Calle y Poesía


Daniel Casado

 

Resultará obvio al lector que quien esto suscribe alabe la iniciativa de la concejalía de cultura de Plasencia. Por ello, no insistiré en destacar su evidente acierto, sino en poner de relieve una condición de la poesía, de nuestra poesía, que tal vez haya vuelto ahora a encontrar el lugar de donde nunca debió ausentarse. Me refiero a la calle. La calle de todos, la del panadero y el lechero, el jurista y el farmaceutico, la puta y el funcionario, los niños y los limoneros, la calle, en fin, tan nuestra y de donde la poesía había desaparecido.

La desvinculación entre poesía y calle, entendida ésta como espacio abierto, pero también como centro mismo de la poesía, como espacio donde el poema ocurre, he terminado recluyendo a autores y público en recintos de toda índole, demasiado alejados a mi gusto, del espíritu que debe representar verdaderamente la poesía.
De alguna forma, este alejamiento se produce paralelamente en dos planos: el físico, limitando nuestros versos a tertulias de cafetín; tugurios de mala luz y mejor literatura, donde la vida termina siendo un corsé, por más que los sujetos más atroces desfilen con sobrado aire de personajes literarios; talleres literarios, bibliotecas y otros recintos de peor acondicionamiento, por más que se llamen públicos.

El segundo plano donde se representa esta ausencia es en el propio poema. Los autores extremeños tenemos fama de ser excesivamente meditativos, silenciosos, contemplativos. Y es cierto que los mejores libros de poesía de autores extremeños comparten esa preocupación. Ello es debido, a mi parecer, a esa desarticulación entre el entorno de lo cotidiano, (la calle) y el entorno de lo singular (el poema).
Con estos presupuestos, es difícil que nuestra poesía retome el pulso verdadero del pueblo (el pueblo global), y menos aún del momento histórico que vivimos.
Todos jugamos a escribir el poema que perdure en el tiempo, según la observación -hermosa y falaz a un tiempo- de Don Antonio Machado, y en esa aspiración por el poema intemporal perdemos precisamente la esencia del tiempo en que vivimos.

Por eso me reconforta la iniciativa plasentina, porque permite que nuestros versos se aireen al sol de la mañana, junto a la plaza del mercado, o frente al Instituto, o en la marquesina de un cine en desuso, allí donde la vida acontece.

Mi felicidad será ver envejecer mis versos a la misma velocidad que el poster que lo sostiene y el vecino que lee, es decir, durante el mágico y fugaz instante que dura una emoción.