De las
hojas de hierba

a los
claros del bosque


Daniel Casado


I.

Vamos a suponer que no constituya un delito tipificado en los códigos de buena conducta adentrarse en la literatura del mismo modo que lo hacemos en la vida, sin mayor adiestramiento, sin prebendas de ningún tipo, sin verdades universales ni montañas llenas de dioses moribundos al acecho de expertos en la doctrina.

Vamos a suponer que la literatura excluya, al igual que la vida, toda maniobra de especialización o análisis científico, toda forma de acercamiento a su materia artística que no provenga o nazca de una absoluta soledad por nuestra parte ante el espejo de la Creación.

Y vamos a suponer, de entrada, que la literatura fluye de esa Creación, de la vida misma y que a ella vuelve siempre sin ser, en ningún momento, la Vida. Pálido reflejo, pues, que en el azogue de la página arde y se prolonga apenas unos siglos para luego desaparecer.

La mejor prueba de que la literatura está viva es que está sujeta, como nosotros, a desaparecer. Bajo esa condición de milagro en secreta alianza con el hombre, la literatura respira a nuestro lado y sirve, de algún modo, al Mundo. Explicando, contradiciendo, negando si es preciso el implacable fin de nuestros actos, la literatura se nos revela como un ser vivo, como una inmensa vegetación llena de sombras amenazantes y luces maravillosas, de vistas privilegiadas y páramos oscuros...

Yo hiberné largos años en las regiones más oscuras de ese bosque. Tras el padrenuestro obligatorio, a las nueve de la mañana se nos servía crudo el análisis de un soneto de Calderón, de Quevedo, de Lope... El dominio de la métrica y sus leyes eran la principal preocupación -en materia de letras- de mis primeros profesores. En aquel colegio público de la Orden Carmelita, alabábamos a Joaquina de Vedruna y para ello se cantaban al atardecer adaptaciones grotescas de la Llama de amor viva (¡Viva!) y La fuente que mana y corre (así, tan castellanamente y en sabia adaptación para guitarra y chin chin pum) de san Juan de la Cruz. También había representaciones del místico en la capilla y se nos decían sus milagros de mártir bueno y generoso. A la mañana siguiente el santo era repuesto en su urna de éxtasis y de llagas, enclaustrado de nuevo en sus nobles versos para ejemplo y admiración de nosotros, pecadores. Pero no su voz, ni aquella diáfana estrofa del Cántico:

¿A dónde te escondiste,
Amado, y me dexaste con gemido?
Como el ciervo huyste
aviéndome herido;
salí tras ti clamando y eras ydo.


No su voz, que yo no supe distinguir del Credo y las Bienaventuranzas, no la estampa humana de aquel que cruzara a solas su oscura noche del alma preso en Toledo, entregado por los propios Carmelitas Calzados, y menos aún la efímera biografía del aquel hombre, poeta por más señas, nacido Juan de Yepes, cantor del éxtasis amoroso y el dulce alboroto de la razón:

¡O noche, que guiaste!
¡O noche amable más que la alborada!
¡O noche que juntaste,
amado con amada,
amada en el amado transformada!


Durante algunos años, la literatura fue para mí una farragosa tarea, asignatura con algo más de autopsia que de savia, repleta de versos limpios y nobles páginas que contenían un misterio del todo estéril a mis preocupaciones. (Qué se yo, tal vez enamorarme debidamente de la chica de al lado). Porque allí, en el aula fría, la literatura se nos mostraba como una enorme espesura: la umbría senda elegida por escritores de toda condición y nacionalidad, alborotados genios de la pluma, pensadores del abismo y otras alimañas a las que, sin embargo, debíamos comprender y diseccionar, pero jamás emular. El arte de la literatura era, para mis primeros profesores, un capricho más de los buenos modales estéticos. La gloria que se les otorgaba, especialmente a los poetas, era en realidad una forma sutil de distanciamiento, un peaje mínimo y generoso que estaban dispuestas a pagar aquellas buenas gentes de orden. El verso, los poemas, parecían no tener cabida en aquel mundo prosaico y desventurado, y menos aún en aquello para lo que estábamos siendo educados: voraces hombres de negocio, líderes de empresa, capataces, empresarios, dirigentes sombríos de la tristeza... No, la condición de artista no entraba en aquella estrategia, por más que miráramos estampas de Cervantes, Shakespeare, Byron o Verlaine. A todos ellos, y a muchos más, su destreza en el verbo los había reunido allí, en el libro, concediéndoles, a cambio de nuestra admiración, el dudoso don de la inmortalidad. Ah, la sórdida gloria de los pedestales.

