Daniel Casado (Cáceres, 1975)

 


Derivas Junio de 2005:


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Miércoles, 29 de junio de 2005:

Preparo las maletas para pasar unos días en Menorca. Me hace ilusión volver a salir de viaje sólo con Blanca. Mañana, en Madrid, aprovecharemos para comprar algunos libros antes de tomar el avión. La verdad es que no soy nada aventurero. Podría prescindir perfectamente de los puertos y destinos que en teoría me aguardan, incluso de aquellos supuestamente literarios. En resumen: que prefiero escuchar a Chopin y leer a George Sand que seguir su estela estos días por los antros de Mallorca. Además la playa sólo me gusta en invierno. Realmente soy un bicho de secano. Sólo me siento del lugar donde están mis libros.


Lunes, 27 de junio de 2005:

Leo Morreste-me ("Te me moriste", Editora Regional, Col. La Gaveta) de José Luís Peixoto y quedo temblando como un niño en el sofá. El humo del incienso nubla mis ojos y Mahler tensa la vigilia. En perfecto alemán, Kathleen Ferrier canta: "Míranos ahora, pues pronto estaremos lejos de ti. Lo que ahora son sólo ojos, en las noches futuras serán estrellas para ti". (Kindertotenlieder (Rückert),1968).
Mahler escribió estas canciones a la muerte de los niños en 1901, a la vez que su Quinta Sinfonía, durante un período de relativa felicidad. Me pregunto qué nos lleva a canalizar de esta forma el sufrimiento y el dolor humanos cuando el pulso interno es bien distinto. Como este libro de Peixoto, súbita arcada de aflicción que a ratos queda en tierra de nadie, sostenido apenas por un hilo de fecunda compañía que no entiende de géneros, como de idiomas no sabe la voz de Ferrier, ni escribe Mahler sólo música, sino algo mucho más hondo. Dolor que sana a través del tiempo. Sufrimiento ajeno traspasado, en la alquimia del arte, a un lenguaje común. La muerte, lo decía Celan, es un maestro alemán.


Domingo, 26 de junio de 2005:

Pavese con acento argentino. Leyendo "El escritor y sus fantasmas" de Ernesto Sábato:

"Haber escrito algo que te deja como un fusil disparado, que aún se sacude y humea, haberte vaciado por entero de vos mismo, pues no sólo has descargado lo que sabés de vos mismo sino también lo que sospechás y suponés, así como tus estremecimientos, tus fantasmas, tu vida inconsciente; y haberlo hecho con sostenida fatiga y tensión, con constante cautela, temblores, repentinos descubrimientos y fracasos; haberlo hecho de modo que toda la vida se concentrara en ese punto dado, y advertir que todo ello es como si no existiera si no lo acoge y le da calor un signo humano, una palabra, una presencia; y morir de frío, hablar en el desierto, estar solo noche y día como un muerto."

Cesare Pavese


Sábado, 25 de junio de 2005:

I. Presentación de "En otra patria" de Antonio Sáez Delgado en la librería Biblos, de Trujillo. Menos gente esta vez, pero igual de interesante. Alguien del público le pregunta a Antonio: "Si no existiera Portugal ¿crees que existiría esa literatura?" Mientras me hundo en la silla y Antonio ensaya su mejor sonrisa, alguien replica: "Si no existiera Portugal ¡tendríamos playa!" La carcajada es general. Alta literatura.

II: Paseo con Blanca y mis padres por la parte antigua. Cenamos en la terraza de La Alberca a la luz de unas velas. Rafa, el dueño, me pone al día de las últimas cuestiones municipales. Al rato, nuestra frustración es tan grande que salimos a la calle a compartir un peta. Estrellas no hay. Y el viento sopla de oeste claramente, si te mojas un dedo.

y III: Acabar con Chuty mirando la luna, ambos recostados sobre la piedra centenaria que sirve de portón a La Alberca. La misma piedra que fue tumba de clérigo y más tarde abrevadero para las reses, nos contiene ahora, melancólicos y disparatados, remando en la alta noche. Lamento no tener a mano mi cuaderno para anotar las imágenes y pensamientos que comienzan a huir de nuestras mentes. Hablamos de un Internet solidario, una verdadera Red de conocimiento libre. Y nuestras palabras escapan en esta otra red del tiempo y el espacio, sin que nos importe quien pueda recogerlas o quien esperarlas. Actores forzosos bajo un cielo plano, en vano limamos con ideas la incontestable franqueza de los cipreses.


Viernes, 24 de junio de 2005:

A las 21:30, como estaba previsto, vamos llegando al hotel de Almendralejo donde se va a celebrar el fallo de los premios José de Espronceda y Carolina Coronado de poesía y novela, respectivamente. Corre un viento suave, que llega, como diría Federico, "dormido por las ramas". Me alegra saber que comparto mesa con las damas de Ventana Literaria, y algunas compañeras del Club de Lectura. ¡Quién dice que en una cena literaria no hay verdadera literatura! No tiene más que acercarse a nuestra mesa y degustar perplejo la prodigiosa prosa de estas comensales que esgrimen, con igual desparpajo, la servilleta que el refranero popular. Al ritmo de Notckin´s on heaven´s door de Dylan vamos tomando el jardín y me topo con algunas agradables sorpresas: Álvaro Valverde, inquieto y fugitivo como siempre, Ángel Campos, arengando a los músicos; Jesús Sánchez Adalid, José Antonio Zambrano, Antonio Sáez, Rosa Regás, Espido Freire (o su cuerpo astral), Julián Rodríguez... También algún político encantado de conocerse. Las noche puede ser perfecta - me dice alguien - ¡Ibarra no va a venir!. En el escenario, la (a ver si lo digo bien) Fabulosa Familia "Estridente", o algo así, una banda entregada al delirio de dos show men particularmente interesados en que nuestro trago sea contínuo. El vino, por suerte, es excelente en esta tierra.
Para el momento de la apertura de plicas, Baco juega con los nombres de los afortunados: un poeta de Mallorca que en ese momento estaba el hombre leyendo a Zambrano (la María, no el José Antonio) se lleva el gato al agua. Al menos en Novela no ha habido duda: ninguna de las obras presentadas alcanza la calidad exigida, por lo que el jurado ha decidido declararlo desierto. Hay muecas de incredulidad general y una azarosa sonrisa alcanza a las autoridades. Un showman se empeña en llamar por teléfono desde el escenario al tal "Desierto" para decirle que le han dado un premio. No hace gracia, pero el tipo sigue tocando los huevos con la bromita...

Más tarde, farándula literaria por los pubs de Almendralejo. La cita es con Julián y Antonio, a la puerta del "My way". Y hasta aquí podemos contar...


