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derivas

Mayo 2005




Las horas
28 de julio de 2008

 

Vienen en mi rescate las horas negras, luminosas, de los maestros antiguos. Horas en las que el mundo cifraba su eterna canción de amor y de pérdida, pero de forma más bella, en lánguidos sermones sobre papiro (o raramente en pergamino). Y ahí estaba, ya, la verdad indecorosa:

"Odio y amo. ¿Por qué así? quizás me preguntes. No lo sé pero siento que es así y que sufro" (Catulo).

O ésta otra, de Lucilio:

"No pienses en el día oscuro, en el día en que nadie responde, en el día en que tienes a un dios enfrente. Piensa en la otra jornada, aquella en que venciste al enemigo o ganaste en el juego, aquel día feliz en que todo te sonreía. Que tu ejemplo en la vida sea siempre lo que gozaste, no el sufrimiento".

Quiero pensar que las horas pasan como entonces, con la misma benevolencia. Y sin embargo...

 

Soles occidere et redire possunt;
nobis cum semel brevis lux occisus est
nox est perpetua et una dormienda.

Los soles se ocultan, y pueden aparecer de nuevo;
pero cuando nuestra efímera luz se esconde
la noche es para siempre,
y el sueño, eterno


(Catulo)

 


Home cinema
Veintitantos de julio de 2008

 

Fue hace un mes, más o menos. Después de cotejar múltiples y razonables propuestas, nos decidimos a instalar en el salón el dichoso "Home cinema". Una incómoda vocecilla me lo venía repitiendo frente al escaparate y el repelente burgués que me habita cada fin de mes ha terminado saliéndose con la suya. La conciencia de clase es un mal menor frente a los múltiples estragos del capitalismo. Mea culpa, desde luego. No pido indemnización.

El caso es que ahora paso las noches devorando melodramas argentinos, comedias francesas y reconstrucciones históricas más o menos inglesas. Y así no hay quien pueda. Ni una línea, oigan. Miedo me doy. Anoche, sin ir más lejos, me endosé de un tirón las dos versiones de El lado oscuro del corazón, que hasta me han parecido menos cargantes que cuando las descubrí, cada una en su momento pero con idéntico entusiasmo. Es un peligro esto de la tecnología. Eso de darle a un botón y tener en pocas horas cualquier película al alcance del bolsillo -permítanme la ironía- está acabando con mis desvelos literarios, con la sopa boba de los versos y el dictado crepuscular de algún poema a todas luces innecesario. Ya me lo decía -por bajo, bien es cierto- aquella otra voz tintineante y cojonera del poeta que uno lleva siempre a cuestas:

-"Tanta facilidad no puede ser buena".

 


El lado oscuro del corazón (1992), de Eliseo Subiela, con versos de Oliverio Girondo.

 


El espectro
20 de julio de 2008

 

Un espectro ha ocupado los últimos días
mi asiento y su cuidado.

No es que me importe
desdoblar esta quimera -la vida
y la poesía acaban siendo diferentes-,
a lo que no pienso renunciar
es a tomar de nuevo el mando
y combatir al que me usurpa.

Dicen que sólo es un hombre.

Y que nada sabe de poesía.

 


Estatuas
18 de julio de 2008

 

Un día más me quedaré sentado aquí,
en la penumbra de un jardín tan extraño.
Cae la tarde y me olvidé otra vez
de tomar una determinación.

La estatua del jardín botánico, Radio Futura




También yo he recalado aquí, a la amable umbría de un jardín fresco y municipal de una ciudad que no conozco. En esta tarde de verano con sus perros, sus palomas, su fuente y su caudal, quiero reunirme en soledad y, por unas horas, observarlo todo detenidamente.

