Daniel Casado
ARTÍCULOS 

 


Índice de artículos

Al padre santo de Roma
Un improvisado oficio de tinieblas
Exhumación de restos
La intimidad del extranjero


 


Al Padre Santo de Roma


No acato al Papa. Yo prefiero otros animales. Viejo, exprimido, enajenado, con su túnica blanca que es un insulto para toda la cristiandad, su porte derrotado y la mano de sombra que todo lo gobierna. Bajo el pellejo de ese anciano que se cree papa por la gracia de Dios y bajo su estirpe polvorienta, de espaldas al mundo, promulgando dogmas y leyes sombrías, acechando desde catársicos catecismos y pobres parábolas, engordando, engordando, engordando sus arcas, bajo su firme estampa incorruptible, digo, se oculta el Poder. Plebeyo y Amo a un mismo tiempo, ligado por sangre al poderoso, al bizconde, al terrateniente, del lado siempre del mando, con su misma sonrisa, su misma prepotencia, ajeno, sordo, incapaz: el Papa.

No cabe en ese hombre tanta responsabilidad, tanto descrédito. Heredero de una Igesia que sucumbe con sus viejas trampas a los embites de un nuevo siglo, queriendo asegurar sus posiciones, sus privilegios logrados a fuerza de inocular a nuestros mayores un atroz sentimiento de culpa y diseñadas nociones de pecado, que tanto daño han hecho a tanta gente. Tantas vidas arruinadas, evilecidas, ocultadas, por culpa de sus tabúes, su doctrina oscura, su mísero dedo señalador. ¿Quién es este hombre que ahora viene a contarnos el cuento del pan y los peces, y no dice para quién será el pan y para quienes los peces? ¿Quién es ese al que gritan repeinados niñatos del Opus, acomplejadas solteronas del bingo, juventudes del pp, fieles travestidos de lisiados, monjas bolivianas escapadas del orfanato?
Bajo la mañana implacable, la ministra Palacio besa el incorrupto anillo de Su Santidad.

Allá cada cual con sus gustos. Yo prefiero otros animales.




Un improvisado Oficio de Tinieblas (Al padre santo de Roma)


Lamento de corazón que personas a las que guardo un afecto incondicional se sientan ofendidas por mi anterior artículo. Y quisiera, de entrada, pedir disculpas por ello. No está en mi ánimo ofender la fe de nadie, ni vetar ningún comportamiento -ya digo, yo prefiero otros animales- pero los hechos son como son. Y qué duda cabe, que una figura como la de Juan Pablo II ha hecho muy poco por la humanidad, no ha sabido ni ha querido estar a la altura de las circunstancias.
Mi postura es contra el Papa, no contra los católicos. Y estoy contra él como se está contra un dictador. Contra su fundamentalismo aniquilador de la individualidad humana, contra su supuesta infabilidad, contra su dogmatismo craneoencefálico que niega de cuajo cualquier intento de racionalizar las cosas "Esta revelación es definitiva, sólo se la puede aceptar o rechazar" (Cruzando el umbral de la esperanza pags 32-33).

Lo cierto es que hoy la Iglesia es una organización económica y política que, a la vez que trata de imponer unos valores éticos y morales, especula en Bolsa, invierte en sociedades ilícitas (Gescartera, por ejemplo), dificulta la libertad de expresión, coacciona la orientación sexual del individuo, degrada sistemáticamente a la mujer (prohibición del sacerdocio, imposición de las obligaciones domésticas reduciendo su sexualidad a un mero instrumento de procreación), o llega a impedir el desarrollo normal de la justicia en los múltiples casos de pedofilia que, -ingenuo es aclararlo- no sólo se han cometido en los EEUU. Yo diría que casi en cada pueblo de España hay niños que podrían hablar. Algunos ya son adultos, es decir: ya nunca hablarán. Entiendo que el asunto es sangrante, y algunos puedan sentirse heridos.

