La intimidad
del extranjero
El pasado 11 de julio se quitaba la vida la poeta colombiana María
Mercedes Carranza. Esta mujer, temperamental y sufriente, entusiasta
y solitaria, hubo de desandar como escritora la larga sombra de
su padre, el gran poeta Eduardo Carranza. Fue, con todo, y pese
a los encontronazos propios de un tiempo y un país reacio a admitir
mujeres pensantes, cuanto más escritoras (y para colmo poetas),
fue, digo, mujer de escritura apasionada, gran luchadora en el
necesario acercamiento de los dos hemisferios en que aún hoy se
divide la lengua castellana: España al norte de no sé sabe qué
imperio erudito, con ínsulas más que extrañas, indecentes, e Iberoamérica
al sur de todo edén, verdadera iberia sumergida donde, sin embargo,
la calidez de nuestra lengua ha llegado a preservarse intacta.
Nacida en Bogotá en 1945, se
licenció en Filosofía y Letras por la Universidad de Los Andes,
y pronto comenzó a trabajar como periodista en los rotativos EL
SIGLO y EL PUEBLO, dirigiendo las páginas literarias. Durante
trece años trabajó como jefe de redacción de la revista NUEVA
FRONTERA. Escribía, además, la información sobre libros de la
revista SEMANA. Desde 1986 dirigió la Casa de Poesía Silva en
Bogotá. En 1991, tuvo lugar su único acercamiento a la política:
fue miembro de la Asamblea Nacional Constituyente , tal vez porque
como ella decía “en esta casa todos estamos enterrados vivos”.
Junto con la poesía, su otra pasión fue sin duda la Fundación
Casa de Poesía Silva, lugar de encuentro de las Letras Colombianas
y refugio de la poesía, de la alta poesía iberoamericana.
No fue, sin embargo, el trabajo agotador que acarreaba esta mujer
organizando congresos de poesía por la paz, ni los continuos disgustos
ante la impasible burocracia de su país, ni la profética escritura,
ni el cansado acento de la soledad, lo que ha terminado venciéndola.
Ha sido el dolor, esa causa romántica y en desuso por la que al
parecer nadie muere ya. El dolor como asfixia imperceptible, como
drama callado, como intermitente desvelo ante el secuestro a manos
de las Farc de su hermano Ramiro. Fue hace año y medio y con la
ilógica crueldad que conlleva este tipo de raptos en un país que
se desangra en el silencio y la complicidad. A partir de ese momento,
María Mercedes intensificó su actividad pública reclamando a las
autoridades colombianas una mayor actuación al respecto. Sus planteamientos
trascendían el dolor fraternal. La poetiza denunció a los gobiernos
y diplomáticos europeos porque, en sus declaraciones y gestiones
por los secuestrados, se ocupan ‘sólo de los importantes' y discriminan
a los nacionales de los extranjeros. Además, denunció que el trasfondo
de la actual situación colombiana es el narcotráfico y responsabilizó
a los Estados y a los consumidores de los países desarrollados.
"Si no hay consumidores no hay
narcotráfico. Y resulta que a nosotros nos piden políticas drásticas
como, por ejemplo, que no dejemos salir la droga. A nosotros,
que somos un país tercermundista y subdesarrollado, lleno de campesinos
pobres, nos piden algo que los países del primer mundo, como los
europeos y Estados Unidos, no pueden hacer, es decir, suspender
la demanda de la droga. ¿Por qué los países del primer mundo no
controlan el consumo? Porque no les importa un comino. ¿Por qué
no controlan los beneficios que proporcionan los grandes laboratorios
para procesar la coca?"
Sin rodeos, Carranza califica de "infame la actitud de los países
europeos y de Estados Unidos respecto a Colombia, a su guerra
y a su situación", y les increpa para que "dejen de consumir coca
y heroína, controlen el consumo o legalicen la droga, pero que
no sigan hundiendo a los colombianos en el terror".
A partir de entonces, sólo un pequeño grupo de intelectuales se
mantuvo al lado de María Mercedes en este trance. Ella sufrió
entonces una doble puñalada, primero la sorpresa ante el descubrimiento
de vivir en un país de poetas que escriben bellas metáforas a
la vida, y se llenan, en fin, la boca hablando de derechos humanos,
pero no arriesgan lo más mínimo su confortable ensimismamiento
a la hora de defender los derechos de un prójimo de carne y hueso.
