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Derivas de mayo de 2005

 

Mayo longo, mayo longo, todo cuberto de rosas,
para algúns telas de morte, para outros telas de bodas.

Rosalía de Castro

 

 


Lunes, 30 de mayo de 2005:

John Keats (1795 -1821)Me lanzo a pasear por las calles de Mérida. No llevo música. Ando buscando ése no sé qué que queda balbuciendo tras leer un buen puñado de poemas de John Keats, en las voces de Cortázar y Oliván. En la librería Punto Aparte compro El contorno del poema de Pere Ballart, cuya pre-lectura, somera y caprichosa a pie de estantería, me ha abierto el apetito de la erudición. Sin embargo, en esta tarde de bochorno, cuando el cielo amenaza nuestras cabezas con residuos de polvo y disparate sin decidirse a llover, siento la tristeza escondida en mis zapatos. Cómo me espera, sabia y malcriada, mientras miro escaparates de ortopedia, lentas embarazadas, zapaterías de grisú y oscuros ciber-cafés sobre fondo adolescente. Camino, caminamos. Pesa como un gozne esta tristeza, he debido escribirlo en alguna parte. Es siempre la misma. Con el tiempo y la confianza, he llegado a cuestionarla que sea yo su destino: "¿No estarías mejor, bonita, cortejando otras almas?" "Mira que no hay razones, a primera vista, que precisen de tu alianza". "¿No andarás equivocada, confundida por el rayo como el norte de las brújulas?" Ella paciente, calla. Y bebe despacio mi café.

Hace calor aquí sentado, frente al Museo Romano, en una terraza con olor a aceite y a dinero. El camarero, muy gentil, me indica: "No servimos café. Eso es ahí, en la competencia". Avanzo mi mochila un par de mesas y ya estoy en el reino del santo alcaloide. Traía tres o cuatro libros, más el de Ballart, todas relecturas: La miel salvaje, de Miguel Ángel Velasco (porque buscaba ese poema sobre la joven rusa congelada en la nieve), Mecánica Terrestre de Álvaro Valverde (por una extraña superstición que no puedo desvelar), Matar a Platón, de Chantal Maillard (que no se me cae de las manos), y una antología de Keats en Cátedra que he elegido porque la de Oliván, en Pre-textos, se mancha sólo con mirarla. El caso es que la tarde sigue cerrándose sobre sí, y en cualquier momento habrá que salir de aquí pitando. Había echado a la mochila algunos versos escritos días atrás, de madrugada: "No llueve por aquí desde hace meses, / y ya se secan, como helados embriones, las palabras" Contiene, es cierto, dos o tres errores de manual: la lluvia, de entrada; la humilde grandilocuencia de la palabra "palabra", y sobre todo -ahora que las primeras gotas alcanzan la mesa- una verdad que ha dejado de ser válida, por ahora.


Domingo, 29 de mayo de 2005:

Francia dice No a la Constitución Europea. Una vez más, los gabachos demuestran su inteligencia. El esperpento matutino de Zapatero no tiene desperdicio. Ayer no se podía "hacer" Europa sin Francia; hoy alude al 54% de europeos que ya la han aceptado. Su yerno, Javier Solana, recuerda tajante que la Constitución ya ha sido reatificada en Bruselas. Por fin sale a la luz el más sincero anhelo de la derecha española: que ésta Consitución sea un desastre, cosa que en la campaña traicionaron públicamente, a orden de vara. Apago el televisor y busco una explicación a tanta miseria en los versos de Quevedo:

"Llenar, no enriquecer, quiero la tripa; / lo caro trueco a lo que bien me sepa (...) Más descansa quien mira que quien trepa; regueldo yo cuando dichoso hipa./ Él asido a Fortuna, yo a la cepa".

Una Europa que aspira a convertirse en Comunidad Económica Europea de una vez por todas, no puede hacerse pensando en todos. Ni siquiera en nosotros.


Tres haikús
de una noche de primavera:

 

Consciente de amarlos,
pasa el otoño
devorando tus labios.

 

Ahora el viento se mece
en el columpio.
En silencio queda el niño.

 


No morir, sino pasar.
Eso nos pide
la lluvia sobre el pecho.



