Daniel Casado (Cáceres, 1975)

 

· Derivas de abril de 2005 ·

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Abril es el mes más cruel, criando
lilas de la tierra muerta, mezclando
recuerdos y deseos, removiendo
turbias raíces con lluvia primaveral.
El invierno nos mantuvo calientes, cubriendo
la tierra de olvidada nieve, alimentando
la mezquina vida con tubérculos secos.

(La tierra baldía. T. S. Elliot)

 

 


La Biblioteca de Trujillo, cultura en retroceso


Sobre el libro, ese duro objeto que soporta el saber de los hombres, no han dejado de caer, como bíblicas plagas, amenazas de todo tipo. Ninguna más terrible que la desidia de quienes andan, precisamente, rodeados -¿o sepultados?- por ellos. Un claro ejemplo de esto, lo sufrimos los trujillanos desde hace tanto tiempo, que algunos, demasiados sin duda, han terminado por encontrar normal esta situación.

Nuestra Biblioteca ha devenido, con los años y la mustia condolencia de sus responsables, en una inhóspita sala donde palidecen de hastío los pocos libros, que pese al frío y las inclemencias del ambiente, aún preservan su mágico consuelo, su sabiduría de siglos. Sería demasiado fácil aludir a las nuevas tentaciones del ocio, al imparable desarrollo de la informática, al desinterés colectivo, en fin, de los lectores – nosotros, no se olvide- para justificar el evidente abandono de nuestra Biblioteca. Tan fácil como irresponsable.

La lectura, todos lo sabemos, es la sombra de la vida, un fiel reflejo de las emociones, las inquietudes, los anhelos y el saber de los seres humanos. El libro huérfano de lector no es nada, salvo un objeto imperfecto, una monstruosidad de silencio y polvo, un venerado objeto que el tiempo y los ácaros terminan devorando. Por su parte, la vida, si no se refleja así misma en ellos, si no transmite a otros la intensidad de nuestro paso por ella, deviene en estéril existencia, en fotografía de álbum familiar, en carne de olvido.

Hoy, cuando profesores, escritores, instituciones y todo el sistema educativo han entendido la necesidad de revitalizar bibliotecas y museos, archivos y centros de enseñanza, adaptando sus instalaciones a los nuevos usos del conocimiento, desterrando de sus estancias la paz secular y el sempiterno aviso de silencio, encontramos todavía vestigios de una forma de entender la lectura, y por ende, el saber, obstinada en mantener esta desidia.

Con todo, el primer enemigo de la lectura no es, como pudiera pensarse, el libro electrónico, las ediciones de bolsillo o las terribles erratas tipográficas, sino el frío. Así de llano. Los más encomiables esfuerzos por pasar un buen rato en compañía de una novela, una biografía, o un puñado de versos se van al traste cuando, como un oscuro personaje de fondo, se invita un día tras otro el frío. Él, que empieza por roernos los pies en silencio, acaba siendo el asesino inesperado de tantas obras, no forzosamente policíacas.

Nuestra Biblioteca, a qué negarlo, mantiene un excesivo trato con este gélido huésped. Cabría esperar, que quienes administran el acceso a los libros, garantizaran también el placer de su lectura.

Si es cierto, como se me ha dicho, que buena parte de los usuarios de la Biblioteca son, en su mayoría, estudiantes, es sin duda, digno de elogio el impertérrito esfuerzo con que se encierran en ella, y aún más digna la fe de sus padres mandándoles a estudiar fuera de casa, con el grave riesgo de que sus hijos terminen sabiéndose, además de la lección, todas las variedades y colores del sabañón común.

