Daniel Casado (Cáceres, 1975)

 


Derivas Julio de 2005:


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Parece que este sofocante mes de julio tiene días tontos y estoy dispuesto a aprovecharlos. Corre una brisa boba, sin rumbo, que se prende en las axilas de los estudiantes y levanta con estrépito las faldas a la tarde. Me enfundo mi traje de turista y camino sin rumbo por el Museo Romano. En la mochila, dos libros: "Con pólvora y magnolias" de Méndez Ferrín, un poeta que siempre leo con interés, aunque hoy, releyéndolo, me ha parecido algo reiterativo y más ilógico que nunca. El otro, en cambio, es uno de los poetas que más estimo: Diego Jesús Jiménez. Llevo su última antología, en Hiperión: Iluminación de los sentidos y sus versos me alcanzan de lleno: "Ahora que sólo aquellos / cuerpos de nuestra infancia nos escuchan / ¿cómo podré verte?"


¿Propiedad intelectual?
(Mérida, 25 de julio de 2005)

Leo en el ABC Cultural del sábado pasado (el mejor suplemento de la semana, con diferencia) un oportuno artículo firmado por Núria Cots, que recoge las impresiones e ideas del último encuentro Copyfight celebrado recientemente en Barcelona. A su lado, otro artículo, éste más tramposo, de Miguel Marañón Ripoll intenta esclarecer el panorama confundiendo términos. No es fácil, en efecto, tratar a las claras el dilema que plantean hoy los derechos de propiedad intelectual sobre una obra artística, y no lo es sencillamente porque no interesa abordarlo, porque no se quiere el debate. La idea más extendida (propugnada por la SGAE ¡Ay, Teddy quién te ha visto y quién te ve!) es que todo aquel que copia o accede a un trabajo artístico sin adquirirlo (es decir sin pagar por él) es un ladrón sin escrúpulos.

Internet, claro está, ha venido a poner patas arriba el chiringuito montado por editoriales, diseñadores y casas discográficas, al facilitar el intercambio masivo de información y la utilización generalizada de programas, textos, imágenes y archivos de sonido (mp3). La reacción no se ha hecho esperar, sobre todo en el sector musical, y hemos visto imágenes realmente patéticas de músicos denunciando públicamente la ilegalidad del top manta, y reconociendo en privado que apenas alcanzan a vivir con lo que cobran de derechos de autor por sus canciones. En el sector editorial no se han removido, por el momento, las aguas. Aunque las actuales deficiencias del libro electrónico sólo están retrasando un efecto inevitable. La lectura en la pantalla acabará compartiendo nuestro tiempo con la lectura en el formato tradicional del libro, por más que éste último nos resulte más íntimo, personal y hasta romántico. Y si no, al tiempo.

En cuanto a la poesía en la Red, la inmediatez del poema parece propiciar el tráfico de versos y la impudicia de autores y lectores. Así, he llegado a ver programitas del tipo Powerpoint en los que sobre un fondo de atardecer sobre mar en calma se lanzan máximas de la intensidad poética de: "No dejes de sonreir por haber perdido el sol. Las lágrimas te impedirán ver las estrellas", que luego vienen firmados por un tal Jorge Luis Borges o Gabriel García Márquez. Los de Neruda suelen ser aún peores. Pero este tipo de atentado poético produce inlcluso cierta ternura, al comprobar que algunos infelices necesitan creer que esa maravillosa frase ha sido acuñada por la mente privilegiada de Borges, Neruda o García Márquez. Ya digo, es, en todo caso, un atentado menor.

Frente a la rigidez del Copyright, que impone un mínimo de 70 años para que una obra artística pase a ser de dominio público (¿por qué se nos sigue cobrando al comprar un disco de Bach o de Beethoven?), surgió en los años 90 el término Copyleft, promovido por el colectivo Wu Ming, un grupo de artistas japoneses con una historia realmente curiosa a sus espaldas y que el lector puede indagar en esta misma web, en la sección Algo sobre el Copyleft. Éste grupo de artistas, que Bill Gates calificó de comunistas de la cultura, obtuvo hace unos años un rotundo éxito con la novela "Q", que venía firmada por el colectivo y se podía bajar completa desde Internet.