Cómo no ser -ahora que no soy yo- el joven padre que cruza empujando el cochecito hacia el bar de siempre. Cómo no ser el niño pelirrojo que da vueltas a la fuente, silencioso y tenaz, sobre el estribo postmoderno de su patinete. Cómo no ser cualquiera de esas abuelas a la hora del crepúsculo, cuando la ciudad se afea de repente y les recorre un negro presagio que, sin embargo, callan. Cómo no ser la camarera mulata que enciende su cigarro y descansa, apoyada en el escaparate de la farmacia (tras ella, un anuncio de cremas promete el milagro de la eterna juventud) mirándose los dedos amarillos y las uñas de colores. Cómo no ser la lívida farmacéutica que enviudó de alegría al tomar las riendas del negocio: aún es joven y hermosa, pero ya no sabe sonreir a los clientes. Cómo no ser la parejita que llega en moto (han ensayado mil veces la frase perfecta) a comprar preservativos y, de paso, cualquier otra cosa innecesaria. Cómo no ser el hombre feliz sin camisa que cruza ante mis ojos. Cómo no ser esta callada simetría de las sombras contra el húmedo azulejo de las fuentes...

Cómo no ser -ahora que no soy yo- todo lo que soy, sin saberlo del todo.

 


Experiencia
16 de julio de 2008

 

El mejor poema de amor no se escribe.

 


My morning jacket
15 de julio de 2008

 

Va camino de convertirse en el disco del verano este Evil urges (2008) de My morning jacket. La banda de Kentucky celebra así su primera década sobre los escenarios y nos demuestran que en todo este tiempo han aprendido a moverse por los más variados registros sin perder sus señas de identidad: rock clásico de raíz sureña, con coros a lo The Flying Burrito Brothers, ecos de Buffalo Sprinfield y contundencia guitarrera suficiente para telonear a unos desorientados Pearl Jam. Esta vez han querido ir más allá y la combinación puede resultar algo pretenciosa para sus fans más cerriles. Los que nos conformamos con grandes canciones, estribillos adictivos y guitarras bien medidas, encontramos irresistible este nuevo album.

Canciones que le alegran a uno el día, como esta maravillosa Thank you too:

 

 


Razón
13 de julio de 2008


La razón del sueño no es soñar sino despertar.


Teoría peregrina (y sin embargo posible)


Rock, ese ruido
12 de julio de 2008

 


Todavía colea entre las hordas metaleras el efecto seráfico causado por el artículo de Arturo Pérez Reverte a propósito de las letras de algunos grupos de heavy metal. Como siempre, el creador de Alatriste desenvaina su afilada pluma para soltar mamporros a diestro y siniestro aunque, por esta vez, lo siniestro, lo gótico y aún lo estrambótico del mundillo rockero sobrevive a su mirada -vistazo más bien- y consigue salir del trance con las hevillas relucientes y el puño en alto.

Con tal de llevar la contraria y apuntalar, de paso, el decandente sistema educativo, Reverte reconoce su sorpresa al asomarse a las letras de ciertas canciones de heavy plagadas de referencias literarias, históricas y mitológicas. Como si fuera algo nuevo. El heavy metal, hijo putativo del viejo hard rock de los setenta, heredó por parte paterna la grandilocuencia y la ampulosidad de los Zeppelin, Purple, Sabbath y demás -aumentando en decibelios y revoluciones, eso sí, el mensaje cifrado de aquellos- y por el lado materno requisó la imaginería épica, secuestró el sentido común a base de dragones y mazmorras y violó sin compasión la creatividad originaria a base de repetir machaconamente los tópicos más chirriantes. Con todo, algunas bandas persistieron en tomarse en serio el mensaje de sus letras -satánicas o no- para abordar con innegable entusiasmo los más variopintos episodios de la literatura universal.

En esto andaba yo pensando esta tarde mientras asisitía, en el Festival Vía de la Plata, a la descarga de los reyes del género, los británicos Iron Maiden. En mitad de la apabullante Rime of the ancient mariner, con el escenario envuelto en nieblas submarinas simulando un galeón hundido y el bueno de Dickinson recitando los versos de Samuel Taylor Colerigde, la sensación era simplemente acojonante. Estamos hablando de una banda que celebra este año sus tres décadas en la brecha, fieles a un estilo que han sabido capitanear incluso en los momentos más duros, cuando tras la huida de Bruce Dickinson y Adrian Smith la banda estuvo a punto de irse a pique gracias a la incorporación del nefasto Blaze Baley. Remontaron el vuelo a partir de 2001 con la vuelta de Dickinson y nuevas grabaciones dignas de su leyenda, si bien no tan inspiradas como las que les hicieron grandes durante la primera mitad de los ochenta.

