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Roberto Farona

 

LA POLÍTICA TAQUILLERA

Cuántas veces hemos pensado en la política como una especie de representación teatral, y en cierto sentido así es, de ahí que resulte significativo que de vez en cuando un actor (sobre todo de cine) gane unas elecciones. El mundo del teatro no recuerdo que haya dado representantes políticos porque el teatro es más verdad (más real, pero no quiero decir verosímil), siendo el cine realmente un teatro en lata, la representación sobre un texto (o no) es la misma, pero la esencia del teatro existe en tanto se representa, mientras que la representación cinematográfica se rueda tradicionalmente a tirones, variando los planos. Tiene una naturaleza más artificial desde su propio origen frente a la artesanía del teatro. Se diría por eso que la gente del teatro no es proclive a dar espectáculos fuera del escenario.

Nadie duda hoy de que las campañas políticas no se diferencian gran cosa de las estrictamente comerciales. O sea, de la misma manera se vende un político que una marca de tomates, y así, convertida en espectáculo, la política se degrada considerablemente. Claro, si los hombres políticos se dan a esta función, con más razón los actores de cine. Las campañas políticas suelen basarse en su inicio en una publicidad de argumentación (el programa), aunque enseguida el paso siguiente es ofrecer pocos razonamientos pero muchas emociones para persuadirnos, se entra de lleno en el mundo de la interpretación, al que los medios de comunicación (periódicos, radios, ...) aluden en su lenguaje al referirse al mundo de la política : "escenificación", "personaje", etc.

Cuando un actor se presenta a unas elecciones lleva ya bastante terreno ganado con respecto a sus rivales, y según las premisas de la comunicación política, grandes probabilidades de victoria, porque de inicio su rostro es familiar, se le supone buena presencia y, el factor más importante, su imagen suele estar asociada con aspectos éticos positivos (jamás se ha presentado uno de los malos ) de mucho tirón popular (es significativo que suelan tener ideas conservadoras), esto da una credibilidad absoluta al gran público, así que se puede ahorrar discursos para convencer al pueblo, porque transmite la confianza necesaria.

Ahora bien, esto no tiene marcha atrás, esta clase de reciclados políticos tiene una gran responsabilidad a sus espaldas por el hecho de que cuando el actor-político se ve obligado a enfangarse en los turbios asuntos de los intereses de gobierno supone una decepción para sus votantes, el mismo público que ha visto sus películas y sus fantasmadas porque no se acostumbra a ver entonces a su héroe en el papel del malo.

11,X, 2003

El Vendrell (Tarragona)