío pertinaz de las iglesias, la desacralización de los sacramentos (vean si no el cachondeo de las cofradías) o el uso ideológico de algunos preceptos previamente aliñados en las sedes del partido. A esto contribuye sobremanera la Santa Madre desde el Vaticano, bastión de la indecencia crepuscular de la avidez humana, capaz como sabemos de matar en nombre de Cristo, justificar las barbaries del mundo y mantenerse milagrosamente del lado del Poder, provenga éste de donde provenga. Finalmente, los equívocos de la Teología (que nos hizo temer el infierno para después confesarnos que se trata de una simple metáfora, entre otras cosas) sólo añaden unas gotas de ironía al negocio de las religiones.

Pues bien, hasta ahora, uno tenía que cargar toda la vida -y media eternidad- con el estigma del bautismo, ese chapuzón involuntario al que nos someten cuando aún no sabemos nadar, y que, más allá del sacramento, supone la afiliación sistemática en esa rígida organización de índole religioso, político y económico.

Sabido es que en nuestro país la Iglesia esgrime el número de bautizados, vayan o no a misa, para obtener beneficios del Estado y un trato preferente como religión mayoritaria. Las garantías del Concordato aún dan para largo, pese a que la única contrapartida de la Iglesia era la de "rezar por el caudillo de España". Sí que se les dio bien, pues les duró 40 años. Ahora, por tanto, no tienen obligaciones contractuales. Eso sí, los beneficios se mantienen intactos desde entonces (y aún hay quien los considera amenazados): desde el derecho a impartir en los centros de enseñanza pública clases de “Verdad única” a niños, hasta el derecho a no pagar ni un puñetero impuesto por sus actividades, sean cuales sean, pasando por el derecho a la financiación de todos sus sueldos y gastos así como los costes de mantenimiento de sus edificios, mansiones y monumentos históricos (aunque luego tengamos que pagar de nuevo para verlos, en el mejor de los casos).

Tomo estos datos prestados de una interesante iniciativa promovida desde la web www.cincominutos.com, donde se informa abiertamente de otro de los temas tabúes de nuestra sociedad, tan dada a la marginación informativa, sobre todo cuando atañe al bien común. Bien, pues ahora ya es posible apostatar sin temor a perderse en los vericuetos de la burocracia (que es como Mafalda llamaba a su tortuga) y darse de baja en el libro de cuentas de Dios, que sigue escribiendo en renglones torcidos.


Más información en: http://cincominutos.com/apostasia/blog/

Escuchando: Dream Theater, The dream of the beast.
(Iron Maiden´s The number of the beast cover. 2002)


Y tan felices
21 de septiembre de 2006

En la reunión de esta misma tarde hemos hablado de asumir nuevos retos, de indagar en las fronteras de los géneros, de compartir la experiencia múltiple del Arte, desde todos los ángulos que éste nos ofrezca. Así, en los próximos meses conjugaremos la oferta teatral y musical de la ciudad, con la visita a exposiciones como Las edades del hombre, en Ciudad Rodrigo, o la que se estrena estos días en el Museo Romano de Mérida. También organizaremos presentaciones de libros (espero que el de Poesía (in)completa de Buscarini sea uno de ellos) y, por supuesto, nos daremos una escapadita, seguramente a Salamanca.

Hoy hemos hablado de Julián Ayesta, y hemos fijado la lectura de Helena o el mar del verano. Durante este curso leeremos, salvo cambios imprevistos, a Paul Auster, Henry James, Charles Baudelaire, Juan José Arreola, Fialho de Almeida, Bob Dylan, Rosalía de Castro, Isaac Rosa, Herman Melville, Benito Pérez Galdós...

Este es nuestro cuarto curso juntos. Y tan felices.


Club de Lectura
20 de septiembre de 2006

Mañana retoma su actividad el Club de Lectura de la Biblioteca Jesús Delgado Valhondo. Aquí va un adelanto de la programación hasta final de año. Recordad que también os podéis inscribir por internet. Os esperamos a tod@s.


Presente en ruinas
19 de septiembre de 2006

La delicada suciedad de la mañana, con sus blancos calcetines al sol, sus guardias de tráfico y sus cambios de presidente. Un molesto zumbido se empeña en retener esta fecha, como si el tiempo fuera otra cosa que un interminable presente siempre en ruinas.


