El hombre es un animal simbólico
por MANUEL PECELLÍN LANCHARRO



Daniel Casado ( Cáceres, 1975) es una de las voces más interesantes que en el lustro último se han incorporado al cada vez más valioso conjunto de escritores extremeños. Ya desde su primera obra, Me acuerdo (Mérida, De la Luna Libros, 1999), firmada en colaboración con Elías Moro, se hizo notar. Poco después, ganaba el Premio de Poesía Ciudad de Mérida 2002 con El largo andar tan breve. El 2004, la prestigiosa editorial Pre-Textos le publicó El viento y las brasas, que le mereciera el premio Arcipreste de Hita. Para confirmar las expectativas que había creado, acaba de aparecer El proyector de sombras, aunque, según información adjunta, el libro se compuso antes que los anteriores, a partir de 1997, encontrándose inédito hasta ahora por los avatares ineludibles de cualquier trabajo literario. "Habent sua fata libelli", advertía ya el poeta y preceptista latino.

Ignoro cuáles fueron exactamente los hados de esta excelente entrega, pero yo me alegro mucho de su aparición pública, porque nos permite degustar auténtica poesía. Y no en verso, sino en prosa de alto voltaje lírico, cuidada con toda pulcritud, repleta de imágenes, siempre brillantes y en no pocas ocasiones difíciles de interpretar.

Según el mito platónico, en este cosmos sensible sólo sombras nos es permitido percibir, justo las que proyectan desde el mundo superior, el noético, esas supremas realidades a las que el discípulo de Sócrates llamó " Ideas". Aquí, el juego es distinto, pese a que también se desarrolle a dos planos, el de la infancia y adolescencia, donde se originan los contenidos eidéticos, y el de la madurez, en que el hombre, a golpe de nostalgia, busca rescatarlos. Ese recurso a la memoria cuenta con una sólida tradición, que Proust seguramente consagraría en la literatura contemporánea. Es el que nutre los poemas de Casado, merced a la capacidad simbólica característica del homo sapiens y que aquel gusta recordarnos con palabras preliminares de Antonio Gamoneda.

El autor nos conduce a sus territorios de infancia y juventud, por donde hace discurrir zíngaros, portugueses, afiladores, hilanderas, maestros y mendigos, junto a las muchachas en flor o los infatigables compañeros de juegos y correrías. Ese es el río subterráneo que nutre su memoria, en la que la figura paterna alcanza lugar preeminente, junto a las de otros familiares también muy queridos. Proyectar hacia nosotros, cómplices de parecidas vivencias, este mundo tallado en categorías de cultura rural, ya a punto de desaparecer, es labor que siempre agradeceremos los lectores. Más aún si nos llega en una prosa tan poética como la de Daniel Casado.

 

Daniel Casado, El Proyector de Sombras. Mérida, ERE, 2005.

Texto publicado en HOY (17/09/2005)