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DERIVAS

Mayo 2005

 


Apuntes de 2008
31 de diciembre de 2008


Con un nuevo abrazo para Elías Moro.

 

Me acuerdo de vagar perdido por Monfragüe como el que anda por su casa.
Me acuerdo de haber dado muerte a los poetas mustios. De la emoción, esa noche vertí el coñac de Jaime en mi vaso de cerveza.
Me acuerdo de haber sido Oscar Wilde, una vez más, entre los muros infectados de Reading.
Me acuerdo de haber estado casi a punto de llegar a poder ganar... algo.
Me acuerdo de haber visto a Dylan sin tener que mirar una revista.
Me acuerdo de Ángela, que una tarde me dijo: -¡Tú eres un niño-padre!.
Me acuerdo del concierto en que José Manuel Díez me hizo llorar en el instante en que cantaba: "Las niñas me tienen miedo, los niños saben quién soy".
Me acuerdo de haber devorado un libro en una sola tarde: Ejercicios de estilo, de Queneau.
Me acuerdo de delta mágico que formamos en la alta noche cacereña tres amigos sin rumbo.
Me acuerdo de haber sido Dodi Al-Fayed por los puentes veloces de Lisboa (ella juraba que no era princesa).
Me acuerdo de Abel cada vez que riega las avenidas de mi memoria el camión de la basura.
Me acuerdo de Federico Martín Nebras cantando coplas hurdanas, de pie, en medio del restuarante.
Me acuerdo de Ángel Campos Pámpano.
Me acuerdo de haber quemado mi pasado -tan denso- con una sola cerilla.
Me acuerdo de que Jesús Marchamalo no deja de hablar ni bajo el agua.
Me acuerdo -ahora- de que la nieve no me interesa lo más mínimo sin tí.
Y no me acuerdo de nada más. Lo juro.

Feliz año a tod@s.


Piedad Bonnett
29 de diciembre de 2008

 

Tiene razón Álvaro; el de esta controvertida autora colombiana es, sin duda, uno de los mejores libros de poesía que he podido leer en los últimos años.

Esto es sólo una muestra:


Los imperturbables


Un sentimiento incómodo la compasión

ése que se levanta
al ver que el joven con el que nos cruzamos
el de la frente gacha
tiene los ojos húmedos

o que un viejo ciego tropieza y manotea
con los anteojos rotos y las rodillas rotas
y la cara turbada de los abandonados

que una multitud huye
cargando sus gallinas y el peso de sus muertos

La compasión confunde
(nos hace odiar y amar al mismo tiempo)
desata nuestras culpas
adensa entre las manos la moneda
con la que consolamos la impotencia

y nos convierte en frágiles
seres sentimentales
tan oscuros a veces a las puertas del sueño

e incapaces de ir firmes y rotundos
como esos otros
los imperturbables.

 

© Piedad, Bonnett, Las herencias (Visor, 2008)

 


Pequeñas alquimias
27 de diciembre de 2008

 

Mediante la palabra, una forma despierta otra forma, según su particular principio.

Jakob Böhme

 

La pequeña moneda que me llevo de aquí tiene una cara visible, hermoso rostro de mujer que me repite cuanto he aprendido en esta jornada, y una cara carcomida que noto entre mis dedos mientras regreso. ¿Qué puede decir esta boca sin labios, sino lo que me dice otra voz misteriosa, dentro de mí, que me enseña cada día mi ignorancia y mi felicidad?

Albert Camus

 

En los últimos días uno ha tenido ocasión de grabar para la radio, entre otros poemas, el titulado Moneda portuguesa. Casi al mismo tiempo, ha recibido carta desde Praga comentando esos mismos versos y ha encontrado, sin merecerlo, el texto recogido en dos blogs y una antología. Estos pequeños azares me sobrecogen dulcemente. Los datos cada vez más imprecisos que atestiguan la existencia real de tal divisa revelan, sin embargo, que su verdadera naturaleza pertenece ya al terreno exclusivo de la poesía. Si una amarga tentación me empujara a buscarla entre mis cosas, hallaría -so pena de encontrarla- bien poco de aquel que la recibió en sus manos y luego, a solas, necesitó enterrarla en un poema con el que distanciarse de ella para siempre y menos, mucho menos aún de aquellas manos que me confiaron su custodia.