Viernes, 27 de mayo de 2005:

A pocos escritores he dado tantas oportunidades como a Fernando Arrabal. Reconozco que nunca me ha ido el rollo ese de lo "Pánico", con sus perfomances pseudopoéticas y su provocación ensayada; pero reconozco el talento del Arrabal dramaturgo, del fino articulista... incluso del personaje mediático que goza representar. Esta tarde, en la biblioteca, buscaba "Cartas a José María Aznar (con copia a Felipe González)" que en su momento ojeé pero estaba saturado de información manipulada, de ideológica doméstica, y lo dejé pasar. Ahora vuelvo con el retrato de aquellos años (y últimos meses) perfectamente trazados en mi memoria, y sé que un caníbal, aunque coma con tenedor, es siempre un caníbal.
No estaban las dichosas cartas, pero abrí "La piedra de la locura" un texto cuya portada advierte, pertecene al ámbito de lo Pánico. El libro, con razón no podía ser peor. Un buen puñado de obsesiones filio-sexuales, un tibio esfuerzo lírico en sus miedos, y mucha, mucha tontería.
Tampoco esperaba uno encontrarse con los "Cuatro Cuartetos" de Elliot, pero alguna intuición poética se le presupone a un autor tan diestro en el uso de las lenguas, las comunes y la propia. Reconozco que echo de menos al Arrabal provocador y subversivo, al hastiado astro que vino hace dos primaveras a Mérida, a beber buen vino y cachondearse luego en público del Consejero Delegado de turno. Si aquella imagen me pareció "enternecedoramente" natural en él, en esta Piedra de la locura las salidas de madre son indigestas como un flan sin abrir. Qué la vamos a hacer, sabe el jodío que pese a todo vamos a estar esperándolo siempre, queriendo que aparecezca por alguna parte y nos alegre el día y nos haga reflexionar en el disparate maravilloso de la vida.


Martes, 26 de mayo de 2005:

Comida con Julián Rodríguez, que viene a Mérida a supervisar algunas de las coleciones que coordina para la Editora Regional. Comemos en Casa Benito, una casa de comidas con más de cincuenta años, que tras cambiar hace poco de dueño, trata ahora de conciliar su abolengo taurino, ya sólo certificado por fríos retratos de toreros y amenazadoras testuces, con el cebadero indiscriminado de ejecutivos en que se ha convertido. El menú está bien, aunque el pollo que ambos hemos pedido nos deja la boca anestesiada. Al tercer muerdo nos miramos resignados, echamos los platos a un lado y seguimos charlando. Julián habla bajo, como siempre. Cuesta horrores entenderle, pero intento cazar algunas claves: Me confiesa que, en realidad, cada vez le gusta menos escribir, que lo suyo es leer, devorarse un par de novelas al día y algún libro de poemas, si cae. Si no fuera porque los clubes me han demostrado que es posible leer cuatro libros a la vez, lo miraría como a un monstruo.


Santana

En estos últimos años, debido tal vez a su éxito masivo, he dejado de prestar atención a los últimos trabajos de Santana. Esta tarde, en Trujillo, he escuchado con mi padre algunos cortes de "Milagro", "Brothers","Shaman y "Ceremony". Es fabuloso comprobar que tras 30 años de música, el guitarrista mexicano no haya firmado aún un solo disco malo. Es cierto que poco queda ya de sus inquietudes místicas junto a John McLaughlin (aquel mítico "A love supreme"), el torrente sonoro de "Abraxas" o el exotismo nómada de "Caravanserai". A cambio, Santana exhibe con irreprochable buen gusto su técnica poniendo fraseos aquí y allá, enntre estribillos ramplones y melodías, algunas, que no valen nada por sí mismas. Pero tiene dos cosas que todo guitarrista sueña alcanzar: un estilo propio y un sonido único. Por contra, técnicamente se muestra todavía hoy igual de embarullador que antaño. Aunque eso es lo de menos. Cuando Carlos Santana hace "sonar" su guitarra, un cielo de tormenta se congrega sobre su cabeza y la canción más ramplona se convierte en una experiencia arrolladora. Miro algunos nombres que comparten hoy su inconmensurable lista de amigos: Maná, Seal, Dido, Ozomatli... Ninguno de ellos había nacido cuando Carlos distorsionaba su gibson al ritmo de Black Magic Woman en Woodstock.


