Entrevista a Daniel Casado
por Manuela Naranjo
Moreno, delgado, de tez blanca, pero con una juventud asomando a su rostro que difícilmente me hizo pensar que se trataba del poeta a quien debía entrevistar; y es que ese aire juvenil no permite adivinar a simple vista (sí en el momento en que comienza a hablar) que ese joven que tienes delante posee un don de sensibilidad, de palabra, de inteligencia.
Se trata de Daniel Casado, ganador del Premio de Poesía Ciudad de Mérida 2002, con su obra titulada "El largo andar tan breve".
Natural de Trujillo, lleva siete años viviendo en nuestra ciudad y participa en las tertulias Alcandoria y Gallos quiebran albores.
¿Qué ha supuesto para su obra el Premio de Poesía Ciudad de Mérida?
Siempre un premio supone algo, por mucho que queramos decir que nos da igual o que los premios son algo que llegan sin pensarlo; un premio condiciona de alguna forma tu trabajo. Y en mi caso supongo que también, sobre todo, porque desde entonces he estado leyendo y revisando más que escribiendo cosas nuevas. Y en ese sentido yo creo que debe servir para revisar todo lo que se ha hecho y mirar hacia delante, pero sin ninguna prisa.
¿Se esperaba este premio?
No, para nada. No, porque, como ya he confesado alguna otra vez, era un libro que no sólo no esperaba que se premiara, sino que, casi ni lo deseaba porque ahora sí que me encuentro con problemas a nivel, quizás interno, de autor. Tal vez el público no se dé nunca cuenta, pero sí yo a nivel de conciencia. Son poemas que debían haber ido hacia otra temática y que yo había ido recopilando bajo ese título, por un afán tal vez de impaciencia. Yo no digo que no me satisfaga, pero sí que emocionalmente es un poco disperso. Creo que el libro es válido en sí y que está bien hecho. No tengo ningún tipo de pudor en reconocerlo.
Muchas personas de las que le conocen y siguen su obra, resaltan su madurez, la solidez reflexiva, su voz contundente, pese a su juventud. ¿También se definiría de esta forma?
Yo pienso que cada persona tiene un ritmo vital de crecimiento que no tiene nada que ver, en algunos casos, con lo que llamamos edad. Una persona de dieciocho años puede haber vivido lo que otra con setenta no llegue a vivir nunca. Y yo creo que mi vida ha sido un continuo crecimiento en ese sentido, quizás por experiencias, no del todo extremas, pero sí intensas muchas de ellas. No me considero más inteligente o más cultivado que cualquier otra persona, simplemente he tenido en mi vida un nivel de crecimiento que me ha obligado a evolucionar muy rápidamente.
Lo que tengo muy claro es que siempre me he intentado rodear de arte, siempre he buscado la belleza a través de la música, la pintura, la poesía, las artes en general... Hoy reconozco que en muchos episodios de mi vida lo que me ha sostenido ha sido la poesía, la música, la pasión por algo. En los momentos en los que no encontraba ningún otro timón, la poesía y la música han sido las dos fuertes pasiones de mi vida.
¿Qué relación puede establecerse entre su obra y la del pintor Eduardo Naranjo o la del músico de Arvo Pärt? ¿En qué medida le han influido?
Naranjo es un autor que me gusta muchísimo porque a través del hiperrealismo ha sido quizás uno de los pintores que mejor ha plasmado ese mundo onírico de sueños, ansiedades, frustraciones, deseos, pero sobre todo de miedos. Miedos que están en su pintura y en el inconsciente de todos nosotros. Y mi poesía a la vez ha intentado ahondar un poco, sobre todo en alguna época ya pasada de mi escritura que sí está influenciada por la obra de Naranjo. Entre otras cosas porque yo creo en otra realidad. No creo que la realidad que vivimos sea la única. No solamente este mundo, esta sociedad, sino que dentro de este plano de conciencia, existen otros planos. Y eso Naranjo lo entiende y la manifiesta claramente en sus obras. Yo lo intento hacer a través de la poesía y por ejemplo, Arvo Pärt (músico estonio al que Casado admira) lo hace a través de su música. Es una cierta espiritualidad que hay, y que por lo menos en mi caso, está fundada en la desesperanza, no hay ninguna esperanza detrás, pero sí, claro está, otras formas de vida.
¿Cómo enlaza la pintura y la música con la poesía? ¿Qué papel juegan en su obra?
Son un acompañamiento natural. Cuando nací, el primer recuerdo que tengo es musical. Recuerdo escuchar en la casa de mis padres música rock, además recuerdo perfectamente el grupo, era Jethro Tull un grupo de los años setenta. Y a partir de entonces, la música, la historia, cualquier impresión de belleza y de cultura he intentado que lo rodee todo, desde cuando conduzco, que lo primero que hago es poner el equipo, hasta cuando estoy escribiendo. Incluso el silencio, que es un de las formas de belleza más antigua. Entonces esto se convierte en condicionante. Para bien o para mal, eso te va a ir acompañando siempre y de una forma u otra, todas las artes se compenetran. Si vamos a ver una obra de teatro o una exposición a un museo, eso nos va a dejar una energía, buena o mala, positiva o negativa. Tanto si te ha gustado la obra como si te ha disgustado, tanto lo uno como lo otro, te puede dar una buena noche, en el sentido de que puedes crear algo a partir de esa experiencia.
