LIBRO DE LOS
ÁNGELES
Selección de Daniel Casado
Autores:
RAFAEL ALBERTI * ANA ROSSETTI * JOSÉ ÁNGEL VALENTE * ANTONIO COLINAS * JUAN RICARDO MONTAÑA * HEINRICH HEINE * JORGE LUIS BORGES * MIGUEL DE UNAMUNO * CLARA JANÉS * DANIEL CASADO * WILLIAM BLAKE * JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO * ROBERT BROWNING * RUBÉN DARÍO * RAFAEL PÉREZ ESTRADA * ANTONIO GAMONEDA * MIJAIL LERMONTOV * ABELARDO LINARES * JOSÉ DE ESPRONCEDA * GABRIELA MISTRAL * LEÓN FELIPE * DULCE CHACÓN * JOAQUIN GOMEZ * ANÍBAL NÚÑEZ * FRANCISCO BRINES * MARÍA MERCÈ MARCAL * RAFAEL ARGULLOL * PILAR FERNÁNDEZ * RAINER MARÍA RILKE * MARQUÉS DE SANTILLANA * JOHN DONNE * FIEDRICH HÖLDERLIN * CHRISTINA ROSSETTI * ROSALÍA DE CASTRO * STEPHANE MALLARMÉ * VICENTE HUIDOBRO *ANNA AJMÀTOVA * ENRIQUE GONZÁLEZ MARTÍNEZ * ARTHUR RIMBEAUD * JOSÉ MARTÍ * ELISABETH BARRET BROUNING * LUIS CERNUDA * VICENTE GAOS * ALEXANDER S. PUSHKIN * OLGA OROZCO * HOMERO ARIDJIS
Sobre los ángeles
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Desde siempre los seres humanos hemos intuido al Ángel. Bien como espectro creado por la necesidad humana, acaso como ilusión más poderosa que la ciencia, tal vez como aliado de nuestra intransferible soledad, lo cierto es que el hombre ha ansiado en todas las épocas conocer al Ángel; describirlo, anunciarlo, amarlo y también destruirlo. Porque acaso la visión del Ángel es, como advirtiera Rilke, demasiado terrible. El Ángel es la suprema forma del hombre, su más alto anhelo, su potencia más elevada. Los actos del amor forman al Ángel, mientras el cuerpo va perdiendo consistencia, dureza, y al cabo, deviene en polvo, en nada. Pero, ¿qué nos muestran los ángeles? ¿En qué momentos su presencia es decisiva para nosotros? El hombre de nuestros días, qué duda cabe, necesita al Ángel. Mientras emprendo la labor de investigación de textos, traducciones, y diseño de esta antología, occidente se lanza a una guerra injusta, (todas los son) contra el pueblo musulmán. La atrocidad, pocos días antes, ha alcanzado cotas inimaginables y el mundo, diríase avanzado, parece haber perdido el control. ¿Qué importancia pueden tener los ángeles en estos momentos? Sin embargo, tras asomarnos a este mosaico trenzado por poetas de muy distintas épocas, podemos calibrar la vigencia del signo angélico en nuestro tiempo: desde los más famosos, los de Alberti o los de Rilke, hasta el ángel mítico de Espronceda, o el ángeles irónicos de Goytisolo y Aníbal Núñez; desde los hermosos y radiantes ángeles de Pérez Estrada al ángel romántico y trágico de Rosalía o Heine. Las mujeres, por cierto, nos han narrado a menudo los más ardientes encuentros con estos seres alados: así los poemas de Ana Rosseti, Clara Janés o María Mercé Marcal. En el mejor de los casos, estos ángeles poéticos dejan en nuestra vida una leve sombra de ese Ángel más íntimo que a todos nos acompaña. Levantando la mirada, sólo cabe desear, como quería Borges, que el Hombre no sea indigno de su Ángel.
Daniel Casado Mérida, 16 de diciembre de 2001
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Wer, wenn ich shriee,
hörte mich denn aus der Engel Ordnungen?
Rainer María Rilke
¿Quien, si yo gritara,
me oiría entre la legión de los ángeles?
Rainer María Rilke
rafael alberti
Los dos ángeles
Ángel de luz, ardiendo,
¡Oh, ven!, y con tu espada
incendia los abismos donde yace
mi subterráneo ángel de nieblas.
¡Oh espadazo en las sombras!
Chispas múltiples,
clavándose en mi cuerpo,
en mis alas sin plumas,
en lo que nadie ve, vida.
Me estás quemando vivo.
Vuela ya de mí, oscuro
Luzbel de las canteras sin auroras,
de los pozos sin agua,
de las simas sin sueño,
ya carbón del espíritu,
sol, luna.
Me duelen los cabellos
y las ansias. ¡Oh, quémame!
¡Más, más, sí, sí, más! ¡Quémame!
¡Quémalo, ángel de luz, custodio mío,
tu que andabas llorando por las nubes,
tú, sin mí, tú, por mí,
ángel frío de polvo, ya sin gloria,
volcado en las tinieblas!
¡Quémalo, ángel de luz,
quémame y huye!
Luis cernuda
Mi arcángel
No solicito ya ese favor celeste, tu presencia;
Como incesante filo contra el pecho,
Como el recuerdo, como el llanto,
Como la vida misma vas conmigo.
Tu fluyes en mis venas, respiras en mis labios,
Te siento en mi dolor;
Bien vivo estás en mí, vives en mi amor mismo,
Aunque a veces
Pesa la luz, la soledad.