Así las cosas, buscar esa moneda es algo que hoy carece de sentido. Poder hallarla es sólo una vieja tentación de la nostalgia, el crudo souvenir de una patria lejana destruida por la lluvia. Distante o cercana, allá donde repose ya no existe para mí. La nobleza de su humilde aleación (acaso dos manos y un sinfín de palabras en medio) gira ahora transustanciada en nuevas manos, palabras y conciencias por mí desconocidas.

En ese precipicio del alma, en ese vórtice insondable que nos asoma a lo desconocido, hunde sus raíces la poesía. La signatura rerum que forman las palabras sobre la lámina del tiempo, sobre los infinitos tiempos de cada lectura, convierten la experiencia originaria en un instante en suspenso, en una realidad no completa. La más remota certidumbre de haber sobrepasado el espacio físico para instalarse, transfigurada, en obra literaria y, más aún, en la base de una nueva experiencia en la vida de nuevos e invisibles lectores, nos revela una vez más que la poesía, con ser también un género literario, está más cerca de los estados del alma y los principios de la alquimia que del noble ejercicio de la filología y la pasión por la escritura.

Desde este prisma, colmado de su importancia, las nociones de fama o prestigio aplicadas al ejercicio de la poesía carecen de significado. A no ser, claro está, que uno aspire a entretenerse por el camino.

 


Recordando a Sandy Denny
21 de diciembre de 2008

 

 


 

La aparición estos días, a treinta y ocho años de su grabación, del segundo disco de Fotheringay (titulado sin más Fotheringay 2), resulta la mejor manera de recordar a la gran Sandy Denny (1947-1978). Dueña de una voz intensa y delicada, la suya fue una vida tormentosa y breve (murió con 31 años al caer por unas escaleras), siempre de espaldas al éxito que gozaron otras hadas de la escena folk inglesa como Jacqui McShee (Pentangle) o Maddy Prior (Steeleye Span). Ello no impidió que la Denny se convirtiera por derecho propio en la musa de varias formaciones esenciales de la escena folk británica durante los setenta. Ahí están sus inicios con Straws (banda en la que militaría Rick Wakeman, más tarde teclista de Yes), sus idas y venidas con los Fairport Convention (toda una institución de músicos de culo inquieto: Richard Thompson, Dave Pegg, Dave Mattacks...), su inmortal dueto con Robert Plant en The Battle of Evermore del Led Zeppelin IV e incluso su participación en algunas partes de Tommy, la segunda ópera-rock de The Who. En 1970, decidida a dar el gran salto, fundó su propia banda, Fotheringay, grabando un disco homónimo que, si bien no cosechó un gran éxito, supone un depurado ejercicio de emoción, tonadas folkies y lamentos con olor a wisky y tradición.

Lo recuerda muy oportunamente Manuel de la Fuente hoy en las páginas de ABCD.

Esta canción, grabada con los Fairport, daría impulso ya desde el título a su vuelo en solitario. Habrá que estar atentos a su larga parábola. El pasado, como dijo alguien, resulta siempre impredecible.

 

 


Unas notas sobre Carver
17 de diciembre de 2008

 

Leo esta semana la poesía de Raymond Carver (Todos nosotros, Bartleby) en ratos sueltos, en colas de espera, en cafés como éste, polvorientos de risas y serrín. Disfruto a ratos con su mal medida intensidad, con sus reiterados efectos y su estomagante pesimismo, pero me engancha. El suyo es -de eso estoy convencido- un modo de hacer poesía que no comparto. Carver, cuando se esforzaba -y lo hacía bien poco- conseguía sonar como un Bukowski ascendido por la gracia del instante, por la ráfaga que centellea un segundo en lo alto pero teme su propio vuelo. Muchos de sus poemas nos parecen inacabados, meros esbozos sometidos a la furia o la docilidad de tal o cual circunstancia. Carver, cuando decide hundirse en la ciénaga de lo biográfico, nos obliga a ser cómplices de sus demonios interiores sin concedernos jamás la opción de observar los hechos de una forma indirecta, neutra y, por tanto, inteligente: la suya es una intimidad mal entendida. Por lo demás, el hecho de que en lugar de cantar, Carver narre en verso, supone una consecuencia menor y, en su caso, casi un alivio.

