La revolución diseñada

Si no te han dado vuelta y media y despeinado tu pelo y elegido tu coche, si no han poblado tu soledad de fármacos y teléfonos móviles, si no metieron -¡qué sorpresa!- cámaras en tu desayuno, micrófonos en tu retrete, si no fotocopiaron tu risa para acompañar carpetas adolescentes o calendarios de camión, en alguna parte tienes que estar.

Tienes que estar entre los verdes suicidas de la paz cantando "Imagine" en Mururoa, o entre los homosexuales expulsados de un restaurante por razones comerciales. Tienes que ser el gato atropellado, la ardilla disecada, el agujero del culo de esa capa de ozono en la que todo hurgamos con lágrimas de gas noble. Acaso te has buscado ya una compañera por Internet y al final Bill Gates te vendió a su hija por unas acciones en Almaraz.

Por su parte, los mendigos levantaron casas de cartón para proteger a las mariposas y un niño de San Ildefonso roció con gasolina su manual de buenos modales. Los supermercados sólo venden conservas de paciencia, las farmacias felices momentos de látex. Alguien mandó por fax la dirección de un club junto a una guardería. Eran buenos vecinos. Han precintado a los niños y soltados a los clientes del antro, ¿cómo se llamaba? ¡La E.S.O. Club!

También ha llegado una carta. Está equivocada. Un tal Roberto para Carol.

Yo sigo sola.

Cada noche salgo a buscarte y miro los chismorreos del día que yacen pegados en el ascensor, y busco en las escaleras de incendio y contemplo los cuervos que roban relojes atrasados y los cajeros fuera de servicio y las farolas hundidas por el tráfico. Y tu corbata, ¡ay, tu corbata! Veinticinco desnatadas manchas de leche se cebaron con tu corbata de seda virgen . Alguien ha impreso mil copias de la soledad en papel mate din-a3 y en el mercado su precio alcanza lo que otros pagarían por no pudrirse solos. Ayer mismo, encontraron a un hombre ahorcado en lo alto de un árbol de Navidad, ataviado de Santa Claus y con una carta que decía "Sofía". Los del Corte Inglés aseguran que no se trataba de un empleado, así que todos tememos que fuera el auténtico. Tus hijos no saben nada.

Cuando decidas volver, hazlo sin derramar palabras; acércate en la noche a mi espalda y susúrrale blandamente con tus manos, con tu cercanía cálmame, y calla durante la madrugada. Apriétate, apriétame; que la triste vida no puede con nuestra pequeña revolución.

(Publicado en la revista EscalYnata, Trujillo, febrero de 1997)

Los siglos de la melancolía

Escribí hace tiempo: "Existe la melancolía de las plantas letales". Se abre así el poema y una zona olvidada en el recuerdo. Ella se llamaba Carme y cruzó mi vida alguna tarde de 1992, en Barcelona. Tardes, en todo caso, de estaciones de autobús, efímeros bares, pubs descarriados, cines y ciertas librerías de viejo donde crían su polvo novelas y catecismos, cómics, poemarios y todo aquello que cree servir para detener el paso del tiempo.

Ella, ya lo he dicho, se llamaba Carme. Con esa "a" invisible al final, que da el sonido extraño de lo que queda en medio de dos lenguas: Carmen, Carme.

El suyo era un cuerpo minúsculo y tibio. Usaba, - cómo no advertirlo -, ropas que caían sobre huesos, faldas que flotaban desde unos pies remotos. Todo era anchura sobre la inmensa estrechez de aquella sombra. Porque Carme era acaso algo menos que una sombra. Hubiera sido realmente hermosa, si ella, si esa pálida figura no rodase de alegría cada vez que, subida a una banco de las Ramblas, gesticulaba y representaba obras, sola, de un teatro oscuro y desconocido. Carme era vanguardia, teatro militante, carne de guiones inextrujables. Abandonó la Fura porque éstos no asumían como ella el reto de la novedad. "Todo es teatro - afirmaba -, mientras no se demuestre lo contrario"

Ignoraron todos en qué punto de la obra que Carme representaba quedó varado el guión y autor alguno, si lo hubo. Ignoraron qué fondo sustentaba aquella historia, aquel relato inabarcable.

Yo crucé, -supongo- entonces, cuando Carme ya sólo devolvía un reflejo del reflejo de una mujer. No conocí las noches de brillo que la forjaron como actriz, los sudores sin fruto, el reconocimiento de al cabo de tantas batallas. Yo sentí sobre mí la melancolía de las plantas letales. El afilado párpado en lo hondo hasta rozar, con el suyo, mi propio frío. El SIDA devoraba a aquella estatuilla por los cafés polvorientos de Barcelona. Ella lo sabía y afinaba. Elegía a sus amantes con la precisión de una mantis, sabedora del flujo letal que guardaba.

He querido pensar que pudo ser la locura, la juventud o simplemente la necedad. Aquella sombra que ante mí ungía sus misterios no estaba, ni por asomo, tomada por la demencia. Era más bien el peso de tanta melancolía; ésa que destrenza los guiones con un gélido soplo de realidad, de la realidad dura y leal como el óxido a los días de la memoria.

Hoy es invierno, (algunos después de aquel invierno inconsolable); suenan por casa las violas de Purcell, sus fantasías para este instrumento escritas en 1680. La música que llena con su cuerpo este silencio mío, fue para aquellos que la crearon el sonido de la melancolía.