Bien, pues el copyleft defiende, en resumidas cuentas, la libre circulación de información sean cuales sean sus soportes, citando tan sólo el nombre de su autor, y exigiendo derechos de autor únicamente en los casos en los que ésa obra genere un rendimiento económico a quienes hacen uso y disfrute de ella.

Todos los contenidos de El tiempo de la Palabra se acogen a los derechos del copyleft. Es decir, cualquier poema, imagen, archivo de audio (mp3) o recurso informático contenido en ella, puede ser descargado a su ordenador por el usuario y enviado a quien desee, citando tan sólo la fuente y el nombre de sus autores. Como quienes escribimos en esta web no somos, pongo por caso, Pérez Reverte ni Rafael Alberti, no tememos perder cuantiosas sumas por los derechos de autor de nuestros escritos y poemas, y preferimos consolarnos pensando que, al menos, este intercambio de textos literarios -es decir de emociones, no de objetos - contribuye de alguna manera a difundir la creación artística de sus autores y tal vez, motivar otras.

El ejemplo citado por Núria Cots al respecto del Quijote de Avellaneda no puede ser más certero: cuando Cervantes tuvo noticia de que circulaba otro Quijote, se apresuró a escribir una segunda parte matando, por si las moscas, al protagonista. Se trataba de un claro plagio que hoy merecería un duro castigo. Pero prefiero quedarme con la reacción del fénix de los ingenios: redobló su arte, impulsó de nuevo su creación.

Quien crea una obra artística, sea de la magnitud que sea, reconoce en lo más hondo de sí cuánto debe a otros autores, a la propia historia del arte. Y sabe, por añadidura, que un posible plagio no va a mermar su capacidad creativa. Sería deseable que todos reaccionáramos como lo hizo Cervantes, redoblando nuestras fuerzas frente al agravio, más estimulante que ofensivo, de quien se ha mirado en un texto nuestro.

Por último, sugiero la escucha de la ponencia titulada "Las mentiras más importantes de la piratería" pronunciada por el abogado y experto en propiedad intelectual David Bravo, en los cursos de verano de la Universidad de Sevilla de 2004. El diario El País la seleccionó como la más interesante. No tiene desperdicio. Además de aclarar muchos términos y desmentir otros tantos bulos, el humor de Bravo acaba haciéndonos pasar un buen rato (son 45 minutos).

Buen provecho.


Bucólica improvisada
(Mérida, 24 de julio de 2005)

Tarde de paseo con Á. y M. a orillas del Guadiana. Corre un viento suave que, apenas se anuncia en las ramas, desaparece. El sol hunde su asta en los muslos del río. Quienes reparen en el feroz cortejo de las nubes, verán pronto una herida cárdena en el cielo.

Cuando era niña, mi madre temía el atardecer. Las monjas le habían contado que el fin del mundo vendría precedido de una mancha roja en el horizonte. Con su cuenco de leche, volvía corriendo a casa sollozando y cubierta de espanto. Aquel catolicismo rancio no podía prescindir, en su terrible imaginería, de la inocente belleza de los cielos. Sé que ella aún contempla, con un callado temor, este fuego lento que se apaga en las calderas de la tarde.


En Irak, los muertos aseguran que la guerra no ha terminado. En Sharm el sehij, sesenta y cuatro cadáveres relucen al fondo de la estadística, esa alcahueta moderna de la memoria. En Sudán, tan sólo la muerte concede un día más. Aquí arden, como cada verano, nuestros bosques.

La historia de la humanidad no puede ser sino una historia suicida.


La poesía de Antonio Carvajal: altaneras aliteraciones alicatándolo todo.