Justo ahí, entre Killers (1981) y Seventh son of a the seventh son (1988) -su última gran obra, se mire por donde se mire- fraguaron en letras de oro su evangelio sagrado los ingleses. Buena parte de la parroquia jevylonga nos dimos de baja a partir de entonces en la fe de las tachuelas y el cuero negro, apostatamos de la entrañable mascota (el siempre divertido Eddie, que en las primeras portadas sufrió las vejaciones de nada menos que Margaret Thatcher) y enterramos para siempre las sudaderas al tiempo que nuestra melena -ay- recortaba su vuelo.

-¿Para siempre?-

Esta noche, durante el concierto, hemos exhumado el cadáver de aquellos años a base de decibelios, pirotecnia y la peculiar imaginería -falsamente satánica- de la banda más grande de los ochenta: riffs portentosos, ritmos trepidantes y unos músicos en estado de gracia entregados a un repertorio incontestable: The Number of the Beast, The Trooper, 2 minutes to midnight, Run to the hills, Aces Hight, Moonchild... todos ellos himnos de guerra, emblemas de una época en la que ser heavy significaba -todavía- tener una actitud ante la vida.

Tras la descarga de Iron Maiden quedaba una última bengala: los hermanos De Castro, Carlos y Armando, "los barones", asomaban por el arrasado escenario y encendían nuevamente la noche emeritense con otra remesa de himnos -"¡y en español, cojones!" como gritaba alguien a mi lado-: Cuerdas de acero, Concierto para ellos, Incomunicación, Los rockeros van al infierno y, cómo no, Resistiré. Lo justo para perder la voz y la vergüenza berreando como posesos, abrazados en la primera fila.

Al finalizar el concierto, alguien ha perdido en mitad del cenagal una sudadera de Iron Maiden recién comprada que portaba al hombro. He tratado de devolversela -lo juro- pero sus pasos han sido más veloces (y certeros) que los míos. Animado por el corporativismo fetichista de mis compañeros (todos enfundados en negro) me he endosado la sudadera y nos hemos ido a continuar la fiesta por el centro de Mérida.

Dejo aquí constancia de esta noche gloriosa, como homenaje a unos años que, por unas horas, parecieron renacer del más dulce olvido...

 


Iron Maiden en Mérida intepretando Rime of the ancient mariner (11/07/2008)

 


Dylan: sin palabras
11 de julio de 2008

 

 


La misma canción
3 de julio de 2008

 

También la poesía, como una vieja actriz que exagera sus gags, viene a repetirse en las páginas que caen a una y otra orilla del gran charco del tiempo, a uno y otro lado del alto muro de las tradiciones. Nada es nuevo, ciertamente. Todos escribimos el mismo poema, aunque cambiemos las palabras, el ritmo, la disposición de los acentos, la música... El tema es, sin embargo, perpetuo; acaso la onda alargada de aquel estanque nipón donde Basho dibujó con un bastón inmortales arabescos. Y esa onda continúa -como recuerda Watanabe- haciéndonos temblar.

Mientras siga nevando en el País de Nunca Jamás escribiremos poemas, aunque no sirva de nada. Y todo será, a la vez, real y ficticio. El tigre -simétrico- de Blake (¿o era de Borges?) continúa paseando a sus anchas en la alta noche del inconsciente; los ángeles -¿de quién, de Rilke, de Benjamin, de Alberti...?- nos contemplan heridos, cortejando nuestra permanente fragilidad; y también la Muerte -¿la de Pavese o la de Mahler, la de Benn o la de Ajtmatova?- camina a nuestro lado entre las finas partículas de luz, paciente, silenciosa.

