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Elogio de la lentitud
30 de septiembre de 2010

Para Sandra, sin prisas.


Congregados como cada jueves en torno al mostrador de la Biblioteca, ya iban a cerrar cuando irrumpiste, acelerada y descompuesta, a devolver el libro que una amiga te había confiado: Elogio de la lentitud, de Carl Honoré. Espero al menos que no lo hayas leído. Te lo hice ver mientras recuperabas el aliento. Y te amenacé, ya ves, con contarlo en mi blog.

Sin prisa -apuntaló alguien- pero sin pausa.


La alianza de los débiles
29 de septiembre de 2010


A veces salgo del trabajo y el mundo pesa como nunca. El vértigo de la jornada se endurece sobre mis hombros y las llamadas de teléfono rebotan todavía en mis oídos. Me distraigo entonces caminando unos pocos metros hasta la vieja panadería antes de volver a casa. Con más de setenta años de historia, el humilde establecimiento resiste abierto enfrente -ironías de la vida- de otro horno mucho más moderno, una de esas franquicias que venden de todo y, además, hacen pan. Un pan fofo, ciertamente, sin cuerpo, harinado artificalmente y cuya fecha de caducidad no alcanza jamás para la cena. No es así el de la vieja panadería. Ya el olor delata, nada más doblar la esquina, donde está el grano y dónde la paja.

Hace un año que murió el viejo panadero y que atiende el negocio su hijo, un hombre corpulento y abstraído, capaz de pasarse la mañana sentado en un taburete mirando la calle a la espera de los parroquianos. No resulta extraño ver cómo algunos, clientes a su vez del cómodo y moderno comercio, adquieren en éste toda suerte de productos con la sola excepción del pan, que compran siempre, tras cruzar la calle cargados con bolsas, en la vieja panadería. Es también mi caso.

Sobrepasada las tres de la tarde, hora habitual de cierre y momento cenital deseado por legiones de funcionarios que abandonan la ciudad dejando en el aire un eco de politonos y chicles de nicotina pegados en los árboles, me encamino a la vieja panadería. El hijo del panadero me espera, sabe que no puedo llegar antes. En mi tardanza sin embargo soy puntual. Nada más verme, el joven panadero salta de su taburete, me ofrece la mejor barra -bien cocida, recalca antes de que yo se lo recuerde- y entonces nos sonreímos, cómplices. Luego, tras darme el cambio, sale conmigo a la calle y echa el cierre. Yo recuerdo entonces un poema de Júdice sobre el olor del pan, pero esparzo esos versos como migas en mi memoria y digo simplemente "gracias", "hasta mañana", cosas así. Quizá este joven no sabe -quizá no sepa nunca- cuánto agradezco su paciencia, su espera, y lo feliz que me hace tomar de sus manos el pan, olerlo, partirlo limpiamente y devorar los dos picos mientras camino de regreso a casa.

Es ahí, en esa comunión del sabor y la generosidad, cuando uno siente la grandeza de las cosas bien hechas. Esa invisible alianza nos devuelve lo más hondo -también lo más sagrado- de nosotros mismos. El mundo recupera en un gesto, en un sabor, su compleja levedad. Y doy gracias por ello.

 

 


Desacato
28 de septiembre de 2010


Lejos, bien lejos de esta máquina infame que desordena mis pasos y devora mis segundos. Lejos, lo más lejos posible de su vientre miserable y sin fondo capaz de almacenar todas las músicas pero jamás su sentido; capaz de albergar la palabra pero no la emoción ni el relámpago. En la noche sin tregua destella el magma sintético del monitor. Feroces arcadas de píxeles y frecuencias. Luminosa, irradiada realidad: radiación. Ronronea en lo oscuro el párpado de la bestia, no conoce el sueño ni la pausa, no conoce el cansancio. Maldita entre todas las perversas criaturas del progreso, tú que me oyes gemir, tú que esperas el contacto de mis dedos sobre el teclado, tú que aúllas si me alejo, escúchame bien:

Mis horas desde hoy las pasaré lejos de ti, olvidado al sortilegio de escribir sobre un papel como quien silba una canción. No volveré a encenderte. Huiré con mi silencio donde no alcance cobertura ni electricidad, donde no quede otro fuego ni otra luz sino la que en el corazón ardía.