Vuelto en el lecho, como un niño sin nadie
frente al muro,
Contra mi cuerpo creo,
Radiante enigma, el tuyo;
No ríes así, ni hieres,
No marchas ni te dejas, pero estás conmigo.
Estás conmigo como están mis ojos en el mundo.
Dueños de todo por cualquier instante;
Mas igual que ellos, al hacer la sombra, luego vuelvo,
Mendigo a quien despojan de su misma probreza,
Al yerto infierno de donde he surgido.
José ángel valente
El ángel
Al amanecer,
cuando la dureza del día es aún extraña
vuelvo a encontrarte en la precisa línea
desde la que la noche retrocede.
Reconozco tu oscura transparencia,
tu rostro no visible,
el ala o filo con el que he luchado.
Estás o vuelves o reapareces
en el extremo límite, señor
de lo indistinto.
No separes
la sombra de la luz que ella ha engendrado.
ANTONIO COLINAS
El ángel de música
¿Cuándo estaré yo siempre contigo?
Hace ya tantos años que tú tiemblas
Sobre el mar, sobre mí, sobre los cielos.
Y siempre suenas lejos, como música.
Hoy te esperaba aquí, junto a las olas.
Sentí un aroma de algas abismales
Y un crujido de conchas en la orilla,
Mas no llegaste a ser venus naciendo.
Otros días le doy la espalda al mar,
Sigo senderos hondos en el bosque,
Y entonces, a lo lejos, brillas, tiemblas.
Alguna vez habremos de encontrarnos.
No sé si en éste o en los otros mundos.
Tendrás la voz quebrada, el cuello blanco,
Olerá el mar a azahar en la penumbra.
Nos soñamos de lejos para amarnos
Y sólo nos amamos al soñarnos.
Alguna vez besaré el misterio.
Si no te llamo, vienes; si te llamo,
Todo es noche que hierve en mi cerebro.
¿Cuando serás la música vencida,
Milagro de una luz que se hizo humana?
¿Habrás de condenarte y condenarme
A ser sólo una música de luz?
ANTONIO GAMONEDA
Un ángel gótico
Inmóvil, claramente
inhumano en la
pura catedral
vive un ángel.
Un ángel no tiene ojos.
Un ángel no tiene sangre.
Él no vive en la vida, él no vive
en la muerte, él está
vivo en la belleza.
ANA ROSSETTI
La anunciación del ángel
Muriérame yo, gladiador, arcángel, verte avanzar
abierta la camisa, tenue el vello irisado
por tu pecho de cobre.
Brazos, venas,
latido, curva, élitros de insectos
bajo el músculo o velas de navío.
Muriérame yo en ellos, cautiva la cintura,
amenazante dardo presentido,
pálido acónito,
igual que una fragancia, preciso, me traspase.
Muriérame yo en tu ancho hombro
doblada mi cabeza. Empapado y oscuro
indeciso resbala por tu frente el acanto
y mi mejilla roza, y cubre y acaricia.
Muriérame, sí, pero no antes
de saber qué me anuncia este desasosiego,
rosa gladiolo o en mi vientre ascua.
No antes que, febriles, mis dedos por tus ropas
desordenándolas las desabotonen,
se introduzcan y lleguen
y puedan contemplar, averiguarte,
con su novicio tacto.
CLARA JANÉS
Arcángel de sombra
Desplegó una sábana azul
que abarcaba los ocho cielos
salpicados del oro de los astros
y me envolvió, y a sí mismo, en ella.
Y como el entero firmamento
me abrazó.
Y se adentró en mi vida
y en aquella noche
la deshojó hasta la tersura del alba.
Con el tacto del más leve pétalo
se dobló su cabeza en mi cuello,
sus bucles negros
emitían un aroma de abismo.
MARQUÉS DE SANTILLANA
Mi Guarda espicial
De la suprema corte curïal
e sacro socio de la gerarchía,
que de la diva morada eternal
fuste enbiado por custodia mía,
gracias te fago, mi Guarda espicial,
ca me guardaste fasta en este día
de las insidias del universal
nuestro adversario, e fuste mi guía.
E así te ruego, Ángel, ayas cura
del curso de mi vida e breviedad,
e con diligencïa te apresura,
ca mucho es débil mi fragilidad;
onesta vida e muerte me procura,
e al fin con los justos santidad.
WILLIAM BLAKE
El ángel
Tuve un sueño. ¿Qué querrá decir?
Soñé que era una joven Reina,
por un buen ángel protegida:
¡Nunca del inocente dolor fue alejada!
Y noche y día lloré,
y él las lágrimas me enjugaba,
y día y noche lloré,
ocultando el deleite de mi corazón.
Por eso desplegó sus alas y emprendió el vuelo;
luego se encendió de un rojo intenso el alba;
sequé mis lágrimas, y acoracé mis miedos
con diez mil escudos y lanzas.
Regresó mi Ángel en breve;
yo estaba armado, en vano vino:
el tiempo de la juventud ya está lejos:
y cubren mi cabeza grises cabellos.
Jorge luis borges
El Ángel
Que el hombre no sea indigno del Ángel
cuya espada lo guarda
desde que lo engendró aquel Amor
que mueve el sol y las estrellas
hasta el Último Día en que retumbe
el trueno en la trompeta.
Que no lo arrastre a rojos lupanares
ni a los palacios que erigió la soberbia
ni a las tabernas insensatas.
Que no se rebaje a la súplica
ni al oprobio del llanto
ni a la fabulosa esperanza
ni a las pequeñas magias del miedo
ni al simulacro del histrión;
el Otro lo mira.
Que recuerde que nunca estará solo.
