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Julio
2006

He arrastrado mucho tiempo mi sombra sobre la tierra.
Mi destino se detuvo mucho antes que mi sangre.
Infecundo como ustedes, solitario como ustedes
soy tambien como ustedes la marea sin cólera
del océano sin límites de la inmovilidad.

Oskar W. Milosz


DIARIO DE RUTA
21 junio - 23 julio

EN PREPARACIÓN

Proximamente...


OTRAS DERIVAS

 

Chuty, por supuesto

Hace unos días Canal Extremadura emitía un reportaje sobre Chuty, artista irreverente y desorbitado, como viene demostrando desde hace más de veinticinco años en sus múltiples facetas artísticas: pintor, fotógrafo, escultor, diseñador gráfico, autor de videoclips, director de cortos, websmaster... Su empresa, Mundos Virtuales, es una puerta abierta a la cooperación artística, a la interacción de ideas, a la militancia en la diversidad, a la reivindicación de una libertad entendida como la suma de todas las libertades imaginables.

Luego está Trujillo, la ciudad que él ha fotografiado y recreado física y virtualmente miles de veces. Autor de una guía en cd-rom por la ciudad titulada "Trujillo Paso a Paso", y de cientos de cuadros, entre ellos el famoso "Trujillo, puerto de mar"; observador contumaz de las migraciones del cernícalo primilla; escultor de falos inagotables; bombero del amanecer, explorador de dragones dormidos, espeleólogo de la imaginación, alma antipódica -a la manera de la canción de Krahe-, arquitecto de templos y museos virtuales, jardinero -infiel- de setos municipales... Chuty es, antes que nada, un cosmonauta, un viajero inalcanzable perdido en la belleza del Universo. Cada día imagina estrellas, recorre constelaciones, se pierde a la sombra de una idea y acaricia el milagro.

Ama Trujillo como pocas personas que yo haya podido conocer. Tiene una casita en la Villa y, a la caída del sol, sale a pasear por los jardines y murallas -no a la manera de los antiguos emperadores chinos, ni de los archiduques yanquis de ahora- sino observándolo todo con la mentalidad de aquel hombre renacentista que entendió que lo más pequeño encierra un universo de universos, una porción de nosotros mismos y de cuanto habita entre el cielo y la tierra.

Así me lo encuentro hoy -poco importa si al natural, al otro lado del chat o por televisión- hablando de su Trujillo, un lugar arquetípico donde la belleza será siempre gratis, un derecho esencial para navegantes, caminantes, o simplemente soñadores.

Chuty nació, por supuesto, en Bélgica.

 

Haz clik para ver la entrevista realizada a chuty en Canal Extremadura.

 

Si tienes dificultad para acceder al vídeo, puedes verlo directamente en CHUTY-TV
Más información en:


Por todo


Por unos poemas de Fray Luis a la sombra de un olivo, en el jardín de Calisto y Melibea; por un clarinetista sordo que aderezaba la noche salmantina al compás de My way; por unas páginas de La pelirroja, leídas en una habitación de hotel abuhardillada, mientras Julián Rodríguez hablaba desde el televisor; por unas sandalias perdidas a lomos del Bernesga; por un café destartalado y frío compartido con una desconocida que quiso serlo a toda costa; por un puñado de libros que me esperaban en Gijón; por el Elogio del horizonte, sin más belleza que su nombre; por una casita rosa que se caerá a pedazos en una aldea sin memoria a las puertas de Santiago; por la estatua de Cunqueiro en Mondoñedo, rodeada por la niebla y mi silencio; por unas jarras de cerveza ofrecidas como limosna a aquel flautista gallego y su perrita que habían estado en Mérida; por un blues de Eric Burdon atrapado en una antigua lonja del puerto de Valencia; por las sandalias de Raquel compradas en un Vips para burlar al vigilante y terminar conquistando la pista; por unos pasos de baile que ya nunca aprenderé; por una fragante calle de Sevilla fiel al tópico y a Cernuda; por la cara de sorpresa de Ana al encontrarnos frente a frente en un restaurante de Santander; por el Madrid nocturno y canalla que me obligó a comprar el primer Marlboro de mi vida; por un salón de té cordobés donde leí a Milosz bajo una inscripción de Abn Arabi, por unos minutos con Silvia aunque esta vez no hubiera guitarras; por los ojos de su amiga Marianne, una isla de ébano perdida en Las Ramblas; por un semáforo de menos en la Plaza de España de Badajoz, puerta Correos...

