Deep Purple en Mérida
Crónica del concierto ·
Mérida, 29 de julio de 2005


La banda en la actualidad

 

 

Deep Purple:
Ian Gillan, cantante
Steve Morse, guitarra
Roger Glover, bajo
Ian Paice, batería
Don Airey, teclados

 

 

 

Con puntualidad británica (a las 11:00 h. de la noche) saltaban al escenario Deep Purple ante unas cinco mil personas entregadas a la leyenda. Había mucha espectación por comprobar cómo suenan los Purple de Steve Morse y Don Airey. El primero ha conseguido rejuvenecer a la banda con su sonido limpio, áspero y afilado, que extrae de una Fender Stratocaster repleta de todo tipo de efectos, al contrario que su antecesor, Ritchie Blackmore. Técnicamente Steve Morse está dentro de ése olimpo sólo al alcance de veinte o veinticinco guitarristas en todo el mundo, es decir, es un héroe de la seis cuerdas capaz de tocar cualquier género: Jazz fussión (Dixie Dreggs), rock sureño (Kansas), música instrumental y new age (Steve Morse Band), hard rock clásico (Deep Purple) y heavy metal (Living Loud). Sin embargo, me temo, a Morse le falta la capacidad de sintetizar su fuerza en riffs memorables, tal como hiciera Blackmore en tantos y tantos temas que -no nos engañemos- son el bastión de la leyenda Purple. Nadie duda de que su incorporación a la banda ha sido todo un acierto, y si no, que se lo digan a Gillan, que con la jugada mató dos pájaros de un tiro: incluyó a una estrella con luz propia que le premite hacer grandes descansos dentro de cada canción, y, sobre todo, se quitó de en medio a su enemigo del alma: Ritchie Blackmore.
Airey, por su parte, ofreció un buen concierto, cumpliendo el difícil papel de suplir a uno de los teclistas más carismáticos del rock: Jon Lord, que dejó la banda hace dos años, después de permanecer en ella desde sus inicios y haber sido su motor creativo en los primeros albumes, antes de que Blackmore entrara en estado de gracia (1969-1977). Algo bajo de sonido, realizó dos o tres sólos bastante tópicos, donde no evitó siquiera el toque neoclásico de Lord, ni por supuesto, el personalísimo sonido hammond de aquél. Algún giño rápido al folklore español -me pareció el España Cañí, aunque fueron sólo dos o tres compases - y demasiados efectos pregrabados para un teclista cuya valía está fuera de toda duda.

Con los cinco purple ya sobre el escenario, el concierto se abrió con un tema de su último trabajo "Bananas", correcto pero sin mayor atractivo, donde la voz de Gillan sencillamente no se escuchaba. Tras éste, hicieron "Woman from Tokyo" primer clásico de la noche, del infravalorado Who do we think we are de 1973, y la respuesta del público no se hizo esperar. Debe ser duro para a una banda que lleva casi cuatro décadas haciendo música, comprobar cómo su público sólo reacciona ante las composiciones clásicas y permanece impasible -boquiabierto, eso sí- ante las canciones de los últimos 15 años. En cualquier caso, ver sobre un escenario a Roger Glover, con un sonido de bajo único, elegante y poderoso, dibujando punteos imposibles y asentando con Ian Paice una base rítmica de la que muy pocos grupos pueden presumir, es todo un espectáculo que justifica por sí sólo otras carencias. La principal, desde hace ya demasiados años, es la voz de Gillan, un turbio reflejo de lo que fue, incapaz de cantar correctamente una sola canción. Nada más escuchar, o mejor dicho, adivinar el estado de sus cuerdas vocales, uno ya se despide de la posibilidad de tararear himnos como Child in time. Peor, si cabe, es su desastrosa imagen: descalzo sobre el escenario, con pantalones de sport remangados casi hasta las rodillas, un chaleco ¡sin camisa! que no se pondría Mr. Bean, y patéticos movimientos de tai chi que más que pena dan grima. Cuando los técnicos decidieron (en las canciones más bajas) subir un poco el volumen de su voz, pudimos escuchar un graznido ligeramente pasable.