El crítico cítrico
(Mérida, 22 de julio de 2005)

Abro un cajón y encuentro una carta olvidada de José Luis García Martín. En ella comenta algunas impresiones de mi primer libro, El largo andar tan breve, que, asegura, le ha resultado emocionante. Antes de esbozar siquiera una sonrisa, recuerdo que en cierta ocasión me confesó que sólo dice la verdad cuando escribe, o sea en lo que publica. Las perversiones de la elegancia le impiden, al parecer, ser franco en privado. A todos dedica palabras de elogio o entusiasmo. - ¿Y por carta?, se me olvidó preguntarle.

Tal vez sea mejor así.


Informe policial:

Cuando por fin entramos en el abigarrado estudio del crítico, algunas rimas sinceras seguían sangrando sobre la moqueta.


España ©
(Mérida, 21 de julio de 2005)

Produce risa escuchar a Mariano Rajoy acusar al gobierno de estar desmembrando España. Lo dice, además, desde la sede de la FAES, el nuevo centro de prelavado donde José María Aznar juega al desarrollo social. Dirigen sus funestos índices al gobierno y los partidos nacionalistas. Pero se confunden, una vez más. No son ellos, nacionalistas o no, quienes están deshaciendo ésa marca llamada España. Somos nosotros, los ciudadanos, fusionándonos incontenibles, mezclándonos, descubriéndonos cada día...

Nosotros, que aceptamos a tod@s. Incluso a ellos.


Una Polaroid:
(Mérida, 21 de julio de 2005)

En el concierto de Maceo Parker en Mérida, dos muchachas bailan y se besan apasionadas. Un tipo, a mi lado, las observa con verdadero asco y me mira esperando que apruebe su reacción. Al no encontrar respuesta, sigue bailando, como si tal cosa.

(¿En qué mundo vivimos?)


Pero estamos aquí. TODOS.


Último exabrupto lírico ambiental de la madrugada del veinte de julio de dos mil cinco: (Perdonen las molestias)

Leyendo alguna antología de poetas actuales (no nos engañemos: todos las leemos) advierto el tácito acuerdo de prescindir de las "grandes palabras", de hablar en tono menor, esquivando los grandes asuntos del Alma. Se han de evitar, al parecer, todos los términos que huelan a trascendencia. Han caído en desprestigio. Vale más apurar la nimiedad del instante, que levantar la vista al cielo. Es preferible amar un cuerpo, que indagar su perpetuo secreto. La muerte, con sus bastones de largo, ha sido expulsada y los poemas cabalgan limpios, ingeniosos. Estériles.

"No te sumes a la marcha. No quieras añadirme al carnaval. Ni siquiera al de la tristeza. Acómpañame, hermano. Devolvamos a esas grandes palabras su ingente verdad" - Me dice un poetastro de provincias, que a veces coincide conmigo mismo.


Nota: Gracias, Iris, por la corrección.


Retales para un poema:
(Mérida, 17 de julio de 2005)

Hasta el último de sus días, mi abuelo me ofreció cacahuetes con sal que guardaba en un frasco verde.

Una tarde me besaron unos labios menos temblorosos que los míos.

He leído a Leopardi a la sombra de un ciprés.

Sé que he vivido suficiente.


Telón de fondo:
(Mérida, 15 de julio de 2005)

Milan Kundera en su último libro, El telón (Tusquets): "Podemos deducir que la noción de lirismo no se limita a una rama de la literatura (la poesía lírica), sino que designa cierta manera de ser, y que, desde este punto de vista, el poeta lírico es sólo la más ejemplar encarnación del hombre deslumbrado por su propia alma y por el deseo de que sea escuchada. Desde hace tiempo, la juventud es para mí la edad lírica, o sea, la edad en la que el individuo, concentrado casi exclusivamente en sí mismo, es incapaz de ver, comprender, enjuiciar lúcidamente el mundo a su alrededor. (...) El paso de la inmadurez a la madurez es la superación de la aptitud lírica.

Rilke, con idéntica razón, defendía todo lo contrario.


Fotografías anónimas llegadas a nuestra redacción:
(Mérida, 13 de julio de 2005)

¿Antonio Sáez Delgado
en el festival de Cante de las Minas?