Por todo lo que, aunque ahora mismo regresara, ya jamás encontraría.

 





Personaje del Mes:

OSKAR W. MILOSZ

La expresión "Milosz es la poesía" -común entre los escasos amigos del poeta-, indica la relevancia de este autor lituano, pariente lejano del poeta y Premio Nobel Czeslaw MIlosz. Pocas enciclopedias de literatura reflejan la vida el poeta, calificado de escéptico y hasta de hereje, y cuya figura aparece y desaparece empañada en un halo de malditismo amaestrado en la leyenda de sus investigaciones -personalísimas- sobre antiguos cultos a la femineidad, que se celebraban en su patria muchos siglos antes de la aparición de las deidades de este género en la época pelasga de la cultura griega.

Uno de los aspectos más atractivos de la personalidad de Oskar Wladislaw de Lubicz Milosz es el haber enfermado de licantropía, pues la relación entre este padecimiento y la luna parece confirmar su vertiente dionisiaca. La obra de Milosz se encuentra marcada por la exploración y la remembranza, la lejanía y el dolor; la certeza de que el mundo no es un sitio donde reine el Amor.

Nacido en Gubernia de Mogilov, provincia lituana, en 1877, Milosz recuerda en su autobiografía cómo aprendió francés conversando con Marienville, un ama de llaves que atendía el castillo de su familia.

Aunque todavía tendremos que esperar la traducción de los ensayos y notas biográficas, se sabe que Milosz acompañaba a su padre a París, donde se atendía de una enfermedad mental. Dejó una novela inconclusa que llevaría el título de La amorosa iniciación y no era ningún secreto su interés por el tema del Don Juan.

Sobre la autobiografía que Milosz escribió en 1928 se ha dicho poco, quizá porque no es necesario agregar mucho a las palabras del poeta, que entra en su vida cuestionando y con la intención de descifrar el origen de su vocación lírica. Habla de sus abuelos y menciona también algunas rutas para comprender su obra.




Autobiografía

"Nací el 28 de mayo de 1877 en Gubernia de Mogilov, en la aldea de 12 has. De Cereya, que perteneció a mi familia desde finales del siglo XVIII y hasta 1917. Otras fincas cercanas, de la región de Bielorrusia, son Lukomnitz, en la misma Gubernia -de unas 15 mil has.-, un gran castillo en Druya de Vitebsk (donde nacieron mi prima Josefa Milosz y su hijo) y el poblado de Garazeia de Minsk.

Mi raíz lituana más importante se remonta al siglo XII en Launaus, Stibu y Anucevicu, haciendas a unos 50 km al norte de la ciudad de Koulnas. Esta raíz se encuentra representada por el ingeniero Alexander Milosz, que hace poco regresó a Brasilia. En 1919, durante el imperio ruso, encontré en la embajada de París papeles, una heráldica y datos sobre mi genealogía, cuyos originales conservo. Hay, entre otros documentos, un acta de nacimiento registrada en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Koulnas.

Mi bisabuelo, Josef Lubicz-Bozawla Milosz, nació en Labunawoje (Serbia), donde obtuvo un cargo de magistrado. El constituye la principal rama familiar bielorrusa. Han pasado 150 años desde la separación entre las ramas lituana y bielorrusa, pero ha continuado el contacto, así es que mi padre quiso que se respetara siempre dicha rama bielorrusa. Mi familia respeta el tronco de Milosz y los documentos de la gran rama,Êcomo se puede constatar por las armaduras encontradas en un soto del castillo. Estas armaduras son documentos que hablan de las raíces antiguas del apellido Milosz en Serbia y dentro de la dinastía de los Loznitzos.