Lo mejor de la noche: Glover y Morse, mano a mano

Entre composiciones de sus últimos trabajos de estudio: Purplendicular, Abbandon y Bananas, la banda regaló perlas como Hush, el clásico de Joe South que ya apareciera en su primer disco, Shades of Deep Purple, de 1967; el magnífico Perfect strangers que dio título a su álbum de regreso de 1985, y los ineludibles Black Night, Higway Star, y Smoke on the Water, coreados por una parroquia entregada a la nostalgia. No tocaron nada del que, para quien suscribe, es el último gran album de la banda: el potente The battle rages on de 1993, y eché en falta perlas como Pictures at home, Lazy, Demon´s eye o la preciosa When a man blind cries... Por supuesto, de la etapa Coverdale-Hughes, mejor nos olvidamos. Así pues, el recurso más lógico es conceder protagonismo a los desarrollos instrumentales, que eso sí, fueron abundantes y llenos de la magia de siempre. En buena parte de ellos, la sección Glover-Paice-Morse dejó boquiabierto al personal. Muchos esperábamos un potente sólo de batería de Paice dentro de The Mule, pero tuvimos que conformarmos con algunos amagos de genialidad dentro de otras canciones. Quien sí se lució y de lo lindo fue Steve Morse, que hizo cuatro solos, a cada cual más inspirado. En algún tema su guitarra sonó ligeramente desafinada, pero pronto pudo subsanarlo gracias al guiño oportuno de Glover. Maestría es la palabra que define a estos instrumentistas, que a menudo han dado lo mejor de sí fuera del legado Purple: Paice con Whitesnake, Gary Moore...; Glover con los añorados Rainbow y multitud de proyectos paralelos (amén de su trabajo de producción), y Morse con las bandas antes citadas, especialmente en su primera etapa con Dixie Dregs.

En definitiva, un concierto a la altura de lo que se espera, y que podríamos resumir en el siguiente slogan: Maestría sin magia. Un broche más que suficiente para una mágica noche de rock, vivida con intensidad por un público que abarca ya dos generaciones.


El más macarra de todos: Mr. Byford

Saxon:
Biff Byford, cantante
Nibbs Carter, guitarra
Paul Quinn, guitarra
Jörg Michael, bajo
Doug Scarratt, batería


No había una expectación especial por ver a los ingleses Saxon, un clasico de segundo orden dentro del heavy metal, y una banda que en España no recibió la misma atención que otras de su generación - aquella New Wave of British Heavy Metal - como Venom, Def Leppard (sí, hubo un tiempo en que los Leppard hacían rock potente) o Iron Maiden.
Con un Bifford más ordinario, chillón e histriónico que nunca, fueron desgranando composiciones demasiado tópicas, carentes de imaginación, aunque con la acostumbrada efectividad que el género requiere. Se trata de heavy metal clásico, sin velocidad, pero con contundencia, buenos riffs de guitarra y estribillo coreable. Algunos temas de su mejor obra "Weels of steel" (1980) como el tema que lo da título, y sobre todo, Motorcycle man consiguieron calentar a las huestes metálicas y apoltronar en la hierba a los más "setenteros".


La reina de la noche: mrs. Doro PeschDoro:
Doro Pesch, cantante
Joe Taylor, guitarra
Oliver Palotai, guitarra
Nick Douglas, bajo y teclados
John di Theodoro, batería

 

 

Había mucha espectación por ver a la cantante germana Doro Pesch, al frente de la banda que lleva su nombre, y que estilísticamente es una continuación natural de Warlock, su primera banda. Doro se ha mantenido todos estos años, desde su debut en 1984, fiel a las normas de un género, el heavy metal, reticente a cualquier tipo de evolución musical o estética. Esto ha dificultado enormemente la carrera de esta cantante, que ha conocido altibajos, si bien su momento de mayor esplendor puede datarse al final de su primera banda, con el excelente "Triumph and agony" de 1986, tras el cual, cuando parecían haber conseguido lo más difícil sobrevino la separación. Luego, la crisis del género -con la irrupción del grunge a principio de los noventa - llevó a la bella germana hacia terrenos más comerciales, en la línea AOR, con excelentes baladas que no han tenido la repercusión de sus canciones como "Diosa del metal". Ahora vuelve, endureciendo su sonido, arropada por una banda joven e imaginativa, para ofrecernos lo mejor de sus veinte años de carrera.