De aquella espesura salí dos días después de abandonar el colegio. Jamás había comprado un libro y ni siquiera me seducía el hecho de robarlo. La literatura, para mí, había pasado a mejor vida con un sincero 6.

Debió ser poco después cuando cayó en mis manos un pequeño volumen de poesía. Me encontraba en Almuñecar, bajo el faro de la alta peña que llaman Punta de la Mona. Era la mañana de un claro día de marzo, olor de pino salvaje y madreselva y el mar en pie, luchando con la Historia. Como no tenía nada mejor que hacer, decidí abrir aquel libro al azar –como se deben abrir los libros de poesía- y leer la primera línea:

“Me celebro y me canto a mí mismo”.

Y la segunda:

“Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”.

Y un poco más:

"Vago... e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
para ver cómo crece la hierba del estío.

Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.

Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta.
Y con mi aliento puro
comienzo a cantar hoy
y no terminaré mi canto hasta que muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos.
Atrás. A su sitio.
Sé cuál es su misión y no la olvidaré;
que nadie la olvide.
Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,
dejo hablar a todos sin restricción,
y abro de para en par las puertas a la energía original
de la naturaleza desenfrenada”.


Deslumbramiento. Excitación. Desvarío. Tenía catorce años cuando descubrí este poema. Jamás había leído un texto así, pese a que en el colegio habíamos desmenuzado medio Siglo de Oro, y tantas veces habíamos troceado y deglutido obedientemente aquello de Vivo sin vivir en mí. No, ahora no se trataba del éxtasis religioso lleno de estigmas, silencio y soledad; ahora se trataba de mí, yo mismo formaba parte de una insólita celebración, pagana y gozosa, de la vida. Y en ella, desde el átomo más insignificante hasta el más digno de los seres creados merecían mi atención.

Sí, en mi vida coincidían todas y cada una de las manifestaciones del poeta americano Walt Whitman, cantor de la Democracia al que pronto, por cierto, hube de encontrar en aquella película, El club de los poetas muertos, colgado en la pared igual que un santo. Nada que ver. Aquel hombre, “Walt Whitman, un cosmos, un caos, el hijo de Manhattan, turbulento, carnal, sensual...” aquel hombre se dirigía a mí, sin duda, o al menos debió imaginarme cuando escribía aquellos poemas -¿para quién?-. Sí, cien años antes alguien, tumbado como un fauno a orillas del Mississipi -“con la barba hacia el polo y las manos abiertas” en palabras de Lorca. (esto lo descubriría más tarde)- escribió los cincuenta y dos poemas que hoy se conocen como Canto a mí mismo, libro singularísimo en el conjunto de toda su obra poética, titulada hermosamente Leaves of grease, es decir, Hojas de Hierba. Pues bien, aquel poeta, cantor del Cuerpo y del Alma, ya desde la solapa del libro advertía:

-“Compañero, esto no es un libro. Quien toca este libro toca a un hombre”.

El instante de la revelación tiene tanto de ofrenda como de compromiso. Una vez hemos resistido el fulgor de la claridad ésta nos exige dar razón de su luz. “Siempre la claridad viene del cielo, es un don...”, hoy lo sabemos por la voz de Claudio Rodríguez, pero entonces yo no lo sabía. Y sin embargo, aquel librito me había cambiado. Cómo ignorar aquella certeza, aquel alud de palabras vibrando de repente en cada cosa, innominada o conocida, real o impalpable. Con la claridad se anuncia también el misterio. Las sombras se abren para dejarnos a solas en los bosques de la noche. ¿A solas? Nutrido a cada paso por la evidencia del milagro, fortalecido en la soledad sonora del desierto, apartado de la tribu y enclavado a la vez en el centro mismo de ella. Útil acaso para una sociedad que avanza en la tiniebla clara de la voracidad y el canibalismo, útil para las almas sensibles que niegan la compraventa de su conciencia, útil y necesario para el hombre sencillo y la mujer que compra en el mercado los arroces de la felicidad.