Me ha sorprendido encontrar el poema titulado My crow. En él, Carver hace repaso de otros cuervos ilustres de la poesía pero busca el efecto contrario suprimiendo al suyo de cualquier negro designio: "Luego alzó el vuelo maravillosamente / y salió de mi vida". Hace algún tiempo, sentí esa misma necesidad de indultar al sufrido pájaro. Esbocé unos versos, que deben dormir en alguna carpeta y me olvidé del asunto. Esta tarde, solo ante Ray Carver, he retomado el intento y ha salido esto. Lo fijo aquí, en homenaje al autor de No heroics, please y me olvido -no sin alivio- de esbozar una semblanza admirativa a aquel otro cuervo de nombre Aleister.

 


Crow


ahora es a ti a quien mira
huérfano incómodo explícito cuervo
emigrado de algún busto
con las alas mojadas de literatura
los ojos amarillos cual la sangre
y una sola palabra repetida

-"Carver" "Carver"

pero no despiertas

 

 


Tan natural
17 de diciembre de 2008

 

A mi lado hay una bolsa.
Dentro de la bolsa una mosca.
Con un leve nudo he cerrado la bolsa.
Tan natural me ha parecido.
Tan natural como amar.

 


El secreto
16 de diciembre de 2008


Casi enojada, la señora protesta ante la librera y le devuelve el libro: "¡Pero qué insulsez, María! Este libro sólo habla de cosas que ya sabemos. Es como el Paulo Coelho ése: muy bonitas palabras pero al final nada nuevo; sólo nos cuenta lo que ya sabíamos".

El libro en cuestión es El secreto.

Así devolveríamos, pienso, la Verdad: el efímero tomo que a punto estuviera de revelarnos el secreto y la clave. Luego, con ese dinero, compraríamos una corbata o un abrecorchos, o invitariamos a alguien a un café.

Como antorchas en un laberinto, las luces de la Navidad.

 


Tal vez la nieve
15 de diciembre de 2008

 

 

Cree que no tiene pisada, por eso avanza en la nieve.
No a la manera de Walser, sino al modo -más gentil
y desde luego más humano- de Pulgarcito: tratando
de recordar dónde quedó la última pisada, el camino
de regreso hacia un pasado, más que imposible, inútil.

Por eso avanza sobre la nieve, que todo lo borra,

y ya no sabe si va o regresa, si vuelve
o siempre estuvo aquí: donde la espero.

 


 

Miguel viene corriendo a presentarme su última rima:

"Iglesia - Anestesia".

 


Una acertada confusión
11 de diciembre de 2008

 

Los libros de Valente. En ellos alumbró otro paisaje ante los ojos del furtivo adolescente que fui. Recuerdo bien cómo llegaron a mí los poemas de aquella insuficiente antología de Cátedra, Entrada en materia, a la que debo la vida: escuchando al inefable Ramón Trecet. Un mediodía de tantos, entrevistaba en Diálogos 3 al músico belga Win Mertens. Pasado aquel extraño sarampión, debo confesar que durante años fui acólito de minimalistas menores como Mertens, Glass, Nyman y cía., hasta que vi en directo en Badajoz al primero de ellos y me pasé a la jota aragonesa, que es cien veces más nutritiva. El locuaz presentador -que será impertinente pero no tiene un pelo de tonto- enlazó las estructuras musicales de Mertens, que presentaba por aquel entonces Strategie de la rupture (1991), con ciertos poemas de José Ángel Valente, exactamente los de Tres lecciones de tinieblas, su libro más radical, ya en plena aventura hermenéutica. Yo bebí como ave confusa aquellas palabras hasta llegar a las fuentes de un poderoso manantial: A modo de esperanza, Poemas a Lázaro y, sobre todo, La memoria y los signos, el libro de Valente que prefiero, aún hoy, de entre los suyos. La aventurada conexión de Trecet no era del todo exacta: el Valente de Tres lecciones... se inspira en la música, cierto, pero no en las vanguardias del siglo XX, sino en las composiciones -no menos avanzadas- de los grandes maestros del Renacimiento y el primer Barroco, Thomas Tallis (1505-1585), Tomás Luis de Victoria (1548-1611) y muy especialmente, Marc-Antoine Charpentier (1645-1704), que alumbran con sus Lamentaciones, su Missa pro defunctis y sus Letanies de la Vierge, respectivamente, la entraña poética de aquel libro. En cualquier caso, a esa bendita confusión debo yo el descubrimiento de Valente y, con ello, el deslumbramiento progresivo de la mejor poesía española que cualquier lector interesado puede rastrear a través de las páginas de uno de los más grandes poetas españoles del siglo XX.

