NADA DE MÍ


Diré lo que se me escapa, nada diré de mí
Gabriel Ferrater

And I guess that's why they call it the blues
Elton John



Si el relato ha de atenerse a la verdad, la escena incurrirá en dos graves tópicos: la lluvia, de entrada, veraz y mordiente esa mañana a ambos lados del autobús, y la figura huidiza, sumamente delgada, de la mujer que me lleva de la mano, cabello negro y rimel de baja droguería, zapatos de tacón para los charcos y un jersey de rombos hecho a mano, sin bufanda, grueso como la noche. Alguien, en todo caso, excesivamente joven para pasear su esmerado desaliño de pueblo, su refinada dureza por las calles apenas alumbradas de Trujillo.

Quizá resulte tópico aludir a ciertas avenidas ahogadas por el tacto del amanecer, tan distintas en luz y en olores, sumidas en un ligero duermevela tras el que, de repente, la estación de autobuses se recorta como una fortaleza mansa, casi extranjera, sin sueño alguno ni detenimiento posible. Sólo el tránsito efímero de algunos rostros anónimos en su interrumpido trayecto a ninguna parte.

La mujer que me lleva de la mano compra dos billetes y espera fumando al autobús. Ya en él, de pie sobre el asiento, aprieto el rostro contra la luna y me entretengo en deletrear con ahínco las palabras que, invertidas, sugieren un misterio inalcanzable aún para un niño de cinco años: “AICNEGREME ED ADILAS”*. Suena la radio: contagiosas peticiones de los oyentes, melodías fluviales hechas para el más riguroso olvido que, entre tanto, certifican una efeméride, una enfermedad, un cambio de pueblo o simplemente el santo de una abuela. Dedicatorias fugaces que en minuciosas dosis van envolviendo el aire del trayecto con un silencio confortable, familiar. Y en medio las voces, simultáneamente anónimas, metálicas, y aún así reconocibles. Del otro lado un locutor aburrido, mal afeitado, que en los intervalos de la nostalgia rellena el crucigrama de la costumbre. Sabemos que se ríe de las elecciones, que arroja una canción equivocada en el momento más preciso, por el marcado acento con que se empeña en convencernos de que una simple melodía puede hacernos felices.

La mujer que me lleva de la mano ni siquiera mira por la ventana. Sonríe con la mirada perdida al frente, contra el asfalto veloz, más allá de los gigantes neumáticos, en la vertiginosa rueda de la vida. Escucha las canciones y ríe al adivinar las dedicatorias. Se ríe con una alegría verdadera y dócil, inesperada, radiante. La veo a través del cristal reflejada en mi mirada de niño. La mujer que me lleva de la mano, la mujer que me conduce a todas partes ríe ahora lejos de ella misma y de mí, de nosotros. Ha soltado mi mano y, forzando un extraño acento, canturrea algo incomprensible y ciertamente bobo. Quizá se ha soltado el pañuelo para barrer el aire viciado del autobús o para quitarse el frío de la cabeza o para ensayar una coquetería olvidada porque levantándose del asiento me ha dicho: -¿Estoy guapa?

El niño asiente con la cabeza, sin apartar la mirada de la ventanilla. No ignora, por otra parte, que el viaje transcurre con decepcionante normalidad.

Ya hemos pasado la Cárcel y el cuartel de los soldados. Ya hemos leído el primer anuncio y el siguiente y otro más... La ciudad, un remolino de calles sin niños ni árboles, se despierta con una urgencia aburrida, minuciosa, puntual. Por lo demás, en Cáceres la estación de autobuses no queda lejos de ninguna parte. El largo paseo hasta la consulta no incluye desayuno: debemos llegar los primeros.

Aún no han abierto la consulta. La mujer que me lleva de la mano fuma sentada en la escalera. En el descansillo, sobre baldosas de mármol rosa, horribles, el niño ha trazado un tablero imaginario y juega a las tres en raya. Al fin, el médico, un señor con un despacho de madera rojiza y unas máquinas rarísimas detrás de la cortina, habla de ponerme un parche en el ojo y obligarme a pasar el curso disfrazado de pirata. Ha dicho que mi ojo es un vago. Traemos una bolsa con parches y todo. Ya no protesto. Pienso que la ciudad merece ser vista de nuevo aunque sea por un solo ojo. Pero, qué demonios, me jode –el niño aún no conoce esta palabra- la dichosa pegatina.

 

Antes de volver a la estación, la mujer que me lleva de la mano ha comprado una crema para la cara en una tienda del centro. Después ha ojeado unas revistas de moda y se ha quedado mirando las fotografías como buscándose. Sin duda es joven, aunque yo no puedo sentirlo. Tiene el pelo largo, de un marrón triste y profundo. Con suavidad el viento, en la carrera hasta la estación, lo esparce como un aullido contra los escaparates. A medida que las vamos atravesando en silencio, las calles adquieren una extraña y repetida originalidad no exenta de misterio.

Aprieto su mano larguirucha y fría.

El segundo autobús de la mañana, más moderno, tiene dos espejos enormes con forma de gusanos y está pintado en rojo y blanco, con las letras en gris. Hay menos gente a la vuelta y entre los asientos ha aparecido una amiga de la mujer que me lleva de la mano. Las dos se han puesto a hablar de enfermedades, luego de tiendas y de ropa, y al final de nada y de todo al mismo tiempo . Ha sido entonces cuando ha sonado esa canción: I guess that's why they call it the blues, esa melodía vírica y triste –con los años llegará a canturrearla dignamente- que mece ahora al niño, que lo aleja de todo, minúsculo bulto de silencios y de sombra, boceto amargo de una realidad adulta, imperfecta, que sólo la lluvia reconoce derramándose al compás de una armónica sobre la voz de Elton John.

Para que el relato no incurra en un exceso melodramático, diré que el niño no ha visto, sobresaliendo del bolso, las revistas de moda con siluetas redondas y resplandecientes, con elegantes modelos de una belleza desconocida y esquiva. Pero sí diré la dulce mueca de resignación, la suave y perfilada arruga que, desde ese preciso instante, volverá aún más tristes los ojos de la mujer que vuelve a tomar mi mano.

Mejor así tal vez diré lo que se me escapa. A fin de cuentas, nada diré de mí.