Lo primero que sorprende de esta mujer (bueno, vamos a decirlo rápido: es el envidiable aspecto físico que mantiene a sus 44 años). En segundo lugar, sin duda, la potencia de su voz, una voz rota y áspera en la línea de Bonney Tyler. Parece imposible que pueda aguantar un concierto de más de una hora cantando de ese modo, pero el oficio y la veteranía se impone, y al final Doro demostró que es mucho más que un rostro bonito. Fueron desgranando los himnos de sus dos carreras, si bien fueron los de Warlock los que mayor acogida recibieron. De hecho, fue el público el que acabó imponiendo la archiconocida "All we are". Para mí gusto, hubo dos momentos especiales en su show: el homenaje a Judas Priest con la excelente versión (comenzando a modo de balada) del clásico "Breakin´ the law" que hizo vibrar al público. Y sobre todo, porque no estaba seguro de que la fuera a interpretar, la balada "Für Immer", cantada en alemán, inglés y español, una de las canciones de heavy más hermosas que he oído. Ya desde el inicio de la canción, sobre un fondo de teclados acompañado únicamente por un redoble de caja, pudimos apreciar que la dicción de Doro se veía afectada por la emoción. Incluso llegó a fallar una nota, la más aguda del estribillo. Lo que no esperábamos es que tras éste, la hermosa cantante no lograra contener sus lágrimas, y permaneciera de espaldas al público hasta dominar su emoción. Fue un momento hermoso, donde todos irrumpimos a aplaudir, y hasta la banda tuvo que alargar algunos compases esperando que la gran dama retomara el micro. Cuando lo hizo, un sencillo gesto con la mano en el corazón nos reveló la fuerza que puede tener una canción compuesta hace diecinueve años e interpretada miles de veces. Cuando llegó el momento de la frase en castellano, Doro acercó el micro al público y todos gritamos eso de: "Hay una promesssa en el sonido".

Mágico.


Julio Castejón en el corazón de la manzana

 

 

Julio Castejón y los trípodes:
Julio Castejón, cantante, guitarra y teclados.
Paco Benítez, guitarra
Eduardo Kinderman, bajo
Antonio Sánchez, batería
Carlos Parra, teclados

 

 


Fruto de semejante desorganización, los primeros acordes de Julio Castejón y sus trípodes atrajeron a poco más de quinientas personas (muchos incautos como yo tuvimos que volver al coche a dejar nuestras mochilas y bocatas). Fue un pase rápido, apenas seis canciones, alternando temas de Asfalto no especialmente clásicos, aunque sí de ésas piedras preciosas que la banda madrileña supo crear hasta su final en 1994: Es nuestro momento, la emocionante Espera en el cielo y la mágica Más que una intención, que el público agradeció coreándolas. Junto a éstas, composiciones del último trabajo de Castejón, El corazón de la manzana (2004), un disco que recomiendo sin paliativos, donde Castejón alcanza su cénit en ejecución, fuerza, y emotividad (sus letras siempre han buscado emocionar y contar cosas). Ojo a la banda, con un prodigioso Paco Benítez a la guitarra, y un batería, Antonio Sánchez, que da toda una lección de efectividad y elegancia a esos apisonadores que hoy se sientan ante veinte tambores.

Por otra parte, resultó muy desagradable ver al personal de la "organización" sobre el escenario cuando Castejón y los suyos aún no habían acabado de tocar. Para el momento de los saludos al público, los técnicos ya estaban desarmando la batería. Julio, franco y conciliador como siempre, avisó: "Es una lástima no poder seguir tocando. Os aseguro que tenemos para más de dos horas de concierto. Pero bueno, al fin y al cabo ¡esto es un concierto de Deep Purple!!!" No se cumplió la misma ley para las dos siguientes bandas que sí pudieron ofrecer su show entero.



EN RESUMEN:

Lo mejor:
El buen rollo que se palpaba entre personas de muy distinta edad y condición. Desde heavys acérrimos de muñequera con remaches (¡cuánto tiempo sin verlas!), hasta macarras que se quedaron anclados en el Made in Japan, pasando por padres e hijos compartiendo un legado musical que ha sido y es, el de toda una vida.

Lo peor:
La organización, sin duda. Primero por no reflejar en las entradas la prohibición de acceder al recinto con bocatas. Al pedir las hojas de reclamación un encargado nos indicó que eso tendría que ser "al finalizar el concierto". Segundo por la falta de respeto al público congregado desde las 18:00 h. a las puertas del recinto, tal como estaba indicado. Éstas se abrieron a las 19:15 h. y con la primera banda ya sobre el escenario. Por último, la imprevisión de las dos barras que a mitad de la noche se quedaron sin hielo, sin cerveza, sin ron, y sin coca-cola, pero ello no les impedía seguir vendiendo tikets. Pura mafia.

 

Daniel Casado
Mérida, 1 de agosto de 2005

 

 

 

Con mis padres en el concierto de Deep Purple en Mérida (29-08-2005)

 


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