Y ya puestos, si alguno de ellos quisiera llevarse a casa, pongo por caso, un disco, una película o simplemente un documental sobre el mundo submarino, se encontraría con la mirada desdeñosa de quien no ha comprendido la variedad de formatos por los que discurre el conocimiento. Todavía hoy, en algunos discos de vinilo que atesoro en casa, me topo con la rancia advertencia que indicaba - allá por los primeros estertores de nuestra democracia y con pasmosa clarividencia - aquello de “El disco es cultura”. Casi tres décadas después, ninguno de esos innobles formatos de la cultura –hoy convertidos en dúctiles compact disc y dvds – han traspasado los muros de la Biblioteca. Y de ordenadores, ni hablemos. ¿A qué se debe este desprecio?

Por lo demás, excepto que uno se llame Jorge Luis Borges, el acceso rápido y eficaz a los fondos de nuestra Biblioteca puede resultar toda una odisea, digna de despertar a Homero: libros mal señalados, revistas amontonadas sin criterio unas encima de otras ¡en el antiguo perchero!, ausencia de novedades, y sobre todo la imposibilidad de una consulta informática, desde una simple pero organizada base de datos. A este caos podríamos añadir la falta de una estadística fiable que nos indique el número de préstamos que se realizan al año, cuáles son los gustos literarios de los trujillanos, sus hábitos y horarios de lectura, para, de esta forma, poder fomentar aún más el encuentro con los libros.

Un recinto, no nos engañemos, como cualquier otra cosa en la vida, termina siendo el reflejo de quienes en él desarrollan su vida. Así las manos hechas a las labores de la tierra terminan llenas de dureza y cicatrices, así las manos del que ama acaban amasadas para el goce y la ternura. ¿Pero cómo han de ser las manos del que atesora los libros, las obras del tiempo? Yo me imagino unas manos precisas, seguras, indiferentes, autómatas... pero manos, al fin y al cabo, útiles. Creer que una biblioteca es básicamente un archivo, es tan descabellado como pretender plantar árboles en el ministerio de agricultura. Una biblioteca sin actividades, sin incentivos para la lectura esta abocada al fracaso. Puede servir, claro, para justificar un sueldo, unos presupuestos anuales, o cualquier otra mandanga, pero no para asegurar la formación de sus usuarios. Y en estas estamos.


Estrafalario estravagario


Debe ser así la historia. La que aprendemos olvidando otras historias, otras razones que quedan fuera del escaparate, en la trastienda de la vida, bien precintadas en enormes cajas de cartón con dirección al olvido. Y, si es posible, a cobro revertido.

Pienso esta idiotez, mientras escucho la gastada y seca voz de Ángel González en la televisión, con su catódica mirada por encima de sus gafas nubladas y su memoria, no mucho más apacible. El programa que me depara tan inoportuna reflexión, se llama Estravagario y en él esta noche han comparecido, como velados amantes ante el notario oficial de la historia, algunos poetas de la llamada Generación del 50.

Como apacibles testigos de la grandeza literaria de Gil de Biedma y Ángel González, -y éstos en nombre del resto de poetas de aquella genial camarilla, que no en vano llamaron también “generación del alcohol” -, van testificando algunos viejos retoños que aún no han perdido un brillo agradecido en sus ojos y un aire enamorado en sus versos: García Montero, Benjamín Prado, Jiménez Millán...

Durante el intenso interrogatorio, bien posicionados del lado de la felicidad, unos y otros rememoran la historia social y literaria –si no es la misma- de los últimos cincuenta años en España. Sin embargo la memoria, por lo demás absolutamente fiable y precisa de Ángel González, parece naufragar gustosamente en los bancales de la cotidianidad, ya saben: el tono bajo y el vaso cómplice.

No recoge por tanto, este acuerdo civil, algunos nombres claves e imprescindibles en aquellos años terribles a los que sin embargo tanto deben. Por alguna inquietante razón que todos saben, se han omitido los nombres y hasta las referencias a Claudio Rodríguez, Antonio Gamoneda, José Ángel Valente o Francisco Brines, por no arañar más esa historia caprichosa que todos aprendimos confiados y algo ingenuos, si se me permite.

