Amanece.
El día me sorprende,
olvidada de todo,
entre sus brazos.
Se ha encendido
el fulgor de la mañana.
Me yergo sobre mí misma
y la descubro.
Sus oquedades desvelan
una hermosura espectral
aprisionada en el tiempo.
- Dime, diosa,
¿cuánta entrega acunaste,
cuánta muerte
para aprehender la gloria?
Tu eternidad:
tan cálida y tan fría
como una caricia tierna
o una punzante derrota.

Poco a poco, la vida
se adueña del pasado;
una vida ruidosa
que vocifera su
pobre mercancía.
Ajados sus cuerpos,
evaporado el aliento
por el duro sopor
de la miseria.
Motas negras de luto,
los beduinos horadan
la ilusión
tornasolada del momento.
Mientras, ojos
curiosos y flashes
que equivocan la visión
devoran sus encantos
torpemente.
Me pierdo
en esta ingente
escalada de trofeos.
Ya no existe la
senda luminosa
ni los versos,
bullendo, de un poema.

Regresaré a la oscuridad
al poder ilimitado
de las sombras
donde todo se
puede desear
sin que nadie te
robe un sólo instante
o te usurpe el espacio
de un latido.
Petra, la noche, tú..
Y podría compartiros
a mi antojo.