Jueves, 23 de junio de 2005:


Noche de San Juan


Anticuado, interrogo las estrellas,
su desnudo, inapelable misterio,
mientras miro las llamas en la playa
en esta noche cuando empieza el verano.
Lector de Drieu o de Pavese, sé también
lo sencillo que puede ser acabar con la historia,
no preguntar ya nada, olvidar para siempre
esta apariencia de tarjeta postal.
Frente a mí, imperturbables, desveladas,
pasan, en silencio, vida y muerte,
evitando, con un rictus cansado,
este fantasma insomne, este papel en blanco,
esta hoguera apagada que perdura.

Juan Luis Panero



Al fin me he enemistado con todos. ¡Ya estoy en condiciones de escribir poesía!


¡Poetas al salón!!!

Se me llama para grabar en la emisora local de Mérida uno o dos poemas. Se trata de un proyecto de la Biblioteca Juan Pablo Forner que aglutinará en audio (supongo que en un cd) a los poetas más destacados de la ciudad. No soy de los que van exigiendo la lista para comprobar posibles rivales, ni tampoco impongo el orden de aparición de mi poema. Otros en cambio sí lo han hecho, pero eso no importa. Yo me limito a acudir a la hora fijada, centrarme en los poemas, leerlos con paciencia, y salir de allí pitando. Aún así, no he podido evitar ver los nombres de quienes antes que yo han dejado así su voz y sus versos. Me sorprende lo abultado de la lista. Y entonces alguien me comenta: "¡eso no es nada, están contados cerca de cincuenta!" ¡Virgen Santa! ¿De dónde ha salido tanto poeta? Y lo que es todavía más extraño: ¿Dónde andaban metidos? Uno, que conoce de sobra algunas caras, no se alarma de encontrar en esa lista a versificadores de nupcias, versolibristas de salón y librepensadores de butaca que, de cuando en cuando, arrojan como heces algún verso; ni que la mayoría de ellos no haya publicado un sólo libro. Lo que me sorprende, ya digo, es el número. Es como si ahora todos, para la foto, hubiéramos sacado nuestra mejor sonrisa. Aunque a más de uno, seguramente, le habrá costado sacarla del frasco de formol.


Viernes, 17 de junio de 2005:

Bien temprano, he tomado el tren con destino a Barcelona. Aún me sorprende que un año después, pueda repetir este trayecto con un ánimo tan distinto. La boda de Silvia y Montse es una de las mayores alegrías que he recibido en mucho tiempo. La troupé catalá se viste de hindú para testimoniar un amor que ha crecido contra el cierzo de la intolerancia.

EN OTRA PATRIA: Rayando el alba sobre un debilitado Guadiana, cruzo áridos campos, reses adormecidas, flacas estampas de la pampa extremeña, hoy más dura y extrema que nunca. El tren nunca tuvo para mí, como supongo que para ningún trujillano, el encanto novelero ni la pátina cinematográfica que a otros escritores despierta. A mí me resulta poco menos que un armatoste perezoso y esquivo, un misántropo del paisaje que llegua siempre tarde a su destino. Además hace un frío que hiela cualquier amago de bostezo, cuanto más cualquier palabra inoportuna. Me siento frente al cristal, abro la mochila y decido que ya no hay sueño. Por una vez, no llevo en la mochila ningún libro de poesía; sólo dos títulos, dispares entre sí e igualmente maravillosos.
Había empezado a leer el miércoles en Trujillo el último libro de Antonio Sáez Delgado, un delgado tomo titulado "En otra patria" que reincide en la idea del intercambio de fronteras, ésta vez sí, desde el convencimiento de que no nos separa solamente una simple barrera geográfica. El tono de Antonio es más lírico que en anteriores ocasiones, lo que propicia una lectura amena y, en ocasiones, bastante obvia, que depara algunos momentos de clara emoción y alguna que otra sonrisa. Habría mucho que decir de ésos que ahora llaman libros misceláneos, y que a menudo son retorcidos ejemplos de divagación transitoria, con muy poca chicha y ninguna limoná. No es el caso de "En otra patria", su lectura ofrece al lector la suficiente dosis de emoción y delicadeza como para desconfiar de su estructura de falso libro de viaje, y abordarlo como lo que es: el homenaje de alguien que traza su territorio en las márgenes de versos ajenos y emociones privadas, afiladas estampas de la vida misma, que es la de todos. Sólo por versos como éstos, del libanés Khalil Hâwi: "pasad con más dulzura sobre nuestros nervios, caminante. No, no estamos muertos / sólo fatigados (...) Mitigando la fiebre, recuperando el espíritu / cantamos. Nos escondemos. / Escondemos nuestras vidas lejos de las sendas del tiempo. / Viandante, sobre nuestros nervios, / pasad mas dulcemente".

Al salir de Cáceres, se ha sentado a mi lado una joven con rasgos latinos, es silenciosa y huele bien, y además trae consigo algunos libros y un cuaderno de notas. Lo más estimulante que se me ocurre ofrecerle es mi bolsa de Doritos y una sonrisa boba que ella imita como puede. El efecto de los conservantes no tarda en funcionar: ¿De dónde venís vos, sois de Badajoz? -No, de Mérida, bueno de Trujillo, bueno, pero nací aquí, y... Pese a tan desastroso inicio, ambos acabamos manteniendo una conversación que nos llevará hasta Madrid charlando sobre la mítica Malinche, Octavio Paz, Carlos Castaneda y el subcomandante Marcos, tras haber abordado el psicoanálisis, la geografía extremeña, las experiencias psicotrópicas, la conquista de América, y algo de poesía, que siempre viene bien cuando a uno se le acaban los temas. De vez en cuando ella ofrece una sonrisa esplendorosa, aunque es cuando está seria, mirando el cristal -tal vez a su México natal, que abandonó en cuanto hubo leído -y creído- a Freud- cuando se hace imposible ignorar su belleza.

El transbordo en Atocha apenas me deja tiempo para comprar la prensa y sorber un sofocante café, acorde con los pronósticos del clima.

LAS PUERTAS DE LA PERCEPCIÓN: Para complementar la lectura de la maravillosa novela Brave new world (Un mundo feliz) de Aldous Huxley, que nos traemos entre manos en el Club de Lectura de Mérida, metí en la mochila otro de mis favoritos: Las puertas de la percepción, seguido de Infierno y cielo. La experiencias del autor con la mescalina alcanzan aquí una agudeza expresiva que Baudelaire no logra reflejar en sus Paraísos artificiales, y sólo Thomas de Quincey roza, a costa de mucha bobería, en sus divertidas Confesiones de un inglés comedor de opio. Las reflexiones del autor abren la mente del más excéptico hombre de ciencias, confirmando la existencia de muchas realidades paralelas que hacen de ésta, una más que dudosa realidad. No sé si me explico, en todo caso es un libro que gana con segundas y terceras lecturas, y que no oculta una coherente apología de los alucinógenos como medios para canalizar nuestros sentidos, buscando, como quería Blake, esa revelación de lo infinito.

