Aeropuertos



Mis oídos percibían una cantinela lejana, no muy clara, ni muy alta, pero que se repetía sin cesar en los últimos minutos, una y otra vez, incansablemente, “Útima llamada pasajeros vuelo B727 embarquen inmediatamente por puerta 6, last call passengers flight B727 boarding inmediatly gate 6”, yo mientras yacía, acomodada, entre varios asientos y parte del suelo, con mis posesiones diseminadas a mi alrededor.

Mientras veía pasar a los turistas apresurados, con sus equipajes de mano, en dirección a la puerta 6, me puse a soñar con su destino. Ojalá pudiera unirme a ese grupo camino de, qué sé yo, quizás a un lujoso y lejano lugar, con un buen baño donde asearme, pero me faltaba lo más importante, mis documentos, lo que me obligaba a quedarme en tierra de nadie, cargada a todas horas con mis maletas, y como único aseo, el que me proporcionaba el mismo aeropuerto.

El rápido movimiento, el ruido de algunas maletas, las pisadas firmes, presurosas, y un gesto impasible, ausente, parecía situar a los viajeros más allá de las mundanas expectativas de esta vida. Me acomodé mejor estirando los brazos sobre mis rodillas y entre el ajetreado tumulto algo atrapó mi mirada. Un gesto burlón, una sonrisa irónica y un andar más pausado que el resto, con la seguridad infalible de quine iba a llegar a tiempo, por más que los altavoces intentasen vanamente acelerar su marcha. De repente me resultó familiar, y mi atención se centró en él. Aun a pesar de que perdía aquel vuelo que me salvaría de aquella isla paradójicamente transitada. Llevé mi barbilla sobre el hueco de mi codo y suspiré, siguiendo con la mirada la figura que se perdía temporalmente de vista tras una inoportuna columna. El hombre reapareció tras de una pareja trajeada y, mientras yo admiraba su media sonrisa, volvió con delicada elegancia la cabeza y me miró.

- Bueno, por lo menos no ha perdido el equipaje.
- ¿Perdón?
- Sí, que no se ha quedado literalmente en cueros…

No recordaba en absoluto la voz, y tengo la habilidad, que no me ha servido para gran cosa, de reconocer todas las que he escuchado tras la primera palabra. Aunque sea un monosílabo. El tipo me miraba con descaro. Siempre me he enfrentado a los ligones espontáneos como un reto y, en general, salen malparados. Pero él no me parecía cuadrar en esta categoría, y estaba muy cansada para comprobar mi impresión, así que le dije en el tono menos displicente que pude:

- Si ése es su vuelo, lo va a perder.
- Hay muchos otros vuelos. Puedo esperarla…
- ¿Nos conocemos?

La ironía de la sonrisa se le subió a los ojos y entonces, sí, recordé. Recordé esa mirada intensa en una de las pocas ocasiones en que levanté la mía del tapete verde. Probablemente la última vez en que lo hice antes de la más torpe apuesta de mi historial profesional.

- Yo sí la conozco, anoche asistí a su perdida de identidad en aquel húmedo tugurio.
- No he perdido mi identidad.
- Pero no puede demostrarla, y la prueba es que lleva desde entonces en este limbo aeroportuario.
- ¿Me ha espiado?
- No hace falta. Era evidente que sin papeles le iba a resultar difícil salir de esta isla.
- Gracias por la información, y están dando la última llamada para su vuelo.
- Le repito que puedo esperarla y volar juntos.

La sonrisa se le había dulcificado, pero la mirada seguía taladrándome hasta hacerme pasar del fastidio al recelo.

- ¿De qué me está hablando?
- De su jugada definitiva. Le ofrezco poder abandonar esta isla en el vuelo que decida.
- ¿A cambio de qué?
- Eso no lo sabrá hasta que hayamos embarcado.

Vaya, si me había parecido la más arriesgada apuesta de mi vida la que había hecho con aquel jodido traficante de esclavas, porque no de otra forma se podía tachar su negocio de compra-venta de documentación legal, ¿cómo podía calificar ésta? Todo o nada a ciegas. ¿A qué se dedicaría este tipo?

La curiosidad siempre ha sido mi perdición. Increible en una persona que se gana la vida jugando a las cartas; y vergonzosamente cierto. De otra manera, ¿cómo habría podido dejarme enredar por alguien que apostaba un tesoro contra mi pasaporte?

Miré directamente a los ojos del desconocido. Ojos invitadores, incitadores, tentadores. Exhalaban peligro al igual que una flor carnívora exhala un perfume para atraer a sus víctimas. Caí conscientemente entre sus pétalos.

- ¿Podría llevarme a San Petesburgo?
- ¿Por qué querría ir a San Petesburgo? Ahora es invierno allí -me dijo, tendiéndome una mano larga y fuerte, de uñas muy cuidadas.

- Lo que yo quiera no es asunto de su incumbencia -respondí, un tanto brusca. Un curioso tatuaje en su muñeca, que sobresalía del puño de su impecable camisa, llamó mi atención; era un tridente de furioso color rojo, cuyas puntas parecían flamear con vida propia.

- Entonces, ¿acepta o no? El avión está a punto de despegar. -La mano seguía tendida, firme.

Observé el panel de aviso de salidas de los vuelos. Curiosamente, todos los vuelos llevaban el cartel de “Retrasado”.

- ¿Puedo al menos preguntar si lo que ofrece es arriesgado?