De tan salvaje operación desconozco los motivos. El acta matrimonial sólo recoge fervorosos piropos, sensuales caricias y hasta algún beso apasionado: Caballero Bonald reconociendo la influencia de González. De los otros nada. De quienes al parecer debieron ser meros convidados de piedra ante el espectáculo espontáneo de sus versos, nadie dice nada. Ni una sola palabra, ni una breve referencia a éstos compañeros de antología. Está visto que si algunas antologías pudieran servir como sacramento de viejos matrimonios, los encendidos amantes de esta noche no obtendrían la nulidad necesaria para amar contornos más bellos.

Así pues, me he tirado en el sofá con la certeza de asistir a un embargo. Suele ocurrir que las nuevas generaciones traten de negar a sus maestros. No fue así con la Generación del 50, tal vez la primera operación mercadotécnica de la historia de nuestras letras. Para las anteriores solo podemos usar el término promoción. Aquí encontramos fieros estrategas del autobombo, publicistas de la cultura, promotores de la única verdad. Sin embargo es ésta la primera vez que veo a algunos maestros renegar de otros maestros, silenciar sus charlas, sus compromisos, la lealtad de una edad y una dedicación que los reunió en el tiempo y en nosotros.

¿Qué razones pueden motivar tan clandestino olvido? ¿Qué mano enferma se ha atrevido a borrar de la fotografía los rostros de sus compañeros?

La ceremonia prosigue, pues, con reveladora concupiscencia. Éstos, los de ahora, ya no son los de antes. Pasado queda la pasado, y esta lluvia, como la de Borges sucede lejos, lloviéndose incansable en algún rincón del ayer. No hablaremos si se nos pregunta algún motivo que objetar al compromiso.

Será mejor echarse en el sofá mirando atentamente cuanto sucede, las manos que firman el contrato mercantil, los labios que fijan la repartición de bienes, los días de custodia, las cuentas comunes... y así, ahogado en el trago del humo, perder un tiempo precioso ante el televisor, mirando a los firmantes sin pestañear y con la vana esperanza - a qué negarlo- de qué la ronda termine en subasta.


Soledad sin hielo


Una mañana, Gregorio Samsa se despertó convertido en un espantoso insecto. Así, de esta fulgurante manera, da comienzo una de las novelas más prodigiosas del siglo pasado, La metamorfosis, de ese universo de contradicciones que los astrónomos del pensamiento y las artes creyeron Franz Kafka. Pero Kafka en sí, como Gregorio Samsa, su personaje, no están, ni mucho menos contenidos en la estrecha amplitud de dos vidas hechas, de ficción la una y de sueño, la otra.

Hay a nuestro alrededor numerosos Samsas y múltiples Kafkas que entran y salen de nuestra vida. Nosotros mismos, a quienes el azogue de los espejos cotidianos no se atreve a contradecir, ¿quiénes somos? ¿Dormimos acaso un sueño molesto y turbio del que conjuro alguno nos despertará? ¿Y si al despertar con la luz de la mañana, nos viéramos convertidos realmente en lo que somos? No un insecto, ya, o una rata, o un perro verde y cabizbajo, sino algo peor: un ser humano distinto, contrario a la mayoría.

La repentina transformación en un ser agotado o extraño o deforme, como sucede tantas veces a nuestro alrededor, como está sucediendo, sin duda, en este mismo instante no muy adentro de nosotros mismos, me pone tras la huella de un delito predecible. El mismo día en que releo La Metamorfosis salta a los informativos la noticia de una anciana a la que sus hijos han abandonado en plena calle. Lo más kafkiano de todo, no es el abobinable objetivo, sino el argumento mismo de sus malhechores: - no sabían qué hacer con ella, han confesado horas después a la prensa.