Patologías a la carta
25 de septiembre de 2010


1º. Encienda el televisor.

2º. Seleccione un programa de la lista:

"Mentes criminales"
"Crímenes que conmocionaron al mundo"
"Crímenes imperfectos"
"Navy, investigación criminal"
"Caso abierto"
"Fear factor"
"Impacto total"


3º. Reconózcalo: tiene suerte de seguir con vida.


Caníbales
22 de septiembre de 2010


He encontrado esto en un bolsillo de mi chaqueta:

"Un cambio de latitud, una tristeza contenida y sin espacio, una hecatombe: dos osos polares se devoran; todo lo empaña la atroz ineficacia de la sangre sobre el hielo. A dentelladas, a zarpazos, la esgrima caníbal de sus miembros contra el gris del cielo. Cambio de canal. No lo soporto. Apegado al poder del mando a distancia, espero al sueño: artículos en venta, estiramientos de pene, tu zodíaco en directo, la rueda de la fortuna, poker on line...". La hiperrealidad televisada no nos gusta, pero se soporta mejor. Su excesiva presencia la hace menos cierta. Fuera de ella, la cosa está jodida hasta para drogarse".

En el otro bolsillo, mis últimas monedas.


Amigos para esto
21 de septiembre de 2010


M. me dice que añada más música al blog y que reseñe discos y conciertos. I. quiere que publique aquí poemas, "cosas útiles" en lugar de chascarrillos. A. protesta porque no puede dejar comentarios. F. quiere verse en las fotos que nos hicimos todos la última vez, y que no he subido (ni subiré). J. señala lo acertado de no limitarnos a transcribir llanamente lo que sucede, de mantener un cierto "estilo literario". D. agradece, en cambio, el tono coloquial y los telegramas de lo cotidiano. P. y A., cada uno por su lado, se han implicado tanto en corregir mis abundantes erratas que casi siento ganas de hacerlas a conciencia. T. me escribe para avisar que el enlace a su blog está roto. F. se compromete a llamarme la próxima vez que escribamos sobre el mismo tema. X. espera el comentario de un libro que no acabé de leer.

Ahora sí: ya estamos todos.

Sólo faltabas tú, que no me lees.


Labordeta
19 de septiembre de 2010



A la hora del duelo, España es un país demasiado acostumbrado a inflar las palabras. Yo quisiera que las mías fueran breves y sencillas: ha muerto un hombre bueno. Todos lo saben. Lo sabemos quienes buscamos en algún momento su sombra de árbol grande y generoso, su lección de vida, su poesía repleta de ilusión y compromiso, su ejemplo. Labordeta representa muchas cosas y todas se dirán de él estos días (poeta, cantautor, escritor, diputado...): yo me quedo con la sombra que sostuvo tantos años prendida en el corazón y de la que también él tomó ejemplo: la vida y obra de su hermano Miguel, poeta grande arrinconado en las riberas del Ebro. Hoy ha muerto José Antonio Labordeta, un hombre bueno. Y eso, ni se aprende ni se estudia.


Adamar
, por J.A. Labordeta y María José Hernández


(Lo siento, no he conseguido eliminar la publicidad)


PNEUMA · Las afueras (corto)
9 de septiembre de 2010

 


LAS AFUERAS
(Letra: Daniel Casado)


Debo llevarte a las afueras.
Hay manchas de carmín bajo mi ropa
y un halo de penumbra en tus palabras
cuando repites que me quieres,
pero me quieres “bien”.

Debo llevarte a las afueras.
Puedes dormir si lo deseas.
Conduciré toda la noche
con el alba en los talones.
Me miras con ternura y sonríes.
Sé muy bien que no entiendes nada.

