Thomas de Quincey
(1785 - 1859)

Un opiómano inglés

 

 

 

Los placeres del opio y su inquietante esplendor a través de dos obras maestras:
"Confesiones de un opiómano inglés" y "Suspiria de Profundis"

 

Tiene 17 años, de familia adinerada y espíritu inquieto. Es consciente de la decisión que ha tomado, de lo que va a hacer esta misma noche, pero no teme a un futuro incierto. Quiere demostrarse a sí mismo que es capaz de luchar por conseguir lo que pretende, y lo que pretende no es otra cosa que dar la libertad necesaria al deseo irresistible, hasta ahora cautivo, de conocer. Una ansiedad de experimentar, un indomable latigazo de vivir el momento, "carpe diem", ha estrangulado su razón y todo el comedimiento que esconde. No es una insolencia pasajera promovida por su juventud, aunque ayuda, sino el desasosiego de su alma y la zozobra interior lo que le ha llevado adentrarse, audaz e irreflexivamente, por el sendero oscuro del conocimiento. Va a huir de la "Grammar School", mientras el director de la institución duerme, y nadie en la profundidad abisal de la noche podrá impedírselo. Todo lo ha calculado milimetricamente y hasta ha sobornado a quien fuera preciso.

Ese momento en el que el joven Thomas salta de un brinco ágil al vacío de la incertidumbre, abandonando el calor de la seguridad, es el instante en el que por motu propio ha decidido troncar el rumbo de su vida, ha quebrado las leyes del destino para ponerse en manos del azar y la fortuna, de la truculenta providencia con rostro huraño que atiende al nombre de "Literatura".

Así marcha errante, de posada en posada, buscando algo, sin saber aun el qué, quizá el sentido de la vida desde la misma nebulosa entraña de lo depravado y lo maldito. Anduvo por el Norte de país de Gales, hasta que despojado de un dinero ahorrado de forma gradual, se vio subsistiendo con moras y bayas de escaramujos. De vez en cuando hace de escribano público -lo que le permite tomarse un café o un té, y en algunos casos hasta una comida- sirviendo de secretario a campesinos analfabetos que tienen parientes en Liverpool o Londres. Aunque el verdadero filón sean los asuntos del corazón, ya que con mayor frecuencia serán las jóvenes que han permanecido de sirvientas en Shrewsbury las que le encarguen que escriba palabras dulces para los enamorados que allí dejaron, donde estuvieron trabajando. Y sin embargo, no será hasta su traslado a Londres, cuando verdaderamente se vea inmerso en los mundos más depravados y subterráneos de la canallesca londinense. donde el hampa, la indigencia y la incuria ha cubierto el ambiente de una densa atmósfera con el olor perpetuo de la hediondez y la miseria.

Su rostro, el rostro infantil de Thomas de Quincey, será ahora el fiel reflejo del hambre, del apocalipsis bíblico. Su cuerpo débil y derrotado, cubierto de harapos, es una sombra agónica de infecciones y desmayos. Años después, tras haber conseguido huir de tan triste pobreza escribirá: "En las capitales, como en el desierto, existe algo que fortalece y acostumbra al corazón humano, que le fortalece de manera distinta si no lo deprava y debilita hasta los extremos de la abyección y el suicidio."

Thomas de Quincey fue capaz de mantener su alma alejada de la ominosa vejación o de las llamas condenatorias de la inmolación, pero su corazón tomó el cuerpo frío del hierro hasta el extremo de palpitar con la dureza sonora del acero en una fundición para el fomento del vicio y la supresión de la virtud, considerando el asesinato como una de las bellas artes.

Desterró el sentimiento y la moralidad para extraer la poesía del fuego maldito, la composición ténebre de la luz y la sombra y el destello mortuorio del puñal; en definitiva, el tratamiento estético del asesinato. Hizo a Caín padre del arte y lo consolidó como un hombre de género extraordinario. Y no eran meras palabras. No era el maquiavélico engaño de predicar para los demás la difusión del vicio, el enterramiento de una moral impoluta, sino que era el abanderamiento de un fracaso interior de la virtud, porque aquellos que viven con cierto desorden, en la continua búsqueda de un triunfo inexistente, son los únicos que habrán podido ver los ojos del horror, los ojos de la felicidad de nuestra ambivalente existencia.

