Buenas tardes a todos. Esta noche, los amantes de la poesía tenemos la oportunidad de encontrarnos con un autor a quien en estos momentos, yo definiría como la M30 de la poesía española, es decir: todo pasa por él.

Carlos Marzal (1961) es probablemente el poeta -vamos a decir joven- más aplaudido en estos momentos. No sólo en la rocambolesca rueda de los premios (muy pocos pueden jactarse de haberse llevado en poco menos de un año el Nacional de Literatura y el Loewe) sino en las ediciones de su obra que con inusitada frecuencia han acercado sus versos a un público cada vez más numeroso. Y esto es aún más insólito si tenemos en cuenta que la obra de Carlos Marzal reposa hasta el momento únicamente en cuatro títulos, cinco si contamos Fuera de mí (2003), que verá la luz esta misma semana. Cinco libros, pues, que muestran una trayectoria ascendente en cuanto a su autor, pues cada título lo ha ido confirmando como el gran poeta que es; y a la vez describen otra trayectoria no menos elevada en cuanto a la teoría, dirección y concepto de la poesía misma.

Por el título de su primer libro, podríamos pensar que en efecto Marzal fue el último de la fiesta, aquella fiesta inaugural de mediados de los ochenta en que dio sus mejores frutos un tipo de poesía bautizada como "de la experiencia". Fiesta, aquella, a medio camino entre el homenaje y la parodia, a donde si bien Carlos fue el último en llegar, ha sido de los primeros en marcharse.
Aquí es donde reside una de las bazas que mejor ha manejado Carlos Marzal, la de no rendir tributos innecesarios, no acomodarse demasiado tiempo en una misma tendencia y volar siempre libre de tradición en tradición, señalando en su vuelo cielos cada vez más altos.

El último de la fiesta (1987), como he señalado antes, es su tarjeta de visita y en él nos ofrece un buen puñado de poemas que sorprenden al lector por su fluidez y cercanía, pese a que a menudo sea un personaje y no el autor quien se muestre a través de los versos. Un personaje un tanto golfo, vividor, con un punto de sarcasmo y arrogancia ante el lector, al que se permite avisar:

"si aún consigues creer en un poema / considérate muerta"


Este recurso, que tanto debe a Jaime Gil de Biedma, lo acerca también al grupo de poetas que entonces cultivaban aquella otra sentimentalidad granadina y bulliciosa, compinchado con quienes serán a lo largo excelentes compañeros de viaje: Luis García Montero, Álvaro Salvador, Javier Egea, Felipe Benítez Reyes, y Vicente Gallego, entre otros.

Es curioso que el poeta deje pasar cuatro años antes de regalarnos su siguiente título: "La vida de frontera" (1991), libro que incide en la temática anterior, aunque ahora se presenta más depurada, más plena en su tono menor, en esa difícil tarea que consiste en hablarle de tú a tú al lector. A menudo Marzal va a emplear el soliloquio para elaborar sus nocturnas doctrinas
frente al espejo de la soledad. La Vida de frontera es un libro entretenido a la vez que amargo, en él, el personaje que ahora nos habla desde el poema posee ese encanto de la derrota, de los que no están libres de culpa, de los que tienen el sueño turbio y se saben anticipadamente vencidos por la vida. No se nos debe escapar que hay en él algunos primeros intentos de fuga hacia la luz: esa maravillosa verónica que Marzal ofrece con todo brío a D. Manuel Machado, es toda una declaración de principios.

Creo que, de algún modo, El último de la fiesta y La vida de frontera son libros complementarios que hoy se leen bien, y consiguen mantener al lector entretenido.

Sin embargo, hay un factor que no deberíamos dejar pasar, a diferencia de otros compañeros de viaje, Marzal no es andaluz sino valenciano. ¿Qué hace un valenciano de treinta y tantos años hablándole a la noche y sus cantos de sirena, a la luna y sus brillos de charol? Alguien que proviene además de una tierra que ha dado poetas del calibre de Miguel Hernández, Juan Gil-Albert, Francisco Brines o César Simón.

Con su siguiente libro, Los países nocturnos (1996), Marzal va a dar inicio a un giro en su obra que tendrá consecuencias inesperadas, más allá de la frontera de sus propios versos. En primer lugar, se produce un cambio de registro que, si bien no abandona la forma de monólogo reflexivo de sus anteriores poemarios, ahonda sin escrúpulos en la necesidad imperiosa de explicarse a sí mismo, mostrando una especial atención a lo innombrable, a esa otra realidad que acontece al mismo tiempo al mismo hombre.

Por más oscuro / que sea el borrador de nuestras vidas / y el papel tenebroso que se nos ha asignado / nuestras palabras deben crecer hacia la luz.

(La oscuridad del borrador, Los países nocturnos).


Y si La vida de frontera completaba de alguna forma a El último de la fiesta, Metales Pesados (2001) viene a cerrar puerta en torno a los intereses anunciados en Los Países nocturnos. Metales Pesados tiene el honor de ser, además de un excelente libro de poemas, el libro que arrastra ya consigo desde el primer instante en que ve la luz, un importante y arriesgado giro de planteamientos en la obra de otros autores iniciados igualmente en los excesos de la experiencia. Así, junto con Santa deriva (en 2002) de Vicente Gallego y en menor medida, La miel salvaje (en 2003) de Miguel Ángel Velasco, Metales Pesados destaca más allá de sus logros poéticos -que no son pocos-, por llevar el discurso poético a un territorio donde la profundidad discursiva y la hondura de pensamiento reposa sin estridencias al lado de los grandes poetas de lo trascendente, con Paco Brines como maestro de ceremonias.

En esa línea de trascendencia, -pues no hay nada más trascendente que la celebración, como nos enseñara Claudio Rodríguez-, se mueve "Fuera de mí" (2004) el reciente y jubiloso poemario de Marzal. A propósito de estos nuevos poemas que ahora alcanzan a ver la luz, el autor ha dejado claro que se trata de un proceso de "enajenación de la pura alegría y del puro contento, una celebración".

En ellos, aquel personaje que apuraba las fiestas y el tabaco con un desaliñado gesto de amargura, ha dado paso a un hombre maduro, acaso el autor, que entiende la vida como un espectáculo silencioso donde van aconteciendo, con sagrada sencillez, los cotidianos milagros que nos hacen sentirnos vivos.


Los amantes de la poesía debemos felicitarnos y felicitar a Carlos Marzal por ello: si ya es difícil escribir poesía y escribirla bien, alumbrar con tanto acierto puntos de unión entre dos tendencias tan diferenciadas cuando no contrapuestas, (entiendase y para sintetizar: la poesía meditativa por un lado y la poesía más comunicativa y directa por otro), es un logro extraordinario, un signo que delata inexorablemente el gran talento poético de quien tengo a mi lado, y que ustedes, esta noche, van a poder comprobar.

Gracias y bienvenido Carlos Marzal.

(Texto leído en el Parador de Turismo de Mérida, el 16 de marzo de 2004)

Carlos Marzal, flores de alto voltaje