Soltar a Saramago, Durrell, Quiroga y otros venenos laborales, para caer en brazos de esa puta imprescindible, la vil fulana de mis días, esa querida de tantos, la Poesía. Propiciar el encuentro lejos de los salones de té donde sólo se manosea su recuerdo, para recorrerla, lúbrica y venenosa, en versos menores. Hablo de esto:

Alguien llegó después
y se llevó las piedras.

Arrojó el alquitrán,
y sepultó la rosa
de tu infancia.


(Claroscuro, Martín Romero)


Qué cabrón eres Martín. Tú tan callado, y siempre con la Poesía rondándote lasciva.

24/05/2005


Corriente Alterna / Corriente Contínua.

Bodorrio ineludible en Trujillo. Vuelvo a enfundarme en un traje y a besar cutis extraños, llenos de polvo y compromiso. Me lo tomo con filosofía, y aunque la boda no me apetece, me planteo hacer trabajo de campo: si el poema no sale, al menos cenaré bien. Como era de esperar, paso la misa en la terraza de una café con mis padres y algunos familiares. A estas alturas de la película a nadie extrañará que tras el café me líe un porrito. La ocasión requiere ir bien preparado. Ah, qué placer fumar en esta Plaza. Acompañar los giros trapecistas de las cigueñas, algunas menos -creo- que de costumbre. Restauran el palacio de la Conquista. Alguien me informa que en unos días tendrá lugar en él una boda de alta alcurnia, un heredero -comenta con incomprensible orgullo- de los Reyes Católicos. Vuelvo a distinguir los dos Trujillos: el se los señores y el de sus siervos. Y nosotros, bamboleándonos en falso, perdiendo el norte, admirando en voz alta el tren de vida de los señoritos.

Saludo a los novios y huyo a otra terraza a ver caer la tarde en los tejados. La cena, estupenda. Buen vino. Charlo con R. sobre cuestiones de ciencia y creencia. Su mente, como buen físico, no asume la existencia de hechos inexplicables para la ciencia. Hablamos de energía y todo eso, de "lugares especiales" y trata de demostrarme, cuchillo en mano, las leyes que operan en ese objeto, y cómo su comportamiento -en cualquier circunstancia - ha de ser siempre el mismo. Su descomunal novia, nos mira sin abrir la boca. No dice "esta boca es mía" y compruebo, en efecto, que no lo es. Partenece al físico, que ya habrá aplicado en ella todos los experimentos de su ciencia. Al primer beso, decido dar por terminado el debate.

Entramos al baile con música de AC-DC: "Highway to hell". No pinta mal la cosa. Como la barra es libre decido invitar a A. y F. a un trago, y a dos , si quieren. Quieren, está claro. Vuelvo a tomar ron, bebida de náufragos.
El espectáculo siguiente degenera en todos los excesos y tópicos del constumbrismo más atroz. Pero aguantamos el embite con arrojo y hasta dudamos en sumarnos a la fiesta, pasado el tercer ron. Mejor nos salimos al aparcamiento a fumar otro peta, y hablar de la luna lunera, mujeres y otros temas de vital importancia. Hace fresco.

Por una inaudita carambola del destino, va a resultar que salgo de farranda, por primera vez en mi vida, con mi hermana. Ver para creer. Alcanzamos La Abadía bastante cargados. A. y F. conocen a todo el mundo. Bueno, sólo a la parte femenina de ese mundo. Me alegra comprobar que estos diez años de ausencia tabernera en Trujillo me compensa con una absoluta indiferencia por parte de las chicas, que además me parecen de pronto casi unas niñas. Tiene razón el verso de Benítez Reyes: "se visten para matar". Hay luna llena.

Trapicheando en mi chaqueta compruebo que no he dado el sobre a los novios. Me río sin que los demás adviertan la causa. Mi hermana, expertamente diagnostica: "¡Vas bien cargao!" y se lleva el peta.
La madrugada cae como un murmullo de locos. Tumbado en el césped de La Abadía miro el arrogante castillo. Me vienen recuerdos de noches temerarias, de amaneceres infinitos, doce años atrás, en otro siglo, en otra vida.

Al salir, topo con R. y J. los novios. Con el mismo ojo clínico de mi hermana le susurro a él: ¡Vas bien cargao! No falla. Me abraza arrastrándome hasta la pista de baile de La Carbonera donde, casualmente, vuelven a sonar AC-DC. No hay público, sólo una panda de emperifollados noctámbulos celebrando una boda. Ante tan selecta audiencia, mi primo decide demostrarle a su reciente esposa el arte de su oculta pasión exhibicionista. Convertido en Angus Young por la fuerza de los decibelios, J. va lanzado prendas como medallas. Al final, sólo la corbata desmiente que ése hombre haya venido así. Decido que es hora de retirarme.