SILVIA y MONTSE: Voy a Barcelona a la boda de Silvia.
Tras su vuelta de República Dominicana hace un año, conoció a Montse, y ambas se enamoraron. Ahora, recién llegado a la casa que ambas comparten en El Masnou, mientras me tumbo en el sofá y pido por dios una coca-cola, ellas me cuentan cómo se conocieron. Imagino en ellas un instante de desconfianza antes de avalanzarse la una en los brazos de la otra. Después, como todo amor que se funda con sinceridad, respeto y pasión, nada ni nadie pudo pararlas. Las flores y las risas abarrotan el estudio de El Masnou donde nos encontramos, horas antes de la celebración. La contraseña es ir vestidos de hindúes, por lo que empiezan a llegar las primeras expediciones de sus dispares y lejanos Himalayas.
A todos nos convoca la felicidad y eso se nota.
Ellas están radiantes, nerviosas, guapísimas.


Sábado, 18 de junio de 2005:


LA CEREMONIA: Sobre las 19:30 fuimos llegando los poco más de cien invitados al hermoso jardín del restaurante Cambray, en El Masnou. Allí, acogidos por una carpa blanca y mirando al mar, Silvia y Montse prometieron su amor en una ceremonia elegante, emocionada, llena de sentido y complicidad. Un representante del ayuntamiento de Barcelona certificó el enlace. Los amigos de Silvia, en su mayoría músicos, amenizaron la ceremonia con hermosos cantos, y se recitaron poemas de Miquel Martí i Pol (el gran poeta catalán que Silvia y yo buscamos desesperadamente el año pasado). Así, fue un placer escuchar las voces de Montserrat Español y Mónica Contreras en el Gracias a la vida de Mercedes Sosa; la hermosa y valiente Confesión interpretada por Rafa Zamora y que empieza así: "Todavía para mí es importante / ver los astros en tu compañía, / despertarme y hallar junto a mi cama / en un frasco, una rosa, que se me entrega atrevida". ¡Hasta un cuento de Jorge Bucay me resultó emocionante! Cuando llegó mi turno, me dirigí a los invitados para hacerles caer en la cuenta que, un día, no hace mucho, cuando ninguno de nosotros éramos aún testigos del amor que crecía entre ambas mujeres, durante muchos meses, sólo se tuvieron la una a la otra, y eso les bastaba. Entonces leo "Tú cuya mano", de Agustín García Calvo, a quien pedí permiso hace un par de meses para alterar cuatro versos y adaptarlos a la ocasión.

Tu, cuya mano me ha bañado
de un fuego transparente las espaldas,
cuyos ojos en claros naufragios hundieron
algunos principios elementales de mi alma,
tú eres mi patria.

Tú, que no tienes apellido,
que no sé si eres pájaro o alcándara,
pues de todos tus brazos las letras de plomo
cayéndose han ido,como si fueran nueces vanas,
tú eres mis padres
y mi patria.

(...)

 

Eres mi ejército y mis leyes
y mi Dios y mis padres y mi patria,
y el ejército y Dios y las leyes y todos
los padres y patrias se creen que tú no eres nada:
que no eres nada.

LA NOCHE: La noche trajo humo en los ojos y arena en los bolsillos. A nuestra mesa, la más alborotada de toda la cena, se habían sentado un portorriqueño, un dominicano, una mexicana, un extremeño, una maña, una andaluza y tres catalanas. Entre risas, proposiciones, pre-posiciones y adjunciones de toda clase, alguien cita a Neruda, y comenzamos una improvisada rueda poética de izquierda a derecha: Rafa se arranca con un poema de un poeta de Puerto Rico que ahora busco sin éxito: David de Bravo, creo recordar, lo que no retengo es el poema, aunque sí su intensidad. Más Neruda, Lorca, Cernuda (Porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie conoce) recita para sí misma María José. Yo lanzo al vuelo un par de poemas de Pérez Estrada que van a juego con el menú, y todos sonríen mientras mastican. Alguien me regala un paquete de Ducados hábilmente reconvertido en pitillera donde yacen seis porritos de hachís, "hash", como dicen aquí... Hay serias posibilidades de que esta noche acabe bailando bachatta en el centro de la pista.

Al bajar al puerto, nos para un coche patrulla, y el agente echa un rápido vistazo al interior. Aún no me explico cómo nos dejó marchar. Debió alcanzarle de lleno el tufo a marihuana, si no, no se explica: íbamos dos alante y cuatro atrás.

PARAÍSOS PRIVADOS: El siguiente recuerdo nos sitúa cerca del amanecer en casa de Silvia y Montse. Ésta duerme derrotada, y aquella se mueve como un avispa sin recordar lo que busca. En la terraza, hundidos en nuestras respectivas sillas, ocho o nueve náufragos miramos el horizonte como si fuera imposible que amaneciera. Polanco ojea una antología de Ángel González y me pregunta por el poema de la madre "que tenía miedo del viento". Se lo busco y lo lee. También caen Gil de Biedma, José Hierro... Son los libros de Silvia, los que ha ido amontonando con envidiable instinto de cazadora de perlas: María Marcé Marçal, Safo, Miquel Martí i Pol, Lezama Lima, Juan Ramón, Valente, Cernuda, Tonino Guerra... (Escondo un volumen de Mario Benedetti). Leo "A veces viene la tristeza" de la antología de Valente que regalé a Silvia el año pasado. Sólo van quedando cuerpos inmóviles y cigarrillos a media, botellas sin abrir. Los ojos de Patricia, hundidos tras las gafas y el espeso manto de un sueño inalcanzable.


EL DÍA DE LA INTOLERANCIA: Convocados por el Foro por la Familia y con cargo a las arcas del Partido Popular, Madrid se ha convertido esta mañana en una fiesta de lunáticos, una convención de inquisidores, donde por primera vez no se reclama un derecho legítimo del pueblo, sino que se protesta contra otro derecho, igualmente legítimo, de una parte de los ciudadanos españoles. El derecho de las parejas homosexuales españolas a contraer matrimonio, y a adoptar hijos. La artillería pesada de Ratzinger no se ha hecho esperar: la cúpula de la Conferencia Epíscolar, con el cretino de Rouco Varela al frente, que exhalaba su sudor negro tras las lentes ahumadas, avanzaba portando la demagógica proclama: "Con la familia". Precisamente ellos.
Cerca, muy cerca, el labio hendido de Ángel Acebes contaba monseñores, por si alguno pudiera haberse descarriado. Apenas ha descubierto la fuerza de la calle, la derecha más radical ya ha empezado a empozoñar las manifestaciones con signos de régimen cuartelario. Familias enteras convocadas a base de bocata y férrea sobredosis eucarística desde hace meses, han tomado el ardiente asfalto impregnados de indignación e intolerancia. Cuánta uniformidad, qué triste singularidad la de esos carteles en manos de niños manipulados antes de tiempo, qué burda comedia, qué tópicas razones fuera de toda base.