Sin duda, éste es un hecho que se sucede con relativa frecuencia, sobre todo en los meses de verano y los días posteriores a la Navidad. Porque esa anciana, tal vez una madre inválida o senil, o simplemente hastiada de una vida llena de ingratitudes, se ha transformado de la noche a la mañana en un ser molesto e inútil, del cual ya nadie saca provecho alguno, ni siquiera sus hijos.. Es la metamorfosis de la decadencia, la imperceptible involución de las arterias, el lento nacimiento de la muerte lo que les repele en ella. Pero no la muerte misma, que algunos esperan con descarada ansiedad para librarse así del insecto, sino sus angustiosas salas de espera, su olor a horas perdidas, su tráfago angustioso, el verde clínico de las paredes que nos pone, a todos, en la perspectiva de nuestro propio final. Y ésa metamorfosis es percibida aún con mayor crueldad por aquellos que un día nos amaron. Así le sucede a Gregorio Samsa, cuyo padre es quien se encarga de mortificarlo incrustando una manzana en su duro caparazón. Otras veces incrustamos la soledad y el desafecto, o una carretera de provincias sin más, o las escaleras mecánicas de unos grandes almacenes, en el duro caparazón inservible de una mascota o una madre ¿qué más da? El caso es salir corriendo no vaya a vernos nadie y piense, luego, que tenemos algo que ver - nosotros, tan normales - con el insecto.


Impresión de Gabriel y Galán


De las muchas formas que existen de acercarse a la poesía (con el grave riesgo de acabar amándola), hay dos, al menos, que terminan por acarrearle al lector algunas serias contradiciones. Me refiero, por un lado, a esos poemas de la infancia, que uno escuchaba a cantautores noctábulos, a sus abuelos, en los actos públicos o, muy raramente, leía en periódicos y libros perdidos. Y, del otro lado, aquellos libros y autores que el lector (acaso condenado por aquel lejano son de la infancia) busca y relee con voracidad y devoción, reclamando de su maestría algún dulce contagio.
Confieso que la poesía de José María Gabriel y Galán tuvo para mí durante años el grave acento de lo que un día cayó como un plomo incandescente en mis párvulas manos, y que en más de una sonrojante ocasión fuí obligado a declamar para goce de mis mayores. Sin embargo, los años han ido llevando a este lector a las paginas del poeta salmantino en múltiples ocasiones, no con ánimo torcido ni nostalgias, sino con la atención y el respeto de quien descubre varios milagros en ella.

En primer lugar hay que prescindir de aquel largo conato de casticismo mal digerido que dio en llamarse "castúo", y todo el folklorismo propio de un pueblo, el extremeño, entregado antes a la gloria de sus personajes que a la obra de éstos. Luego, como ante toda poesía, hay que leer con cierta ingenuidad, buscando la sorpresa, el tono del autor, que a primera vista parece sumergido bajo una capa de niebla y tiempo.
Sólo entonces encuentro, en mi dos viejos tomos de la edición de sus obras completas (Afrodisio Aguado, 1941) signos que delatan el genio de Gabriel y Galán. Me refiero a poemas como "A un rico", "Dos nidos" "Presagio" o la incontestable emoción de "El embargo". No en vano han sido poemas de largo recorrido que varias generaciones han jaleado y aprendido de memoria junto a otros más populares como "La ciega", "Sibarita", "Noche fecunda" o "La pedrada".
Y es que no hay razón, por más que las inquietudes estéticas sean tan dispares, para no sentir estos poemas como lo que verdaderamente son, el emocionado canto de un hombre sencillo y culto al mismo tiempo, que más que en el paisaje, como hubiera querido, dejó grabados en la memoria de Extremadura el pulso verdadero de una época y la inolvidable luz de unos poemas que lograron trascenderla.


De cenáculos y tertulias.

"Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde" nos advierte tajante un poema de Gil de Biedma.

La vida que, sabido es, no es literatura, aunque la literatura pueda, sí, ser vida, gusta de amueblar con las más variadas especies ciertos lugares poco propensos, por cierto, a la buena literatura. Son las tabernas, los cafés de artistas, las tertulianas fondas, esos rincones podridos por la memoria, de lances secretos que la parroquia vocifera y celebra con solemnidad arzobispal, episodios nacionales de versos como espadas, y espadas como labios, que atesoran su gastado brillo ante el alba inesperado del siglo XXI.