¿Cómo explicarlo? Nombrar el mundo es crearlo a cada instante. Y aquello que creamos en lo más hondo y sagrado de nosotros mismos no puede ser vendido, jamás adopta condición de mercancía sino de entrega, generoso fruto que madura en la esperanza y se ofrece anónimo y sincero:

Estos son en verdad los pensamientos
de todos los hombres en todas las
épocas y naciones, no son originales míos,
si no son tuyos tanto como míos,
nada o casi nada son,
si no son el enigma y la solución del enigma,
nada son.

Esta es la hierba que crece
dondequiera que haya tierra y agua,
este es el aire común que baña el globo.

(Canto a mí mismo. Walt Whitman)

Vuelta el alma a esa conciencia de la necesidad, la palabra se vuelve a la vez certeza de nuestro propio transcurrir, fragilidad y canto de esperanza, celebración del instante eterno y razón del abismo inexcusable, principio y final de lo nombrado, que es al fin todo cuanto conocemos y existe.

Pero en ese primer claro del bosque, apenas traspasados los límites de su centro, la luz exige una respuesta, un compromiso de búsqueda en la verdad, un adentrarse a ciegas en la maleza de las tradiciones, hacia el corazón indivisible y único de sus criaturas, hacia las altas cordilleras donde se esconde lo Visible. Téngase por obvio que no hay en mis palabras intención de trascendencia, todo lo más una oscura pasión por dejar huellas, melancólicas tal vez, de nuestra común e irrefrenable consumación.

Así, a los catorce años de mi vida, puse un libro sobre otro para explicarme y combatir las sombras, para conocer la profunda respiración de las cosas, el hálito fecundo de nuestra débil consistencia de dioses.

Pronto, junto al libro de Whitman vino para quedarse Lorca, el árbol más alto de aquel frondoso bosque del 27. Y una vez más, exigencia feliz de mi ignoracia, el viaje propuesto resultaba del todo azaroso, comenzando exactamente por el final: “Poeta en Nueva York”, donde Lorca, ya se ha dicho, dedica una Oda a Walt Whitman y otra, por cierto, igual de memorable, “al padre santo de Roma”. Qué deliciosa ahora la callada compañía de esos poemas plagados de imágenes surrealistas, de metáforas astrales sólo comprensibles al corazón y quizá por ello más hondas y reales. Irracionalismo lleno de sentido y fuerza, palabras como ríos ensangrentados, oficina y denuncia de la deshumanización del hombre y la esclavitud de la especies:

Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato;
debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero;
debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas. Lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría.
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
He venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos y dos millones de gallos,
que dejan los cielos hechos añicos.


Verso libre en Whitman, verso libre en Lorca, repárese en ello. Porque una de las primeras lecciones del bosque, es que el ritmo de la palabra se encuentra interno en la imagen, vibra oculto en los significados:

No es el infierno, es la calle.
No es la muerte. Es la tienda de frutas.

Y puede ser la voz del mercado o el quebrado acento de un dios venido a menos. Puede ser dicha esta palabra por un señorito de la huerta, andaluz universal, lo mismo que por un negro del Bronx. Pues la poesía nombra el mundo, desata el ánima de las cosas pero jamás pertenece a lo nombrado. La palabra poética vuela por encima del significado. Pertenece a los pueblos y a los dioses, al sueño y a la noche y sin embargo no conoce aposento o morada. Vibra en el aire, limpia. Es de todos. Señala sin poseer.

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.

Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.