En el público día o en la sombra
el incesante espejo lo atestigua;
que no macule su cristal una lágrima.
Señor, que al cabo de mis días en la Tierra
yo no deshonre al Ángel.
PILAR FERNÁNDEZ
Un angelo che suona il liuto
Indomable el cabello, altivo el gesto,
entonando sus cantos de alabanza,
tañe el laúd
Merlozo da Forlí
Es en el claroscuro,
cuando muere la tarde,
en esa calma sólo perturbada
por los más leves ecos
de los pájaros,
en la hora violeta,
cuando desciende
el ángel.
Si detienes
tus ojos en los míos,
el efecto letal
de esa mirada
me convertirá en piedra:
tal es el peso
de tu independencia.
Otras veces
sonríes,
y una dicha pequeña
viene a posar sus alas
en mi cuello.
Por un instante, al menos
rozamos el prodigio.
Te dejaría mi vida
como una flor cortada
que languidece
y muere
al borde de tus labios.
Y si tú eres
mi infierno
y en el ardo,
no me tienten
la púrpura y la gloria:
sabe
que he renunciado
al Paraíso.
Ya que no he de morir
de tu silencio,
pido una mano angélica
que aparte de mi
este cáliz.
VICENTE HUIDOBRO
Eres tú, tú el ángel caído
la caída eterna sobre la muerte
la caída sin fin de muerte en muerte
embruja el universo con tu voz
aférrate a tu voz embrujador del mundo
cantando como un ciego
perdido en la eternidad.
john donne
Aire y ángeles
Dos o tres veces te habré amado
antes de conocer tu rostro o tu nombre;
así en una voz, así en una llama informe
a menudo nos afectan los ángeles, y los adoramos;
y aún así, cuando adonde estabas me acerqué,
vi una espléndida y gloriosa nada.
Mas, puesto que mi alma, cuyo niño es el amor,
precisa miembros de carne y hueso
o nada haría si ellos,
más sutil que el padre el amor no ha de ser,
sino también ha de encarnar un cuerpo;
por consiguiente, invoco quién y lo que eras,
y al amor insto, y en este mismo instante,
a que se aloje en tu cuerpo, y consienta
que en tu labio, ojo y ceja se instale. (...)
En tal caso, como un ángel, con rostro y alas
de aire, no tan puro éste, pero que puramente lleva,
de este modo pueda tu amor ser mi angélica esfera.
Justamente igual desemejanza
como impera entre la pureza de los ángeles y la del aire,
como siempre existirá entre el amor
del hombre y de la mujer.
José agustín goytisolo
El ángel verde
El ángel era extraordinario
y tenía las plumas verdes.
Se sentó junto a mí en un banco
del Turó Park. No dijo nada
pero sopló sobre mi frente.
Yo creí que era un ser alado
que se ocupaba solamente
de vigilar el colorido
de los olmos y los laureles.
¿Quién eres? dije ¿un ángel puro?
¿Te pintó Rafael Alberti?
Una sombra se acercó al punto:
era el guarda.
"¿Qué le sucede?"
A mí nada. ¿Por qué lo dice?
"Porque habla solo". No señor,
yo preguntaba al ángel este.
"Mejor se vuelva usted a casa
la insolación es mala siempre"
Me levanté y salí del parque.
Conmigo vive el ángel verde.
CHRISTINA ROSSETTI
En un taller de artista
Un rostro observa desde todas sus pinturas,
una idéntica figura se sienta o camina o se reclina;
la encontramos escondida justo detrás de esas cortinas.
Aquel espejo refleja toda su hermosura,
una reina de rubíes u ópalos vestida,
una niña sin nombre en el frescor veraniego,
una santa, un ángel, cada lienzo
significa lo mismo, ni más ni menos.
Día y noche de su rostro se alimenta,
y ella le responde con ojos gentiles, sinceros,
blanca como la luna y alegre como la luz,
sin languidecer por la espera o la mortecina pena;
no como es, sino como solía ser cuando relucía la fe;
no como es,
y sin embargo ella sacia sus sueños.
RAFAEL PÉREZ ESTRADA
Con el ángel caído comienza la gravedad.
Los ángeles, temerosos de la soledad, se hacen custodios.
Detrás de los espejos y envueltos en azogue duermen los ángeles de los adolescentes.
Vive el ángel de la melancolía bajo un sauce llorón.
En agosto los ángeles habitan en el borde de los trampolines.
En las piscinas reclaman los ángeles la propiedad del "salto del ángel".
Cree el ángel en su inocencia que hay hombres de la guarda.
Liban los ángeles en los labios adolescentes.
A la hora de la siesta, succionan los ángeles los pechos de las madres lactantes.
Los niños, a la salida del colegio, se intercambian los ángeles repetidos.
El ángel del solitario vive en otra casa.
Si el ángel siente vértigo el paracaidista perece.
Los ángeles desean que la conversación decaiga para poder pasar.
Y para ser en todo igual renunció al vuelo y las alas.
Cuando el místico tuvo alas, se fugó con su ángel.
En el trampolín, un muchacho intenta enseñar a volar a su joven ángel.
No desearás el ángel de tu prójimo.
El ángel, contra todo sentido, se empeñaba en ser guardián de otro ángel.
El ángel teme ser violado por el cisne.
Un ángel, deslumbrado por un pecho de muchacha, se prueba un sostén.
Para que Judas cumpliera su oficio de traidor, hubo que desposeerlo de ángel.
El ángel del ciego es tacto.
El ángel, en solidaridad con el hombre, abandona el Paraíso.