No habrá suficiente para un poema, ahora que en Derivas, pienso contarlo todo.

21/05/05


Algunas lecturas se empeñan en salvar el día: Wallace Stevens, Ted Hughes y poco más; otras, en cambio, sólo ofrecen jugosas variaciones en blanco: compro un libro que ya he leído, "Usted" de Almudena Guzmán y que además no me gusta. Por fortuna, María, la librera, me deja devolverle los títulos que no me convencen. En Punto aparte tropecé -literalmente- esta mañana con el último libro de Ada Salas "Alguien aquí", un manojo de notas sobre el proceso (y el efecto) poético. Cada vez me aburren más estas urgencias por explicar lo inexplicable. Además, es la primera vez que un libro de Ada no me hace temblar. Y eso jode.

Hay, también, un claro posicionamiento en los postulados de una determinada poética, la del silencio, que ya parecía felizmente silenciada. Si alguien creyó entender una estética del silencio en la desnudez de los versos de Celan o Valente no supo interpretarlos. No hay silencio en ellos sino hueco, soledad, impresencia de lo que debería estar, aparecer, dar forma sangrante a la palabra. No silencio sino la súbita silueta de la ausencia.

Ya nos ponemos estupendos.

20/05/2005


Pop

La magia de escuchar, tras muchos años, a Style Council: el más fino soul blanco de los ochenta, de la mano de un genio llamado Paul Weller.

Conocí tarde a The Jam. Es más, siempre estuve en la otra orilla, del lado del rock más salvaje, descartando a grupos que hoy me parecen esenciales: Joy Division, the Jam, David Byrne, Blue Nile, los primeros The Cure, los últimos Talk Talk. No soy ajeno a que en todos ellos había un cierto tufo intelectual, y una palabra que para mí era impronunciable en esos años de adolescencia militante: Pop. Mientras el rock era lo auténtico, el pop era entretenimiento para niños bien sin ideas. Hoy nada me parece más caduco en cuanto a ideas y mensaje que el rock clásico, ni más soporífero en cuanto a conceptos que aquel rock sinfónico en el que navegué tantos años. ¿Qu
é hacía un niño de doce años escuchando a Yes, Emerson, Lake and Palmer, Caravan, incluso a Dire Straits? En teoría ésa es la música que me espera dentro de diez años, mas o menos. Casi todo el mundo termina adorando a Peter Gabriel pasados los 40. Si no supiera que mañana o pasado sonará Jimi Hendrix de nuevo, podría prescindir de semejantes cortinas de sonido para ir a lo sencillo, a lo breve, a la canción que aspira sólo a acompañarnos. Como este Confessions of a pop group que ahora escucho. Orquesta y piano, bajo y batería. Elegancia, que no modorrez. Que no se abra paso lo confortable, la música manejable, el ramake sonoro del entumecimiento.

Hasta que dentro de diez años o antes, escriba todo lo contrario.

(¿O ya lo escribí?)

19/05/2005


Vicente Aleixandre nos enseñó que la vida es consumación. En ese sentido, yo prefiero consumir a consumar. Consumir, combustionar, deshacer en polvo y sangre lo que pasa por nuestras manos; volver llama el corazón del árbol, ser la astilla que se retuerce, el humo negro del plástico. Sentir que la vida me atraviesa con todos sus dones y tragedias. No privarme de cuanto ofrece. No rechazar, por simple, al sufrimiento. El placer de saberme vulnerable en todo momento. Astilla que arde. Leño que suda antes de partirse.

Consumir esa consumación, con sumo cuidado.

18/05/2005


Después del club en Trujillo, tomar un café, y esa obra de ingeniería culinaria llamada donuts. En la mochila tres o cuatro libros: "Justine", de Durrel; "Diván", conversaciones con Enrique Bunbury; "Matar a Platón" de Chantal Maillard; y "42" de José Manuel Díez. Elijo el Hoy, que se ofrece lúdico sobre la mesa, abierto por la página de anuncios de relax.
La iglesia de las Mercedes está en venta. Sus palomas son negras como la cal. Las miro largo rato como embobado hasta que aparece mi madre. Le cuento que ayer estuve con Sabater. Me pregunta que si es el de la tele. Le respondo que si.. ¿Quieres que te compre una morcilla? afirma preguntando ella.

