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Roberto Farona

 

LOS LIBROS DEL QUIOSCO

No las obras maestras de la literatura universal, reconocidas por cualquiera de aquí al Japón, desde un alto dirigente a la altura de los despachos financieros hasta el último muchacho de la aldea más periférica, un bagaje cultural filtrado por tantos y tantos años de historia cuyos protagonistas han quedado troquelados en la memoria, grabados en piedra. Inmortales.

No vamos a hablar de ellos, que ya tienen sobradamente quien les escriba, sino de aquellos otros autores, muchas veces anónimos, dispersos por quioscos, cuyas obras, de encuadernación industrial, alguien, arrogante y doctoral, dio por calificar injustamente de subliteratura lo que no es otra cosa que literatura popular.

Bien es cierto que el valor bibliográfico de estos libros de quiosco es bajo o irrisorio en muchos casos, pero aparecen otros valores adyacentes que se revelan muy atractivos para el bibliófilo o el simple lector. Podríamos hablar de tebeos, revistas y fascículos pero nos centraremos en los libros. A poco que observemos, nos daremos cuenta de que tenemos entre las manos un volumen que responde a diversos estímulos sociológicos, propios de la comunicación de masas, lugar donde tenemos que ubicar esta manifestación de la literatura de quiosco. Su periodicidad de aparición le infunde un aire efímero que lo asocia con los diarios, por eso los quioscos son los primeros que aceptan la venta de estos productos, que pasarán a engrosar los encantadores almacenes de los baratillos de segunda y tercera mano (el indicador del tráfico de libros en una ciudad nos lo revelan estos baratillos y demás tiendas). Estas publicaciones están pensadas para el trajín diario del negocio del quiosquero,es una obra de lectura ágil en tiempos cortos para mantener despierto a los lectores y poder mantenerse la venta de la publicación, originando en su inicio las novelas por entrega aunque hoy por hoy los capítulos suelen ser independientes unos de otros. Las portadas de estos libros, muy cuidadas desde los grandes progresos del diseño gráfico no dejan de atraernos, configurando a veces un muestrario de las diversas tendencias artísticas mayoritarias, y por lo que respecta a su contenido, una puesta en escena de diversas ideas colectivas. Todo ello engrasado por la impronta publicitaria propia de estas publicaciones, en la que están incluidos diversos elementos como el formato de bolsillo, la composición clara y con letras en un cuerpo generoso para la vista (gracias a Dios la letra-hormiga ha desaparecido ya), el tacto, generalmente plastificado, que abrillanta al libro -al público siempre le ha gustado las cosas que brillan y otros elementos menores.

En suma, una presentación vistosa a bajo coste que engolosine al lector y que efectivamente, le haga cómoda su lectura. Todo lo cual nos hace rectificar aquello que siempre se dijo de los libros: es más importante el continente que el contenido. Tal vez hace 20 años sí tuviera validez para los sufridos lectores que siempre hemos sido pero ahora nuestra cultura es cada vez más icónica y se hace preciso un reajuste diciendo que tan importante es lo uno como lo otro. Hay que hacer atractivos los libros para todos, para los lectores veteranos y para los que se acercan ahora, para ambos los libros deben atizar el interés y la curiosidad, porque la lectura debe ser siempre y ante todo un placer y no un sacrificio.

rfarona70@hotmail.com

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