Cansados de salvar niños en los puentes mal hechos, los ángeles se sublevaron contra Dios y los ingenieros de caminos.
Y ella deseó fervientemente que no fuera un ángel, que fuera solamente un muchacho.
joaquin gómez
El ángel inalado
En lo alto
de la grúa,
con figura
de arcángel,
hay una grulla,
expuesta al sol
del mediodía,
recreándose,
irónicamente
en tu rostro
de ángel inalado.
MARÍA-MERCÉ MARCAL
Arrabal de amor
He amado a un arcángel en pleno vuelo,
seda de floresta en los cabellos y las alas.
Me estrellé en sus ojos como el mar en la ensenada
de un país donde las brujas ya no van de negro.
En una solapa argentada de niebla y opaca al sol,
el amor nos deparó una escoria de piezas.
El séptimo cielo, ¿dónde está, si allí no llegan
las escaleras?
¿Qué camino hilvanaban las nubes del trébol?
Hay un paraíso perdido detrás de esta mente
que se regocija.
He sentido una frotación de pluma en la mejilla,
y en la boca, el vivo oro del panal de miel.
No podría asegurarlo: ¿era de noche o de día,
cuando amé a un arcángel cerca de la masía,
y toqué con los cincos dedos, de puntillas, el cielo?
MIGUEL DE UNAMUNO
A mi ángel
Cúbreme con tus alas, ángel mío,
haciendo de ellas nube que no pasa;
tú proteges la mente a la que abrasa
la cara del Señor, mientras el río
del destino bajamos. Pues confío
que cuando vuelva a la paterna casa,
no ya velada la verdad, mas rasa,
contemplar pueda a todo mi albedrío.
Mira ángel mío, que la vida es corta,
aunque muy trabajosa su carrera
y en ella no puede ir el alma absorta
de su Dios. Así espero a que me muera
para verlo, pues única soporta
la muerte a la verdad desnuda y entera.
DANIEL CASADO
Libro de los ángeles
La paulatina deshabitación de los amaneceres fue dando al lugar su transparencia definitiva. Los teólogos advirtieron este hecho al sostener, la última tarde, la incolora palpitación de un ángel en la página anterior al Apocalipis.
* * *
No vieron las esquirlas, ni el vello atroz bajo sus alas. Sólo la luz inexacta de las olas donde, hundido el ángel, rompían de sangre y éter las palabras: "Te amo"
* * *
Cuando alcanzaron a descifrar el primer verso, la luz del entendimiento se hizo noche en sus corazones. Un ángel trajo sedas de Oriente con que arropar a aquellos hombres. Dio así comienzo el sueño de los cabalistas.
* * *
Hacia el atardecer, cuando la Basílica queda a solas y tus gritos se me olvidan tras las vidrieras, pienso en la tristeza de mi boca. Sólo las azucenas, en el altar, devuelven cautas tu novicio tacto. Raspa como la noche el canto de los ángeles que, entre los bancos, juegan a disputarse los suspiros acabados en ese, los rezos endecasílabos y la plegarias con rima asonante. Frente al altar, el ángel filólogo enuncia por enésima vez las preposiciones. En los rosales, antes del alba, los ángeles tardíos hacen caligrafía.
El ángel de cristal
Defiéndeme
de esta caída de hojas,
de la súbita ausencia de mis sentidos.
Ha helado fuera
y yo he soñado ángeles muertos
sembrados como vidrios en pena.
¿Por qué me queda perderlo todo?
No me dejes nunca.
O seré un ángel caído
plantado en un jardín con niños.
Un juego afilado, una risa más alta,
y un crío se rasgará los ojos.
Verá súbitamente el mundo
ausente de hojas, sin sentido.
los ángeles de cristal del sueño último
bajo los descalzos gritos del alba.
Se preguntará por qué lo ha perdido todo.
No sabe que nunca tuvo otra cosa,
mas que orinarse y gritar:
"No me dejes nunca"
ROSALÍA DE CASTRO
Dulce sueño
Bajaron los ángeles
adonde ella se encontraba,
arregláronle un lecho
con sus plácidas alas,
y la llevaron lejos
en la noche callada.
Cuando el alba venía
sonó la campana,
y en lo alto de la torre
cantó la calandria
y los ángeles mismos,
con sus alas desplegadas:
"¿Por qué -murmuraron-,
por qué despertarla...?".
FRANCISCO BRINES
Metamorfosis del ángel
En la noche más calma habita el asco.
Y una navaja extiende su única ala de ángel
desapacible, de odio.
La belleza es un vómito; la vida
se cumple en la justicia de no amarla.
Mas los niños, guardados de la noche,
despertarán felices con el sol.
Contempla, en la ancha calle, esas dos alas
que ahora mueven la luz de la ciudad
y hacen dichoso el aire.
Vigila el crecimiento: su belleza
lo aísla en turbiedad. Quema el misterio...
Deslumbran, en su espalda, dos navajas.
DULCE CHACÓN
Matar al ángel
¿Hacia donde se dirigió el ángel
-el que lo era-
a qué altura puede volar
-ahora que sus alas son
sólo un resto de espuma-?
Sé que aprenden a andar
-la vacilación de un pie tras otro
dura exactamente una mañana-,
y sé
que les duele su estupor,
y que buscan quien les diga
cuánto dura exactamente una mañana.
Correrá
-el que volaba-
cuando aprenda,
como si alguien le siguiera
con un sable manchado de azul.