La lectura incendiada de Poeta en Nueva York me condujo, como un Hudson ebrio de aceite y sangre por toda la obra de Federico García Lorca. Viaje hacia la fuente, por el río subterráneo de la emoción, arrastrado por los múltiples afluentes que desembocan en la tradición del romancero y se pierden, lejanos, en el legado arábigo andaluz. Lorca, su desmedida figura, su mito y su fragua quedaban así a un lado, tal vez en las últimas lecciones del manual de literatura hispánica del colegio. Ahora yo, a solas con su poesía, estaba decidido a reconstruir su exacta dimensión humana. Y supe así de la violenta sacudida de la barberie hasta los primeros esbozos de puro genio, del cerro de Víznar y el múltiple asesinato de Federico hasta la cuna misma del duende maravilloso, eterno y múltiple.

Tres golpes de sangre tuvo
y se murió de perfil.
Viva moneda que nunca
se volverá a repetir.

(Romancero gitano. Federico García Lorca)


O más lejano, en la belleza de su gacelas y sonetos del amor oscuro y sobre todo en el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, con aquellos versos memorables que más parecieran estar dedicados a su eterna figura:

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.


(Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Federico García Lorca)


II.

“El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos”.

María Zambrano escribió estas palabras en un libro hermosísimo y singular, Claros del bosque, publicado en 1977. Su propio hallazgo, tan revelador y necesario ahora, se produjo sorteando las más altas ramas de la filosofía. Si Lorca, con su influjo universal había iluminado para mí los grandes nombres del 27, Dámaso, Alberti, Aleixandre, Cernuda... el encuentro en la espesura con la obra de María Zambrano llegaría de la mano de otro poeta: José Ángel Valente.
Un azaroso golpe de dados había plantado ante mí su libro Tres lecciones de tinieblas. Mucho se ha escrito ya sobre las tres etapas o zonas de la obra del poeta orensano. Baste señalar aquí que aquel librito de corte hermético y profundo, inspirado en las letras del alfabeto hebreo y surgido del vientre mismo de los antiguos oficios de tinieblas de la tradición musical europea, de Couperin a Victoria, de Tallis a Charpentier, produjo en mí una inmediata adhesión al enorme potencial cognoscitivo de la palabra poética. Lecturas de toda clase elegidas sin orden ni concierto comenzaron a llenar mis horas de soledad. Y a cada paso nuevo, a cada zambullida en la oscuridad respondía el bosque abriendo ante mí nuevas veredas. Valente me llevó al Elliot de los Cuatro Cuartetos, al Celan de Amapola y memoria, y a muchos otros, territorios todos ellos inesperados y gozosos: Scholem, Miguel de Molinos, Rilke, Kavafis, Lezama Lima... Y así también aquella luz que se filtraba por las altas copas iba dando nueva claridad a lo andado: Cernuda, entrevisto ahora bajo un nuevo prisma; Juan Ramón, de quien supe entender que, en efecto, que tenía escondida en su casa a la Poesía “como a una mujer hermosa...” y recordé que en el colegio era poco menos que el intrépido autor de un cuento para niños (que nunca lo fue) con un burro por protagonista.
Y así, entre la maraña de los libros, las citas, las fechas, los autores... quedó sola la Palabra. Palabra llena de sentido, vocablo bien distinto al común hablar de las gentes, fórmula, presencia, epifanía... pero siempre palabra a solas, dicha en voz baja, al oído, íntima, solidaria, preciosa y precisa. La oí retumbar dentro de mis sienes con la dulzura un pétalo de plomo:

Nos amamos el uno al otro como amapola y memoria,
dormimos como el vino en las conchas,
como la mar en el rayo de sangre de la luna.
Estamos abrazados en la ventana, nos miran desde la calle:
Ya es tiempo de que se sepa.
ya es tiempo de que la piedra se avenga a florecer;
que a la inquietud le palpite un corazón.
Ya es tiempo de que sea tiempo.
Ya es tiempo.