¿Sáez y Casado montando un dúo flamenco...
...o tal vez de fado?

¿Será esto lo que la crítica ha llamado
"La gracia y el duende"?

Olé qué arte!!!

El Maestro Sáez cantando a Pessoa por bulerías

¡Si nos dan una guitarra arrasamos!
- declararon los artistas.

(El Maestro Sáez entrando por fandangos al célebre
"Nâo só vinho, mas nele o olvido, deito...")


El entregado público pidió de propina el fado
"Prazer, mas devagar"
¡pero no conseguimos las fotos!

(Otra vez será...)



El vigilante de la nieve
(Mérida, 12 de julio de 2005)

Desde una buhardilla de su blog, miro a Santos Domínguez releer con calma la revista Espacio / Espaçao Escrito. Efectivamente, el último número que sostuve en mis manos estaba dedicado a Gamoneda. Recuerdo que fue en la Feria del Libro (y el disco) de Almendralejo y que no pude comprarlo. Una señorita me advirtió: "Lo siento, no esta a la venta, es sólo de exhibición". Y allí se quedó, retractilado y todo, que ni tiempo me dio a abrirlo. Meses después, sigo sin ver aparecer ese número por las librerías de Mérida. Debe haberse evaporado por el calor estival.

Esta vez, Santos ¿qué nueva luz nos revela el vigilante de la nieve?


Alguna verdad, aprisa y corriendo

Suelto aquí este soneto que me persigue desde hace algún tiempo. No espero publicarlo en ningún libro, pero aún me entretiene desvelarme en las formas clásicas, mondar liras y sextinas que luego Ángela, con párvula sabiduría, emborrona de nubes o decora con casas y arbolitos. Defiendo, con José Viñals, que tiene poco sentido publicar hoy sonetos y romances como si la historia (lo que lo críticos llaman tradición) no hubiera pasado por nosotros. También éste, como los mejores vicios, acabo practicándolo a escondidas.

Cuatro verdades

Querrías añadir cuatro verdades
a la verdad rigurosa del libreto,
hacer del último episodio un fin discreto
que al cabo retocara el desenlace.

Avanza la vida, sí, y no se estudia
en gélidas lecciones que reclamas,
en versos y poemas que repudias
porque aman de ti lo que más amas.

Incierta, escurridiza, natural,
velándonos de lejos noche y día,
pasa entera por la vida nuestra vida

pasa el arte y el oficio y el mural,
lo que no pasa –pues no cabe- es la agonía
atenta, descortés, estremecida.


No acabo de saber si es bueno o malo. Que lo decida la deriva...


En una estación del metro:
(Madrid. Lunes 11 de julio de 2005)

La aparición de esas caras en la multitud.
Pétalos sobre una húmeda, negra rama.


- Ezra Pound -


Kiko:

Érase una vez un instante... libertos niños amantesNacido de la encrucijada violácea de una estrella y un pinzón, Kiko Murillo, frecuentador de atardeceres submarinos, conoce el sueño de las medusas. En su límbica naturaleza crea tabas musicales, crótalos de rana, escaleras de huesos para la luna, a la que corteja con salmodias celestes. En su éxtasis hiperbólico llega a creer que el paulatino creciente de sus cuartos prometen el hijo definitivo, el demorado fruto de su amor. En las noches de niebla se le ha oído gemir en un dialecto extraño, similar al de las fuentes al secarse, y en las playas sin orilla se han encontrado rimas ahogadas. De él se dice que sólo teme a la nieve y al olvido.