En estos lugares, al arropo del grupo, al calor interesado de la amistad, saca el tibio sus versos titubeantes y los acerca con ascua de bautismo a los depredadores. Se sacia en ellos y ellos en él. Y nada queda en el aire blanco de los puros que objetar al insensato. Todo son parabienes, todo indolentes razones de entusiasmo. ¡Cuántas veces, el inocente, llevado por críticas lascivas termina borrando de aquel poema original y secreto algunos signos de verdadera poesía!

"Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos"

Confieso que es la historia de tantos, mi propia historia, la historia, pues, de la literatura, que consiste en perpetuar este rito iniciático a través del conjuro de las deidades del gremio, a saber: las órficas, y, por supuesto, las báquicas. Baco y Orfeo en lucha por el alma insensata que atraviese el cortinaje de humo y conversaciones, de paraguas olvidados y suelos de serrín por compartir el café y la sonrisa rival de unos pocos aduladores.

"Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma..."

Si he dejado este vicio, en seco y sin terapia, ha sido por el descubrimiento fulmíneo de que la vida va en serio, y... la Poesía también. Y que en este ejercicio de trenzar versos hay un no sé qué que queda balbuciendo en el alma, en la vida de los demás, y que merece el rigor del artesano antes que el vuelo del artista.

También - a qué negarlo – fueron numerosas las envidias, los ataques, los celos, en fin, que afloraron como margaritas de aluminio bajo las uñas de los poetastros.

"Envejecer, morir, / es el único argumento de la obra"

Todavía hay quienes me preguntan por qué razón no asisto a tal o cual tertulia. Siento, entonces, con embriagadora alegría, que no he faltado un solo día a la cita con Lope, Shakespeare, Leopardi o Pessoa... y tantos otros a los que cada tarde saco a pasear conmigo, invitándoles luego a compartir un café, tibio y silencioso, ya en casa, sobre el mármol de mi mesa, único mármol –me temo- que de la nutrida posteridad merezcan mis versos.


El tesoro de los Casado.

Una mañana, y sin previo aviso, recibí la siguiente joya por correo electrónico:

"Daniel, yo soy X Casado vibo en los estados unidos naci en la republica dominicana desendiente de familia spanola, mi padre me dijo que una senora le dijo que hay una erencia de dinero en spana para la familia Casado, yo quiero saber si es sierto, porfabor escribeme.

att. Xcasado
X c79@yahoo.com"

Mi contestación, después de apurar la carcajada, fue la siguiente:

"Hola César, créeme que jamás he tenido noticia de que exista tal herencia de dinero destinada a satisfacer las muchas perspectivas de la dinastía de los Casado. Claro que ahora que lo dices, eso explicaría el extraño comportamiento de mi padre...

Un abrazo y sigue buscando...


Daniel Casado"

Días después, se lo remito a mi hermana por chat, y ésta no para de reirse. Se ríe demasiado, la verdad. No sé, no sé...


Una confesión. Al otro lado del silencio.

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.

Palabras para Julia
José Agustín Goytisolo

 

 

A veces, Marta, pienso en tus fotografías, las que nunca he visto, las que nunca quizás veré.
Pienso en ancianos y enfermos detenidos en la quietud, apuntalados en su puntual espera, obstinados en la mansedumbre de la muerte.

A veces, Marta, más que en ti, pienso en tus fotos.
Puedo entender que la vida nos empuje en direcciones opuestas, que pronto, tal vez ya, encuentres a alguien y seas feliz, pero una y otra vez me pregunto por tus fotos. Algunas noches tecleo tu nombre en Google y sólo encuentro solícitas secretarias, tristes capitanas sin ejército. Nada.