Me alegro de estar aquí, celebrando una boda tan especial, asistiendo al testimonio irrefutable de este Amor fuera de los límites del tiempo y la falsa moral apolillada. Mañana, los periódicos darán debida cuenta del infame espectáculo que ha recorrido Madrid, poniendo rostro y nombre a la correosa, corporativa intolerancia.


Con palabras de Eva:

"En estos pocos días tengo que agregar a la lista algo muy importante, he sentido que el amor llega más allá de lo que la gente pueda imaginar, el amor de la pareja, sea cual sea su condición sexual, el amor a la amistad, el amor a gente desconocida y algo muy importante, el amor a las personas.

Tengo en mi mente y en mi corazón una serie de recuerdos y sensaciones que me hacen sentirme mas feliz en esta vida, presenciar el acontecimiento de la unión de dos mujeres que se aman ha sido una gran lección, es algo que todo el mundo debería ver, sobre todo ese 1.500.000 de personas que salieron a pasear a las calles de Madrid sin saber por qué, sólo por cuestiones políticas o religiosas.

Todos tenemos gente a la que admiramos y yo me siento admiradora de todos los que estabais ahí esa noche, admiradora por ser como sois, por sentir lo que sentís, por el sitio ganado al lado de Dios, que eso no todos lo tienen.

Gracias una y mil veces, simplemente gracias".


Existe otra belleza.


Proyectando sombras.
Jueves, 16 de junio de 2005:

Esta mañana, al pasarme por la Editora Regional de Extremadura, he podido tener en mis manos el librito que siempre pensé sería mi primer naufragio en las aguas de la poesía, este Proyector de sombras que escribí en 1997, para vengar mi infancia, para inventar mi memoria, (ese lujo infame que corroe la mente humana, haciendo de lo vivido, aun cuando fuera un vicio insoportable, algo que nos mueve a añorarlo). Es un libro intenso, -entonces era más libre que ahora escribiendo- y muy afilado, donde algunas de aquellas sombras no salen bien paradas, o se diluyen tras metáforicas licencias que salvan más de un pellejo. Por otra parte, (pongámoselo fácil al improvisado crítico) resume algunos de mis vicios: lirismo irracional, excesiva adjetivación, imágenes de tercera mano, y un forzado intento de sonreir al final.

En su descargo, sólo puedo decir que para mí fue, como todos, un libro necesario.


Déjate de cuentos.

(A un niño que esta mañana, camino del colegio, recibió de su mamá el pistoletazo de salida de todos los cuentos)

Su cara párvula aún, y sus manos, reflejaron un odio incombustible, una violenta perplejidad. Pero calló, de nuevo. Encerrado en su cuarto, aún escucha el amargo graznido de su madre desde el pasillo. Le gustaría llorar. Pero en cambio golpea sin fuerza la pared. Siente, súbita, la fortaleza de sus lágrimas. Luego mira orgulloso el muro blanco y repite, acatando la justicia de la madre: "Déjate de cuentos".


Martes, 15 de junio de 2005:

Ha vuelto la flor de la pereza. Se extienden los brazos hacia el tapiz en blanco. ¿Recuerdan tal vez la costumbre de emborronar de palabras la madrugada? ¿O tan sólo se agitan celebrando el aire, la nutrida soledad, el armatoste prodigioso del silencio? A oscuras. La casa sosegada. No pensar. No escribir. No sentir, si es posible...


Culpable de inocencia

Un jurado popular ha declarado "no culpable" a Michael Jackson. El pequeño arlequeín de los Jackson Five, que luego mutaría en genio, que luego en semidios, que luego en presunto culpable, apenas recibe en su ajeno rostro la noticia. Lo sacan del tribunal abatido, asustado como un niño que despierta en otro mundo. La sentencia ha sido firme: es culpable de inocencia.

Pero la inocencia de Jackson es terrible, porque devuelve a su vez un halo de infamia al experimentado niño que lo denunció cuando, efectivamente, osó abrazarlo en la consentida oscuridad. Ese es el precio que ha de pagar con su inocencia Jackson. Haberla perdido para siempre, a manos de un crío demasiado adulto.


La música de las esferas

Kepler, astrónomo alemán del siglo XVII, logró resumir en tres leyes simples el cúmulo de datos sobre la posición de los planetas que eran conocidos en su época. Sus leyes significaron una ruptura con la tradición astronómica al describir las órbitas planetarias como elipses y no como círculos y reconocer que la velocidad de los planetas varía al cambiar la posición en su órbita. Kepler anunció sus dos primeras leyes en 1609. Le llevó nueve años más publicar su tercera ley en lo que consideró su libro más importante, "Las armonías del mundo".
Kepler pensaba, en la tradición de los filósofos pitagóricos, que sus leyes debían expresar la armonía musical del cosmos. Él no expresó su tercera ley, como lo hacemos actualmente, como una relación entre la distancia media de un planeta al sol y el tiempo que tarda en dar una vuelta alrededor de éste. En cambio, como ilustramos en la figura, Kepler representó la velocidad angular de cada planeta en un pentagrama musical, la nota más baja correspondía al caso más alejado del sol y la más alta al más cercano. La relación entre los pares de velocidades angulares es muy cercana a la que define estos intervalos musicales y sus notas pueden acomodarse en cuatro armoniosos acordes. Kepler escribió:

El movimiento celeste no es otra cosa que una continua canción para varias voces, para ser percibida por el intelecto, no por el oído; una música que, a través de sus discordantes tensiones, a través de sus síncopas y cadencias, progresa hacia cierta predesignada cadencia para seis voces, y mientras tanto deja sus marcas en el inmensurable flujo del tiempo.

La Ciencia ha confirmado lo que los griegos ya intuyeron: que la rotación de los planetas produce una música jamás imaginada por la mente humana. En cambio, la música de la Tierra se me antoja ese lento sollozo que presintiera Elliot, con el que al fin un día, tras la larga coda del futuro, se cerrará la sinfonía de la Vida.