Armario vacío, armario lleno
17 de septiembre de 2006

Hoy he dedicado la tarde a cumplir con el ritual de revisar los armarios, arrojando al olvido la ropa de verano y acomodando nuevamente la de invierno. Me conforta extrañamente ir arrojando prendas al suelo con la firme determinación de no volverlas a usar. Tengo además la asombrosa capacidad de almacenar prendas que sólo he usado una vez, o tal vez ninguna, más por despiste que por comodidad. Pero más que llenar los cajones y las perchas con nuevas adquisiciones, lo que me seduce es el hecho de ir desprendiéndome de la ropa antigua. No es sino energía anquilosada en los desvanes de la memoria. Algunas camisas me recuerdan días concretos, escenarios a los que no quisiera volver (al menos de ésa guisa) y circunstancias, en fin, tan banales que uno espera conjurarlas para siempre quemando hasta el último hilo. También los viejos trajes con que inauguré fechas más o menos felices. ¿Qué sentido tienen ya? Por otra parte, la sola idea de tener actualizar mi vestuario me resulta agotadora. Ello supondrá, como mínimo, perder dos o tres tardes husmeando en esas tiendas con música infame y olor a multitud para, al final, adaptarnos todos a la más estandarizada vulgaridad. No: más que llenar los armarios, a mí lo que me gusta es vaciarlos, dejarlos en cueros cada inicio de temporada, sentir circular la energía renovadora que sólo puede percibirse desprendiéndonos de lo superfluo, igual que el ciclo de la estaciones.
Tras acabar con los armarios, preso de un delicioso delirio aniquilador, he continuado con otros objetos y enseres igualmente inútiles que se apolillaban por los rincones de la casa. Qué placer, dios mío, mandar por fin al exilio el taburete blanco, la vieja máquina de café, la lámpara de cristalitos azules... Luego he seguido con revistas y suplementos, y poco antes de la cena me encontraba en liza con mi destartalada coleción de cassettes. Más de mil cintas, oiga, que ahora son propiedad del servicio de recogida de basuras.

Tras la cena, inquieto aún, me he sentado frente al ordenador apagado y nos hemos mirado largo rato. La tentación ha sido enorme, irresistible, demoníaca. Pero al final, humillado, he pulsado el botón de encendido.


The evil that men do
17 de septiembre de 2006

Dando fe de su infabilidad para inflamar las ínfulas, el feroz Papa formuló el férreo sofisma.
Fue una fatal confabulación, informó finalmente el artífice Pontífice.

(Y esa noche decidió acostarse sin cenar)


El índice 18
16 de septiembre de 2006


La última cruzada
22 de septiembre de 2006


El otro Morrison
2 de septiembre de 2006

Excéntrico, huraño, indomable y genial, el León de Belfast viene siendo la voz del otoño desde hace tantos años ya, que se diría imposible comenzar el curso sin encomendarnos a su leal magisterio. Blues, Soul, Rock, unos toques de jazz, pinceladas de folk urbano, desvaríos celtas, y ahora country. En su segunda incursión en los dominios de la mandolina y el banjo, Morrison se muestra tan lúcido como irreverente. No es su mejor faceta, pero aún así suena más creíble que cien Garth Brooks juntos. Es un placer perdonar pecados así.

(Escuchando Puy the devil, de Van Morrison)


Primera lección: Libertad bajo palabra
1 de septiembre de 2006


Allá, donde terminan las fronteras, los caminos se borran. Donde empieza el silencio. Avanzo lentamente y pueblo la noche de estrellas, de palabras, de la respiración de un agua remota que me espera donde comienza el alba. Invento la víspera, la noche, el día siguiente que se levanta en su lecho de piedra y recorre con ojos límpidos un mundo penosamente soñado. Sostengo al árbol, a la nube, a la roca, al mar, presentimiento de dicha, invenciones que desfallecen y vacilan frente a la luz que disgrega.
Y luego la sierra árida, el caserío de adobe, la minuciosa realidad de un charco y un pirú estólido, de unos niños idiotas que me apedrean, de un pueblo rencoroso que me señala. Invento el terror, la esperanza, el mediodía -padre de los delirios solares, de las falacias espejeantes, de las mujeres que castran a sus amantes de una hora.
Invento la quemadura y el aullido, la masturbación en las letrinas, las visiones en el muladar, la prisión, el piojo y el chancro, la pelea por la sopa, la delación, los animales viscosos, los contactos innobles, los interrogatorios nocturnos, el examen de conciencia, el juez, la víctima, el testigo. Tú eres esos tres. ¿A quién apelar ahora y con qué argucias destruir al que te acusa? Inútiles los memoriales, los ayes y los alegatos. Inútil tocar a puertas condenadas. No hay puertas, hay espejos. Inútil cerrar los ojos o volver entre los hombres: esta lucidez ya no me abandona. Romperé los espejos, haré trizas mi imagen, que cada mañana rehace piadosamente mi cómplice, mi delator. La soledad de la conciencia y la conciencia de la soledad, el día a pan y agua, la noche sin agua. Sequía, campo arrasado por un sol sin párpados, ojo atroz, oh conciencia, presente puro donde pasado y porvenir arden sin fulgor ni esperanza. Todo desemboca en esta eternidad que no desemboca.
Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos.

Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día.

Octavio Paz, Libertad bajo palabra


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Nota: La barca siempre conduce al final, que es el principio.