Rainer María Rilke
El ángel del meridiano
(en la catedral de Chartres)
En medio de la tormenta que azota la sólida catedral
como un ser envidioso que piensa y piensa,
en el acto uno se siente atraído tiernamente
hacia tu sonrisa radiante:
ángel sonriente, compasiva figura
de labios por cien labios moldeados:
acaso no te das cuenta de cómo nuestras horas
te distraen del curso de tu cuadrante,
medido por el equilibrio más justo de tu dial,
en el que leemos los días cual una procesión,
como si cada día y cada hora
llegaran a su apogeo total.
¿Qué sabes tú, criatura de piedra,
de nuestra existencia?
¿Aumenta el resplandor de tu bendito rostro
mientras erguido sostienes la tabla hacia la noche?
Enrique González Martínez
Dolor
Mi abismo se llenó de tu mirada,
y se fundió en mi ser, y fue tan mía,
que dudo si este aliento de agonía
es vida aún o muerte alucinada.
Llegó el Arcángel, descargó su espada
sobre el doble laurel que florecía
en el sellado huerto... Y aquel día
volvió la sombra y regresé a mi nada.
Creí que el mundo, ante el humano asombro,
iba a caer envuelto en el escombro
de la ruina total del firmamento...
¡Mas vi la tierra en paz, en paz la altura,
sereno el campo, la corriente pura,
y monte azul y sosegado el viento...!
FRIEDRICH HÖLDERLIN
A la muerte de un niño
Pertenece a los niños la belleza,
como un retrato de Dios tal vez,
- la paz y el silencio son su naturaleza
entregada a la alabanza de los ángeles.
ANNA AJMÁTOVA
El ángel que tres años me estuvo guardando
ascendió entre rayos y fuego,
mas sigo esperando el día más feliz
cuando él regrese a mí.
Las mejillas, hundidas, desangrada la boca:
quedó desconocida mi cara.
Ya no soy aquella belleza que un día
lo llegó a turbar con su canto.
Recuerdo lo que al despedirse me dijo,
y en la tierra nada me asusta.
Cuando entre, me inclinaré a sus pies,
yo, que apenas le daba un saludo.
ABELARDO LINARES
La visita del arcángel
Verte, como tras niebla, vuelto el rostro,
oculta la cabeza entre las sombras,
y vislumbrar el suelo ajedrezado,
los hondos muros blancos, la ventana
y tras ella el paisaje, una alta torre
guardando la ciudad que ciñe un muro,
los azules, los verdes, los dorados,
tan exactos que niegan la distancia.
Pisar el mármol frío y acercarme
al sitial donde aguardas silenciosa.
Querer cerrar los ojos y estar lejos,
y sentir que mi pulso se acelera
y que fallan mis piernas, y mirarte,
mirarte sin embargo cuando giras
tu rostro envuelto en la luz que no es del mundo
hacia mí que te hablo. Y comprender
con estupor y asombro quiénes somos,
pues reconozco al fin cual es mi sueño,
y sabiendo cumplido mi destino,
y, extendidas mis alas, regresar a lo alto.
RUBÉN DARÍO
Los ángeles desterrados
Creo yo que aquí jamás
puede encontrarse uno triste,
porque aquí la dicha existe
reina eterna, y creo más:
que tanto albo corazón,
tanto querube dulce y tierno,
quizás le hizo al Padre Eterno
alguna revolución,
y Él, que no quiere estas cosas,
tras justas leyes dictadas,
las tiene aquí desterradas
a las lindas sediciosas.
Y yo tomaré, a fe mía,
con justo objeto en verdad:
por medio de la poesía,
pido a la Divinidad
que nunca dé la amnistía.
ROBERT BROWNING
El ángel guardián
Un cuadro en Fano
Querido y gran ángel, ¡si tan sólo dejaras
a ese niño conmigo, apenas hayas finalizado!
Déjame sentarme aquí todo el día, y cuando la noche
te encuentre con tu misión cumplida
y sea la hora de la partida, tú, suspendiendo
tu vuelo, veas a otro niño que has de atender,
uno más, para calmar y recobrar.
Entonces te percibiré paso a paso, no más,
desde donde estás ahora, hacia donde miro
-y de súbito por encima me cubrirás la cabeza
con esas alas, la blancura sobre el niño que reza
ahora en esa tumba-, y te sentiré protegiéndome
a mí, de todo este mundo; por mí, dejando allá
en el cielo el hogar que aguarda, abiertas sus puertas.
(...)
¡Cuán pronto sería reparado todo mal mundano!
Pienso en cómo debería ver la tierra, los cielos
y el mar, cuando de nuevo tenga mi sien despejada
luego de tu cura, con tan nuevos ojos.
¡Oh mundo, tal como Dios lo ha hecho!
Todo es belleza:
y saber esto, es amor, y el amor, deber.
¿Qué más se puede afirmar o pretender?
JUAN RICARDO MONTAÑA
Arcángel San Miguel
Por el aire, San Miguel,
soldado de Cristo, en alas.
Con su mano poderosa
sostiene siempre, la espada.
Escolta de mis desvelos,
cuando me ahogan, las ansias.
mijail lermontov
Un ángel
Un ángel voló por el cielo nocturno
cantando una canción sosegada.
La luna, los astros, los cúmulos de nubes
oían el sagrado canto.
Cantaba la beatitud de las almas sin pecado
bajo las frondas del jardín del Edén.
Cantaba la grandeza de Dios, y fue
su alabanza veraz y sincera.
Llevaba una joven alma en sus brazos
al mundo de tristezas y llanto.
El son de su canto, sin palabras, pero vivo,
se quedó para siempre en el alma.