Eugénio de Andrade

Por el blog de Álvaro Valverde me entero de la muerte de Eugénio de Andrade. No se me ocurre nada que añadir, aunque sé que esta madrugada será larga y llena de surcos. Bucearé como tantas otras en sus poemas, y reprimiré -siempre lo hago- el impulso instantáneo de escribir unos versos contagiados de claridad y emoción. Le cedo ese mérito a los poetas -a los de verdad- y me limito a pegar aquí el magnífico poema de Álvaro:

Memoria de Andrade

La luz del sol, la cal,
el pájaro que canta en la enramada,
el umbral y el zaguán y la sombra,
la reverberación del mar
al mediodía y, por la noche,
el reflejo en sus aguas de la luna,
el patio de la casa de la infancia
y el niño que allí mira con tristeza,
el somnífero son de las cigarras
a la hora cesante de la siesta,
el árido paisaje de las viñas
colgadas de los últimos bancales,
el jardín con palmeras
y el muro calcinado, y en fin,
todo cuanto en mi vida
tuvo un día importancia,
cuanto valió la pena,
la materia de todo cuanto he escrito,
esto es, el alma y la sustancia de mis sueños.

 


El Ángel del Atlántico

Del otro lado del charco, la pintora y diseñadora Gabriela Gbs. me envía este ángel afligido posado en su caballete, con un curioso texto de Mario Benedetti:

Copyright: Gabriela Gbs."Una de las más lamentables carencia de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato nunca confirmado de que los ángeles no hacen el amor, quizás signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales. Otra versión, tampoco confirmada, pero más verosímil sugiere que, si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos por la mera razón que carecen de erotismo lo celebran, en cambio, con palabras, vale decir, con las orejas. Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y sentarse mediante el intercambio de miradas, que, por supuesto, son angelicales. Y si Ángel para abrir el fuego dice "Semilla", Ángela para atizarlo responde "Surco". El dice "Alud" y ella tiernamente "Abismo". Las palabras se cruzan vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos, Angel dice "Madero" y Angela "Caverna". Aletean por ahí un ángel de la guarda misógino y silente y un ángel de la muerte viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe. Sigue silabeando su amor. El dice "Manantial" y ella " Cuenca". Las sílabas se impregnan de rocío y aquí y allá, entre cristales de nieve, circula en el aire, sus expectativas. Ángel dice "Estoqueo" y Ángela radiante, "Herida", el dice "Tañido" y ella dice "Relato". Y en el preciso instante del orgasmo intraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos se estremecen, entremolan, estallan y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo."

Ahora comprendo por qué que los humanos, tan envidiosos, dimos forma a la Poesía.


Mis (nuevos) monstruos favoritos:

Chet Baker, Tonino Guerra, Ludwitz Milosz, Al Berto, Fernando Merlo, Juan José Arreola, Nick Drake, Carlos Castaneda, Derek Walcott, Jaco Pastorius, Pedro Casariego, Alejandra Pizarnik, Sabicas, Xosé Luis Méndez Ferrín, Bessie Smith, Miguel Labordeta, John Coltrane, Goran Brègovic, Francis Bacon, Mark Hollis, Simone Weil, Patti Smith, Jakob Böhme, Catulo, Miquel Martí i Pol, Syd Barret, María Mercé Marçal, Chuty, Luis Pimentel, Omar Faruk Telbilek, Fernando Arrabal, Thomas Tallis, Jehuda Amijai, John Dowland, José Gorostiza, Menphis Slimp, Eugenio Montale, Robert Wiatt, Homer Simpson...

...nuevos y viejos conocidos que este año han habitado mi alma, cuanto sé de mí.

P.D: (Perdona, Luis, por incurrir en el flagrante delito de citar a Baker).


Rubén Darío, con otra voz.

Esta mañana he terminado de leer un divertido, aunque falso experimento firmado por el notable hispanista Ian Gibson: "Yo, Rubén Darío, memorias póstumas de un Rey de la Poesía" (Aguilar). Después de sus modélicos estudios sobre Lorca, uno estaba convencido de que Gibson era un tipo respetable. Este capricho demuestra que las exigencias del mundo editorial unido a la excelsa vanidad del autor puede acarrear presuntas biografías, juegos de manos, literatura de tercera acerca de escritores que deberían ser sagrados. El poeta nicaragüense sale perjudicado de esta invocación espiritista -y digo bien - que sirve como pretexto para que Gibson arroje todo tipo de datos biográficos de su buche científico. Si ya resulta patético un libro que empieza así: "Yo me morí en la ciudad nacaraguense de León a las diez y dieciocho minutos de la noche del 6 de febrero de 1916, a consecuencia de una cirrosis atrófica del hígado. El alcohol -mi consuelo y mi peor enemigo desde hacía décadas - se había salido con la suya"; más extraño resulta aún que el poeta pueda recordar, por ejemplo, el cambio de nombre de su ciudad natal (que pasó a llamarse en su memoria Ciudad Darío) circunstancia ésta, claro, que aconteció una vez muerto. En fin, que el libro se hace divertido si uno entra al juego de la figuración, el exilio de toda verdad historicista -ya que la verdad es una cosa y la rigurosidad histórica otra bien distinta - y sobre todo si el entregado lector perdona la pésima prosa de Gibson. Con todo, si el interés en Darío está, como es mi caso, por encima de estas "interferencias ambientales", su lectura puede resultar extrañamente provechosa. Libro ameno y tramposo, que refleja con medias verdades la verdad absoluta de un genio, o, como reza la placa que hay en la Plaza Mayor de Trujillo, de todo un Príncipe del verso castellano.


Y la noche es de huir
Viernes, 10 de junio de 2005:

Cena de fin de curso con el Club de Lectura de Almendralejo. Una opípara cena nos espera en el Nandos, a base de delicias extremeñas, caviar, ternera o pescado, y el abundante Privilegio que sube generoso de los labios a los ojos. Nos reunimos unas 25 personas, de entre las cuales vuelvo a ser el único hombre. Cosas de la lectura, supongo, o de la apatía secular de los esposos, siempre ajenos a la extravagante afición de sus mujeres. Muchas me han comentado, durante el curso, lo que les cuesta leer en casa.
Admiro a estas mujeres que con la mejor disposición se acercan cada martes al club, dejando por unas horas sus quehaceres, sus paseos, su gimnasio, sus lecturas de Isabel Allende... para caer inocentes en brazos de Fernando Pessoa, Oscar Wilde, Gustave Flaubert, o José Saramago... La lectura requiere inocencia, capacidad de sorpresa, cierta docilidad de tantear a oscuras, de no preveer lo imprevisible.
Al finalizar la cena (con representación teatral incluída), el grupo me sorprende con algunos regalos: unas hermosas cartas venecianas llenas de sincero afecto; un tarjetón que al abrirse llora una risotada o viceversa; la antología "Cuentos e historias mínimas" en Austral; la obra completa de César Vallejo en la edición de Americo Ferrari que andaba persiguiendo: una auténtica delicattessen cuyo elevado precio hubiera sublebado al poeta peruano; y por último un abanico. Antes de abrirlo, chulesco, se apresuran a informarme: "Es de hombre, es de hombre". Menos mal. Mayte, irónica y certera, arquea una ceja y me dice: "Ahora podrás hacer como Santiago Castelo...". Con el abanico abierto al más puro estilo Loco Mía, tomo la palabra y aludo a unos versos de Martínez Sarrión que se suponen escritos en el abanico de una dama: "No te afeites la bedija, / pues desproteges la hendija". No parece haber hecho ninguna gracia. Ahora, más serio, agradezco la maravillosa experiencia de coordinar este club, y revelo un secreto a voces: que la Poesía, lejos de ser un género literario, es una forma de mirar y sentir la vida. Que me conformo si algunas han llegado a sentirlo así. Todas asienten. Y yo, por fin, me siento.