Y cómo olvidar aquel repentino brillo (no diremos fulgor) sobre la meseta del alma al leer por vez primera Serán ceniza:

 

 

Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.

Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.

Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.

Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.

 

José Ángel Valente
A modo de esperanza (1954)

 

Este mes de diciembre la foto de mi biblioteca está dedicada a los libros de José Ángel Valente. La pitillera representa el lienzo de Klee Paisaje con pájaros amarillos que inspiraría, años más tarde, la parte central de uno de los últimos libros del poeta orensano: No amanece el cantor. En ellos vuelve a leer el pájaro solitario su sed escrita en las turbias aguas del recuerdo, el más oscuro -que diría el maestro- de cuantos reinos tiene el hombre.

 

 


Dos voces se oyen en la distancia
10 de diciembre de 2008

 

Danez Prigent y Lisa Gerrard

 


Definición de lugar
8 de diciembre de 2008


Párpados de encina,
Extremadura.
Tinieblas de corcho.

 

 


Dones
6 de diciembre de 2008



Amanecer del sábado lluvioso con los niños metidos en nuestra cama. Entre el sueño y la risa, la súbita certeza de estar fabricando su felicidad.


Tras el viento, un hombre, a lo lejos
4 de diciembre de 2008

 

Si existía el don de la ubicuidad, yo lo he conocido esta tarde. Ha sido, con certeza, uno de los días más complicados de mi vida. Intensamente ocupado en organizar el curso Nuevas vías de animación a la lectura que, al fin, nos ha permitido disfrutar durante dos días de la calidad -y calidez- humana de tres buenos amigos: Federico Martín Nebras, Isabel Sánchez y Jesús Marchamalo.

Al mismo tiempo que Federico aplicaba sus encantamientos varios y sacaba a los asistentes de la Biblioteca Jesús Delgado Valhondo de Mérida cantando -hablo literalmente-, volaba yo en dirección a Badajoz donde me esperaba impaciente Isabel Pérez para hacer una lectura de mis poemas en el Taller Literario de la Universidad Popular. Nunca me he visto en el trance de leer y hablar de mi poesía mientras mi cabeza está en otra parte. Hoy lo he hecho. Me apresuro a confesarlo aquí, aunque creo que ninguno de los asistentes se ha percatado. Será porque, con cabeza o sin ella, cuando nos hemos dado cuenta llevaba dos horas hablando.

Durante el viaje de regreso no ha dado tiempo a caer una sola gota, y bien que llovía. En Mérida me esperaban para cenar Federico, Isabel y el amigo Olegario, un verato afincado en Las Palmas, partidario de la "escucha activa". Ha tenido que escuchar, claro está, todo lo que nos ha dado la gana contar y más. La velada ha incluído devociones varias: Homero, Petrarca y Juan Ramón, como los tres grandes maestros de la poesía, en opinión (que suscribo sin tanto revuelo) de Federico; emociones reiteradas en los ojos de Isabel, copa en mano; y los propios comentarios -tan lúcidos como inocentes- de Olegario, al vernos entregados sin rubor al extraño placer de hablar durante horas de libros y poetas. Con el vino, cómo no, han llegado las canciones: viejas coplas hurdeñas se desvanecían entre el humo expulsadas por la frágil voz de Federico, ya en pie, en medio de la sala.

Les he dejado sanos y salvos a la puerta del hotel y he regresado a casa caminando bajo la lluvia. Ha sido entonces cuando todo se ha desvanecido: los edificios, las aceras, las señales, los indecisos neones, la abultada masa que afina sus sueños sin descanso... todo se ha hecho más claro, más real y sencillo...

Y de pronto me he visto llegar:

Tras el viento, un hombre, a lo lejos...


