Daniel Casado

El proyector de sombras



I.
SÍMBOLOS


Zíngaros
Mercaderes
Portugueses
Juegos
Los días blancos
La capilla
Charoleses
Días de 1983
El afilador
Sustancia del olvido
Huérfanos
Domingo de Ramos
El sacrificio
Interior con figuras
Membrillos
Homilía
Parte de nieve
Hilandera
Contra la amanecida
La tumba de Crò

Sonidos
Graduado escolar
Cruces
La piedra


II.
EL RÍO SUBTERRÁNEO



Stabat Mater
Día del Padre
Sostenías el mundo
Víspera
Conservar en lugar fresco
Noche sobre nosotros
Abuela
Muchacha sin nombre
Bajo la misma noche
Adolescentes
Memento mori
Caníbales
Sabbath
El fulgor
Amanecerá
Salida al campo
Fin de las estaciones
El río subterráneo
Abre la noche




    Poemas Seleccionados:



    ZÍNGAROS

    Venían los cántaros y el temblor de sus manos en el barro. Palidez de las fuentes bajo los gritos. Manaba de los caños el veneno y las familias lo acumulaban para ritos inconcretos. Salían al cabo de los carromatos, presos de brillantina y algodón. Lamidos por la sombra infecciosa de la noche, atravesaban el pueblo y su música blandía en las fachadas.

    La huida, días más tarde, daba a sus nombres, de inmediato, categoría de fantasmas.





    PORTUGUESES

    Estaban allí, una noche.

    Con sus anclajes de óxido y pobreza plantaron la cámara en mitad de la plazoleta, con nerviosas madres y niños tumefactos. Mirábamos de soslayo a aquellos hombres, sus manos negras, de una grasa incompatible con la alegría. Los viejos nos metían el miedo en el cuerpo, narraban ante ellos sus sombríos planes. "Los portugueses, - nos decían -, los portugueses".


    Luego era el cine en las noches altas del verano. Con la insistente magia del proyector, acabábamos durmiendo entre los huéspedes, ya acogidos en el barrio con un invisible afecto unánime.

     

     

    SUSTANCIA DEL OLVIDO

    Como navíos que la tormenta arrojara hacia una destrucción sin nombre, uno a uno los viejos golpeaban la aldaba. Nudillos resecos, largos índices, cartílagos infectados por la urgencia, y el temblor dulcísimo de sus furtivas rondas. Atravesando cardos y escombros al atardecer se reunían bajo una misma luz, bajo idéntica solución de furia y dulzura, de tristeza y venenos acariciaban a mujeres oscuras, niñas de orfanato.

    Sobre el carmín abrasado por el alcohol y la mentira, desesperados, ciegos se tendían.

    Exprimido el jornal, iban quedando a un lado del camino como perros sin dueño y nuestro juego era la sustancia de su olvido.


     

    INTERIOR CON FIGURA

    En sus ojos, como un vilano temblaba el sol de otoño. Sílabas hendidas en la respiración, como en otro tiempo el rosario o cierto nombre de mujer. Bajo la retorcida parra, frutos negros, buganvilla y trébol frente a la cal roída por la lluvia, donde pesa, desgastado, el silencio.

    Nos jugaba la infancia junto a su puerta y nuestra risa era libre.
    (Sus ojos, dos lirios contra la pared).

    Consultó sin más el escaso horizonte: regadas las plantas, apagada toda luz, el sobre cercano, y algo cómico, tal vez. Entonces lo vimos, estirado y móvil, como alambre dado de sí, ajeno y gótico, bien afeitado.

    Luego, urgente, fue la tarde tapándolo todo.



     

    SONIDOS

    El origen de la locura manó de esos cartones cuadrados que mi padre adquiría por correspondencia. Llegaban con la urgencia del náufrago que se sabe acorralado por el tiempo, del que se entrega al delirio último de atesorar voces de ilustres muertos. Tal vez guarden para sí aquellos registros del microsurco la última noche de Janis, el acento ya francés del Morrison poeta custodiado por gendarmes y ángeles, o el vicio de la soledad que acabó con Hendrix en un vómito de noche y terciopelo.

    Yo a veces miro a mi padre con ojos que apuntan sobre sonidos clandestinos que nadie debe guardar.

    Siento ese estúpido respeto hacia los muertos. Como si no debiéramos obligarles a un último baile, al brillante ejercicio de su triste cacofonía.




    DÍA DEL PADRE


    Hoy es el día del padre
    y estamos heridos


    Leonard Cohen


    El día del padre lloras como un niño. Tus labios rebosan líquenes dormidos que un beso no cubre. Abre tus ojos suavemente, padre. La herencia del año ha dado en este yermo donde los bueyes se hunden en las aguas invernales. Membrillos podridos por la nieve, perros polvorientos azuzados en la tristeza y la luz como un abismo de esperanza para el que se incendie tras ella.

    Tiemblas de sed junto al hielo, éste es tu reino, padre.

    Bajo la muerte silenciosa de tu nombre, nos hundimos.





    NOCHE SOBRE NOSOTROS

    Como los ojos del abuelo, la ciudad también va tomando una serena elegancia. Las ropas están húmedas, los arroyos secos; yace entre mis manos su vejez, piel de la memoria, piel de esta sombra. Sostengo contra la luz su palma. Me avengo a sus líneas claras, vertiginosas, y sé que las atraviesa mi entera juventud, y las burla entonces, y las desdice del tiempo y los inviernos su música, que es palabra al aire, que es ciega llama, a solas, contra la noche.

    (De bruces cae, abuelo, la noche sobre nosotros).

    Es tiempo, me dicen, de subir a los distritos del llanto. Al silencio obsceno de las salas donde nadie comprende. Los ojos del abuelo, como la ciudad, van tomando una serena elegancia. Su aliento aún brilla contra mis pómulos incendiados.


    EL FULGOR

    Acudo a las mujeres con la insaciable dulzura del niño. Y sólo silbo en los vientres agujereados por la noche, en la oquedad de sus palabras traídas por el viento, en las tenaces uñas del hambre. Recuesto tibiamente mi cabeza en la falda invisible, y aguardo el momento en que despiertan las madres.

    Porque es denso, y arde, el fulgor oscuro de los últimos besos.

 

® Daniel Casado

EL ERMITAÑO PRODUCCIONES