Bajamos las escaleras en silencio.

18/05/2005


La lira de Orfeo.

De teloneros de Sabater en la Feria del libro. Eso debe ser lo que hizo que el público se acercara a la carpa para escuchar a cuatro "jóvenes poetas extremeños". Como siempre en estos enredos, lo más poético suelen ser las botellitas de agua que adornan la mesa como torres gemelas. Siempre me fijo en ellas; no falla: todas son Bezolla. Arranco el papel antes de que el crítico, Enrique García Fuentes, diga cosas extrañísimas de mí.

Algunos amigos de Mérida, astutos, consiguen sentarse justo cuando he terminado de recitar.

Existe, no me cabe ya ninguna duda, una pesada maldición en torno a la revista El Espejo. Después de una presentación en Mérida digna del mejor Arrabal, sin revista ni nada, o peor aún, solo con la portada en la mano, la de Badajoz supera la marca del esperpento: uno de los coordinadores se niega a presentarla. Vuelven a oírse las estúpidas consignas provincianas, eso de que "hubiera sido necesario incluir más gente de Badajoz en el acto" y otras menudencias que terminan por hastiarme. Invito al personal a colaborar. Repaso la lista de colaboraciones y digo no sé qué sobre la falta de complejos y todo eso.

Por fin algo verdaderamente literario: una jarra de cerveza entre amigos. El juego de la frivolidad, y esa prohibición tácita y secreta, de no hablar jamás en serio sobre literatura. Con quien sí hablo en serio y sin prohibiciones es con Carmen. La cosa va de cine, quiero decir: sobre cine. Pero al rato me sorprendo hablándole de la identidad. Caigo en la cuenta de que es psicóloga. Sigo como si nada: los arquetipos, la identidad, sus conflictos, la personalidad y los trastornos físicos y psíquicos que acarrean, hasta desembocar en la anorexia. Ella está seria ahora. Solo cuando fija sus ojos en mí compruebo que no me ve. Está sosteniendo a su madre todavía, que horas antes le ha dado un susto. Está al final de un largo tramo. Y al principio de otro.

La noche se anuncia charlando de poesía con José Manuel Díez, el nuevo poeta al que hoy veníamos a dar la bienvenida. Su libro "42" me parece interesante, más por la fuerza de su voz que por su uso del lenguaje y las imágenes que recrea. Roza con los dedos del pié izquierdo cierto panfletismo, pero no se deja caer en él ni un sólo momento (bueno, recitando sí). Pero creo que es un buen libro. Hablamos de poetas mayores y me cita a Goytisolo. No iba a ser todo perfecto.

Salgo como puedo de Badajoz. El último trabajo de Rodrígo Leâo no sirve para poner mi mente en claro. Así que me decanto por Nick Cave y su soberbio "Lyre of Orpheus". Piso a fondo. Con un poco de suerte no habrá moros en la costa.

17/05/2005


Nostalgia del futuro (Arañazos a modo de diario)

Esos instantes que ni el filtro del hachís puede maquillar: los relatos de Cortázar, bajo la lámpara protectora; un poema de Masoliver Ródenas, de escatológica pureza. Otro de Javier Rodríguez Marcos, con todo lo contrario. Humo. La casa en silencio. Mis pies desnudos sobre la alfombra. Escucho a Jeff Buckley susurrar Hallelujah, sin acordarme de Cohen. ¿Cosas de la edad?. Más humo. Ver llegar a Chet Baker, My funny Valentine con los ojos nublados. Sobre la mesa, un libro de poemas de Martín Romero que releo sin abrir siquiera. Luego un irse acurrucando dócil en la nostalgia. Jugar con mis manos. Proyectar sombras divertidas sobre la pared aún sin cuadros. Un vaso de leche fría. Bien fría. Seguir con la mente su recorrido, esa lengua de plata que va puliendo mi estómago. Han cesado las sombras en la pared. Pienso en un cuadro que pueda hacer desaparecer todas las sombras. Pero sólo veo los ojos de Paul Celan mirandome con una extrema y sospechosa dulzura. Y entonces llega, súbita, incontrolable, la cuestión: ¿Cómo puedo vivir gracias a ellos?