Salimos a la calle. Corre una brisa ligera que no espanta, sin embargo, el sudor de las manos. Cambiamos de tercio: los más osados nos llegamos al Manuela. Como no puedo beber alcohol, la rigurosa sobriedad del momento me depara impagables estampas: mis amigas hablan de la diferencia entre un hombre y una mujer a la hora de echar una cana al aire. Ante tan alta literatura, agudizo bien el oído y bebo sonriente mi coca- cola.
Los más secuaces hemos caído -sin saber muy bien cómo- a las puertas de un antro infernal, adornado con cabezas empaladas, telarañas varias, y música gótika que espanta hasta a las ratas, que no deben andar muy lejos. No recuerdo el nombre, pero el sitio en cuestión desprende tan mala energía que insisto en marcharnos de allí cuanto antes. Ahora me explico qué debió sentir el bueno de Jesús Sánchez Adalid, cuando hace unos meses la misma santa compaña de hoy lo condujo a este local.
Por último, sesión fotográfica en el único pub abierto de la ciudad. Es divertido observar a la parroquia cuando uno está entero. Hay un dulce extravío en las palabras de mis acompañantes que las hace aún más lindas. A los que bailan de pie sobre el mostrador, tal vez les vendría bien una ducha fría y en comuna: no creo que opusieran resistencia. Al salir, me choco contra una joven con el rostro cubierto de lágrimas. Ah, bendita adolescencia. Cuerpos amenazados de amor sobre el capó de un coche. Besos como balas. Lágrimas de cera. Hermosos y malditos, los miro derretirse de desesperación y contrariedad. Son jóvenes y tienen el mundo a sus pies, aunque ni siquiera lo sospechen, tan ocupados como están en sacarle todo el brillo a la noche.

Y la noche es de huir...


Cuentos de amor locura y muerte
Jueves, 9 de junio de 2005:

Recibo un mail de V.F.C. quien, por motivos familiares, ha tenido que dar por finalizado antes de lo previsto este curso del Club de Lectura de Trujillo. A propósito de la lectura que tenemos entre manos, los Cuentos de amor locura y muerte y los Cuentos de la selva, ambos de Horacio Quiroga, me escribe desde Alicante:
"
pues ya he leido el libro que me traje de la biblioteca y dos más, también cuentos, de ese autor. Una delicia, la pena es no haberlo conocido antes, especialmente cuando mis hijos eran pequeños, pues es el tipo de cuentos que me gustaba inventar para ellos, así que aprovecha y leeselos a tus rorros... "

Así lo haré esta misma noche.


Assez vif et bien rhythmé

Escuchando a Debussy sentimos la singular gama de matices que decoran su música. Casi tocamos esa densidad cromática que, una vez más, nos anuncia la proximidad del verano. Hay en su obra de cámara una fogosidad latente, un deseo suicida, como esas rosas de junio que asoman tras la verja, insolentes e impúdicas, perdiendo día a día la altivez de sus pétalos. Luego vendrá el remanso tórrido de julio, la siesta del fauno en la frondosa ribera, y ese tábano de oro, el impertinente Syrinx, revoloteando en la memoria.
Recuerdo bien cómo descubrí la música de Claude Debussy, fue de la mano de mi querido José Manuel Ortega, melómano compulsivo que por entonces vivía devorando a Verlaine, repudiando a Rimbaud y consumiendo sus horas al son de Radio 3, hasta que un buen días sus privilegiadas orejas, tras orear todo el impresionismo francés, se detuvieron en Satie, primero, y finalmente en su maestro, Debussy. Cuántas tardes charlando de poetas malditos y escuchando "La mer" "Le martyre de Saint Sèbastien", el cuarteto para cuerdas o mi preferido, este "Prélude à l´après-midi d´un faune", que vuelve a sonar ahora.

Cada estación tiene su música, y hasta diría que cada momento del día, pues me resulta inimaginable por la mañana la voz de Sarah Vaughan, la trompeta de Chet Baker, las letanías de Arvo Pärt o los versos de Leonard Cohen, por citar sólo cuatro ejemplos. La ductilidad de la mañana invita al movimiento, al ritmo, algo que el barroco y el clasicismo pueden ofrecer, pero que no nos permitirá el romanticismo de Schumann o Brahms, ni siquiera el del tormentoso Beethoven, y menos el lírismo enfermizo de Chopin. Del mismo modo, el mediodía requiere una música más concentrada, algo más lenta y grave: música religiosa, por ejemplo, música antigua: el Livre Vermell de Montserrat, las visiones sonoras del Hildergarda de Bingen, y ahora sí, la pasmosa sencillez de Pärt, Gorecki, Tavener, o el maravilloso velo de colores que proponen las sinfonías de Rautavaara.
La tarde, en cambio, es territorio de cantautores y faquires del alma dispuestos a hacerse entender: de Victor Jara a Jacques Brel, de Moustaki a Franco Battiato... canciones que hablan de luchas que no acaban, de marginalidad suburbana, de versos ajenos, de muchachas con el pelo mojado...
Por último, la noche es propicia -que diría el poeta- a los ritmos bastardos: rock, jazz, blues, folk... Quédese a solas en la umbría habitación y deje que el amor supremo de John Coltrane lo envuelva, resucite luego la voz de Bessie Smith o la guitarra de palo de Robert Johnson, convoque a los jinetes de la tormenta al ritmo de The Doors, la niebla púrpura de Jimi Hendrix, las perlas ensagrentadas de Janis Joplin, y antes que amanezca, deje que Nusrath Fatheh Ali Khan, el maestro sufí, bendiga sus más firmes propósitos.