Dijo en una ocasión John Ray, en una de esas citas que quedan para la historia, que las enfermedades son los intereses que se pagan por los placeres. Thomas de Quincey no dudó a la hora de pactar con la máscara voluptuosa del opio y así exploró en las selvas más inquietantes de nuestro interior, en los espacios vacíos e insondables de oscuros infiernos, donde bajo el rostro del placer dormitan reptiles e insectos venenosos.

Será un día aquejado de un horrible dolor reumático de cabeza cuando pruebe los beneficios inmediatos del opio y no sólo sus efectos curativos sino la plenitud en el alma y la exaltación intelectual bajo una nube de gozosa y diáfana lucidez. Entonces aficionado a la ingesta de esta droga bajo el embrujamiento de una música de Opera, de una tranquilidad de espíritu extrasensorial, el escritor se sumergirá en una bruma ideal que al cabo de los años pasará una intensa y dolorosa factura. Una condena de irresistibles sufrimientos desesperados reflejo mismo de la decrepitud o como escribió Shelley "como si un gran pintor hubiera sumergido su pincel en la oscuridad del terremoto y el eclipse". Thomas de Quincey recogerá, con la tenacidad solitaria del escritor y bajo el estado agudo del sufrimiento, en dos obras inmortales "Confesiones de un opiómano inglés" y "Suspiria de Profundis", los placeres del opio y su inquietante esplendor.

Una bella y poética apariencia, una seductora damisela , con cabellos de serpientes y alma ennegrecida, que cada noche haría descender indefinidamente a su víctima a los abismos sin luz por debajo de cualquier profundidad conocida y donde las esperanzas para poder emerger se han tornado para siempre en una vacía desesperación.

 

de Quincey y los paraísos artificiales

por Mario Valdovinos

 

Las Confesiones..., escritas como un exorcismo contra los efectos del opio, que atravesaron su existencia durante años, y publicadas en la revista 'London Magazine' el año 1821, aunque ampliadas y corregidas en 1856, siguen la huella de dos célebres delatores de sí mismos: San Agustín y J. J. Rousseau. El santo cristiano (Aurelius Augustinus 354-430), compuso sus confesiones alrededor del año 400 d.C.:esta obra constituye un testimonio sobre su conversión a la fe, el consiguiente conocimiento de Dios y su particular vía de ascenso místico. Las del filósofo francés, publicadas en 1781 y 1788, están motivadas por semejantes impulsos, pero obedecen al signo contrario. En suma, se trata de dos epopeyas: la de un alma religiosa y la de otra laica, inclinada al paganismo. De igual modo, Jean-Paul Sartre, en 1964, publica Las palabras, arrolladora denuncia de su propio ser a través de lo que ha sido su relación con el padre, la literatura, las ideas, los libros, el cuerpo y, por encima de todo, la toma de conciencia frente al material que organiza y constituye los sueños y las emociones: el lenguaje.

San Agustín, Rousseau, De Quincey y Sartre asumen la infidencia como metodología no de autocastigo, sino más bien a la manera de una purificación de los fluidos que, a través de las luchas y las pasiones humanas, enturbian los laberintos del alma.

La extensa narración de De Quincey explica, de acuerdo a la forma decimonónica, es decir, con abundantes digresiones y por medio de una voz narrativa fuertemente personal, el empleo del opio en una primera etapa como fármaco para calmar dolores estomacales provocados por apetitos tan antiguos como persistentes. En este sentido el escritor, sin intentar justificarse ni buscar protección en la acomodaticia moral de la víctima, detalla sus vagabundeos juveniles -a pie- por Gales hasta llegar a un Londres hostil. El opio, de milenario uso en Oriente, había comenzado a llegar a Europa a principios del siglo pasado (provocó la guerra entre China e Inglaterra) y se vendía en las boticas como paliativo contra dolores musculares e incluso, debido al bajo precio, era utilizado por los obreros para soportar las exhaustivas jornadas laborales que un país en la antesala de la revolución industrial imponía a los trabajadores. Nunca una droga fue más democrática. El uso, por así llamarlo, 'intelectual' del opio es parte de los efectos que detectaron en él espíritus como el de De Quincey y, con posterioridad, Baudelaire.