El Circo del Sol
(Cap d´en font. Sábado 9 de julio de 2005)

Estos días en Menorca tendrán para mí el recuerdo, imborrable ya, de la música del Cirque du Soleil. Pese a lo mucho cantado, a las coplas de Chavela y José Alfredo, los boleros de Manzanero, los gags de Silvio y Sabina, las muecas de Bunbury y las pinceladas de Manolo García... en los ratos de soledad y de ternura siempre amanecía el sol de este circo. Eslabón perdido y maravilloso de un arte inmemorial, esta gran compañía circense creada en 1982 en Canadá por Guy Laliberté, ha revolucionado todos los aspectos del circo, preservando su categoría de espectáculo artístico. En su vertiente musical, el Circo del Sol ha demostrado siempre estar por encima de géneros y etiquetas. Así, sus composiciones obedecen únicamente a las necesidades del espectáculo sobre la arena, propiciando una mezcla de estilos que van de lo tribal a lo sinfónico, de la electrónica al cabaret, del tango a la fanfarria (maravillosas, por cierto). Espectáculos -y grabaciones- como Quidam, Alegría, Saltimbanco, Dralion o La nouba son exponentes del potencial creativo del Circo del Sol hasta tal punto, que es posible prescindir del espectáculo visual para centrarse en la calidad de sus composiciones. Su mayor responsable es, sin duda, el músico francés Benoit Yutras. Sus composiciones y arreglos logran combinar efectismo y sensibilidad con envidiable maestría. Como ejemplo, baste escuchar el tango "Querer" (Alegría); esa especie de fado balcánico llamado "Nostalgie" (Dralion) y esa joya con formato de canción de autor: "Let me fall" (Quidam). Una música muy apropiada, por cierto, para sobrevolar el Mediterráneo.

El arte en forma de página web: www.cirquedusoleil.com .


Dominio astral
(Cap d´en font. Viernes 8 de julio de 2005)

3:40 h. aprox: No hay luna. Tumbado sobre el césped, miro las estrellas. Me sobrecoge la idea de que cualquiera de ellas pueda haber dejado de existir hace millones de años. Curro, perdido en la niebla de su propia divagación, sostiene la vieja teoría de que si superásemos la velocidad de la luz conseguiríamos viajar al pasado. Su voz me llega tan lejana como el brillo de los astros. Fría leche de incienso y aliento de hash en mis párpados. Un manto de asteroides va cubriendo mi sueño. El mar ha dejado de rugir. Mis brazos, mis manos, caen al fondo del cuerpo ajeno que contemplo sobre la hierba, muy lejos de mí. El miedo. El súbito espanto sin voz que en vano trata de despertarme. El mundo es un grano de arena, la eternidad un breve instante silencioso. La consciencia del vuelo. Imágenes de un mar que sobrevuelo como rapaz, bultos sombríos que no reconozco, voces que he olvidado. Intento despertar. El recuerdo de un antiguo temor tira de mí y me devuelve a la noche. A esta noche. Abro los ojos. El mar sigue ahí.


London calling
(Son Bou. Jueves 7 de julio de 2005)

El día ha despuntado suave y, con la brisa de la mañana, hemos empezado a hacer planes. Un día más, nos disponemos a surcar las estrechas carreteras de la isla en busca de lo inesperado. De pueblo en pueblo - llaneros en chanclas, astronautas en top less -, sentimos lo afortunado de ser extranjeros y actuar como tales.

De repente, en la emisora del coche, la noticia de un atentado en Londres nos deja mudos y llenos de espanto: mi hermana y su novio se encuentran allí desde el lunes. A medida que llegan noticias va creciendo el número de víctimas y la magnitud del atentado, pese al secretismo de las autoridades británicas. Durante horas la comunicación telefónica es imposible y el nerviosismo y la incertidumbre nos arruinan la mañana. Antes de comer, consigo hablar al fin con ellos. Están bien. El atentado de King Cross les ha pillado cerca, de camino al Museo Británico, y ante el caos general se han refugiado en un bar. Luego el dueño no ha permitido que salieran los clientes hasta pasadas unas horas. Están bien aunque asustados. Se vuelven para España en el primer avión.

Qué distinto el día. Qué rara esta luz que insiste, ajena, sobre nuestros cuerpos, como si nada hubiera sucedido, como si no hubiera cambiado todo en unos segundos ni hubiéramos dejado ya esta isla maravillosa, para sentirnos perdidos en la inmensidad caótica de Londres. Qué impostura lo que esta luz alcanza a iluminar. Qué recónditas lagunas conoce el alma. Para ella no existe el tiempo ni el espacio, la velocidad ni la luz.