Pues yo quiero ver ese instante perdido de tu vida, ese segundo de fuego en el que tú miraste un paisaje, una figura, y decidiste detener su tiempo. En ellas, quiero encontrar, no la imagen apresada en el papel, sino esa otra, tu propia imagen, cuya mirada me espera, día tras día, detrás del objetivo una cámara, al otro lado del silencio.


Salúdame, hombre muerto!

 

De la remesa de sermones televisivos, engatusamientos varios y otras frivolidades que rodean al "espíritu de la Navidad", me ha emocionado un anuncio que por su extrema sensibilidad da de lleno en el corazón de la cuestión consumista.

El anuncio es de una organización médica privada y en él se puede ver a una niña de unos cinco o seis años que le devuelve a un señor con cara de zapato los juguetes que le han echado los reyes magos. El taciturno funcionario le pregunta: ¿Qué haces? ¿Es que no te han gustado? A lo que la niña, con una mirada de Marcelino con más pan que vino, le responde: "Quiero pedirles otra cosa"

La siguiente imagen es de ésa niña visitando a su hermano enfermo en el hospital, abrazándole.

Bueno, pues ésta pequeña y tierna historia es -no vayan a creerse - algo que aparece ahí en medio de la chusma, de los potingues y las hipotecas, de los cupones y las compresas, y nos derrumba de repente su sencilla y maravillosa sensibilidad.

La cuestión es que a mí no me cuesta nada reconocer que un episodio así me emociona y me desarma, y que me entran ganas si no de invadir Polonia, si al menos de plantearme las cosas de otro modo. Con cierta responsabilidad, supongo.

Pero vayamos al grano, el asunto es que esta misma mañana en casa de unos amigos ha salido este anuncio y yo -inocente- no he sabido ocultar la emoción que me causa: la respuesta ha sido inmediata y tajante. - "Pues a mí no me gusta nada, me dan ganas de llorar".

Acabáramos. O sea que aquello que repudiamos es precisamente lo que más nos acerca a nuestra condición de humanos: la emoción. Nos emborrachamos de violencia y estupideces, nos atiborramos de glamour y cutrerío, para olvidar que somos sensibles. Como si esta capacidad -inherente por lo demás a todo ser humano- nos hiciera más frágiles, nos desprotegiera de algo o de alguien.

Mal nos va. Mal nos va, digo, a quienes además de emocionarnos con rotunda facilidad buscamos causar con las palabras ese mismo efecto en los demás.

( ¿Y si tú, lector de estas líneas, llegas a ser algún día el que cierre mi libro o interrumpa la lectura con esas mismas palabras: "Calla, calla, me dan ganas de llorar"? )
Cuando la emoción se enfrasque, se conserve tras las vitrinas de los museos, se aprenda en proyecciones tridimensionales o se recite de memoria y sin sentido como un rosario corrompido, salúdame, tú.

Sí, saluda a quien un día casi te hace llorar.

Salúdame, hombre muerto.

 


La desaparición:

 

La desaparición va sucediéndose con premeditación, alevosía y la certera nocturnidad de los rotativos; aún es posible que usted, amigo lector, no haya notado la diferencia, que abra como cada día su diario preferido y encuentre en él la acostumbrada dosis de irrealidad, que para eso paga. Pero el caso -y sin duda es un caso para la sección de sucesos- es que el término "cultura" está desapareciendo en los periódicos y revistas de este país, por no hablar de otros medios donde su sola mención es, al parecer, un anacronismo que espanta a los espectadores.

Así, el término "Cultura" que conocíamos para designar aquella sección que suele encontrarse en algunos diarios españoles entre la de "Economía" y la de "Anuncios de relax", ha sido sacrificado en varios de ellos en favor del de "Espectáculos" o, peor aún, esa villanía con la que se pretende hoy día suplantar cualquier atisbo de libertad, llamada "Ocio".