Confesiones preliminares

El tono de la voz narrativa acerca al lector hasta el plano del secreto revelado; el opiómano avanza poco a poco en la maraña del alucinógeno, aunque previamente expondrá, con el detenimiento y detalle habituales, sus interminables desplazamientos por Gales y Londres, acicateado por el hambre, el frío y la búsqueda de un destino. Se constituye en un flâneur, un paseante, un vagabundo miserable provisto de un aire metafísico y de una estampa gótica. Es la antítesis del dandy, un excéntrico en situación desmedrada, por los padecimientos que acarrea su estado, pero a la vez se trata también de un privilegiado porque penetra el devenir con la mirada y atesora en su conciencia un punto de vista sobre lo real.

En ese momento se produce tal vez el episodio más significativo de las Confesiones..., por lo menos el más difundido, en especial por el impacto que provocó en Borges: el encuentro con Ann, la prostituta adolescente.

De Quincey vagaba extremadamente débil por Oxford Street cuando, cerca ya del desvanecimiento, lo auxilia una joven de rostro angélico que ejerce en la vía pública el trato carnal. Acude a un pub y le da de beber un gratificante vaso de oporto aromatizado con especias. El protagonista se cuida de aclarar que, debido al estado de su bolsillo y de su cuerpo: "Mi conexión con estas mujeres no podía haber sido impura". Sin embargo, surge entre los dos la solidaridad de los vencidos, si bien ambos no llegan aún a los veinte años. Poco después la joven se funde con la multitud, la devora la ciudad y no vuelven a encontrarse, excepto en los ensueños del escritor, quien la añora en forma tenaz y exclama:

"Si es que vive, sin duda nos habremos estado buscando mutuamente, al mismo tiempo, por los ingentes laberintos de Londres; quizás hemos llegado a estar a pocos metros el uno del otro. ¡No es más ancha la barrera de una calle londinense, que, a menudo, al cabo puede resultar una separación para toda la eternidad!"

Borges en el cuento "Delia Elena San Marco", de El hacedor, narra un desencuentro muy semejante en el barrio El Once, al mismo tiempo que especula con la transitoriedad de lo humano y el carácter efímero de los rostros que aparecen y desaparecen entre la multitud: "Un río de vehículos y de gente corría entre nosotros". Para concluir: "Delia: alguna vez anudaremos ¿junto a qué río? este diálogo incierto y nos preguntaremos si alguna vez, en una ciudad que se perdía en una llanura, fuimos Borges y Delia".

Placeres y tormentos del opio

Durante 1804, siendo alumno universitario en Londres, De Quincey solía lavar su cabello con agua helada. Un día despertó con dolores reumáticos en la cabeza y la cara; un compañero de estudios le recomienda el opio para aliviarse y, de esta forma, le abre las puertas de la percepción por donde ingresa con tranco decidido. Se sitúa ante lo que él llama: el secreto de la felicidad y, al compararlo con el vino, éste último: "Desordena las facultades mentales; el opio, por el contrario (si se toma en forma adecuada), hace llegar hasta ellas el orden, el gobierno y la armonía más exquisita". En este sentido, difiere de Baudelaire, lector y admirador de las Confesiones de De Quincey, quien privilegia el alma del vino como entrada a un estado de extrema sensibilidad, atribuyéndole el pasaporte hacia una existencia que debe estar marcada por la embriaguez de vino, de poesía o de lo que sea, estado que no proporciona la borrachera embrutecedora.

En un principio ingiere el opio amasado en pequeñas bolitas, comiéndoselo, después lo diluye en alcohol y lo bebe metamorfoseado en láudano. Las dosis administradas en gotas llegan, cuando los placeres dan paso a la adicción y dependencia más radicales, al tormento de las ¡5.000 a 8.000 gotas diarias! Pero el escritor no se transforma en figura ejemplar de nada ni de nadie, aunque se reconozca como el único Papa de una religión sin dios, su alfa y su omega, es más bien el explorador que desciende al pozo: "¡Ah, justo, sutil y poderoso opio. Bálsamo y alivio de los corazones de los pobres y los ricos por igual, de las heridas sin curación¡", escribirá.