Miro el horizonte plagado de bañistas y la efímera constancia de este juego de la vida. Sólo el vuelo extraviado de un gorrión sobre la arena me consuela, con su modesta belleza.


Pájaro perdido en la playa de Son Bou:


No olvida. No se aleja
este granuja astuto
de nuestra vida. Siempre
de prestado, sin rumbo,
como cualquiera, aquí anda,
se lava aquí, tozudo,
entre nuestros zapatos.
¿Qué busca en nuestro oscuro
vivir? ¿Qué amor encuentra
en nuestro pan tan duro?
Ya dio al aire a los muertos
este gorrión, que pudo
volar, pero aquí sigue,
aquí abajo, seguro,
metiendo en su pechuga
todo el polvo del mundo.

Claudio Rodríguez,
"Gorrión", de Alianza y Condena (1965)



Por no acabar a tortas
(Benibecar, Martes, 5 de julio de 2005)

En un restaurante de Benibecar vemos anunciado: "Gran especialidad en quesos de la isla". Unos amigos que acabo de conocer, me insisten: "Tienes que probar los quesos de aquí; tienen mucha fama". Como el pronóstico es bueno, pediremos una tabla de quesos variados y vino. Al entrar al baño, decido asomarme a la cámara donde reposan los quesos y, para mi sorpresa, encuentro una amplia representación de productos extremeños: las dos tortas, la del Casar y la de la Serena; quesos como "La beltraneja"; licores de La Vera y otros manjares bien conocidos. Decido tentar un poco al propietario insistiendo en comprarle la Torta del Casar, que suele rondar en Extremadura los 9 - 10 euros. Me indica que no los vende enteros sino en porciones y que no recuerda el precio de ésa torta. "Tendría que mirar la factura" argulle. Tomo la carta de precios movido por un oscuro presentimiento y compruebo que la ración de queso (cuatro míseras porciones) se vende a 5 euros. El negocio está claro. Suelen ser estos miserables los que siempre se quejan de los impuestos que pagan por vivir en una isla. Y claro, piensan cobrarle esa tasa al cliente pero no en bruto, sino a trocitos, en porciones triangulares para que la indigestión del monedero sea más larga.

Sobre la denominación de origen, sobran los comentarios. Sinvergüenzas hay en todas partes. Incluso aquí.


Bañista sobre fondo azul
(Cap d´en font. Lunes, 4 de julio de 2005)

El impagable placer de no saber qué día es hoy. La súbita orfandad de las horas en esta cala olvidada, donde hasta leer es un acto innecesario, una envejecida costumbre de quienes no sabemos vivir. Solo y desnudo, me sumerjo en el agua cálida mientras empieza a atardecer. Sentarme nuevamente en la piedra y descubrir ahora que nada ha sucedido todavía, que mi piel sigue seca y mis ojos cansados y viejos como antes. Que no me habré bañado del todo en este mar, si no lo escribo. Que no acabará de secarse en mi piel el salitre hasta que así pueda leerlo. Vuelvo a la casa sin saber exactamente qué ha sucedido. Pero con una frase en la cabeza: "El impagable placer de no saber qué día es hoy".


Dos instantáneas del mismo hecho:
(Menorca, 2 de julio de 2005)