Y así, ese objeto de vida que ahora clava su mirada en estas líneas eres tú, querida, lectora inconcebible y sin embargo, única. Me divierte encontrar tu retrato en dos poemas de viejos conocidos: Miguel D´Ors y Felipe Benítez Reyes. Y ahora estás ahí, leyendo estas líneas.

Me habían hablado de ti, ya lo ves:


LA DESCONOCIDA

En aquel tren, camino de Lisboa,
en el asiento contiguo, sin hablarte
-luego me arrepentí.
En Málaga, en un antro con luces
del color del crepúsculo, y los dos muy fumados,
y tú no me miraste.
De nuevo en aquel bar de Malasaña,
vestida de blanco, diosa de no sé
qué vicio o qué virtud.
En Sevilla, fascinado por tus ojos celestes
y tu melena negra, apoyada en la barra
de aquel sitio siniestro,
mirando fijamente -estarías bebida- el fondo de tu copa.
En Granada tus ojos eran grises
y me pediste fuego, y ya no te vi más,
y te estuve buscando.
O a la entrada del cine, en no sé dónde,
rodeada de gente que reía.
Y otra vez en Madrid, muy de noche,
cada cual esperando que pasase algún taxi
sin dirigirte incluso
ni una frase cortés, un inocente comentario...
En Córdoba, camino del hotel, cuando me preguntaste
por no sé qué lugar en yo no sé qué idioma,
y vi que te alejabas, y maldije la vida.
Innumerables veces, también,
en la imaginación, donde caminas
a veces junto a mí, sin saber qué decirnos.
Y sí, de pronto en algún bar
o llamando a mi puerta, confundida de piso,
apareces fugaz y cada vez distinta,
camino de tus mundos, donde yo no podré
tener memoria.

 

© Felipe Benítez Reyes



CARTA


A ti, que serás siempre La Ignorada,
a ti, qúe llegaste a quién sabe qué lugar
cuando yo acababa, ay, de salir de él,
o perdiste aquel tren, no sé cuál, que te hubiera traído
al centro de mi vida,
o estabas en un banco de algún parque
un día que yo no quise pasear entre las hojas verlenianas,
a ti,
por la chacarera de tu mirada que nunca he visto,
por ese corazón que desconozco y es como una playa de
setiembre,
a ti, por todo lo que me habría obligado a amarte,
a ti, que me habrías amado hasta nunca,
que ahora puedes estar llorando
en la luz fría de una habitación de hotel,
o con tus hijos en el British Museum,
o ves el arco iris en una telaraña,
o piensas en mí sin saber que soy yo,
a ti, retrospectiva, condicional, perdida,
dondequiera que estés,
este poema.

 

© Miguel D´Ors

 


Historia de la Literatura
3 de julio de 2008

 

Todo está escrito. Y todo -curiosamente- está aún por hacer.


Agota Kristof
2 de julio de 2008


El Ladrón

Cerrad bien vuestras puertas. Llego sin hacer ruido con las manos enguantadas de negro.
Mi estilo no es brutal. Tampoco voraz ni estúpido.
Si se os presentase la ocasión, podrías admirar el delicado dibujo de mis venas sobre las sienes y las muñecas.
Pero sólo entro en vuestras habitaciones cuando es tarde, cuando el último invitado se ha ido, cuando vuestras repugnantes lámparas de araña se han apagado, cuando todos duermen.
Cerrad bien vuestras puertas. Llego sin hacer ruido con las manos enguantadas de negro.
Sólo me quedo un momento, pero lo hago todas las noches sin descanso y en todas las casas sin excepción.
Mi estilo no es brutal. Tampoco voraz ni estúpido.
Por la mañana, cuando os despertéis, contad bien vuestro dinero, vuestras joyas, no faltará nada.
Sólo faltará un día de vuestra vida.

 

© Agota Kristof, No importa (El Aleph Editores)

 



 

Universos paralelos:


Otros mundos:




Escaparate de venenos

Me acuerdo
(1999)
El largo andar
tan breve

(2003)
El viento y
las brasas

(2004)
El proyector
de sombras

(2005)
Cuatro poetas
en un tobogán

(2006)

 

 

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