Mi abuelo, Arturo Milosz, fue una persona muy atormentada. A los 19 años se convirtió en soldado teniente para participar en una de las guerras contra Rusia, así como en la batalla de Ostrolenko, donde una bola de cañón le mutiló la pierna derecha. Posteriormente se casó con una cantante italiana de nombre Natalia Tasistro, hija de un director de La Scala de Milán. Las raíces de ella se encuentran en Génova, en una familia humilde que antes de llegar a Milán estuvo en Córcega. Mi abuelo tuvo enfrentamientos con sus padres porque éstos se oponían a su matrimonio, así es que se mudaron a Vilnius y tuvieron dos hijos. El mayor murió a los tres años. Por una carta de mi abuelo, puedo decir que él tenía un gran corazón, era muy inteligente y se refería a su esposa como la mujer más bella, de una impecable moral. Fueron una gran pareja. Una parte del amor que le profesé a mis padres se quedó en mis abuelos. La historia de ellos la escribe actualmente una novelista polaca cuyo nombre no recuerdo. Ese amor entre mis abuelos ahora se refleja en mí. Soy, de Arturo y Natalia, física y espiritualmente un híbrido, pero no tan guapo.

Mi padre, Wladislaw Milosz, heredó de sus padres un raro interés por la aventura y el arte. Huérfano a los cinco años, creció con sus tíos, manteniéndose más con amor que con dinero. Al alejarse de ellos ingresó como teniente a la guardia rusa, pero abandonó ese trabajo para estudiar química, aeronáutica y mecánica. Era una persona estilizada y muy entusiasta. En Lituania era famoso por su originalidad y extravagancia; tenía una gran sabiduría y un corazón bondadoso. Fue él quien me transmitió el respeto a la familia y a no creer que Polonia había resultado decisiva en nuestra historia. A los cuarenta años había acumulado ya una considerable fortuna y pertenecía a la aristocracia. Enamoró a una guapa judía pobre, pero con ascendencia importante. Se llamaba Rosalía María Roszenthal.

Mi padre viajó mucho. Fue cazador en Africa y había diseñado inventos aeronáuticos en su propia casa. Yo crecí en Cereya en absoluta soledad espiritual. Allí nació mi amor a la naturaleza, pero también mi carácter hosco. El castillo de Cereya fue decorado con gran detalle por mi madre, y tenía una gran vista. Desde el siglo XVIII perteneció a la familia Sapiaga, con quienes mi bisabuelo mantenía contacto. Bellos jardines hacían de aquello un palacio real. Allí estuvo también otro castillo en el siglo XVIII, construido por mi bisabuelo con muchas flores y un teatro. Todos esos recuerdos están en mi trabajo. La familia vivía en una antigua casa estiloÊamparo, con grandes retratos y objetos que influenciaron e hicieron crecer mi espíritu y mi interés por el arte, heredado de mi abuelo.

No podría hablar de mis emociones de niño. Mi padre fue muy inestable y enfermo. El amor de mi madre era muy material y a veces me aburría. Ella no tenía mis emociones ni mis intereses. Desde muy joven me refugiaba en lo más lejano de los jardines. Todos los días hablaba con una sirviente francesa llamada Marienville, y con Stanislav Davoshinski, un empleado lituano polaco.

En abril de 1899 vine a París con mi padre, que se atendía de una enfermedad nerviosa. Era el paciente del Dr. Sharko. Estudié en el liceo de Yanson de Saji, inicialmente como interno bajo el cuidado del Sr. Eduard Pti, escritor y pedagogo. El me influyó mucho. Al terminar el liceo estudié con el asirólogo Ejen Ledrén. Fue así como mi interés por la poética de la Biblia me llevó al estudio del orientalismo. En ese año de 1899 estuvo listo mi primer libro de poesía. Fue cuando encontré a famosos pintores simbolistas franceses e ingleses.