Jordi Doce, Steve Hogarth y Eckhart Tolle
1 de diciembre de 2008


En un par de correos electrónicos, el poeta y traductor Jordi Doce me confiesa que es seguidor -fan, dice él- de Marillion. Reconforta saber que alguien a quien uno admira (además de por su obra poética, por sus traducciones y ensayos sobre diversos poetas ingleses -de William Blake a Geoffrey Hill-, que me parecen memorables), escucha la misma música.

Con todo, hoy por hoy no sabría declararme fan de ninguna banda. Mi fanatismo en materia musical es tan abstracto como excluyente: para alguien que ha llegado a ser fan -die fan- de Emerson, Lake & Palmer y Jethro Tull, entre otros muchos grupos, cualquier capricho fuera de la adolescencia es observado con recelo. Lo cierto es que la banda inglesa lleva años conmigo. Hubo otra de igual nombre hace décadas que nunca me hizo me hizo demasiada gracia, con un cantante apodado Fish y un sonido calcado de los Genesis de Gabriel. La clave -al menos para mí- fue Steve Hogarth (h), un tipo por el que siento una debilidad extraña.

Cantante, teclista, guitarrista y letrista, además de showman, h es un tipo curioso. Este hombre es capaz de componer una canción sobre un poema de Elliot (The Hollow man); hacer que no pares de saltar en tu asiento o inventarse varios personajes en escena para, acto seguido, lanzarte al hígado la letra de Fantastic Places y caer derrotado ante tus ojos. Un tipo de una sinceridad mosqueante. Autor de un estupendo disco en solitario Ice cream genius (1997) y otro en directo, Live Spirit: Live Body (2002), Hogarth era, a mediados de los ochenta, el cantante y teclista de una de las bandas de pop más frescas de aquel convulso panorama: The Europeans (1981-84). Más tarde formaría How we live (1985-1989) proyecto que sacrificó cuando Marillion, una de las bandas representativas del Neo-progresivo, decidieron ofrecerle el puesto de cantante, tras la desbandada de Fish en el momento de mayor éxito del grupo. Con Season´s end (1989) comienzan los Marillion de la era Hogarth, o lo que es lo mismo: una banda rejuvenecida por las ideas y el empuje de su nuevo líder. Si bien dueños de un sonido característico en la mejor tradición sinfónica de los setenta (la herencia de Pink Floyd sobrevuela todavía hoy las composiciones), dispuestos también a reinventarse en cada disco. Y así, sacudiendo el repertorio propio y ajeno (Hogarth trae aires de Beatles, Bowie, Joni Mitchell o Talk Talk), Marillion ha ido creciendo como banda a la vez que -debemos reconocerlo- buena parte de su audiencia mermaba. Tras otro estupendo trabajo Holidays in eden (1991) denostado por el sector más cerril, Marillion facturan la segunda obra maestra de su carrera (la otra es Misplaced Childhood (1985), aún con Fish): Brave (1994) es un disco perfecto, un trabajo conceptual que puede leerse como "el conjuro de los demonios interiores de una adolescente salpicada por la realidad". Tras el reconocimiento de la crítica y la bendición de Hogarth por parte de los fans, la banda -ya en manos de h- vuelve a jugar al despiste con Afraid of sunlight (1995), el disco donde empiezan a aflorar las nuevas directrices: las influencias -más bien homenajes- en el sonido van desde Mark Hollis (Talk Talk) a Brian Wilson (The Beach boys), pasando por el malogrado Jeff Buckley o el líder de Radiohead, Tom Worke.

Marillion llevan veinte años con Hogarth en sus filas y no han fabricado un disco malo. Antes al contrario, tras el excelente Anoraknophobia (2001) dieron a luz su tercera obra maestra, un disco descomunal que no ha hecho sino crecer con los años y que ya ha aparecido varias veces en este blog: Marbles (2004).

Aquí tenemos a Hogarth entrevistado hace unos meses en Radio 3. Curiosa, entre otras revelaciones, la confesión que nos hace a propósito del libro El poder del ahora (Ediciones Gaia, 2001), de Eckhart Tolle. Lo leí hace unos años, así como su secuela Un nuevo mundo, ahora, y ambos, sobre todo el segundo, me parecieron extraordinarios.