(Amapola y memoria, Paul Celan)


Y era tal la vida así explicada. Cómo si no, el corazón puede entender el dulce estrago de un rostro que se ama. Cómo acierta el cuerpo a destemplarse en el oscuro fuego del deseo, cómo si no, nos cura con los años la serenidad del recuerdo y nos perdona y nos concilia:

Recuerda, cuerpo, no sólo cuánto se te amó,
no solo los lechos donde estuviste echado,
más también aquellos deseos que, por ti,
en miradas brillaron claramente
y en la voz se estremecieron –y que un
obstáculo fortuito los frustró.
Ahora que todo se halla en el pasado,
parece casi que a los deseos
aquellos te hubieras entregado –cómo brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo en la voz por ti se estremecían,
recuerda, cuerpo.


(Konstantino Kavafis)


Y así, asentados ya en un claro del bosque, al resguardo de las bestias y los sueños de la razón, se reconoce el territorio de la verdad –de la verdad vivida- como una inmensa desolación, un llano inabarcable, un desierto...

Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.
Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.

Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.

(Serán ceniza, José Ángel Valente)

Este poema de Valente con Quevedo al fondo, cómo me acompañó en los momentos difíciles. Lo repetía a cada instante, andando por la calle; deletreaba sílabas y silencios, y un bálsamo extraño se destilaba en mi alma con voluntad de mantra.

Hay una luz remota sin embargo,
y sé que no estoy solo.


De aquella intimidad con la poesía, hubo de alumbrar la necesidad de dar alguna respuesta. Se escribe entonces desde la soledad sonora del verso, para llamar al otro, para buscar entre las sombras del bosque alguna razón de nuestra frágil supervivencia. Vino o ya estaba, se reveló, en cualquier caso, la palabra y era clara y transparente. Era libre y de todos. Para todos.


César Vallejo
, peruano del destierro, castellano por lengua y tradición, y todo él español universal y quijotesco supo cantar al hombre derrotado, al sangrante, al no nacido aún por la gracia de ningún dios.

Los límites del lenguaje estaban en su obra sujetos a la necesidad del mensaje poético. Mensaje urgente, como sabemos, escrito sobre las circunstancias y por ello mismo intemporal:

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «No mueras, te amo tánto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
«No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: «Tánto amor, y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate, hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente
abrazó al primer hombre; echóse a andar...


(Masa, César Vallejo)

Vallejo nos demuestra en este poema, usando de manera inteligente un fondo bíblico que apenas se intuye sin aparecer por parte alguna, la necesidad de encontrar en nosotros mismos al primer hombre. Sabemos, como sabía César Vallejo, que sólo en la fraternidad es posible ese alumbramiento: la conciencia total de nuestra esencia humana, parte inexcusable toda ella de la Creación. Lastre y orgullo de un dios infinitamente posible. Ese es su mensaje. Ese y no otro es el mensaje de la Gran Poesía. Certificar lo misterioso. Dar fe de lo imposible.
Desde ese prisma, todo poema aspira, desde su misma condición de objeto artístico, a revelar lo que está oculto.

Ya sea desde su propia perplejidad y conocimiento:

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

(Los justos
, Jorge Luis Borges)


Ya sea agazapado tras la máscara del amor:

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
Cuyo nombre no puedo oir sin escalofrío;
Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,
Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
Como leños perdidos que el mar anega o levanta
Libremente, con la libertad del amor,
La única libertad que me exalta.
La única libertad porque muero.

Tú justificas mi existencia:
Si no te conozco, no he vivido;
Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

(Luis Cernuda, Los placeres prohibidos)


Ya sea tras el muro opaco de la denuncia:

No amo mi Patria. Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal) daría la vida
por diez lugares suyos, cierta gente,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
(y tres o cuatro ríos).

(José Emilio Pacheco, Alta traición)


Ya sea desde el juego de espejos de la literatura. Fernando Pessoa, por boca de Ricardo Reis nos dice:

Para ser grande, se entero: nada
tuyo exageres o excluyas.
Se todo en cada cosa.
Pon cuanto eres en lo mínimo que hagas.
Así en cada lago la luna toda
brilla, porque alta vive.