Educado brutal y candorosamente en los principios de la ``mente libre'', regresé al catolicismo a través de la meditación filosófica. Mi madre no quería aceptar religión alguna, pero al casarse lo hizo a la manera cristiana. Mi padre, por su parte, odió siempre a los curas, así es que mi evolución moral de los últimos años debo agradecerla a mi confesor Klavé de Otaola (1).

Nada tengo que agregar sobre mi evolución intelectual. Todo se encuentra registrado en los estudios de René de Pratt y Francisco de Miomiardo.


París, junio 7 de 1928"

 

(1) Cuando Oskar Milosz enfermó de licantropía, tuvo visiones místicas que cambiaron su idea de la literatura, enfocándola a la poesía metafilosófica. Sólo en 1927 se hizo católico practicante, justo cuando conoce a Klavé de Otaola. (Nota y traducción de Sergio Briceño González)
Más: http://www.jornada.unam.mx/1999/06/20/sem-oskar.html



Los acantilados

Os amo y temo por igual, oh reyes de la soledad,
sombrías y heladas rocas que sobre el mar veláis,
porque en oscura multitud nuestros mortales pensamientos
se abaten sobre mi frente como las águilas fieras
que construyen sus nidos sobre vuestras cumbres desiertas.

Arrogantes sois, y bellos, cual pensamiento,
Señores de la tempestad y de los vanos tumultos.
Domináis, aburridos, las fatigadas olas,
el gemir desgarrado de las heridas sirenas
que no impide la paz de sus mudos destinos.

En cambio yo, aunque débil y pálido, voluble y mortal
he soportado el asalto del oleaje sin ceder.
Amenazante repta la mar a vuestros pies de arena
y sois el abrigo del ave malherida
que sobre vuestras frentes los vientos abatieron.

Yo he vencido a la Esperanza: a mis pies expiró
igual que pesada ola llena de espuma y algas.
Con exiliados he poblado mi solitario imperio
y, mudo como vosotros, tampoco aspiro
sino a la oscura grandeza de la paz inmortal.

Largo tiempo arrastré mi sombra sobre la tierra.
Mi destino se detuvo mucho antes que mi sangre.
Infecundo como vosotros, solitario como vosotros
soy también, como vosotros, la marca sin cólera
del océano sin límites de la inmovilidad.

de La Bruma y otros elementos



Tal vez llegará un día en que Dios te permitirá entrar brutalmente, como un hacha, en la carne de un árbol, y caer locamente, como una piedra, en la noche del agua, y resbalar cantando, como el fuego, en el corazón del metal. Y aquel día sabrás de qué carne está hecho el mundo, y hablarás libremente al alma del mundo del árbol, del agua y del metal, y les hablarás con la voz del viento, de la lluvia y de la mujer enamorada.


Oscar W. Milosz


Leído hoy mismo:

"El sonido de un móvil desde dentro de un ataúd asusta a los asistentes a un sepelio".
EFE/VALENCIA DE ALCÁNTARA

Los familiares de un vecino de Valencia de Alcántara fallecido se asustaron esta semana al darse cuenta, durante el sepelio, de que en el interior del féretro sonaba un teléfono móvil, sabiendo como sabían que éste no había llegado a tener ninguno en vida.

En la iglesia de San Antonio de esta localidad cacereña se celebraba el funeral por este vecino, de 77 años, cuando, en medio del silencio general y ante el asombro y susto de los asistentes al acto religioso, sonó «fuerte» e «insistente» la llamada de un teléfono móvil que procedía del ataúd, según informaron a Efe algunos de los asistentes al funeral.

Ni el sacerdote oficiante ni los familiares del fallecido se atrevieron a abrir el féretro, y fue el sepulturero el que se atrevió a hacerlo pero ya en el cementerio, donde se comprobó que efectivamente era un teléfono móvil el que sonaba y que el mismo pertenecía a un empleado de la funeraria a cuyo cargo corrieron los trámites fúnebres.