Insisto en que no ataco al catolicismo, - raíz incompleta, por otra parte, de una fe mucho más amplia - que es el Cristianismo, y éste, a su vez, incompleto ante la verdadera búsqueda del dios. El sentimiento de búsqueda inherente a todo ser humano es loable y allá cada uno con el camino que opte elegir. Lo que sí es repudiable es la mano que mece esa cuna, cuna de víboras y palomas, lobos con piel de cordero y corderos sin más que siguen al resto de la manada. Esos papas y popes de la Moral que han envenenado nuestra Historia con su sucia verdad y sus limpias sotanas, con sus bolsillos llenos y sus cálices vacíos.
Contra el Papa, contra los Papas y los dictadores, contra los santos (tumefactos y limpios en sus urnas, cara al público), contra los inamovibles pero torcidos renglones de Dios, no contra el jesuita que quema su vida en los campos de Bolivia, no contra la carmelita que desinfecta las heridas del leproso, no contra el catequista que expresa su verdad provinciana y sincera.
Contra el Papa, que siempre es el mismo: Inocencio X o Clemente XII, Pío XIIo Juan Pablo II... todos heredan la sonrisa que descubrió Velázquez en Inocencio X, y, peor aún, todos engendran la expresión infrahumana que nos dejó imaginar Francis Bacon en sus cuadros. Al padre santo de Roma, con sus manzanas levemente heridas y sus enormes cúpulas sahumadas.

Pero el viejo de las manos traslúcidas
dirá: amor, amor, amor,
aclamado por millones de moribundos;
dirá amor, amor, amor,
entre el tisú estremecido de ternura;
dirá: paz, paz, paz,
entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita;
dirá: amor, amor, amor,
hasta que se le pongan de plata los labios.

Federico García Lorca, Grito hacia Roma (Poeta en Nueva York)

 

Exhumación de restos

Mientras escribo estas líneas, pasa bajo mi balcón, como surgida de la nada, una tropa fantasmal con ruido de clarines y tambores. Ángela y yo hemos estado curioseando hace un rato, cuando el estruendo amenazaba con pasar por aquí. ¿Una procesión a estas horas de la noche? ¿Y en pleno mes de mayo? Luego, decepcionados, hemos podido comprobar que se trataba de una marcha (procesión es un término que lleva implícito cierto respeto) en la que tenían cabida por igual repeinados niños de la OJE, flamígeras beatas de función nocturna, niñas de comunión ondenado en segundas nupcias sus trajes impolutos y hasta una tuna, con su peculiar acento circense y sus inconfundibles pantys negros. Curiosa esta ciudad, esta Mérida desordenada y pueblerina. Es como una niña a la que todos peinan. Los políticos llenan de mentiras las farolas y las conciencias, los turistas avanzan en manada y sin rumbo bajo un sol de justicia, unos funambulistas se juegan el tipo en la Plaza, los bebés, aburridos, se dejan bautizar; los senderistas se lanzan sobre el Guadiana, mientras la novia y la cámara interrumpen su beso por la luz.

Hay, sin embargo, al fondo de esta hermosa tarde, un tufo inquietante a exhumación de la estupidez: los niños de la OJE se pierden calle abajo, su paso castrense y sus carzonas azules revelan un pulso que parecía enterrado. Mi hija me interroga sobre unos extraños signos perfectamente dibujados en una pared: Nueva Falange Expañola.
La tarde me parece, de repente, como esas iglesias derruidas en las que, a pesar de los años, nunca se evapora el olor del sahumerio.

Ah, Extremadura profunda: qué triste es tu alegría.

 

La intimidad del extranjero


El pasado 11 de julio se quitaba la vida la poeta colombiana María Mercedes Carranza. Esta mujer, temperamental y sufriente, entusiasta y solitaria, hubo de desandar como escritora la larga sombra de su padre, el gran poeta Eduardo Carranza. Fue, con todo, y pese a los encontronazos propios de un tiempo y un país reacio a admitir mujeres pensantes, cuanto más escritoras (y para colmo poetas), fue, digo, mujer de escritura apasionada, gran luchadora en el necesario acercamiento de los dos hemisferios en que aún hoy se divide la lengua castellana: España al norte de no sé sabe qué imperio erudito, con ínsulas más que extrañas, indecentes, e Iberoamérica al sur de todo edén, verdadera iberia sumergida donde, sin embargo, la calidez de nuestra lengua ha llegado a preservarse intacta.