Me pregunto, Carme, qué sonido, qué arco o brazo narra desde el pasado tus múltiples vidas, la muerte de tus personajes.

"Nuestro dolor es sabio y ya no nos pertenece", decías. Luego manaban de los hospitales tus heridas blancas.

3 de marzo de 1998

Canción triste de Navidad

Como naipes que se alzan sobre un tapete y descubren el fin de la partida, estas fechas dejan en mi alma también un calor extinguido. Hay una luz que surge para dar constancia de la sombra. Memoria y silencio bajo el frío tangible de esta Navidad que amenaza, (la Navidad no es ya sino una amenaza, se la mire por donde se la mire), con apearnos a todos de un siglo enfermo. Es diciembre y acaso no nos quede otra verdad que un buen libro junto a la chimenea (yo he elegido El afilador de cuchillos, de Rafael Argullol) y algo de música en los momentos rápidos: Fauré y su Réquiem, Bach por Yo Yo Ma, algún chisme estrambótico del amigo Battiato, o tal vez, si la cosa está fea, pinchemos de nuevo el Brave de Marillion dejando que un dulce pesimismo nos acoja en su seno por esta noche.

Los amigos, que no saben ya cómo morir, llaman incesantemente y las citas se mezclan en la agenda en grotesca bacanal de lujuria y frenesí. Con los poetas acudes disfrazado de ejecutivo agresivo con más gomina de la cuenta y menos gracia de la debida; a los de la oficina, por contra, les regalas tu último libro (que es el primero) y firmas como un loco dedicatorias estúpidas que, entre el champán y el marisco, te resultan groseramente sinceras. Peor aún es la infame cita a que tú mismo sometiste a tus amigos de la adolescencia, postergando una amistad ya seca por los años, la distancia y algún que otro nombre de muchacha. Mas o menos fieles, cualquier bareto hará las veces de templo para la consabida retahila de chistes, groserías, y demás nostalgias insanas. Tú, pobre estúpido, has pasado esa tarde tejiendo un dialogo imaginario con la muchacha que te dio los primeros calores, y recuerdas cuánto te habría gustado cambiar esta velada macarra por aquel encuentro de la canción de Aute, las cuatro y diez; (aunque, tratándose de Luis Eduardo, podrían haber valido otras quince o veinte distintas). La lentitud de estas fechas se va haciendo poco a poco insondable, ya las tardes van camino de durar casi mes y medio, y ciertas madrugadas has sorprendido sin cuerda todos los relojes de la casa.

De ésa luz que mencionaba al principio, que sólo sirve para hacernos conscientes de la realidad más sombría, uno va bebiendo, a sorbos pequeños, la estimable cercanía de una persona amada, pongo por caso, mi mujer. O la terrible solidaridad del genio humano descargando dolor y belleza, soledad y ternura, alguna esperanza contra el tiempo. Es ésa luz que beben los poderosos, que son a menudo, los más frágiles. Tierra, sol y yo, soy un hombre feliz, dejó escrito Nazim Hikmet en los muros de su celda.

Pues eso.

14 de diciembre de 1999

Alegría

Aquél que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría, no podrá morir nunca.

José Hierro

Esta tarde, un fuerte viento zarandea los álamos del horizonte, la extrema urgencia de nubarrones; y hasta el frío, diríamos, ha sido barrido lejos por un dios oscuro. Inútilmente, buscamos calor en casa, aunque también el viento se haya incrustado en nosotros. Queda el zumbido sordo de una tensión antigua, que nos trae el recuerdo de la fragilidad humana, que nos deshace en la fé de una fuerza mayor, siquiera algún rito que seguiríamos como entonces, en los días de infancia y de dudas, de costumbres.

Acaso ahora la costumbre sea dejar el ánimo (ánima) en brazos de la música, ahondar en la armonía de algún tempo lento que nos resuelva algún consuelo. Recuerdo unas notas del Largo del Tercer Concierto para Piano de Beethoven, aquellas que, como pasos cansados, intuyen la luz, y abren su camino. Veo los álamos de Beethoven, los cielos repletos de Bonn, y es un placer que reconforta mi espíritu sentir ese piano que impone alegremente su luz entre los tensos arcos de la orquesta. Ah, los paisajes repetidos en el tiempo; pareciera que una multitud de calesas sembraran la avenida de un gris traslúcido y ancho, que el Rihn tiñera de sepia las fachadas y los árboles, que las sombras de Viena dejaran en los sombreros un ligero vuelo de huida.

Nada hay en esta música que haga presentir los azotes napoleónicos, ni el ritmo sincopado de la artillería, ni los campos tintos de sangre inocente. Ni siquiera hay otra cosa en este piano solidario que el encargo urgente de la luz. A través del infierno y la niebla, del gran silencio beethoveniano, unas manos asumen el teclado para invocar la alegría, acaso decadente aún, y algo tímida, pero alegría al fin y al cabo y tan fresca como un labio adolescente.

He aquí el gran mensaje de Beethoven, si no el lema de toda una época: a la alegría por el dolor.

Afuera los caños entonan, minimalistas y sucios, la última ofrenda del año. Cae, como una bendición, la lluvia que a todos nos congela en una estampa costumbrista por nadie advertida: aquí, en este ático que se yergue sobre una Mérida anochecida, alguien ha conjurado sus miedos con las notas de otro paisaje, alguien que ha bailado con Beethoven toda la tarde, hasta sentir en sus manos temblar la alegría.

28 de diciembre de 1999