Según manifestó este empleado a la agencia Efe, el teléfono debió de caerse al interior de la caja mortuoria en la casa del fallecido cuando el trabajador colaboró con la familia para introducir el cuerpo.

Diario Hoy (28/07/2006)



SALÓN DE ESPEJOS

"Saludos Daniel.
Un amigo navegando por el Internet encontró tu página cibernética y me la envió por correo electrónico a mi dirección. Lo interesante del caso es que usted y Yo tenemos el mismo nombre y apellido. Mi nombre es Daniel Casado Díaz de Puerto Rico y estoy casi seguro que soy el único en mi país. Lo se por que nuestro apellido es una sola sepa y casi todos no conocemos. Pero es interesante encontrar que alguien se llame igual que yo sobre todo con un apellido tan inusual por lo menos en Puerto Rico. Bueno, a veces mi nombre sirve para romper el hielo y se vuelve tema de conversación. Gracias a Dios que me bendijo con mi nombre.

Leí la información de tu página y me parece que lo que haces es estupendo, te felicito por tus logros. Acá yo pongo también mi granito pero en el deporte y los negocios. Me gustaría saber como puedo adquirir algún CD tuyo para oír tu música.

Hasta luego Tocayo.

Att. Daniel Casado"


OSCAR DE LEÓN Y SU ORQUESTA
Los Veranos de la Villa - Palacio del Conde Duque (Madrid)


Nada más llegar a Madrid me invitan a uno de los conciertos de la Villa. Mis acompañantes se niegan a decirme de quien se trata. Suelto la maleta en el hotel, tomo un taxi y me planto en el Conde Duque temiendo acudir a un concierto de Isabel Pantoja. Por fortuna no se trata de la tonadillera sino del sonero venezolano Oscar D´León.

Pongamos las cosas en su sitio antes de seguir: servidor no tiene ni pajolera idea de salsa y otros bailes latinos, en la pista estoy más tieso que un palo y mi conocimiento musical de estos ritmos se reduce a Tito Puente, Celia Cruz y Santana. No hay más.

Así pues, en vista de estas carencias me limitaré a dar razón de algunas particularidades del espectáculo: en primer lugar, que se trata de un artista nato respaldado por una soberbia orquesta, eso está claro. El espectáculo es total: incluyendo una pareja de bailarines de esas que le dejan a uno boquiabierto. Y luego está el carisma de Oscar D´León (Venezuela, 1948), un cantante inteligente, también contrabajista, que saborea las mieles del éxito después de un largo silencio discográfico. Muchas cosas me gustaron de su personalidad pero sobre todo destacaré una que vale por todas: en un momento dado se produjo un conato de pelea en la primera fila; en cuanto el músico se percató de ello, la música cesó repentinamente. El cantante se dirigió entonces a los contendientes y les reprochó públicamente su aptitud, provocando los aplausos de un público entregado que agradeció el gesto. Una vez desaparecieron los aludidos, D´León, en medio de un sonoro silencio, aludió a la imagen de la comunidad latina en todo el mundo, “Hermanos, lo que sucede -dijo- es que a veces estamos mal representados. Por ello tenemos que estar atentos, bien despiertos, estudiar, respetar, conocer el mundo. Que viva el amor y la fraternidad entre los pueblos. Que viva la alegría…” Y es que, no en vano, el concierto se basó en un repertorio tan geográfico como musical: en cada canción D´León citaba y jaleaba al correspondiente país latino, provocando la reacción entusiasta de la comunidad pertinente, allí representada: peruanos, colombianos, dominicanos, mexicanos, panameños, venezolanos…

También me llamaron la atención los textos de muchas salsas, merengues, bachatas... todas claramente machistas; aquí siempre es el hombre el que dispone el encuentro y lleva las riendas del baile. De hecho -me explica una de mis acompañantes- en este tipo de bailes una mujer nunca saca a bailar a un hombre, y siempre debe dejarse llevar por él. Cosas de la sangre, supongo.