El libro del Mal
Miércoles, 8 de junio de 2005:

El niño que lleváis dentro, él os contemplará.
(Aleister Crowley, The book of Law)

Leo en la prensa que una madre de Barcelona ha ahogado en la bañera a sus dos hijos de dos y cuatro años. Puedo sentir las miradas de incomprensión, primero, y de pánico, después, de los pequeños al sentir las manos de su madre hundiéndoles en el agua. Recuerdo aquel pianista polaco de la novela de Sábato al que hicieron comer una rata viva porque se quejó de hambre; el vientre abierto de Sharon Tate, bajo la mirada lasciva de Charles Manson; los cuerpos anónimos arrojados desde avionetas al océano silencioso de Chile y Argentina; el sobre con dedos humanos que envía la guerrilla colombiana como prenda de castigo; los restos esparcidos de una mujer palestina decorando el autobús...

Es tarde y necesito dormir, pero en mi cabeza flotan dos cuerpos diminutos que espantan mi descanso con sus manos.

Sueño con un libro que aprese todo esto, todo el horror del mundo, todo el sufrimiento, eso, en suma, que llamamos el Mal. Un libro que contenga no la noticia, no el detalle, sino la naturaleza de ese impulso. Para poderlo cerrar algún día.


Acróbata
Martes
, 7 de junio de 2005:

Lectura poética en Almendralejo. Desde que llegué al club, en noviembre, varias participantes (todas ellas pertenecientes al taller de Zambrano) insistieron en que algún día leyera allí mis poemas. Al principio, pensé en un lugar público más acorde con mis versos, por ejemplo El Cafetino, pero la verdad es que desde que Florián Recio lo traspasó, aquello no es otra cosa que un triste café donde reinan el Cosmopolitan, las magdalenas rancias, y los Cuarenta Principales.

Al final, he leído mis poemas en una habitación sin aire al rebujo de los abanicos de mis gentiles compañeras. Tenía la tensión por los suelos y la voz se me quedaba atrás, pero creo que he salido airoso del entuerto. Luego alguien ha sacado horchata (o algo parecido) y se han puesto todas a preparar la cena del próximo viernes. Creo que era Pepe Hierro quien hablaba de la poesía en alpargatas. Alpargata o sandalia, qué más da, si un par de miradas sinceras agradecen al final el impúdico gesto de unos pocos poemas.

Un café en el Granada, al final de la tarde, recompone mi ánimo mientras maldigo en bajo al acróbata circense. En estos casos siempre termino acordándome de unos versos de José Emilio Pacheco: La poesía es la sombra de la memoria, pero será materia del olvido. Afortunadamente.


Púrpura profunda

¡Deep Purple en Mérida!!! La cita será el 29 de julio. Esta misma tarde he sacado las entradas. Junto a estos dinosaurios del rock, estarán los no menos veteranos Saxon, grupo inglés pionero de aquella New Wave Of British Heavy Metal que tomaron el relevo de aquellos, en los primeros ochenta, y que vio como otras bandas con más fortuna -y tal vez menos talento- como Def Leppard y sobre todo Iron Maiden, conquistaban el mundo unos años después. También estará la germana de oro: Doro Pesch, flamante mujer con más de veinte años sobre los escenarios y una carrera musical que ha deambulado entre el heavy primitivo de Warlock, su primera banda, y un rock maduro de impecable factura con ciertas intenciones A.O.R. Del lado del rock patrio estará Julio Castejón, alma mater de los míticos Asfalto, y un músico y letrista como pocos quedan en nuestro país. Para salir de dudas, recomiendo la escucha atenta de su último trabajo "El corazón de la manzana": elegancia, delicadeza y maestría.

Hablar de Deep Purple es para mí como hablar de alguien de la familia. Gracias a mi padre, desde muy niño fui iniciado en los sonidos hard de los setenta, especialmente Deep Purple, Black Sabbath, Uriah Heep, Nazareth, Whitesnake, Rainbow... (recuerdo que a Led Zeppelin los asimilé algo después) ...es decir ramas de un mismo tronco. Ese tronco obviamente es el Rhytmn and blues, hermano eléctrico y de piel blanca del blues americano, que los jóvenes europeos de los sesenta copiaron hasta la saciedad: Beatles, Stones, Cream, John Mayall, Yardbirds, Zeppelin... todos bebieron las mismas fuentes distorsionando su sonido para adaptarlo a los nuevos tiempos.

Deep Purple no fueron, por tanto, ni mucho menos originales. De hecho, pocos grupos de aquella época tuvieron un debut tan tibio e indefinido como ellos: coquetearon con el flower power, la psicodelia y la música clásica hasta que en 1969 Ian Gillan, un inglés tan educado como chillón, ocupó el puesto de cantante dejado por Rod Evans. A partir de ese momento la banda va a decantarse gradualmente por un sonido potente y descarnado: en el mano a mano creativo entre los dos genios de la banda, John Lord y Ritchie Blackmore, acaba llevándose el gato al agua el guitarrista que desde ese momento se concentrará en crear algunos de los más maravillosos y populares riff del Rock. In rock (1970), Fireball (1971) y sobre todo Machine Head (1972) cierran una trilogía que pocos podían firmar en aquellos años, coronado por el que se considera ¡todavía hoy! el mejor disco en directo de la historia del rock, el archifamoso "Made in Japan" (1972). Tras el incomprendido Who do we think we are (1973) surgen los primeros conflictos serios en el seno de la banda, sobre todo la declarada enemistad entre Guillan y Blakmore. Son años veloces sin duda. Por eso cuando el cantante comunica su decisión de abandonar la banda, acompañado por el leal bajista Roger Glover, sus compañeros se lanzan a la búsqueda de nuevas piezas para su puzle sonoro.

Aquí comienza la segunda juventud de Deep Purple, y la que, sentimentalmente, prefiero entre todas. Tal vez porque habré escuchado cientos y cientos de veces "Burn" (1974) y "Strombringer" (1974) ¡dos discos en el mismo año: eso es energía! cantando encima de la poderosa voz de David Coverdale himnos como Burn, Mistreated, Might you take your life o Soldier of fortune. La historia ya es conocida: tras varios años más coronando la cima del rock, las relaciones internas desgastan al grupo que decide separarse motivado por los planes de futuro de Blackore (Rainbow) y Coverdale (Whitesnake). Me gustaria recordar aquí la breve incorporación de un guitarrista genial y único que cumplió con creces la difícil tarea de sustituir al hombre de negro: me refiero a Tommy Bolin, joven genio apasionado del jazz fussion (Colloseum II, Billy Cobham) que cayó en los Purple como un torrente de aire fresco llegando a firmar con ellos un único y maravilloso trabajo, Come taste the band, para morir pocos días después, de sobredosis, en mitad de la gira japonesa.