Más tarde, la rabia y la impotencia, luego el veneno insuperable
de la incertidumbre.
La noche del pasado jueves,
cuatro de julio, después de departir en la Casa Silva con un grupo
de amigos sin revelarles su intención, se marchó a su apartamento
en los cerros de Bogotá. Allí se quitó la vida, con la misma determinación
con que lo hiciera, hace un siglo, el más grande poeta colombiano,
José Asunción Silva, que daba nombre y espíritu al proyecto más
querido de María Mercedes.
Debe haber, al fondo de este
suicidio (los primeros días lo medios colombianos intentaron disfrazar
la realidad, dijeron que había muerto de causa natural), una terrible
lección. Hoy, en España, el nombre de algunos de los mejores escritores
castellanos de nuestro tiempo ha caído en un desconocimiento y
aún peor en un desinterés que clama al cielo. Junto con María
Mercedes Carranza, otro grandes nombres de las letras iberoamericana
se nos escapan por entre las líneas de los dedos, en medio de
nuestros propios cantos cada vez más fútiles y superficiales;
no conozco un solo poeta español que haya escrito un sólo verso
contra el terrorismo de ETA, por poner un ejemplo, menos aún que
haya clamado en público contra la extorsión y el abuso de éstas
y otras causas. Entre todos hemos de corregir esta secular desavenencia.
Como personas no podemos permanecer impasibles al drama de un
país, Colombia, (aunque valen otros tantos) en el que anualmente
son secuestradas cerca de tres mil personas; como escritores,
tampoco.
A la mañana siguiente al suicidio
de la poeta, su hija Melibea, que lleva el nombre de la más dulce
y apasionada heroína de las letras españolas, confirmó que su
madre se quitó la vida "agobiada por muchas tristezas”. Recordó
la frase que su madre venía repitiendo pesadamente en los últimos
años: Ah, este país nos está matando” y que ella, antes de que
así fuera, decidió tomarse esa libertad.
Quedan ahora, los poemas, a quienes nunca hayan leído una sola
línea suya, lejos de compadecerles, les felicito por la enorme
emoción que a continuación van a poder experimentar. La Patria
es uno de sus poemas más conocidos, y Sobran las palabras es un
desgarrador y elocuente testimonio escrito pocos días antes de
su adiós. Tras cada palabra, tras cada uno de estos versos, transpira
la dolorosa realidad de un ser que llama a su prójimo, y es en
esa búsqueda donde sentimos la impagable intimidad del extranjero.

LA PATRIA
Esta casa de espesas paredes coloniales
y un patio de azaleas muy decimonónico
hace varios siglos que se viene abajo.
Como si nada las personas van y vienen
por las habitaciones en ruina,
hacen el amor, bailan, escriben cartas.
A menudo silban balas o es tal vez el viento
que silba a través del techo desfondado.
En esta casa los vivos duermen con los muertos,
imitan sus costumbres, repiten sus gestos
y cuando cantan, cantan sus fracasos.
Todo es ruina en esta casa,
están en ruina el abrazo y la música,
el destino, cada mañana, la risa son ruina;
las lágrimas, el silencio, los sueños.
Las ventanas muestran paisajes destruidos,
carne y ceniza se confunden en las caras,
en las bocas las palabras se revuelven con miedo.
En esta casa todos estamos enterrados vivos.
SOBRAN LAS PALABRAS
Sobran
las palabras.
Por traidoras decidí hoy,
martes 24 de junio,
asesinar algunas palabras.
Amistad queda condenada
a la hoguera, por hereje;
la horca conviene
a Amor por ilegible;
no estaría mal el garrote vil,
por apóstata, para Solidaridad;
la guillotina como el rayo,
debe fulminar a Fraternidad;
Libertad morirá
lentamente y con dolor;
la tortura es su destino;
Igualdad merece la horca
por ser prostituta
del peor burdel;
Esperanza ha muerto ya;
Fe padecerá la cámara de gas;
el suplicio de Tántalo, por inhumana,
se lo dejo a la palabra Dios.
Fusilaré sin piedad a Civilización
por su barbarie;
cicuta beberá Felicidad.
Queda la palabra Yo. Para esa,
por triste, por su atroz soledad,
decreto la peor de las penas:
vivirá conmigo hasta
el final.