Por último, señalar que un devoto Antonio Carmona (Ketama) saltó al escenario como un chaval de quince años para rendir pleitesía al maestro. Sin embargo, las tres horas y pico de concierto impidieron que el benjamín de los Habichuela pudiera sumirse sumara al fin de fiesta cantándose algo. Al final, un muy sabor de boca, y toda una experiencia que jamás me hubiese esperado. Una velada distinta.


UNA LECCIÓN DE RHYTHM & BLUES


ERIC BURDON & THE ANIMALS

Valencia, 13 de julio. HEINNEKEN GREENSPACE

Resulta extraño acudir a un concierto de blues en taxi, pero –tópicos al margen- vivimos en el siglo XXI y la época de las peregrinaciones queda ya lejos. Si a esto le añadimos que Valencia es una ciudad desconocida para mí, que además acudo solo y que mañana a las nueve hay que estar en pie, es preferible reservar las energías y las emociones para el concierto que machacarse a pie las secas márgenes del Turia.

Hacía años que no tenía noticias del bueno de Eric Burdon, pero su sola mención debería hacer hervir la sangre de cualquier fanático del buen rhytm & blues, pese a que en las dos últimas décadas el líder de The Animals se haya prodigado poco por los escenarios. Estamos hablando de una de las grandes voces blancas del blues, una garganta privilegiada que ha acuñado algunos de los himnos más emblemáticos de la historia del rock. El bocata y la carrera estaban, pues, justificados.

Situado en una antigua lonja del puerto, el Heinneken Greenspace es una nave industrial reconvertida en sala de conciertos de mediano aforo. Poco a poco, fue llenándose de fieles hasta reunir a quinientas almas dispuestas a sudar la camiseta. Con quince minutos de retraso, los jovencísimos músicos de esta extraña encarnación de The Animals (realmente no hay un solo miembro original, y tres de ellos no habían nacido cuando Burdon regentaba la casa del sol naciente) tomaron el escenario para urdir una sólida base de funk a la espera de que el jefe apareciera. Cuando lo hizo, ataviado con una camisa playera que habría dudado en ponerse Brian Wilson y gafas de sol a lo chico-martini, la parroquia lo acogió con un sonoro aplauso. Empezaban a sonar los acordes de la inmortal Don´t Let Be Be Misunderstood, y la voz de Burdon aún no estaba a punto, lo que hacía prever que el paso de los años se había cobrado su inevitable factura. Nada más lejos de la realidad. A medida que el concierto avanzaba, intercalando clásicos del calibre de I´m Crying, Bring In On To Me, See See Rider o la fantástica We Gotta Get Out Of This Place, con temas de su último y recomendable trabajo Soul of a Man (2006), la poderosa voz de Burdon iba cobrando fuerza y sentimiento. A su lado, cuatro músicos bien compenetrados: Wally Ingram (bateria), Eric McFadden (excelente con la slide), Red Young (teclados) y Paula O´Rourke (bajo). Todos, con la excepción de la escultural bajista (que parecía perdida en otro planeta) estuvieron sobresalientes, pero en algún momento llegué a echar en falta un poco de pasión en las líneas de bajo, que en otras manos hubieran reforzado una sólida base de blues. Que nadie me malinterprete: la chica cumple su papel, pero no tiene ninguna imaginación y al final Wally Ingram, el batería, tenía que llenar con sus tambores vacíos inexplicables para cualquier músico de blues.

Aliñado con un sonido perfecto, tras solventar algún problema inicial en el teclado del veterano Red Young (acompaña a Burdon desde 1982, pero tampoco fue un Animals), el concierto discurrió entre perlas incuestionables, maravillosamente puestas al día sin perder su toque original, y las composiciones, algo más previsibles, de los últimos trabajos de Burdon. Pero nada de eso importa cuando en frente tienes a una de las voces más carismáticas del rock, un animal escénico de la misma madera que Van Morrison, John Lee Hocker o, el en otro tiempo grande, Joe Cocker.