Nacida en Bogotá en 1945, se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad de Los Andes, y pronto comenzó a trabajar como periodista en los rotativos EL SIGLO y EL PUEBLO, dirigiendo las páginas literarias. Durante trece años trabajó como jefe de redacción de la revista NUEVA FRONTERA. Escribía, además, la información sobre libros de la revista SEMANA. Desde 1986 dirigió la Casa de Poesía Silva en Bogotá. En 1991, tuvo lugar su único acercamiento a la política: fue miembro de la Asamblea Nacional Constituyente , tal vez porque como ella decía “en esta casa todos estamos enterrados vivos”. Junto con la poesía, su otra pasión fue sin duda la Fundación Casa de Poesía Silva, lugar de encuentro de las Letras Colombianas y refugio de la poesía, de la alta poesía iberoamericana.
No fue, sin embargo, el trabajo agotador que acarreaba esta mujer organizando congresos de poesía por la paz, ni los continuos disgustos ante la impasible burocracia de su país, ni la profética escritura, ni el cansado acento de la soledad, lo que ha terminado venciéndola. Ha sido el dolor, esa causa romántica y en desuso por la que al parecer nadie muere ya. El dolor como asfixia imperceptible, como drama callado, como intermitente desvelo ante el secuestro a manos de las Farc de su hermano Ramiro. Fue hace año y medio y con la ilógica crueldad que conlleva este tipo de raptos en un país que se desangra en el silencio y la complicidad. A partir de ese momento, María Mercedes intensificó su actividad pública reclamando a las autoridades colombianas una mayor actuación al respecto. Sus planteamientos trascendían el dolor fraternal. La poetiza denunció a los gobiernos y diplomáticos europeos porque, en sus declaraciones y gestiones por los secuestrados, se ocupan ‘sólo de los importantes' y discriminan a los nacionales de los extranjeros. Además, denunció que el trasfondo de la actual situación colombiana es el narcotráfico y responsabilizó a los Estados y a los consumidores de los países desarrollados.

"Si no hay consumidores no hay narcotráfico. Y resulta que a nosotros nos piden políticas drásticas como, por ejemplo, que no dejemos salir la droga. A nosotros, que somos un país tercermundista y subdesarrollado, lleno de campesinos pobres, nos piden algo que los países del primer mundo, como los europeos y Estados Unidos, no pueden hacer, es decir, suspender la demanda de la droga. ¿Por qué los países del primer mundo no controlan el consumo? Porque no les importa un comino. ¿Por qué no controlan los beneficios que proporcionan los grandes laboratorios para procesar la coca?"
Sin rodeos, Carranza califica de "infame la actitud de los países europeos y de Estados Unidos respecto a Colombia, a su guerra y a su situación", y les increpa para que "dejen de consumir coca y heroína, controlen el consumo o legalicen la droga, pero que no sigan hundiendo a los colombianos en el terror".

A partir de entonces, sólo un pequeño grupo de intelectuales se mantuvo al lado de María Mercedes en este trance. Ella sufrió entonces una doble puñalada, primero la sorpresa ante el descubrimiento de vivir en un país de poetas que escriben bellas metáforas a la vida, y se llenan, en fin, la boca hablando de derechos humanos, pero no arriesgan lo más mínimo su confortable ensimismamiento a la hora de defender los derechos de un prójimo de carne y hueso. Más tarde, la rabia y la impotencia, luego el veneno insuperable de la incertidumbre.