Largo tiempo penaba ella en el mundo,
llena de un prodigioso deseo,
y no pudieron los cantos tediosos de la tierra
suplir los sonidos del cielo.
ANÍBAL NÚÑEZ
Arcángel de la paz
se quebró su solemne simetría
de hombre recto -por eje la corbata-
y volvió la mirada a la otra acera:
alguien había violado
la sagrada
quietud de aquella calle:
(alguien había nombrado libertad)
refulgieron sus ojos por la ira
la espada justiciera
crpitó en el paraguas
y...
venció su discreción naturalmente
replegando las alas
recobró
la inicial compostura
(¡la alocada juventud)
el sol poniente mientras
ungía de oro las casas
despaciaba los pasos
se mecía intangible
el último incensario
calibró su mirar a ras del cielo
y comprobó la hora la inviolable
paz en la tierra y gloria en las alturas
GABRIELA MISTRAL
El ángel guardián
Es verdad, no es un cuento:
hay un Ángel Guardián
que te toma y te lleva como el viento
y con los niños va por donde van.
Tiene cabellos suaves
que van en la venteada,
ojos dulces y graves
que te sosiegan con una mirada
y matan miedos dando claridad.
¿No es un cuento, verdad?
Él tiene cuerpo, manos y pies de alas
y las seis alas vuelan o resbalan,
las seis te llevan de su aire batido
y lo mismo te llevan de dormido.
Hace más dulce la pulpa madura
que entre tus labios golosos estruja;
rompe a la nuez su taimada envoltura
y es quien te libra de gnomos y brujas.
Es quien te ayuda a que cortes las rosas
que están sentadas en trampas de espinas,
el que te pasa las aguas mañosas
y el que te sube las cuestas más pinas.
Y aunque camine contigo apareado,
como la guinda y la guinda bermeja,
cuando su seña te pone el pecado
recoge tu alma y el cuerpo deja.
Es verdad, no es un cuento:
hay un Ángel Guardián
que te toma y te lleva como el viento
y con lo niños va por donde van.
RAFAEL ARGULLOL
La lección
Recibiste la lección del abismo: no hay ángel
que deshabite el cuerpo para habitar el aire,
el puro resplandor, la idea perfecta;
aquella parte del cielo está yerma.
Abandonado el refugio, la cabeza descubierta,
sumiso el brazo, caído, como robado
por el centro de la tierra, ya sabes quién es el ángel.
El ángel es la ventana que te deja ver sin velos
la luz, la tiniebla, el gran gris.
Es el jardín que plantaste con impaciencia y con mimo:
piedras, flores, malas hierbas e inquietas esperanzas.
El ángel es el tiempo, el borrascoso titán,
llenas las manos de sangre, más jugador que guerrero,
más arrogante que sabio. El ángel es nombrar
la vida: tiempo, jardín, ventana.
El ángel es el cuerpo que resiste el embrujo del alma
bajo la perfección del mediodía,
el cuerpo que busca la sombra de otro cuerpo
para nacer, morir y amar.
ELIZABETH BARRETT BROWNING
Sonetos del portugués, XXII
Cuando se alzan fuertes y erguidas nuestras almas,
silentes, frente a frente, cerca, tan cerca
que al extender nuestras alas se inflaman
en su contacto de punta a punta, ¿qué terrible daño
puede hacernos la tierra, para que ya
nos disguste estar aquí? Piénsalo. Al ir más alto
nos rodearían los ángeles, esperando
lanzar una dorada esfera de aquel perfecto canto
hacia nuestro profundo y apreciado silencio. Mi bien,
quedémonos en la tierra, aquí donde los inadecuados
y contrariantes humores del hombre rechazan
y aíslan los espíritus puros, y les permiten
un lugar donde estar y amarse por un día,
rodeados de tinieblas y con la hora mortal acechando.
HEINRICH HEINE
A un ángel
Helo aquí, el maligno Tánatos,
asentado en su ruinoso corcel;
oigo el golpe de su casco, su galope,
el sombrío jinete viene hacia mí;
viene a robarme a mi Matilde,
¡oh, esto es superior a mis fuerzas!
Era mi esposa y niña en una;
si partiera yo a la morada de las sombras,
¡entonces ella sería viuda y huérfana a la vez!
Dejo sola en el reino terrenal
a la mujer, y a la niña, cuidada por mi ánimo,
leal, y sin preocupación, sosiega mi corazón.
Ángel en el espacio celeste,
oye mis súplicas;
protege a quien le di mi amor,
que yo pronto yaceré en una solitaria tumba;
respalda a mi huérfana, hazla a tu semejanza, defiéndela,
sálvala de los peligros, ampara a Matilde,
mi pobre niña.
Por cada lágrima que yo derrame
por todo nuestro dolor humano,
por la palabra, conmoviéndonos por veneración,
que sólo el sacerdote puede pronunciar,
y por tu propia belleza, clemencia y misericordia,
evoco tu espíritu, acoge a Matilde bajo tu protección.
LEÓN FELIPE
Ángeles
A mi amigo el jorobadito Rubén, que volvió a su sitio
y ahora está de nuevo en su casa eterna y celestial.
¿Y se mueren los ángeles?
¿Quiénes son los ángeles?
¿Cómo son los ángeles?
Ese jorobadito que vendía lotería
por las calles y los cafés de la ciudad
y ahora está dormido
en esa caja blanca,
acostado de perfil...
¿no era un ángel?
¡Yo sostengo que son ángeles
todos los jorobados del mundo!
Y pienso
que un día, allá en el cielo,
toparon con una nube negra y dura
y se cayeron a la tierra.