Es curioso comprobar cómo el lenguaje de la voz narrativa no ofrece obstáculos a la expresión de las sensaciones producidas por la droga. Cuestión básica, puesto que toca un mundo inefable y difícil, cuando no imposible, de comunicar. No obstante, y debido más que nada al tono de cercanía y confidencialidad con el lector ("Indulgente lector, pues todos mis lectores han de ser indulgentes"), los límites de la palabra pasan a segundo plano y queda el fruto amargo, pero fruto al fin, de una experiencia tan lúcida como aterradora.

La denominación de 'bálsamo' para el opio no es casual ni antojadiza; en la época de De Quincey se lo recomienda para curar o atenuar neuralgias, jaquecas, cefaleas, dolores de vientre; también se usa morfina, cocaína, quinina, belladona y cloroformo. Todos estos fármacos no están aún satanizados y su administración roza los criterios terapéuticos, hedonistas o artísticos según sea el grupo social que los absorbe.

En la extensa lista de perseguidores de los estimulantes, después de De Quincey, sobresale Charles Baudelaire, quien en Los paraísos artificiales (1860) asume, en una primera instancia, la defensa del vino, al que había ya consagrado en su célebre poema "El alma del vino", incluido en Las flores del mal (1855): mas, cuando llega el turno del elogio del hachís (derivado del cáñamo), tras detectar sus propiedades 'en los espíritus artísticos y filosóficos', señala de modo irónico:

"Yo vi una vez a un respetable magistrado, una persona honorable, como dicen de sí mismos los hombres de mundo, uno de esos individuos cuya seriedad artificial resulta siempre imponente, que, en el momento de comenzar a hacerle efecto el hachís, se puso de pronto a bailar el cancán más indecoroso", para concluir: "Cabe, pues, afirmar que la impersonalidad y la objetividad a las que antes aludía, y que no son sino el desarrollo excesivo del espíritu poético, no se darán jamás en la embriaguez del hachís de este tipo de personas".

De Quincey y Baudelaire terminaron por repudiar el opio y el hachís que apabullan y envilecen la imaginación. Los elixires del placer, si bien posibilitan vivir setenta o cien años en una sola noche, también embotan y anestesian la voluntad y el impulso creativo, hundiéndolos en una cárcel de sueños.

Los ecos de las Confesiones de De Quincey fueron intensos, lejanos y resplandecientes, en no escasa medida por el exotismo y honestidad de sus propuestas. Las aspiraciones del opio inspiraron a Alfred de Musset; Héctor Berlioz y su Sinfonía fantástica; Gerard de Nerval voló más alto con los efluvios opiómanos y Flaubert mencionó a la obra como el espectáculo de 'un alma al desnudo'.

Tras diecisiete años de uso del opio, de Quincey emprende el proceso feroz de desintoxicación: "Me di cuenta de que moriría si seguía consumiendo opio y decidí, por tanto, morir si era preciso en el intento por librarme de él". A pesar de su voluntad, reconoce, en el brillante final de su obra, que: "Mis horas de sueño siguen siendo tumultuosas" y las puertas del paraíso le parecen, de acuerdo al verso de John Milton: "Llenas de rostros terribles y brazos de fuego". Una tercera parte de las Confesiones, prometida por el autor, jamás se publicó, salvo unos Apéndices que resultan fatigosos y algo redundantes, producto de la revisión emprendida el año 1856.

Neruda, en su etapa oriental y residenciaria, incluye en las Memorias un par de páginas dedicadas al opio: "Fumé cuatro pipas y estuve cinco días enfermo, con náuseas que me venían desde la espina dorsal, que me bajaban del cerebro... Y un odio al sol, a la existencia... El castigo del opio...". De Quincey, Baudelaire y Neruda rechazaron el 'veneno sagrado' porque se apodera del ser y, lejos de potenciar su capacidad onírica, termina abatiéndola y transformando a su huésped en un prisionero.

En todo caso, Thomas de Quincey, el autor de Confesiones de un inglés comedor de opio, terminó, no sin pagar un alto precio, alejado de los tentáculos del opio y murió un lluvioso atardecer en Edimburgo, tras una agonía de varias horas. En la pesadilla del desenlace habrá visto la figura de Ann iluminada por los faroles de Oxford Street, buscándolo con el rostro diáfano y una copa de vino en la mano.

Mas información:

THOMAS DE QUINCEY, EL VISIONARIO, por Andrés Barba

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