La noche del pasado jueves, cuatro de julio, después de departir en la Casa Silva con un grupo de amigos sin revelarles su intención, se marchó a su apartamento en los cerros de Bogotá. Allí se quitó la vida, con la misma determinación con que lo hiciera, hace un siglo, el más grande poeta colombiano, José Asunción Silva, que daba nombre y espíritu al proyecto más querido de María Mercedes.

Debe haber, al fondo de este suicidio (los primeros días lo medios colombianos intentaron disfrazar la realidad, dijeron que había muerto de causa natural), una terrible lección. Hoy, en España, el nombre de algunos de los mejores escritores castellanos de nuestro tiempo ha caído en un desconocimiento y aún peor en un desinterés que clama al cielo. Junto con María Mercedes Carranza, otro grandes nombres de las letras iberoamericana se nos escapan por entre las líneas de los dedos, en medio de nuestros propios cantos cada vez más fútiles y superficiales; no conozco un solo poeta español que haya escrito un sólo verso contra el terrorismo de ETA, por poner un ejemplo, menos aún que haya clamado en público contra la extorsión y el abuso de éstas y otras causas. Entre todos hemos de corregir esta secular desavenencia. Como personas no podemos permanecer impasibles al drama de un país, Colombia, (aunque valen otros tantos) en el que anualmente son secuestradas cerca de tres mil personas; como escritores, tampoco.

A la mañana siguiente al suicidio de la poeta, su hija Melibea, que lleva el nombre de la más dulce y apasionada heroína de las letras españolas, confirmó que su madre se quitó la vida "agobiada por muchas tristezas”. Recordó la frase que su madre venía repitiendo pesadamente en los últimos años: Ah, este país nos está matando” y que ella, antes de que así fuera, decidió tomarse esa libertad.
Quedan ahora, los poemas, a quienes nunca hayan leído una sola línea suya, lejos de compadecerles, les felicito por la enorme emoción que a continuación van a poder experimentar. La Patria es uno de sus poemas más conocidos, y Sobran las palabras es un desgarrador y elocuente testimonio escrito pocos días antes de su adiós. Tras cada palabra, tras cada uno de estos versos, transpira la dolorosa realidad de un ser que llama a su prójimo, y es en esa búsqueda donde sentimos la impagable intimidad del extranjero.

LA PATRIA


Esta casa de espesas paredes coloniales
y un patio de azaleas muy decimonónico
hace varios siglos que se viene abajo.
Como si nada las personas van y vienen
por las habitaciones en ruina,
hacen el amor, bailan, escriben cartas.
A menudo silban balas o es tal vez el viento
que silba a través del techo desfondado.
En esta casa los vivos duermen con los muertos,
imitan sus costumbres, repiten sus gestos
y cuando cantan, cantan sus fracasos.
Todo es ruina en esta casa,
están en ruina el abrazo y la música,
el destino, cada mañana, la risa son ruina;
las lágrimas, el silencio, los sueños.
Las ventanas muestran paisajes destruidos,
carne y ceniza se confunden en las caras,
en las bocas las palabras se revuelven con miedo.
En esta casa todos estamos enterrados vivos.

SOBRAN LAS PALABRAS

Sobran
las palabras.
Por traidoras decidí hoy,
martes 24 de junio,
asesinar algunas palabras.
Amistad queda condenada
a la hoguera, por hereje;
la horca conviene
a Amor por ilegible;
no estaría mal el garrote vil,
por apóstata, para Solidaridad;
la guillotina como el rayo,
debe fulminar a Fraternidad;
Libertad morirá
lentamente y con dolor;
la tortura es su destino;
Igualdad merece la horca
por ser prostituta
del peor burdel;
Esperanza ha muerto ya;
Fe padecerá la cámara de gas;
el suplicio de Tántalo, por inhumana,
se lo dejo a la palabra Dios.
Fusilaré sin piedad a Civilización
por su barbarie;
cicuta beberá Felicidad.
Queda la palabra Yo. Para esa,
por triste, por su atroz soledad,
decreto la peor de las penas:
vivirá conmigo hasta
el final
.

 

® Daniel Casado

EL ERMITAÑO EDICIONES