En efecto, al modo de aquella novela de George Pèrec, "La desaparition" en la que el escritor francés narraba su historia prescindiendo de la esencia del idioma francés, es decir, la letra "e" (dando una vuelta de tuerca magistral, sus editores españoles consiguieron traducirla al castellano, hurtando a su vez, nuestra letra más visible: la "a", titulándolo "el secuestro"), al modo, digo, de esta rocambolesca idea, la información que hoy nos llega parece hablar de lo mismo, pero no es lo mismo. Hay evidentes intereses en que la cultura quede hoy renegada a una mera función de espectáculo, y más aún a que el espectáculo haga olvidar cualquier sensación de cultura. Así las cosas, no es extraño encontrar en las mismas páginas destinadas a comentar el último libro de Caballero Bonald, una noticia sobre David Copperfield, el mago, por supuesto, no el personaje de Dickens.

La cosa puede parecer trivial, pero créanme que no lo es en absoluto. Se trata de un signo más de la absurda idiosincrasia de este país, enfangado hasta la médula en un analfabetismo ilustrado, o si lo prefieren, en una ignorancia cultivada, que es la peor de todas, pues no atañe a carencias educativas, sino al desinterés de sus habitantes. España es el país con menor índice de lectura de la unión europea, a la vez que ocupa un prestigioso segundo lugar en cuanto a edición de libros. ¿Cómo se explica esta paradoja? ¿Qué hacemos entonces con los libros? O hay una inusitada cantidad de mesas para calzar en este país, o los españoles hemos aprendido a darle una utilidad al libro que aún no me ha confesado nadie. Tal vez tenga algo que ver la alarmante proliferación de "autores" que poco o nada tienen que ver con la escritura de libros, y menos aún con la literatura. Como considero inteligente al lector, daré por obvia la explicación de que cualquier ciudadano está en su derecho de escribir un libro, que no tiene que ser forzosamente de literatura. Ahora bien, convendrá conmigo el lector en que, del mismo modo, el editor está en su derecho de rechazar aquellas obras que no alcancen un mínimo criterio, no ya de calidad, sino de dignidad. Dignidad para con el lector, y dignidad para con el propio autor.
Esto, como pueden imaginar, es hoy incomprensible, pues el único criterio que prevalece es el de la rentabilidad, y aquí es donde los términos cultura y espectáculos se separan. Hoy nuestras librerías están llenas de personajes del espectáculo - amén de otras glamurosas especies - con impagables libros acerca de los más peregrinos temas. El problema es que la cultura, la literatura, la música, el arte de verdad, no compite con estos en igualdad de condiciones. Hace unos días, un amigo escritor, que acaba de publicar su primera novela tras más de quince años de oficio en la poesía, me explicaba algunas de las claves del sistema editorial español. Me comentaba que por exponer una semana su libro en el escaparate de unos grandes almacenes de Madrid, la editorial se veía obligada a pagar la friolera de cincuenta mil pesetas, que en euros asusta menos, pero se paga igual. Y no acaba ahí la cosa: resulta que en las estanterías de algunas librerías donde los lectores encontramos los libros colocados de lomo, mostrar un determinado título de frente, o sea la portada, cuesta dinero. Con estos parámetros, no debe extrañarnos que el término "Cultura" esté desapareciendo de nuestros periódicos.
Tal como está el patio, asomarse a ese mundillo cultural que están creado algunos mangantes, es, no cabe duda, todo un espectáculo.


Los rudimentos de un artista en paro:

 

Aviso para caminantes

 

Caminante, no equivoques tus pasos:
estás a punto de pasar de una ciudad a otra:
Troxiello, Turgalium, Trujillo.

Nunca sabrás cuál conociste y a cuál has de volver.

Por ella has abandonado toda senda y toda ruta.

Deja que nosotros, débiles dioses del hogar,
procuremos tu alimento y tu descanso.

Pues has llegado a la ciudad sumergida,
donde el mar devuelve los sueños olvidados.

Entre, pues, o aléjate.

Tus pies ya conocen las dos orillas.

 

* Texto para la web de un hotel. www.2orillas.com


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