(Odas de Ricardo Reis)


Ya sea, en fin, desde el temblor diáfano de la emoción:

Contento, lo que se dice contento,
he estado muchas veces en la vida
pero más que ninguna cuando
me liberaron en Alemania,
que me quedé mirando una mariposa
sin ganas de comérmela.


(Tonino Guerra, La mariposa)



Leer no es aprender el mundo de nuevo. Leer es rectificarlo. Con voluntad de náufragos nos adentramos en la espesura del conocimiento. De ella acaso sacamos nuevas preguntas para el eterno dilema. Mientras tanto cada libro, cada verso, cada letra impresa nos oculta el resplandor de una verdad destinada a cada uno de nosotros.

"...Y se recorren también los claros del bosque con una cierta analogía a como se han recorrido las aulas. Como los claros, las aulas son lugares vacíos dispuestos a irse llenando sucesivamente, lugares de la voz donde se va a aprender de oído, lo que resulta ser más inmediato que el aprender por letra escrita, a la que inevitablemente hay que restituir acento y voz para que así sintamos que nos está dirigida. Con la palabra escrita tenemos que ir a encontrarnos a la mitad del camino. Y siempre conservará la objetividad y la fijeza inanimada de lo que fue dicho, de lo que ya es por sí y en sí. Mientras que de oído se recibe la palabra o el gemido, el susurrar que nos está destinado. La voz del destino se oye mucho más de lo que la figura del destino se ve.

Y así se corre por los claros del bosque análogamente a como se discurre por las aulas, de aula en aula, con avivada atención que por instantes decae –cierto es- y aun desfallece, abriéndose así un claro en la continuidad del pensamiento que se escucha: la palabra perdida que nunca volverá, el sentido de un pensamiento que partió. Y queda también en suspenso la palabra, el discurso que cesa cuando más se esperaba, cuando se estaba al borde de su total comprensión. Y no es posible ir hacia atrás. Discontinuidad irremediable del saber de oído, imagen fiel del vivir mismo, del propio pensamiento, de la discontinua atención, de lo inconcluso de todo sentir y apercibirse, y aun más de toda acción. Y del tiempo mismo que transcurre a saltos, dejando huecos de atemporalidad en oleadas que se extinguen, en instantes como centellas de un incendio lejano. Y de lo que llega falta lo que iba a llegar, y de eso que llegó, lo que sin poderlo evitar se pierde. Y lo que apenas entrevisto o presentido va a esconderse sin que se sepa dónde, ni si alguna vez volverá; ese surco apenas abierto en el aire, ese temblor de algunas hojas, la flecha inapercibida que deja, sin embargo, la huella de su verdad en la herida que abre, la sombra del animal que huye, ciervo quizá también él herido, la llaga que de todo ello queda en el claro del bosque. Y el silencio. Todo ello no conduce a la pregunta clásica que abre el filosofar, la pregunta por “el ser de las cosas” o por “el ser” a solas, sino que irremediablemente hace surgir desde el fondo de esa herida que se abre hacia dentro, hacia el ser mismo, no una pregunta, sino un clamor despertado por aquello invisible que pasa sólo rozando. “¿Adónde te escondiste?...” A los claros del bosque no se va, como en verdad tampoco va a las aulas el buen estudiante, a preguntar.
Y así, aquel que distraídamente se salió un día de las aulas, acaba encontrándose por puro presentimiento recorriendo bosques de claro en claro tras del maestro que nunca se le dio a ver: el Único, el que pide ser seguido, y luego se esconde detrás de la claridad. Y al perderse en esa búsqueda, dársele el que descubra algún secreto lugar en la hondonada que recoja al amor herido, herido siempre, cuando va a recogerse."

(Claros del bosque, María Zambrano)


Me permito dar por terminada estas aseveraciones confusas y sin duda, inoportunas, con estas palabras hermosísimas de María Zambrano, nuestra María querida: De ella, de su claridad valiente y ordenada, se desprenden algunas de las razones que he dado para explicarme ante vosotros. Acaso no sean todas: uno siempre espera equivocarse por sí mismo.




Arenas de San Pedro, 1, 2 y 3 de junio de 2007