Personalmente, eché en falta temas de su época posterior a The Animals, con su proyecto WAR, como la personalísima versión del Paint it Black stoniano, Tabbaco Road o la bellísima versión de It´s All Over Now, Baby Blue (con permiso del león de Belfast) del maestro Dylan. No cayeron finalmente, pero su ausencia fue compensada con una portentosa interpretación del himno por excelencia de Burdon, allá por 1964: The House Of the Rising Sun, adaptación de un tema folk americano que aún hoy estremece en su versión original. Nada que objetar: Burdon sigue siendo grande sobre un escenario, le acompañe la formación que le acompañe. Su voz sigue siendo un tesoro de matices, melancolía y rabia, riesgo y oficio a partes iguales. Pero, a diferencia de otras leyendas, a Burdon no le aqueja el más mínimo histrionismo. Sobre el escenario se muestra humilde, cercano, dejándose fotografiar por quienes en la primera fila tuvimos la fortuna de hacerlo y, lo que es más importante, dejando tocar a su banda, otorgando el peso del sonido al joven McFadenn, que brilló con luz propia. Una lección, pues, de veteranía y genio, cualidades que no siempre van unidas y que desde hace un par de décadas echamos tanto de menos en la mayoría de nuevos jóvenes talentos surgidos a espaldas de los grandes nombres del rock.

Por muchos años, Eric.


Daniel Casado

Valencia, 14 de julio de 2006.
http://www.ericburdon.com/




OLVIDADOS, OLVIDADORES Y OLVIDADIZOS.
Nuevo artículo de Manuel Cañada.

(Miércoles, 12 de julio de 2006)

A su lucidez habitual hay que añadir un fino olfato para decir la palabra justa, sin alzar nunca la voz, aún en los momentos de mayor confusión, indulgencia o flacidez de planteamientos de nuestra mediocre clase política. Así es Manolo Cañada. Desde su sonoro silencio, desde la rotunda claridad que otorga la experiencia, una consciencia verdaderamente libre y universal, que piensa y actúa desde sí por y para todos, anteponiendo -lo hemos visto tantas veces- el interés general al beneficio particular (¿cuántos hacen lo mismo?). Por eso, desde esa altura moral que obstenta y que decora además con una humildad a prueba de tentaciones, yo me declaro compañero, hermano, seguidor, cofrade, acólito, fan o lo que sea, de Manolo. Irrenunciablemente.

Hoy, aquí, en la lejana Barcelona, recibo un nuevo artículo suyo. No tiene desperdicio, como siempre. Manolo es, además, un ávido lector que no acata géneros ni estilos literarios a la hora de complementar -y contrastar- sus ideas con las de los grandes poetas y filósofos de la Historia. Durante años, me emocionaba verle por televisión tomar la palabra en la Asamblea y citar de repente versos de Antonio Gamoneda, Jose Ángel Valente o Antonio Machado. Una vez más, Manolo se sirve de la Poesía para interpretar la realidad cotidiana, la dura realidad que trata de ensombrecer la memoria y con ella, la necesaria y verdadera paz.

A quien leyere:


OLVIDADOS, OLVIDADORES Y OLVIDADIZOS


“En griego, lo que se opone a la verdad es el olvido. Verdad se dice alezeia y olvido leze.
Nuestra democracia está edificada sobre una mentira: sobre un pacto de olvido”

Jesús Ibá



En las tapias del cementerio de Mérida se aferra con alevosía el olvido. El olvido es la grama del poder, la planta trepadora del odio, la amnesia de los viles.

El olvido es dúctil y sinuoso. Tan pronto se sienta en los sillones municipales, como se pone la toga o se disfraza de periodista y va recitando su veterana letanía: “Son cosas del pasado”, “Mejor no remover los muertos”, “Hijo, no te signifiques”. Es el experimentado miedo vestido de responsabilidad, la doblez exhibiendo sus mejores galas en forma de sentido común, la prolongación del vano ayer del franquismo narrada como “modélica transición”.