El humo no es siquiera, a estas horas de la madrugada, una firme invitación al ensueño. Abro la ventana para que escape, si quiere. Como la música, como todos ellos.

Sé que han decidido quedarse conmigo un día más, aunque ahora sólo perciba el arañazo repentino de la claridad tras los cristales, la rabiosa entonación de un gallo, la artrosis gastada del congelador en la cocina. Sé que volverán, en su orden, desordenando mi vida. Ya se verá...

Ahora sólo miro la calle recién regada. Y el mundo parece estar hecho de nuevo.


Una línea de Fernando Merlo me deja toda la noche tirado en la alfombra: "Con rápido caudal la lenta muerte" reza el último verso de su último poema. No dejo de pensar en las coincidencias con Martín Romero. Me pregunto si el lento caudal de su compañía no nos informaba, también, de una lenta, inexorable despedida.

Lástima que deteste el wisky, y que no pueda sonar más alta la voz de Billie Holiday.


Escaparate de venenos

Puede resultar confortable para el lector de poesía asomarse al panorama extremeño de hoy, elegir su veneno favorito, o componer otro nuevo con las últimas especias, olores nuevos que siguen la estela de la vieja medicina. De entre los primeros no debería dejar escapar algunos títulos cuya eficacia está ya probada: "La semilla en la nieve" de Ángel Campos, "La misma sombra" de Serafín Portillo, "De la otra ribera" de Luciano Feria o la brillante antología de Javier Pérez Wallias, por citar sólo cuatro ejemplos.

A los que aún guardan algún efecto secundario, puede el osado lector abandonarse con la certeza de que alguno le hará repetir y otros, indudablemente, guardarán su sueño durante largas horas. No deje, con todo, de automedicarse a fondo. Los últimos libros de Antonio Reseco, José Manuel Díez o Roberto Farona producirán variados efectos, pero todos ellos sobre la fina línea de la emoción. Y es verdad, como anunció el doctor Portillo, que la adormidera del silencio y las nieblas de la meditación han prescrito antes de tiempo. Por otro lado, la experiencia, que es común a todo poeta, no es siempre experta con el poema. Títulos hay que recordar no quisiera, y acaso alguno propio.

Pero existe, todavía y por fortuna, el veneno más codiciado: se va escribiendo en los huecos de todos los libros, en sus falsas contraportadas; gotea imperceptible de sus silencios, se le puede oír aullar entre un poema y otro. No se conforme el paciente con un remedio dócil. Pruébelos todos, mientras pueda.

La poesía es un veneno lento. Lo demás ya lo sabe.


Patria cuyo nombre no sé

Si de algo puede servir la poesía es para revelarnos -con absoluta fidelidad- la esencia de algunas cuestiones. Esa marca llamada España se entiende mejor después de leer este poema del mexicano José Emilio Pacheco titulado Alta traición. Os invito a leerlo y opinar.

Vaya por delante que firmo de este poema hasta lo silencios.

ALTA TRAICIÓN

No amo mi Patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal) daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
(y tres o cuatro ríos).


Claro que si ha de existir algo parecido a una patria, que sea, siempre la mujer. Esto es de Agustín García Calvo:

TÚ, CUYA MANO...

Tu,cuya mano me ha bañado
de un fuego transparente las espaldas,
cuyos ojos en claros naufragios hundieron
algunos principios elementales de mi alma,
tú eres mi patria.

Tú,que no tienes apellido,
que no sé si eres pájaro o alcándara,
pues de todos tus brazos las letras de plomo
cayéndose han ido,como si fueran nueces vanas,
tú eres mis padres
y mi patria.

Tú,que ni te acuerdas dónde
tendiste a orear las nubes blancas,
que de tantos amores que tienes confundes
el nombre de todos los días de la semana,
tú eres mi Dios
y mis padres
y mi patria.

Tú,que tan dulcemente besas
que el cielo boca abajo se volcaba,
y que no se sabía de quién ya la lengua,
de quién la saliva,de puro sabrosa y templada,
tu eres mis leyes
y mi Dios
y mis padres
y mi patria.

Tú,que apacientas calaveras
por las praderas de la verde África
y a los rojos leones les echas de pasto
las rosas de leche de aquella luna de Sumatra,
tú eres mi ejército
y mis leyes
y mi Dios
y mis padres
y mi patria.

