ANÁLISIS

tentativas ilusionantes
por ENRIQUE GARCÍA FUENTES.



Hace más tiempo del que hubiéramos deseado que transcurriese, nos hacíamos lenguas de una noticia que cada vez empieza a ser más común en el ámbito de nuestras letras: un autor extremeño ganaba un prestigioso premio de poesía fuera de nuestra región. El afortunado era esta vez el joven Daniel Casado y el galardón, el acreditado premio 'Arcipreste de Hita', de la localidad de Jaén.

El poemario vencedor, 'El viento y las brasas', pronto verá la luz en la importante editorial Pre-Textos. A raíz de tan fausta nueva me parece necesario revisar la primera entrega del autor, ésta de 'El largo andar tan breve', que hace poco se alzó con el VIII Premio de Poesía Ciudad de Mérida y que fue editada a finales del pasado año, y que ha estado un poco perdida entre la marabunta de títulos que llegaron a los estantes por esas fechas.

Esto de la edición parece ser así: temporadas de aluvión donde apenas encuentra uno sosiego para leer semejante catarata de publicaciones, y temporadas de secano donde la ausencia de novedades trae la contrapartida de poder echar un vistazo a alguna de esas llamadas más discretas que, frente a la luz o el vocerío de otras, quedaron en un segundo plano.

El galardón obtenido empieza a parecer una suerte de justo pago para un poeta que, ante todo, ha desarrollado -y demostrado- una firme vocación de serlo. Es Casado un autor inquieto, literario por decisión irrevocable y nada 'funcionario' con el asunto: lo suyo no parece una dedicación a tiempo parcial. Su agitada labor como articulista y su constante deseo de proyección, su ánimo colaborador en cualquiera de las actividades que lleva a cabo la Asociación de Escritores -en la actualidad es el coordinador de la revista El Espejo- nos pone delante de un autor de largo andar, pese a su juventud, en el mundo de las letras, en el que se muestra entusiasta y rutilante y con evidentes deseos y notables evidencias de mejora.

Lector atento y sabio escrutador, el poemario que aquí nos concita rezuma estas virtudes por sus cuatro costados. Con todo, cualquier lector al quite -quizá el propio autor lo sepa mejor que nadie- deducirá en sus poemas un cierto aire de cierre, un tanto insólito como para tratarse de un primer poemario.

Salta enseguida que el cariz de recopilación casi antológica se superpone a la búsqueda de una estructuración de la que el libro carece. Casado -quizá impelido por el deseo de concurrir a un Premio- cae en el mismo leve descuido que puede achacarse a otra bienintencionada compilación de poemas, como fue en su momento 'Al sur de la melancolía', del entrañable Plácido Ramírez, y escoge una serie de poemas que, en una amplia mayoría, funcionan aisladamente ('Trenes', 'Homenaje a Blake', 'Lenguaje', entre otros), pero que no logran estructurar la amplia gama de emociones dispersas que asaltan el inquieto corazón del poeta y darle la precisa forma de un libro compacto y concreto, sostenible por cualquier poema que abriésemos al azar.

Frutos futuros

El contenido dolor por la pérdida de seres queridos, reflexiones y recuerdos de amores desgastados, se unen sin solución de continuidad con venturosos saludos a la llegada del hijo, remembranzas del cariñoso territorio de la infancia o extemporáneas dilucidaciones sobre conflictos bélicos permanentes, una amalgama de vivencias a la que sólo la emoción de la voz del yo poético logra transmitir la necesaria sensación de unidad.

La bisoñez poética no es una enfermedad incurable y las maneras que Casado apunta en este 'Largo andar' son toda una declaración de principios que intuimos en el mismo título del libro. Apostamos cualquier cosa a que esos evidentes deseos de mejora, a que esa obsesiva dedicación literaria de la que el joven autor hace gala, pronto va a traernos los frutos esperables de un autor tan decididamente comprometido con el 'long and winding road' de la poesía.

 

Texto publicado en el Diario Hoy, el 12 de abril de 2004.