Los olvidadores se afanan en borrar o difuminar el rastro del crimen. El 8 de junio se hallaron los restos humanos y de bala que confirmaban lo que todo el mundo sabe: Mérida fue como Badajoz o Castuera otro de los núcleos del exterminio. Pero la obra del Jardín Botánico, en un alarde de provocación e indecencia, continúa, presumiblemente encima de los cuerpos represaliados, y la investigación no ha avanzado ni un solo milímetro.

¿Cómo es posible que cualquier ruina arqueológica romana en Mérida goce de una exquisita protección y diligencia administrativas mientras que los cadáveres de personas asesinadas hace menos de 70 años son tratados como despojos insignificantes? ¿Cómo se explica que estos desaparecidos no cuenten en nuestro país con ningún insigne-juez-adalid-de-los-derechos-humanos al contrario que sus hermanos de infortunio de América Latina?

Son muchos años de sistemática ocultación, de magistratura de los olvidadores y de complicidad de los olvidadizos. Son muchos años asfixiando la memoria o corrompiéndola en “Cuéntames” y ficciones de consenso. Son muchos años de franquismo sociológico, molecular, cernido. Muchos años de claudicación también, de cambiar dignidad por votos, de memoria histórica de quita y pon, intermitente, de temporada.

“Tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando este venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”. Walter Benjamin, ya en los años treinta, advertía sobre el peligro que acecha a la memoria de los vencidos y sobre la necesidad en toda época de “arrancar la tradición al respectivo conformismo que está a punto de subyugarla”.

Ahora se pretende sepultar de nuevo a los fusilados del cementerio de Mérida bajo las obras del Jardín Botánico, matarlos de cemento y olvido otra vez más. Pero ni todas las rosas, azucenas, lirios, hortensias o magnolias del mundo pueden ya evitar el olor simple y brutal de la sangre. No hay pinos, robles, olmos, hayas y sauces suficientes para ensombrecer la verdad del crimen. Y los paseos de los amantes en busca de caricias furtivas tropezarán con la silueta de aquellos otros “paseos” de muerte, compuestos de gritos, de bajeza, de súplicas y desafíos heroicos.

“Cuando se ha visto la sangre,/ en la soledad no hay río/ del olvido” escribía Alberti años después de la ignominia, mirando aquel país donde se podía “navegar en sangre”. Y Benedetti, que compartió años después con Alberti la condición de desterrado, le contestaba esperanzado: “Es cierto/ rafael/ no hay un río/ del olvido/ hay mar de la memoria”.

Hay un mar de la memoria imposible de achicar. Un mar de ferroviarios, de campesinos, de artesanos, de jornaleros afirmando el tiempo de la dignidad, el tiempo de la revolución. El tiempo en el que temblaron los generales, la tierra volvió a ser de todos, intentó la razón zafarse de las supersticiones, los poetas se fundieron con las gentes y los hombres se llamaron, sin miedo y sin vergüenza, compañeros.

Es justamente todo ese deseo de humanidad que representó la República lo que se ha mantenido y se mantiene arrumbado en fosas comunes como las de Mérida. Franco murió en la cama y los franquistas pudieron reconvertirse plácidamente. Escritores como Isaac Rosa o Rafael Chirbes han tenido la valentía de adentrarse en esas zonas vedadas por un espeso silencio de complicidades que afecta a nuestro pasado reciente.

Reivindicar la memoria de los represaliados del franquismo debe ser mucho más que una simple exigencia de “sepultura digna” o de confortación de sentimientos familiares. Benjamin fijaba precisamente en la redención histórica de los de abajo la posibilidad de liberación presente. “Articular históricamente lo pasado significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en un instante de peligro”.

La memoria de las víctimas del franquismo es la afirmación de la esperanza presente, de la utopía de nuestros días. Otra sociedad culta, solidaria, igualitaria, sin reyes ni amos, es posible.

Manuel Cañada Porras

 




La vida es el arte del encuentro

Vinicius de Moraes.



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