Un buen libro, pienso, es aquel que nos revela, de la única forma posible, aquello que ya conocíamos de mil maneras.

Una buena canción es un mundo en miniatura.

Radio 3: "Entrevistas Acústicas": Marillion (entrevista a Steve Hogarth)

 


Un poema de Auden
1 de diciembre de 2008

 



En memoria de W. B. Yeats

Desapareció al final del invierno:
los arroyos estaban helados y los aeropuertos estaban vacíos;
la nieve desfiguraba las estatuas públicas
y el mercurio se hundía en la boca del día agonizante.
Los elementos de que disponemos coinciden
en señalar que el día de su muerte fue un día oscuro y frío.

Lejos de su enfermedad
los lobos recorrían los bosques de coníferas,
los ríos bucólicos no se acercaban a los muelles elegantes
y algunas voces
ocultaron la muerte del poeta a sus poemas.

Pero para él aquélla fue su última tarde como él mismo,
una tarde de enfermeras y rumores;
las provincias de su cuerpo se revelaron,
las plazas de su mente se quedaron desiertas,
el silencio invadió los suburbios,
sus sentimientos cesaron, él se transformó en sus admiradores.

Ahora se reparte en cien ciudades,
condenado al afecto de los desconocidos,
a intentar ser feliz en bosques de otro mundo,
a ser sometido a un código de conciencia extranjero.
Las palabras del hombre que ya ha muerto
se alteran en la conciencia de los vivos.

Pero en la importancia y el ruido de mañana,
mientras los corredores de Bolsa griten como bestias
y los pobres sufran los padecimientos
a los que están honradamente acostumbrados
y cada cual, en la celda de sí mismo, esté casi
convencido de su libertad,
unos cuantos miles pensarán en ese día
como se piensa en un día en que se hizo algo
excepcional.

Los elementos de que disponemos coinciden
en señalar que el día de su muerte fue un día oscuro y frío.


 

In Memory of W. B. Yeats



He disappeared in the dead of winter:
The brooks were frozen, the airports almost deserted,
And snow disfigured the public statues;
The mercury sank in the mouth of the dying day.
What instruments we have agree
The day of his death was a dark cold day.

Far from his illness
The wolves ran on through the evergreen forests,
The peasant river was untempted by the fashionable quays;
By mourning tongues
The death of the poet was kept from his poems.

But for him it was his last afternoon as himself,
An afternoon of nurses and rumours;
The provinces of his body revolted,
The squares of his mind were empty,
Silence invaded the suburbs,
The current of his feeling failed; he became his admirers.

Now he is scattered among a hundred cities
And wholly given over to unfamiliar affections,
To find his happiness in another kind of wood
And be punished under a foreign code of conscience.
The words of a dead man
Are modified in the guts of the living.

But in the importance and noise of to-morrow
When the brokers are roaring like beasts on the floor of the Bourse,
And the poor have the sufferings to which they are fairly accustomed,
And each in the cell of himself is almost convinced of his freedom,
A few thousand will think of this day
As one thinks of a day when one did something slightly unusual.

What instruments we have agree
The day of his death was a dark cold day.



· Traducción de Benjamín Prado ·




HOJAS DE NOVIEMBRE



Un poema de Zambrano
30 de noviembre de 2008



SONETO PARA ESCUCHAR LA MUERTE



A la memoria de Ángel Campos,
mi amigo.

 

Mecer las albas fuera nuestra vida,
comenzar a jugar más con la suerte
era como ausentarnos de la muerte
que el silencio sepulcra y nunca olvida.

Colmo fue el despertar la amanecida
condición de sabernos y saberte
frío en la cavidad desnuda y fuerte
de una sombra de luto presentida.

Entro en la noche y me disculpa el día
tu destino de nieve corrompido
sobre una lluvia seca de despojos.

Extraño doma el aire lo que lía,
lo que acampa en el humo desvivido
de esta desierta escucha de mis ojos.

 

 

José Antonio Zambrano

 


Encuentro de clubes de lectura en Peñaranda de Bracamonte
28 y 29 de noviembre de 2008


Este fin de semana, cinco clubes de lectura de Extremadura más tres de Castilla-León, nos hemos reunido en Peñaranda de Bracamonte invitados por la fundación Germán Sánchez Ruipérez y el Plan de Fomento de la Lectura en Extremadura. Allí hemos disfrutado de un magnífico encuentro con los narradores Luis Mateo Díez y Gustavo Martín Garzo, además de compartir emociones y disfrutar de la excelente gastronomía leonesa entre los más de cien lectores que allí nos hemos reunido.