Entonces se les quebraron las alas,
se les apelotonaron torpe y grotescamente
sobre los hombros
y se quedaron prisioneros en el mundo
bajo una lluvia bárbara y humana
de burlas y de espinas.
Ahora oíd vosotros, todos:
y esto ni lo imagino ni lo pienso.
Esto lo he aprendido anoche
a los ochenta años de mi vida,
junto al ataúd abierto de mi amigo Rubén:
los ángeles duermen de perfil...
Y a los jorobados los entierran de perfil.
Además: ¿Quién no tiene una joroba
y una gran saco de lágrimas?
JOSÉ MARTÍ
Por donde abunda la malva
y da el camino un rodeo,
iba un ángel de paseo
con una cabeza calva.
Del castañar por la zona
la pareja se perdía:
la calva resplandecía
lo mismo que una corona.
Sonaba el hacha en lo espeso,
y cruzó una ave volando:
pero no se sabe cuándo
se dieron el primer beso.
Era rubio el ángel; era
el de la calva radiosa,
como el tronco a que amorosa
se prende la enredadera.
ARTHUR RIMBAUD
Sobre el declive del talud, los ángeles remolinean sus vestiduras de lana por los herbajes de acero y de esmeralda.
Desde los prados de llamas se levantan de un salto hacia la cumbre de la colina. A la izquierda, el humus de la arista es pisoteado por todos los homicidas y todas las batallas, y todo el ruido del desastre forma la curva.
Detrás de la arista de la derecha, la línea de Oriente, de las secuencias.
Mientras que la faja de la parte superior del cuadro está formada por el rumor que gira y salta de las conchas marinas y de las noches humanas, la suavidad florida de las estrellas y del cielo y de todo el resto desciende sobre el talud, como en una cesta, ante nuestros rostros, y crea ahí abajo el abismo floreciente y azul.
VICENTE GAOS
Luzbel
Arcángel derribado, el más hermoso
de todos tú, el más bello, el que quisiste
ser como Dios, ser Dios, mi arcángel triste,
sueño mío rebelde y ambicioso.
Dios eres en tu cielo tenebroso,
Señor de la tiniebla en que te hundiste
y de este corazón en que encendiste
un fuego oscuramente luminoso.
Demonio, Señor mío, haz que en mi entraña
cante siempre su música el deseo
y el insaciable amor de la hermosura,
te dije un día a ti, ebrio de saña
mortal. Y luego a Dios también: No creo.
Pero velaba Dios desde la altura.
Alexander S. PUSHKIN
Un ángel
A la entrada del edén, un ángel tierno
resplandecía, inclinada la testa,
cuando voló sobre el infernal abismo
un demonio sombrío y rebelde.
El espíritu de negación y duda,
al ver al de la pureza, sin querer,
por vez primera conocía, confuso,
el ardor de una tierna conmoción.
Perdóname, le dijo: te he visto,
y tu esplendor no ha sido vano.
No todo me es odioso en el cielo,
no todo en la tierra, detestable.
STÉPHANE MALLARMÉ
Santa
En la ventana, cuidando
el viejo sándalo que se desdora
en su viola relumbrante
antaño entre flauta o bandola,
está la pálida santa. Acomoda
el viejo libro que se desdobla
del Magnificat emanando
antaño de vísperas y custodia:
en este vitral de ostensorio
rasguea un arpa por el ángel
formada con su vuelo vespertino
para la delicada falange
del dedo que, sin el sándalo viejo
ni el viejo libro, ella balancea
por el plumaje instrumental,
ejecutante del silencio.
JOSÉ DE ESPRONCEDA
El ángel y el poeta
ÁNGEL:
¿Osas trepar, poeta, a la montaña
de oro del cénit?
POETA:
¡Quienquiera que seas,
ángel sublime, del empíreo cielo
radiante aparición, o del profundo
príncipe condenado a eterno duelo
y a llanto eterno, dame que del mundo
rompa mi alma la prisión sombría,
mis pies desprende de su lodo inmundo,
y en alas de Aquilón álzame y guía!
ÁNGEL:
¡Oh, hijo de Caín! Sobre tu frente
tu orgullo irreverente
grabado está, y tu loco desatino:
do tus negros informes pensamientos,
las nubes que en su oscuro remolino
sobre ella apiñan encontrados vientos,
y el raudo surco de amarilla lumbre,
que en pálida vislumbre,
ráfaga incierta de la luz divina,
sus sombras ilumina,
muéstranme en ti al poeta,
¡el alma en guerra con su cuerpo inquieta
muéstranme en ti la descendencia, en fin,
rebelde y generosa de Caín!
¡Tú más alto, poeta, que los reyes,
tú, cuyas santas leyes
son las de tu consciencia y sentimiento;
que a penetrar el pensamiento arcano
osas alzar tu noble pensamiento,
del mismo Dios, en tu delirio insano!
¡Y sientes en tu espíritu la grave,
maravillosa música suave,
y del mundo sonoro la armonía!
¡Qué ineficiente y fría
sientes vil la palabra a tu deseo,
y en vértigo perpetuo y devaneo,
y en insomnio te agitas
y en pos de tu ansiedad te precipitas!
¡Que ora tras la esperanza,
que acaso finges, tu ilusión se lanza,
ora piedad imploras
y con la hiel de los recuerdos lloras,
ora desesperado desafías
rebelde a Dios y en tu rencor porfías!
Álzate, en fin, y rompe tu cadena,
y el alma noble y de despecho llena
a las regiones célicas levanta
y rueden en montón bajo tu planta
los cetros, la tïaras, las coronas,
la hermosura y el oro, el barro inmundo,
cuanto es escoria y resplandor del mundo
y en tu mente magnífica eslabonas!