Eres mi ejército y mis leyes
y mi Dios y mis padres y mi patria,
y el ejército y Dios y las leyes y todos
los padres y patrias se creen que tú no eres nada:
que no eres nada.


Infierno

De existir en parte alguna, está claro que el infierno se encuentra en Alburquerque, provincia de Badajoz. Yo he estado en él. No me pregunten cómo y menos con quién. Aunque lo que puedo asegurar es que solo no llegué, ni mucho menos. Lo último que recuerdo es algo así como una convención o un congreso de literatos. Esa debió ser la causa. El caso es que al principio todo iba bien. Fue poco antes de caer la noche cuando apareció la primera señal en forma de marioneta, de títeres portugueses confabulados con el Maligno: poses obscenas, grititos moribundos, y un irrefrenable acento lujurioso exhalaban unas criaturas forjadas en el mismísimo Hades. Aquellas hembras de palo repetían lascivas el nombre de su amo: Serafín, Serafín... gritaban.

Unas horas después el pequeño teatrillo portugués del siglo XVIII adquirió tintes aún más crueles. Mediante sutiles artes, fue transformándose sin que nos diéramos cuenta en un pub de pueblo, y después ya ni en eso: en cuatro paredes negras, sabiamente alicatadas con páginas de El Jueves, los restos inequívocos de un lugar de pernición y delito, bañado por el sudor irresistible de sus lugareñas y una música trance que helaba la nuez. Para que no cupiera duda de que aquello era el Averno empezó a sonar la diabólica "Hoy no me puedo levantar" de Mecano. Más miedo todavía.

La sala fue llenándose de gente, y más gente, como corresponde a todo infierno que se precie. Aquél, la verdad, era un infierno de carretera secundaria, como mucho de dos o tres tridentes. Pero nosotros, embriagados por semejante espectáculo, hacíamos como si no nos diéramos cuenta. Hasta tuvimos que ponernos a hacer humo y declamar otros himnos luciferinos de los ochenta. Causaba un dulce, irresistible espanto ver bailar a Luis Sáez, casi tan intenso como aspirar los vapores que rodeaban el jugoso cuerpo de Quique García Fuentes. Ángeles no había, pero en cambio mujeres las había a mantas, casadas y casaderas, españolas y portuguesas. Alguna se frotaba irreverente en nuestros cuerpos ingrávidos. Aquello parecía la bíblica ambrosía sazonada por un gusto "quisch" en la decoración. Antes de alcanzar la sabiduría por el camino del exceso, acertamos a ver a Chema Cumbreño enarbolando su jersey por encima de nuestras cabezas.

Entonces apareció Julián Rodríguez y supe que no había escapatoria. Enfundado de negro, mochila aviesamente atravesada en su cintura, hizo un gesto estraño con sus dedos, mitad anuncio Martini, mitad chasquido de Espinete, y al instante le rodearon tres soberanas amazonas. Probé yo mismo el truco. Pero qué diablos, un Iniciado es un Iniciado. Comprendí de inmediato que no tendría más remedio que compartir mis satánicos planes con él.

Fue entonces cuando descubrí una puerta negra que daba al Limbo. Sutiles ninfas en minifalda merodeaban aquel rincón y víme abocado a invitar al resto de secuaces que me acompañaban. Sólo después que el último de los treinta escritores hubo entrado en aquel cuartucho de 3 x 3 m. pudimos ver, entre lágrimas, el tesoro ordenadamente dispuesto de licores y otras sustancias que allí nos aguardaba.

Al fondo, en el patio, estaban por supuesto los arrepentidos: Hilario, Antonio Reseco, Seráfin (ay, mi Serafín, tuviste el mundo a tus pies!) y algún otro poeta descarriado de la rueda sin fin de la alegría. Dóciles, quejumbrosos, contaban las horas en brazos del tedio y la desesperación.

No quedó, en el sucio horizonte de la mañana, un gallo que interrumpirnos osara.

Algunos teólogos aseguran, necios, que estos estados de percepción transitoria son debidos a una peligrosa mezcla de sugestión y necesidad. Allá ellos, no tienen más que acercarse por allí, despegar de la pared las hojas de El Jueves y recorrer con espanto las inmortales líneas que alguien ha escrito en la pared a fuego de rímel. El infierno existe. Y nos pertenece.


 

 

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