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Cartas de navegación Roberto Farona |
LA
TRADICIÓN DE LA FÁBULA |
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Últimamente se viene hablando de la necesidad de una mayor presencia de la fabulación en el ámbito literario español, un carácter del que no andan sobradas nuestras letras, afirmación a la que no tengo nada que oponer, desde luego, pero sí añadir o intentar justificar algunas ideas al respecto. Recordemos que la fabulación tal y como la entendemos hoy, constituye un modo de narración que hace referencia a su mundo representado; partiendo de un plano determinado de éste se transvasan sus contenidos a otro diferente, un territorio rico en analogías, teñido de lirismo e imaginación al existir dos planos superpuestos e imbricados entre sí para dotar de sentido a lo relatado, pudiéndose encontrar la fábula tanto en prosa como en verso, porque la fábula es una variable de la trama o el argumento, aunque de ello después se pueda derivar un estilo literario. Cuando nos hablan de fábula nosotros rápidamente solemos asociarla con la tradición de los relatos aleccionadores protagonizados por animales (debidamente identificados en sus acciones e ideas con los humanos - antropomorfizados), escritos en verso, porque así fueron desarrollados por Esopo en la Grecia del s. VI a.C. (modelo junto a otros latinos de los que se valieron en el s. XVIII Iriarte y Samaniego para la creación de sus fábulas respectivas). Sin embargo, el primer escritor y poeta de todos los tiempos de quien se tiene noticia es el fabulista por excelencia: Homero. Ya sabemos que en aquella era no se percibía como tal su obra, pero hace ya mucho, desde el monoteísmo impuesto por la tradición judeo-cristiana, la hemos recogido como una regia fábula que ha impregnado la cultura, el modo de ser occidental desde entonces hasta ahora y que pervivirá por siempre. Si ha estado desde el inicio de la humanidad, influyendo y moldeando el carácter de los pueblos occidentales a través del legado greco-latino, cómo es posible que digamos ahora que en la Península Ibérica no se encuentren muchos ejemplos de fabulaciones. Podríamos responder, realmente, que la tradición española se ha caracterizado comúnmente por su realismo, que ha hecho llegar (a través de la picaresca) lo esperpéntico, lo grotesco y lo carpetovetónico (siempre con gran belleza, es verdad). Se ha sido, por lo habitual, desde nuestras fronteras, reacio a exaltar y a desdoblar la realidad. Qué diferencia entre la reciedumbre del Poema de Mío Cid y la (hoy) francesa Chanson de Roland ( pongamos, por ejemplo, estas dos canciones de gesta) en donde lo sobrenatural aparece con frecuencia en aquel poema carolingio para justificar o guiar los hechos; parecería que el poeta peninsular, en cambio, era un descreído, deduciéndose de su terrenal modo de relatar. Este es un solo ejemplo (sería bastante larga
la enumeración) que parece clarificarnos que la tradición
o el carácter fabulador en nuestra literatura no ha sido muy
sólido ni en obras ni en intensidad (incluso en los cuentos
populares con presencia de Cristo, San Pedro y toda la jerarquía
celeste, el tratamiento es bastante doméstico, cercano y verosímil).
San Jorge, 2005 |
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