Y puedes estar en la ola
y ser feliz mientras tanto.
Tan sólo un segundo después
sentirás que todo acaba.
No trato de explicarme.
Es sólo un vicio más
del fiero animal que has despertado.

Debo llevarte a las afueras.
Tan sólo repito un viejo ritual.
Si cada ofrenda encuentra su templo,
toda oración conoce un final.
No tengo tiempo de explicarte
qué es lo que ha salido mal,
si es que algo ha salido mal.

Debo llevarte a las afueras,
al nunca más de todos los días,
al negro pozo de la memoria,
a la certeza de lo imposible.
Me miras con ternura y sonríes.
Sé muy bien que no entiendes nada.

Todo yace entre rosas salvajes:
anuncian el final del trayecto.
El nuevo abrazo de la vieja soledad
nos dará la razón cuando estallen
en la noche sin fondo ni puerto
las verdades que no son verdad.

Para entonces tú y yo ya seremos
dos perfectos extraños y un sólo traidor,
abandonados juguetes siempre en las afueras
actores de una comedia que nadie estrenó.

Y es todo tan triste, es todo tan triste…
…mientras reímos.

Y puedes estar en la ola
y ser feliz sin descanso.
Tan sólo un segundo después
sentir que todo se acaba.
No trato de explicarme.
Es sólo un vicio más
del fiero animal que has despertado.


· Una producción de Circo Cuántico 2010 ·

 


Revelación
7 de septiembre de 2010

 

Me encontraba tendiendo la ropa cuando me ha sobrevenido esta revelación:

"No es que no haya Dios; es que no está".


Más tarde, en las noticias, la NASA ha confirmado esta teoría (apropiándose de ella, como siempre). Lo único cierto de momento -según el último comunicado- sigue siendo la muerte de Nietzsche.



Cementerio alemán, Yuste
6 de septiembre de 2010

 

En el blog de Elías Moro puede leerse estos días el poema que incluí en Oscuro pez del fondo a propósito del Cementerio Alemán de Yuste. Comencé la escritura de este poema in situ en el verano de 2006, tras reiteradas visitas a este recinto que alberga para mí resonancias leopardianas. A los pies de esas tumbas leí por primera vez los Cantos y los Pensamientos del poeta de Recanati. Era septiembre de 1998, acababa de casarme y la mitad de mi mes de permiso lo pasé entre los monjes jerónimos del monasterio. Allí leí por primera vez a María Zambrano y a Leopardi, aunque mi pasión era mucho más sombría y terrenal: el dolor de Antonio Gamoneda había entrado en mi carne, como hubiera dicho Simone Weil. De aquella súbita aficción al silencio, surgió una especie de diario: Ensayo de la pobreza.

El caso es que mi pasión por este lugar y por las historias que encierran muchos de los nombres allí homenajeados -no es seguro, ni mucho menos, que bajo las lápidas se encuentren restos identificados- viene de lejos. Llegó a apasionarme la historia del joven capitán Otto Hartmann, enviado a una muerte más que segura por sus discrepancias con el Tercer Reich y a quienes jamás encontraron entre los 38 marinos ahogados en aguas alicantinas dentro de un submarino bajo su mando. En Cartagena se contó durante años que Hartmann llegó a salvar la vida al ser rescatado por unos pescadores. Historias de la Historia. Quién sabe...

Abandoné el empeño poco después de escribir este poema. Con él pretendí homenajear a los 182 soldados alemanes enterrados en una tierra que jamás pisaron. Por otra parte, al hacerlo retomaba un noble empeño iniciado años atrás por Álvaro Valverde en su libro Una oculta razón (1993) y secundado desde entonces por autores de muy distinta estética y tradición. Hoy, Elías rubrica un hermoso proyecto que reúne los mejores poemas dedicados a este lugar.

Uno teme, sin embargo, que también las antologías sean, a su modo, fosas comunes del tiempo.

 



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