| Poemas
Seleccionados:
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ZÍNGAROS
Venían los cántaros y el
temblor de sus manos en el barro. Palidez de las fuentes bajo
los gritos. Manaba de los caños el veneno y las familias lo acumulaban
para ritos inconcretos. Salían al cabo de los carromatos, presos
de brillantina y algodón. Lamidos por la sombra infecciosa de
la noche, atravesaban el pueblo y su música blandía en las fachadas.
La huida, días más tarde, daba a sus nombres, de inmediato, categoría
de fantasmas.
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PORTUGUESES
Estaban allí, una noche.
Con sus anclajes de óxido y pobreza plantaron la
cámara en mitad de la plazoleta, con nerviosas madres y niños
tumefactos. Mirábamos de soslayo a aquellos hombres, sus manos
negras, de una grasa incompatible con la alegría. Los viejos nos
metían el miedo en el cuerpo, narraban ante ellos sus sombríos
planes. "Los portugueses, - nos decían -, los portugueses".
Luego era el cine en las noches altas del verano. Con la insistente
magia del proyector, acabábamos durmiendo entre los huéspedes,
ya acogidos en el barrio con un invisible afecto unánime.
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SUSTANCIA DEL OLVIDO
Como navíos que la tormenta
arrojara hacia una destrucción sin nombre, uno a uno los viejos
golpeaban la aldaba. Nudillos resecos, largos índices, cartílagos
infectados por la urgencia, y el temblor dulcísimo de sus furtivas
rondas. Atravesando cardos y escombros al atardecer se reunían
bajo una misma luz, bajo idéntica solución de furia y dulzura,
de tristeza y venenos acariciaban a mujeres oscuras, niñas de
orfanato.
Sobre el carmín abrasado
por el alcohol y la mentira, desesperados, ciegos se tendían.
Exprimido el jornal, iban
quedando a un lado del camino como perros sin dueño y nuestro
juego era la sustancia de su olvido.
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En sus ojos, como un vilano
temblaba el sol de otoño. Sílabas hendidas en la respiración,
como en otro tiempo el rosario o cierto nombre de mujer. Bajo
la retorcida parra, frutos negros, buganvilla y trébol frente
a la cal roída por la lluvia, donde pesa, desgastado, el silencio.
Nos jugaba la infancia junto
a su puerta y nuestra risa era libre.
(Sus ojos, dos lirios contra la pared).
Consultó sin más el escaso
horizonte: regadas las plantas, apagada toda luz, el sobre cercano,
y algo cómico, tal vez. Entonces lo vimos, estirado y móvil, como
alambre dado de sí, ajeno y gótico, bien afeitado.
Luego, urgente, fue la tarde tapándolo todo.
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El origen de la locura manó
de esos cartones cuadrados que mi padre adquiría por correspondencia.
Llegaban con la urgencia del náufrago que se sabe acorralado por
el tiempo, del que se entrega al delirio último de atesorar voces
de ilustres muertos. Tal vez guarden para sí aquellos registros
del microsurco la última noche de Janis, el acento ya francés
del Morrison poeta custodiado por gendarmes y ángeles, o el vicio
de la soledad que acabó con Hendrix en un vómito de noche y terciopelo.
Yo a veces miro a mi padre
con ojos que apuntan sobre sonidos clandestinos que nadie debe
guardar.
Siento ese estúpido respeto
hacia los muertos. Como si no debiéramos obligarles a un último
baile, al brillante ejercicio de su triste cacofonía.
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DÍA DEL PADRE
Hoy es el día del padre
y estamos heridos
Leonard Cohen
El día del padre lloras como
un niño. Tus labios rebosan líquenes dormidos que un beso no cubre.
Abre tus ojos suavemente, padre. La herencia del año ha dado en
este yermo donde los bueyes se hunden en las aguas invernales.
Membrillos podridos por la nieve, perros polvorientos azuzados
en la tristeza y la luz como un abismo de esperanza para el que
se incendie tras ella.
Tiemblas de sed junto al
hielo, éste es tu reino, padre.
Bajo la muerte silenciosa
de tu nombre, nos hundimos.
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NOCHE SOBRE NOSOTROS
Como los ojos del abuelo,
la ciudad también va tomando una serena elegancia. Las ropas están
húmedas, los arroyos secos; yace entre mis manos su vejez, piel
de la memoria, piel de esta sombra. Sostengo contra la luz su
palma. Me avengo a sus líneas claras, vertiginosas, y sé que las
atraviesa mi entera juventud, y las burla entonces, y las desdice
del tiempo y los inviernos su música, que es palabra al aire,
que es ciega llama, a solas, contra la noche.
(De bruces cae, abuelo, la noche sobre nosotros).
Es tiempo, me dicen, de subir a los distritos del llanto. Al silencio
obsceno de las salas donde nadie comprende. Los ojos del abuelo,
como la ciudad, van tomando una serena elegancia. Su aliento aún
brilla contra mis pómulos incendiados.
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| EL
FULGOR
Acudo a las mujeres con la
insaciable dulzura del niño. Y sólo silbo en los vientres agujereados
por la noche, en la oquedad de sus palabras traídas por el viento,
en las tenaces uñas del hambre. Recuesto tibiamente mi cabeza
en la falda invisible, y aguardo el momento en que despiertan
las madres.
Porque es denso, y arde,
el fulgor oscuro de los últimos besos.
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