Sentado en una terraza de Mahón, leyendo La sangre de los fósiles, de José María Micó. Acabo de comprarlo en una de las tres únicas librerías de la ciudad. ¡Y luego me quejo de Mérida! En ninguna de las librerías de aquí encuentro la mitad de volúmenes de poesía que en Punto Aparte o San Francisco. Buscaba poetas de las islas. Sólo en una la dependienta pareció reconocer a Joan Vinyoli, aunque tampoco encontró ningún libro suyo. Pienso en la excelente edición de Calambur que reposa al fondo de mi mochila. Es de ésos libros que puedo leer sin abrirlos. Y la edición bilingüe se me antoja ahora una gracia de los cielos. Resignado, pregunto por revistas de literatura. Cuando observo que el dependiente me va a ofrecer el Qué Leer, le repito: "No, de literatura". Y entonces el hombre parece reconocer en mí "a uno de ésos chiflados que alguna tarde suele caer por aquí ojeando libros de poesía que luego no compran" y se sincera: "¿El Clarín, Quimera y todas ésas? Las devolví hace tiempo. Nadie me las pide. Aquí todo el mundo busca algo de lectura rápida para llevárselo a la playa". Y eso vende el buen hombre: lecturas rápidas, prensa internacional, Julios Bucays, Alfonsos Ussías... Aunque tenga la planta alicatada con tomos de Goethe, Diderot, Elliot, Joyce... él ofrece en su escaparate el catálogo oficial de ungüentos contra el tedio. Y se asoma a la puerta a despedir al ingenuo cliente que, en vano, intenta escapar de la corporativa lentitud de estos días.

Sentado en una terraza de Mahón, leyendo La sangre de los fósiles, de José María Micó. Porque nada sucede, como dice uno de sus poemas. El tiempo, ése cetáceo imprevisible, parece haber quedado varado en esta plaza. Es un lujo estar en esta ciudad sin pertenecer a ella, mirar los rostros sin atender, demorarnos en la contemplación de una pareja de gorriones bajo la silla. Le leo a Blanca algunos poemas, mientras se enfrían nuestros cafés. El de Atocha nos deja mirándonos y en silencio. Ella repite: "Muertos que eran soldados sin saberlo" y, de repente, la caricia de su mano ha disparado el tiempo, ha hundido de nuevo las redes de arrastre sincronizando los relojes de la incertidumbre, alojando la intemperie en nuestros labios, que se unen.

"Es en la piel donde resiste el tiempo / donde la vida apura su espejismo"


Encuentro en Menorca
(Mahón, 1de julio de 2005)

Llegamos a una cala donde se divisa a un piraguista moviendo los brazos como un loco. Descendemos por una escalera hecha de pálidos troncos que la marea ha ido olvidando. El loco rema hacia nosotros y sin quitarse las gafas de buceo grita algo ininteligible. Sólo al pisar la orilla y abalanzarse sobre nosotros, comprendemos: "Trujillanos, trujillanos!

Trujillanos en Menorca

La cena en un restaurante del puerto: Kiko ha improvisado una especie de maraca diminuta que, sin darnos cuenta, va poniendo ritmo y son a nuestras palabras. Para el momento de pedir la cuenta, nuestra mesa ya se bambolea a ritmo afromeño y los mejillones vuelan por el aire. Les advierto que esta noche corremos el peligro de acabar cantando el "Rafael de mi vida" a las conchas del mar. Curro sentencia: "quienes corren peligro son las conchas, como desafinen".

El suave incienso de la amistadMadrugada al calor del vino y el cantar. Bongos y darbukas, flautas y guitarra, licor de bellota y torta del Cásar. Viejas canciones de El último de la fila, de Sabina y Calamaro, de Triana y de Serrat, y un estribillo de Vainica Doble que nadie cosigue engarzar. Kiko improvisa un happening poético como en los mejores tiempos de Extremoduro; se retuerce, balbucea, se palpa, danza y nos regala versos imposibles, palabras inventadas, significados improbables, emociones olvidadas.

Curro: Digan lo que digan, nuestra versión de "Mar antiguo" es digna de la OTI, por lo menos.


De este avión que sobrevuela el Mediterráneo, no recordaré su extraño equilibrio, ni el trémulo café que pido por inercia. Tampoco las largas cicatrices de la tierra, que el sol cauteriza; ni las nubes, súbitamente ridículas al fondo de la taza de los cielos. Lo que recuerdo, Blanca, es el gesto feliz en tus ojos al compartir también este rumbo.


Don del ignorante:

Qué alegría más honda recordar que no sé nada. Que todo es posible todavía.


 

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