El desconocido sonrió.
- Todo en su vida es arriesgado. ¿Por qué iba a ser diferente ahora?
- ¿Quizás porque jamás antes me he encontrado ante una apuesta a ciegas?


Se agachó delante de mí para clavar su mirada en la mía, los brazos sobre las rodillas.
- La vida es una apuesta a ciegas, sólo que la mayoría de la gente no lo sabe.

Sentí el peculiar estremecimiento en mi interior, una sensación que sólo sentía ante la mesa de tapete verde, en las partidas cuya emoción superaba a cualquier otro sentimiento. El riesgo.

Me puse en pie, olvidando todo el cansancio.
- ¿Cuándo partimos?

Con una graciosa inclinación de cabeza y la ligera sonrisa torcida que ya empezaba a conocer, me ofreció su brazo. A un gesto suyo, un par de chicos se encargaron de mis pertenencias.

Mientras cruzábamos toda la extensión del aeropuerto, hacia la zona de vuelos privados, no dijo ni una sola palabra. Únicamente, de vez en cuando, me dirigía su mirada hipnotizadora, como si quisiera asegurarse de que no había cambiado de opinión.

La avioneta, esbelta como una gaviota, esperaba en el andén, con la puerta abierta. En su blanquísima superficie estaba dibujado el mismo tridente que mi acompañante tenía tatuado en la muñeca. Y otra cosa más: un mar de fuego hacía de base al tridente. Una imagen cruzó por mi mente como un relámpago: un vibrante sol poniente, unas envolventes lenguas de un rojo vivo, un frondoso paisaje escarlata.

- No pensará pedir mi alma a cambio del viaje, ¿verdad? -pregunté, intentando dar a mi voz un tono ligero.

Llevándome de la mano, me ayudó a subir la breve escalerilla. No me miró hasta que estuve en el interior, y la puerta se cerró, con un suspiro, tras de mí.

- ¿No sería esa una apuesta demasiado obvia? -contestó, su sonrisa más irónica que nunca.

Rojo. Eso es lo primero que me vino a la cabeza cuando la puerta se cerró completamente y las luces interiores me dejaron ver lo que había. “Si el infierno se pudiera ver, no tendría que ser muy diferente a esto”, pensé distraída, mientras me dejaba guiar por su mano todavía agarrada a la mía. Su sonrisa me estaba empezando a molestar, pero por otro lado un deseo ardiente empezaba a bajar por mi cuerpo, algo más que el simple hecho de que algo me estuviese molestando. Todavía no había encendido el motor la avioneta y tras las mini ventanas se podía ver donde un rato antes había creado mi nueva casa en la sala de espera del aeropuerto, ahora más vacía. Me distrajo de esta visión un ruido de hielos al chocar; estaba preparando una bebida, bastante fuerte pues al abrir la botella un olor invadió todo el interior y hizo que a mi dolor de cabeza se sumara unas ganas tremendas de vomitar. Me acordé que llevaba horas sin comer, pero se aproximó a mi y todo dejó de tener sentido cuando me empezó a besar el cuello… lentamente.

- No juegues conmigo. Puede que ayer perdiera absolutamente todo, pero sigo siendo fuerte y resistente.

Una sensación de miedo invadió todo mi cuerpo. Pocas veces había sentido miedo, pues para las cartas es una de las peores cualidades que uno puede llegar a tener, pero esta vez no estaba jugando.

- ¿Qué me ofreces entonces a cambio de que te lleve hasta Rusia? Porque si no me convence, te dejo aquí. Es un viaje demasiado largo y costoso. Pero venga, ya que he logrado sacarte de ese tugurio dime, ¿qué crees que te voy a pedir a cambio?

Definitivamente estaba jugando conmigo. Me arrepentí bastante de haberle seguido, pero intenté afrontar lo que había hecho: lo pasado, pasado está y punto.

- Pues no sé, díme, ¿qué podría querer un hombre como tú de alguien como yo, que acaba de perder todo y de hacer el ridículo en una pequeña isla?

- No muchas cosas, la verdad, pero ayer estuve observándote el tiempo suficiente para darme cuenta de que eres buena, lo suficiente como para haber perdido esa apuesta. Me pregunto: ¿qué es lo que te pasó, eh?

Me esperaba cualquier respuesta excepto esa. Estaba psicoanalizando mi jugada, una cosa que solía hacer un par de días después y que nadie se había atrevido a decirme antes. Opté por la vía fácil: no pensar.

- Creo que no voy a poder contestarle a eso. Es personal. Y si no tienes otra cosa que decirme, me lo he pensado mejor, me vuelvo a mi tugurio a ver que puedo hacer. Prefiero eso que estar aquí metida con un desconocido.

No sé si alguien puede imaginar la sensación que produce ir conduciendo por una carretera de montaña y que al salir de una curva, la carretera ya no este alli…, pues eso fue lo que senti. Caí en un precipicio profundo, eterno, vacío, y me encontré en ese mismo aeropuerto. Todo habia sido un sueño. Pero no, sí pero no. Nada es por casualidad. Recordé aquello de que el Alma del Mundo es alimentada por la felicidad de las personas, o por la infelicidad, y que nosotros somos nuestro destino. Así que me levanté y dí el primer paso hacia mi nueva vida.

“Última llamada pasajeros vuelo B727 embarquen inmediatamente por puerta 6, last call passengers flight B727 boarding inmediatly gate 6”



(Relato escrito por Laura Colomo, Julia Otero, Regina Domínguez,
María José Santiago, Isabel Amorós, Pura Caballero y Pilar Blázquez).