POETA:
¡Sí, levántame, sí; sobre las alas
cabalgue yo del huracán sombrío,
cruce mi mente las etéreas salas,
llene mi alma el seno del vacío!
Sobre mi frente en Dios, mi planta en el profundo,
y al contemplar al hacedor del mundo
¡mi espíritu en su espíritu se encienda!
Olga Orozco
Conversación con el ángel
Contigo en aquel tiempo yo andaba siempre absorta,
siempre a tientas, a punto de caerme, pero indemne y eterna,
tomada de tu mano.
Ya casi te veía, lo mismo que al destello de un farol en la niebla,
una señal de auxilio en la tormenta.
Sí, tú, mi sombra blanca, transparencia guardiana,
mi esfinge azul hecha con el insomnio y el íntimo temblor de cada instante,
igual que una respuesta que se adelanta siempre a la pregunta.
Sin duda que en algún sitio estarán marcados tus pies delante de mis pasos
porque te interponías de pronto entre mi noche y mi abismo.
Sospecho que convertías en refugios dorados mis peores pesadillas,
que apartabas las setas venenosas y las piedras sangrientas
y venciste acechanzas y castigos.
Tal vez hasta me contagiaras la sonrisa
y lloraras después un larguísimo tiempo con mis lágrimas, vestido con mi duelo.
Después, mucho después, en esos años en que creí perderte
en algún laberinto o en una encrucijada,
fue cuando me dejaste a solas, tan mortal, en el destierro.
Quizás te convocaron desde lo alto para un duro relevo,
y acudiste como un vigía alerta sin mirar hacia atrás,
aunque a veces descubrí tu perfume de nube y de jazmín en una ráfaga
y hasta palpé la suavidad que dejala huida de una pluma debajo de la almohada.
Ahora, ya replegada toda lejanía con un golpe ritual,
frente al fuego donde arde de una vez el lujoso inventario de todo lo imposible,
contemplamos los dos el muro que no cesa,
no aquel contra el que lloraríamos como estatuas de sal a la inocencia,
su mirada de huérfana perdida,
sino el otro, el incierto, el del principio y final,
donde comienza tu oculto territorio impredecible,
donde tal vez se acabe tu pacto con el silencio y mi ceguera.
HOMERO ARIDJIS
El ángel de los nombres
Al igual que el hombre,
que nombrando los siglos venideros
ha nombrado el olvido,
el ángel va poniendo nombres
a los lugares que visita
y a las cosas que mira,
para que sus pasos sobre la tierra
no sigan un curso ciego.
En torno suyo, la luz pega
sobre las piedras viejas
y él va por la ciudad
nombrando edificios:
ruinas contemporáneas,
cayéndose de rodillas,
mirándonos con ojos quebrados
abrazándonos con manos rotas.
Las calles son páginas
llenas de nombres pegados a las paredes,
de nombres fijos en las ventanas
y de nombres que caminan.
A cada paso hay algo o alguien
que es necesario nombrar.
(En el tiempo hay hoyos negros
que se comen los pasos, las palabras.)
Nuestra vida está encerrada entre lápidas de nombres.
Si se nace se da un nombre.
Si se muere se da un nombre.
Lo que el hombre da a cada momento
es un nombre. Si habla de amor,
da nombres. PUes,
necesita nombres para ser.
Vive en la jaula de las denominaciones,
con nombres delimita el terreno,
circunda los hechos, asegura el presente.
Pero en la cadena memorizada de la vida
hay amnesias serias, vacíos inexplicables,
esqueletos con partes cubiertas
de un polvo que no se puede nombrar,
y se crean zonas de silencio en medio de la calle.
Los cementerios están llenos de nombres
sepultados a perpetuidad engañosa,
porque en este mundo
ni siquiera la muerte es eterna.
Porque en este mundo sólo basta
que un cuerpo sea inhumado
en el lugar de otro
para que un nombre recubra a otro.
En el día dudoso hay árboles,
hay animales, hay ciudades,
hay personas, hay caminos,
que parecen haber sido nombrados
para siempre. Pero sucede un fuego,
una tormenta, un terremoto,
la mano del hombre
y todo cambia de nombre.
Cargado de palabras,
el ángel va poniendo nombres
a las cosas de la Tierra antigua,
aunque él no tiene voces,
ni conocimiento suficiente,
para nombrarlas a todas.
El ángel va poniendo nombres,
hasta perderse en el Poniente amarillo.
AGRADECIMIENTOS:
Esta antología debe, desde su planteamiento primero, la ilusión y el aliento a algunos amigos
que a lo largo de estos años me han hecho entender de muy diferentes maneras la cercanía del Ángel.
Al padre Alfredo Rubio de Castarlenas, amigo y maestro, con quien compartí mis primeros versos;
A Rafael Pérez Estrada, alto poeta, maestro de ceremonias entre los ángeles y nosotros.
A Juan Ricardo Montaña, por su emocionante poema y su impagable amistad.
A Joaquín Gómez, por las tardes en que aprendimos a ver el rostro del ángel en los posos del café.
A Pilar Fernández, que trata con ángeles.
A Enrique Ruiz Ayuso, por este magnífico dibujo de portada, mientras el río de la vida se empeña en no presentarnos.
A Ana Castillo, que empieza a recordar.
A los grandes poetas de esta antología, por sentir al Ángel y mostrarlo de forma tan bella.
Daniel Casado










