
Elías
Moro
Palos
de ciego
Ilustraciones de
Juan Carlos Mestre
La
maleta del viajero
En esta maleta guardo mis cosas:
el viejo pijama, regalo de mi madre,
que nunca me puse,
un trozo de sol en el hombro de ella,
una piedra que sabe del agua más
que los peces mismos,
los primeros dientes que mis hijas
perdieron,
poemas de amigos que ya no son ni
están,
pero permanecen,
los ojos también de ella cuando
anochece,
un telegrama que anunciaba desastres,
una música antigua de violines
y pianes,
la voz de ella para hablarme de todo
esto
allá donde vaya
y una cuerda de cáñamo
por si tengo que huir de mí
mismo
o ajusticiar a un miserable.
Espero no haberme olvidado de nada:
siempre se olvida algo al cerrar
una maleta,
pero nada es importante si se olvida.

Carta
Han pasado los meses, los años,
todas las primaveras necesarias
para olvidarme y olvidarte,
y sin embargo,
estás presente en los tangos,
en las lluvias, en todas las voces
de muchachas con el pelo rizado.
Ha pasado
todo lo imprescindible:
tenemos ausencia,
cartas cada vez más separadas,
miles de esquinas y calles
entre tú y yo,
infinidad de accidentes de tipo
natural y artificial,
y sin embargo,
aún tenemos pensamientos,
todavía sobrevivo en ti
a través de poemas nocturnos
y tristes y mal escritos,
y por otra parte
es una lástima o una rabia
no poder olvidar
después de todo,
se nos ha vuelto estrecha la distancia
y el tiempo se ha quedado pequeño
para nuestros propósitos.

Familia
Mi madre tenía un mandil de hule,
pálidas manos de tejedora
y una mirada líquida y azul
que depositaba en nosotros con una confianza
que al final no hemos merecido.
Mi padre era dueño de brazos fuertes,
largos silencios de nieve
que en su honor he heredado,
y zapatillas de albañil con un roto
por donde asomaba indómito
el dedo meñique izquierdo.
Un dieciocho de julio,
junto al agua de un pantano
y bajo el calor de la siesta
me hicieron.
Y por eso ahora estoy aquí
y escribo en su recuerdo.

Como si tu mano acariciase el
borde de mis deseos, tal que una rosa desprendida de su cárcel
vagando por el aire en busca de tus labios, de aquella manera que hace
al orfebre amar el silencio de la gema que talla bajo la luz de su gas.
Así te nombro: impávida
y triste como tarde de otoño, como este destino que nos incluye
en su pasaje, irremediable como un naufragio que el mar a su antojo
se cobra.
Yo he visto días que se
derrumbaban sobre mí como viejos edificios, jornadas que eran
de limo porque no estabas, la espuma triste del litoral abatiéndose
sobre mis ojos en noches de penuria inacabable.
Y he oído, lo sé, un rumor de piedras muriendo.
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