¿Qué explicación merece su continuo recurso al tema de los ángeles?
Porque yo creo en los ángeles, porque sé que existen los ángeles, porque los siento. Luego, a parte de todo esto, los ángeles son un motivo literario, iconográfico más, un motivo artístico que acompaña al Hombre desde siempre. Son señales que están ahí, que el Hombre a veces interpreta de una manera creativa, y otras exclusivamente espiritual. Existen los ángeles como ente, más que religioso, yo diría espiritual, y después existen los ángeles como símbolo de la parte divina que hay en el Hombre. Y todo esto lo han sentido los poetas a lo largo de los tiempos, desde el comienzo, de los griegos hasta nosotros, desde las jarchas árabes hasta nosotros estamos llenos de poesía que alude a una presencia que no somos capaces de describir. Y ese es el Ángel. No el que la Iglesia ha representado con alas. Estoy hablando de un ser acompaña, y el poeta debería ser también el que acompaña.
Es natural de Trujillo, pero lleva mucho tiempo afincado en Mérida. ¿Qué ha aportado esta ciudad y sus gentes a su obra?
Es curioso porque cuando gané el premio, la gente que estaba acostumbrada a verme por aquí, comenzó a decir que un poeta emeritense había ganado el Premio de Poesía Ciudad de Mérida. Pero yo no soy emeritense, soy de Trujillo, que es donde más tiempo he pasado y aunque no me considero de ningún sitio, quizá sea Trujillo la ciudad a la que más me deba a nivel emocional o sentimental. Con Mérida el trato es muy diferente, es mucho más práctico. Es una ciudad que ahora estoy empezando a querer después de siete años viviendo aquí. La estoy empezando a querer y no sólo por la gente que he ido conociendo, ni por los lugares de los que guardo un buen recuerdo, sino porque creo que la ciudad está empezando a entrar en mí. Y no sólo a través de mis poemas, que sí que es verdad que ya he escrito sobre algún hecho concreto ocurrido en la ciudad. Pero siento que es ahora cuando la ciudad está empezando a entrar en mí.
¿Qué postura debe mantener el poeta ante la sociedad que lo rodea?
El poeta debe estar siempre a ras de suelo. La poesía no debe ser nunca una poesía de salón, una poesía de comedor, como antiguamente cuando los nobles se hacían rodear de sus séquitos de músicos y poetas. No yo pienso que el poeta debe estar a nivel de calle. Sin embargo, en los últimos treinta o cuarenta años, precisamente ha perdido ese contacto con la realidad. Creo que desde la Generación del 50, a partir sobre todo de los novísimos, no estamos siendo realmente sensatos. Se está escribiendo muy bien, se están haciendo buenos libros, pero no se está siendo sensato. No estamos siendo totalmente coherentes con la realidad de la calle. En realidad es difícil que alguien recuerde unos versos de Jaime Gil de Biedma. Recuerdan a Lorca, a Alberti, a Emilio Prados, incluso. Recuerdan, por supuesto, versos de Machado, Juan Ramón, o de Bécquer, pero ni un solo verso de José Hierro. Eso es difícil de asimilar, hay que escribir a nivel de calle, y hay que hacer que otra vez la poesía entre en la sociedad. No podemos darnos la espalda.
El poeta no es una persona que está en otro mundo, en las nubes todo el día, ni que escribe porque tiene una queja, un dolor, el poeta es una persona que tiene un peso específico dentro de la sociedad, y ese peso no es tangible y tampoco tiene por qué ser espiritual, pero si se puede dar a ese nivel, desde el interior, desde la raíz, puesto que está en la raíz de la sociedad y las costumbres, y en la manera de interpretar los sentimientos.
Además de poeta, también realiza labores de editor, ¿qué es lo que ha estado haciendo como tal?
Tengo una pequeña editorial en la cual hago cuadernos de poesía. Es una pequeña colección que se llama El Pájaro Solitario y a través de esa colección hacemos ediciones artesanales muy limitadas, de cien ejemplares únicamente, de autores que a mí me gustan. La primera fue Pilar Fernández, que publicó Cuaderno de Sintra, un libro precioso. Después fue Martín Romero, un poeta muy interesante, de los mejores que hemos tenido entre nosotros. Publicó cuatro libros y yo le hice De la ira, que era una antología de esas cuatro obras junto a otros poemas inéditos. De Ana Castillo publicamos Petra, la noche, tú... también un libro muy bonito. Después hicimos un cuarto título que fue Caligrafía del retorno, de Manuel Díaz, quién nunca se había atrevido a mostrar al público sus poemas. Y ahora vamos a seguir haciendo cosas...