Para mí, aquí terminan de existir Deep Purple como grupo musical para volverse a encarnar vergonzosamente y a fuerza de talonario a partir de 1985, en el que fue el retorno más esperado de la década. En Perfect strangers (1985) retorna la formación clásica, es decir: Lord, Paice, Guillan, Glover y Blackmore y, por un momento, el brillo de su fuerza compositiva parece intacto. Otra cosa sería, claro, en directo, donde no volvieron a estar jamás a la altura, pese a ser cabezas de cartel en medio mundo. Era inútil engañarse, la magia habia desaparecido, y todo ellos estaban en el barco por intereses puramente económicos. Los Purple han aprendido a depurar "su sonido", a ofrecer esa marca de la casa que a muchos aún nos emociona, pero que ofende cualquier comparación con su glorioso pasado. Aún quedarían algunos buenos discos: "Slaves and masters" con el melódico Joe Lynn Turner sustituyendo a Guillan, la vuelta de Guillán tras firmar la paz por enésima con Blackmore, en el poderoso "The Battle rages on" (su mejor disco de los 90) y finalmente la espantada del guitarrista para reorganizar Raimbow y terminar haciendo falsa música medieval con su compañera Candice Night.

En 1993 y durante algunos conciertos el guitarrista Joe Satriani acompaña a los Purple por medio mundo, aunque nunca se llegó a confirmar su entrada oficial en la banda. Finalmente será otro héroe de las seis cuerdas, Steve Morse (Kansas) quien se haga cargo de mantener vivo el repertorio Purple. La remodelada banda sigue ofreciendo discos de buen rock, con un aire más americanizado pero sin la menor curiosidad por llevar su sonido más allá de las fronteras de lo rentable: Purpendicular (1996), Abandon (1998). En 2002, el verdadero alma mater de la banda, el teclista Jon Lord, decide retirarse de la música tras casi 40 años de ejercicio al pie del cañón. Toda la feligresía rockera respeta la decidisón del que es, sin duda, una de las personalidades más carismáticas del rock, con ese infundible sonido hammond que diera tantos días de gloria a los Purple y a Whitesnake. Pero, como ya he explicado, la maquinaria Purple es demasiado pesada y rentable para tirar la toalla. Poco importa que la garganta de Guillan sólo sea una pátina temblorosa de lo que fue antaño, cuando sobrecogía con sus agudos cantando Child in time; o que el maestro de la banda, el artífice originario de su sonido, abandone asqueado el negocio de la música: a rey muerto, rey puesto, pensaron sus compañeros. Así, en 2003, la última ofrenda Purple hasta el momento incorpora a un viejo camarada, el teclista Don Airey, fiel legionario de bandas como Rainbow, Uriah Heep, Gary Moore... y juntos graban un potente disco con título de dudoso gusto: Bananas. Hay quienes aseguran que el cambio se aprecia mejor en directo donde la banda parece haber recuperado fuerza y dinamismo (los shows de Deep Purple se centran básicamente en la música). A mí Bananas me ha parecido mejor que los anteriores trabajos, donde, efectivamente, escuchábamos a un Lord cansado y aburrido interpretar composiciones indignas de su talento. Ahora la prueba de fuego sigue siendo su directo, cómo intercalar los maravillosos himnos que todos esperamos de una banda así, con las nuevas canciones que poco o nada añaden a su leyenda. Allí estaré para vivirlo. Porque lo que está claro - me dice el dependiente de la tienda- es que todavía saben tocar.



Feria de junio
Sábado
, 2 de junio de 2005:

Fin de semana en Trujillo. Mi madre se empeña en que vayamos con A. y M. a la Feria. Sabe que me hastía ese costumbrismo atroz de la alegría, esa barata exibición de la risa, la divertida tristeza de los poneys, todo eso... Pero vamos: no hay espatoria.

Antiguamente, la feria de Trujillo, dedicada básicamente al intercambio de ganado, era de las más importantes de la región. Venían a ella los cacereños, los placentinos... hasta que el ferrocarril ignoró su cita, largo tiempo apalabrada con la silenciosa Turgalium. Toda mi infancia fue esperar un tren que no llegaba. Un trozo de maquinaria fantasmal que diera horizonte a mis sueños.
Entonces llegaba la Feria, a primeros de junio, como dádiva piadosa dispuesta a ayudarme a terminar de arruinar mi curso escolar.

Al menos A y M. disfrutan como niños. Consumen sin piedad su ración de juego. Montados en las anticuadas atracciones nos miran aplaudir como locos, sonreírles con tristeza del otro lado de su radiante inocencia.

Un chino me ofrece cds que no compro, tras mirar largo rato la tramposa mercancía.

No sé cómo, ha ido anocheciendo.


Esta luz
Viernes, 1 de junio de 2005:

Este mes de junio con complejo de verano es como esos niños que ya respiran el cloro de la piscina. Pero no será agua lo que vierta aún esta luz -francamente enamorada- que adorna las mañanas casi festivas, que arremolina una tarde sobre otra, como un recuerdo repentino. Esta luz, la que deja la noche a las puertas del hechizo si paseo sin rumbo por las calles de esta ciudad romana y perdida, orgullosa de su esplendorosa decrepitud; esta luz tan joven sucede, como la lluvia de Borges, en el pasado. Memoria de mí que no acierto a precisar, como esos muertos afables que sin ruido ni sorpresa vuelven a ocupar su sillón, a preparar su comida, a leer el periódico bebiendo a ratos la copa de su inadvertida impresencia.

Abriendo bien los ojos, hasta la Feria del Libro me parece un buen sitio para leer. Aldeus Huxley y José Emilio Pacheco; el primero -lo confieso- es propósito, el segundo necesidad. No para de llover esta luz que acribilla los labios de los niños. Oigo sus juegos, el sonido de las tijeras cortando papeles y cartón, sus manos pegando en el muro los flamantes dibujos. Un trozo de vida. Un trozo de mi vida en la suya, si advirtieran que cruzo entre ellos reprimiendo una honda emoción, una nostalgia arrepentida.


Horreur!

Uno preferiría - lo juro - la palabra suficiente, la línea clara del pensamiento, la artritis infalible del corazón. Pero le sale este discurso, polígamo y vicioso, de hablar siempre de los demás como de sí mismo.


Feria del Libro en Mérida: escaparate de venenos.

Elija usted su pócima favorita, aproveche ahora los descuentos de fin de temporada, y venga, acérquese a los setos de la cultura admirando el falso follaje de las glorias literarias; permita que el empedernido novelista le amargue el deselance y que len den gato por liebre los poetas de la experiencia. Abra la nevera, servicial y portátil, con articulos en rebajas que nunca necesitará, y sírvase. Los lectores más listos se alistan en fila india ante la caseta municipal. Recoja su globo y sonría para la foto. No se preocupe, confíe en nosotros. Hemos pensado en todo.
Ah, y compre algún libro, coño! Es por su bien.


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