Ha sido toda una experiencia, como queda reflejado en este estupendo reportaje fotográfico, obra de Chuty y Celima.

Que se repita.


Marillion o el arte de hacer canciones
25 de noviembre de 2008

 


En Marbles (2004) era Fantastic Places, un desgarrador relato emocional cocinado a fuego lento; aquí, ahora, es este This train is my life, o cómo se hace una canción. Marillion es de esas bandas que consigue crear estructuras musicales que desprecian las debilidades de todo género (pop, rock, progresivo, electrónica...) fundiéndolas en una sola entidad. Esta es tan sólo una más de las veinte canciones que encierra Happiness is the road (2008), el nuevo trabajo de los de Aylesbury. Calificarlo de brillante es incurrir en la obviedad.

Lo dice Hogarth en alguna parte del inmenso océano: "nuestra música tiene alma". Y no miente.

Pronto vendrán a España.

 

www.marillion.com

 


Ángel Campos Pámpano
26 de noviembre de 2008

 

 

La inesperada muerte de Ángel Campos Pámpano me sacude lejos de casa, frente a la Sierra de Gredos. Y ese frío de las cumbres parece que desciende para guiarme hasta Mérida, al hilo de recuerdos y encuentros que fueron decisivos siempre y nunca suficientes. Uno se duele ahora de las oportunidades perdidas, de las conversaciones aplazadas; nos queda, eso sí, su obra, aquellos poemas donde empecé a ver claro qué era escribir desde esta tierra con un lenguaje limpio, depurado y profundo, y un pensamiento y una sensibilidad que nos eleva hacia las cimas de la gran poesía sin abandonar del todo nuestra patria chica o, como dice José Manuel Díez: la "universal literatura de provincias".

Son muchos los recuerdos, pero sería ingrato no recordar ahora la presentación de Me acuerdo en Mérida, en una tarde de otoño similar a la de hoy. Sentí mi afecto hacia Ángel mucho antes de conocerlo: lo veía a diario en los ojos de Elías Moro; en nuestras conversaciones, en cada libro intercambiado, tras cada deslumbramiento (Antonio Gamoneda, José Emilio Pacheco, Rafel Pérez Estrada o José Viñals, por ejemplo, eran "tesoros" que llegaban de su mano) podíamos reconocer los pasos -siempre adelantados y expertos- de Ángel Campos Pámpano. En aquella tarde de 1999 yo aún no me creía que Ángel viniera a presentar nuestro libro. Lo hizo con la maestría de los grandes. Supe entender su aviso sobre la responsabilidad de lo que escribimos.

Anoche, con la terrible noticia presidiéndolo todo, presenté a Eugenio Fuentes en el Aula Jesús Delgado Valhondo. Mis primeras palabras recordaron, cómo no, la figura central de Ángel en su doble condición de poeta y traductor, y su incidencia en la formación poética de muchos de nosotros. Agradecí la importancia que han tenido y siguen teniendo las Aulas Literarias en el panorama literario español y cómo muchos de los que hoy escribimos poesía en Extremadura nos "gestamos" a la luz de grandes poetas, al calor de nuevos amigos, en el marco de éstas.

No sólo ahí está el brillo de Ángel Campos Pámpano. En días tan tristes como éstos, he visto fluir por todas partes (en la prensa, en los blogs, entre sus lectores en los clubes de lectura...) una corriente de afecto y condolencia, de respeto y admiración como no recordaba. Y no recuerdo, ciertamente, una mayor muestra de afecto y de dolor unánime entre escritores.

Hasta en eso nos ha hecho mejores.

 


Noviembre de 1999. Librería La luna de Mérida. Presentación de Me Acuerdo.

 


 

Universos paralelos:

 


Otros mundos:




Escaparate de venenos

Me acuerdo
(1999)
El largo andar
tan breve

(2003)
El viento y
las brasas

(2004)
El proyector
de sombras

(2005)
Cuatro poetas
en un tobogán

(2006)

 

 

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