Uno de los proyectos para el próximo curso es un Aula Literaria en La Tahona ¿Podría explicar en qué consiste?
Ese es un proyecto que tenemos para hacer con Emilio, el dueño de La Tahona. En este restaurante hicimos la presentación del último cuadernillo editado, y allí surgió la idea de hacer unos Viernes Literarios, que consistirían en que cada quince días llevaríamos a un autor local o de la provincia para leer sus poemas, sus ensayos o sus teatro...
¿Cómo definiría el panorama literario en Extremadura?
Yo entiendo que hay un panorama cultural muy curioso. Hay escritores muy interesantes, que están haciendo una obra muy digna, pero todavía tienen que tener una proyección exterior porque dentro no contamos con los recursos necesarios para distribuir bien esas obras. Es decir, que gente como Ángel Campos, Álvaro Valverde, o Luciano Feria tengan que publicar sus obras fuera, en Madrid, Valencia o Barcelona nos hace ver que aquí estamos aún a años luz de contar con buenas editoriales. Evidentemente el mundo de la literatura hoy en día ya está basado en el comercio. Tienes que escribir un libro, pero después tienes que promocionarlo, y finalmente tienes que acabar vendiéndolo.
Pero si hablamos únicamente de escritores, diré que estoy muy contento porque hay autores a los que admiro mucho: Valverde, Campos, Antonio Gómez, que me parece una maravilla y está aquí en Mérida, con nosotros; Miguel Ángel Lama y mucha más gente... Además, entre los más jóvenes, hay gente interesantísima, con dieciocho o veinte años, que están escribiendo muy bien. Por ejemplo un chico que se llama Abraham Gragera que es de Montijo aunque vive en Madrid, que creo que es uno de los mejores poetas que hay hoy a nivel nacional, y sin duda, de los mejores de lo que yo daría en llamar mi generación.
¿Es más fácil dirigir la novela hacia los gustos del público para vender más que en el caso de la poesía?
Cuando un autor de poesía gana un premio, es mínima la cuantía que se le da. Por ejemplo, al año que viene el premio Ciudad de Mérida de Novela va a ser de tres millones de pesetas, el de poesía será de un millón. Hay aquí un desnivel. No creo que sea más difícil escribir una novela que escribir un buen libro de poemas, sin embargo, el reconocimiento moral, ético, que tiene un poeta no lo tiene un novelista.
Cada vez estoy más convencido de que la poesía no es un género literario. Todos los demás géneros, la novela, el ensayo, el teatro, están enfocado a lo que son las ramas del hombre, sus hojas. Están enfocados a entretener, a divulgar, a enseñar... la poesía no va a las ramas, ni a las hojas del hombre, va a la raíz. Por eso la poesía no hace clientes, sino lectores, y el poeta, como autor, debe desentenderse de ese otro mundillo que es la venta, la difusión y finalmente los beneficios que puedan dar sus obras. Su función tiene que acabar una vez que escribe el poema, y lo único que debe importar es que su poesía llegue a la gente.
¿Qué problemas o dificultades encuentra a la hora de publicar?
A la hora de publicar creo que hay poco interés por la poesía, pero principalmente hay poco interés hacia las personas que no han publicado todavía nada. Es más fácil, una vez que recibes un premio, que las editoriales se interesen por tu obra.
¿Qué es lo que más admira de Rafael Pérez Estrada y José Ángel Valente?
Son dos autores que admiro. Valente es un poeta que me ha marcado mucho, quizás más que ningún otro, porque fue con él que, digamos, emprendí el camino de la poesía. Leí uno de sus primeros libros y me di cuenta de que allí había algo diferente. Por entonces, tenía dieciséis años y escribía letras de canciones, leía a muchos poetas, pero cuando descubrí a Valente, me di cuenta de que esa palabra no era igual. Había cosas en Poeta en Nueva York, de Lorca, en Hijos de la Ira, de Dámaso, pero en Valente de repente encontré una chispa, un fulgor, un brillo en su palabra, que después he encontrado en muy poca gente: en Octavio Paz, en T. S. Eliott, en Paul Celan, o en Antonio Gamoneda, en pocos autores más.
Por otro lado, Pérez Estrada, es todo lo contrario, es una poesía sin la cual tampoco podría pasar. Es mucho más lúdica, no por ello más vacía, al contrario, es muy de interior. Pérez Estrada al que sí conocí era una persona con una gran capacidad imaginativa. Y su poesía y sus novelas son una invitación a la fascinación de las imágenes, de las ocurrencias, de las alegorías que crea.
* Texto originario, salvo correcciones, publicado en la Revista de Feria (Ayuntamiento de Mérida, septiembre de 2002).
Esta entrevista se realizó el 17 de julio de 2002.