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Roberto Farona

 

LAS IMÁGENES DE LA PALABRA


Es una de esas frases de repertorio de esgrima verbal en las reuniones, una cosa más bien de tono anglosajón y publicitario, creo yo, frente a la sentencia mediterránea improvisada, vigorosa y divertida, esa de “una imagen vale más que mil palabras”.

Sin embargo siento decir que la experiencia nos niega lo contrario, porque los estímulos con que respondemos en ambas, palabra e imagen, son distintos, más directa e intuitiva es la imagen, mientras que la palabra es reflexiva.

Si la palabra se usa de forma descriptiva, tal vez una imagen pueda llegar a la complejidad de información transmitido por las palabras, pero rara vez sobrepasarlo: cuántas veces no nos habrá decepcionado la adaptación cinematográfica de alguna novela es un ejemplo sencillo del error de aquella frase, mayor decepción en la medida que esa novela pertenezca a nuestro repertorio cultural –Don Quijote, Sherlock Holmes, etc. Una descripción de Kafka, con lo somero que es él, la interpretaremos con muchos más matices que el de una mera fotografía que hiciésemos de un salón.

Otra muestra la encontramos en la infografía (o diagramas), recurso del que cualquier diario escrito se vale en sus páginas para documentar sus crónicas o reportajes, altamente visual y, sin embargo, en contra de lo que pudiéramos pensar, su uso periodístico dicta la preponderancia de la información con un 75% en la relación, sobre el 25% correspondiente a la imagen.

Bueno, y qué decir de la poesía del silencio. Esa poderosa, honda expresión que derrama las esencias, que gravita en nuestra mente en un extraño campo de fuerza. La palabra es puro magnetismo que evoca y desborda toda imagen.

Tradicionalmente, la palabra es la entidad que transmite las ideas y las emociones mientras que la imagen es subordinada a ella, su estímulo es óptico pero no racional, a grandes rasgos diríamos que las palabras sirven para razonar y la imagen para emocionar (de ahí, por otra parte, el potencial altamente manipulador del medio televisivo) porque la palabra, también y ante todo, es sonido, es articulable y se proyecta así en unas dimensiones de tiempo y espacio propias

El tiempo y el espacio son imprescindibles para la palabra y para la música (la poesía y el canto), eso es claro, pero al llegar a su materialización, el signo, la palabra se limita a sucesión lineal. Esto es lo que vio Apollinaire y lo que resolvió con sus caligramas, resituando a la palabra en sus dos dimensiones naturales, el tiempo y el espacio, simultaneándolas de acuerdo a la teoría cubista de Picasso por partida doble, ya que el caligrama, al ser la referencia del poema su misma representación (gráfica) se unifican de igual manera en un mismo plano fondo y forma, los elementos de todo mensaje.

La literatura y el arte plástico han seguido en esa vía de exploración congeniando palabra e imagen en un contagioso ambiente de intuiciones y hallazgos, y es sólo en su uso artístico, como vemos, que la palabra y la imagen equilibran sus fuerzas, dejándonos siempre su desconcertante belleza.

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