El proyector
de
sombras

 

 


 


Ir a BiografíaEl proyector de sombras, que publica ahora la Editora Regional de Extremadura, fue en realidad el primer libro de poemas que escribió su autor. Fechado entre 1997 y 2001, este poemario encierra algunas de las claves futuras del poeta, y es una obra, en muchos sentidos, iniciática.
En una parte de ella, Casado muestra su visión del mundo, un mundo en construcción, a través de unos poemas que actúan, bajo un aspecto en ocasiones casi narrativo, como memorial de un tiempo, como elegía primera por la pérdida de la infancia y de la adolescencia felices... (A pesar de su juventud, pues Casado comenzó a escribirlo con poco más de 20 años, aparece ya en El proyector de sombras una sensación de pérdida que encontraremos posteriormente, amplificada, en sus siguientes trabajos.) La otra parte del libro, podríamos hablar incluso de una Cara B, no canta lo perdido, sino que celebra la iniciación a la vida, a una vida “diferente”. Entre los autores jóvenes de la última generación poética extremeña publicados por esta editorial, además de Daniel Casado: José María Cumbreño, Elena García de Paredes, José Antonio Llera, Antonio Reseco, Javier Rodríguez Marcos o Antonio Sáez Delgado.


Acerca del libro:

Enrique García Fuentes: "El pasado que vuelve" · Versión on line: HOY 8/10/05

Manuel Pecellín Lancharro: "El hombre es un animal simbólico" · Versión on line: HOY 17/09/05

 


Selección de poemas:

ZÍNGAROS

Venían los cántaros y el temblor de sus manos en el barro. Palidez de las fuentes bajo los gritos. Manaba de los caños el veneno y las familias lo acumulaban para ritos inconcretos. Salían al cabo de los carromatos, presos de brillantina y algodón. Lamidos por la sombra infecciosa de la noche, atravesaban el pueblo y su música blandía en las fachadas.

La huida, días más tarde, daba a sus nombres, de inmediato, categoría de fantasmas.

 


 

PORTUGUESES


Estaban allí, una noche.

Con sus anclajes de óxido y pobreza plantaron la cámara en mitad de la plazoleta, con nerviosas madres y niños tumefactos. Mirábamos de soslayo a aquellos hombres, sus manos negras, de una grasa incompatible con la alegría. Los viejos nos metían el miedo en el cuerpo, narraban ante ellos sus sombríos planes. "Los portugueses, - nos decían -, los portugueses".


Luego era el cine en las noches altas del verano. Con la insistente magia del proyector, acabábamos durmiendo entre los huéspedes, ya acogidos en el barrio con un invisible afecto unánime.

 




SUSTANCIA DEL OLVIDO


Como navíos que la tormenta arrojara hacia una destrucción sin nombre, uno a uno los viejos golpeaban la aldaba. Nudillos resecos, largos índices, cartílagos infectados por la urgencia, y el temblor dulcísimo de sus furtivas rondas. Atravesando cardos y escombros al atardecer se reunían bajo una misma luz, bajo idéntica solución de furia y dulzura, de tristeza y venenos acariciaban a mujeres oscuras, niñas de orfanato.

Sobre el carmín abrasado por el alcohol y la mentira, desesperados, ciegos se tendían.

Exprimido el jornal, iban quedando a un lado del camino como perros sin dueño y nuestro juego era la sustancia de su olvido.

 

 

SONIDOS


El origen de la locura manó de esos cartones cuadrados que mi padre adquiría por correspondencia. Llegaban con la urgencia del náufrago que se sabe acorralado por el tiempo, del que se entrega al delirio último de atesorar voces de ilustres muertos. Tal vez guarden para sí aquellos registros del microsurco la última noche de Janis, el acento ya francés del Morrison poeta custodiado por gendarmes y ángeles, o el vicio de la soledad que acabó con Hendrix en un vómito de noche y terciopelo.

Yo a veces miro a mi padre con ojos que apuntan sobre sonidos clandestinos que nadie debe guardar.

Siento ese estúpido respeto hacia los muertos. Como si no debiéramos obligarles a un último baile, al brillante ejercicio de su triste psicofonía.

 



NOCHE SOBRE NOSOTROS



Como los ojos del abuelo, la ciudad también va tomando una serena elegancia. Las ropas están húmedas, los arroyos secos; yace entre mis manos su vejez, piel de la memoria, piel de esta sombra. Sostengo contra la luz su palma. Me avengo a sus líneas claras, vertiginosas, y sé que las atraviesa mi entera juventud, y las burla entonces, y las desdice del tiempo y los inviernos su música, que es palabra al aire, que es ciega llama, a solas, contra la noche.

(De bruces cae, abuelo, la noche sobre nosotros).

Es tiempo, me dicen, de subir a los distritos del llanto. Al silencio obsceno de las salas donde nadie comprende. Los ojos del abuelo, como la ciudad, van tomando una serena elegancia. Su aliento aún brilla contra mis pómulos incendiados.




INTERIOR CON FIGURA



En sus ojos, como un vilano temblaba el sol de otoño. Sílabas hendidas en la respiración, como en otro tiempo el rosario o cierto nombre de mujer. Bajo la retorcida parra, frutos negros, buganvilla y trébol frente a la cal roída por la lluvia, donde pesa, desgastado, el silencio. Nos jugaba la infancia junto a su puerta y nuestra risa era libre.
(Sus ojos, dos lirios contra la pared).
Consultó sin más el escaso horizonte: regadas las plantas, apagada toda luz, el sobre cercano, y algo cómico, tal vez. Entonces lo vimos, estirado y móvil, como alambre dado de sí, ajeno y gótico, bien afeitado.

Luego, urgente, fue la tarde tapándolo todo.

 


Colección: Poesía.
ISBN: 84-7671-838-1
Número de páginas: 56 p.
Año de edición: 2005
Precio: 4,50 €. 747 Pesetas.
Medidas: 16,5 x 12 cms.
Autor: Daniel Casado


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© Daniel Casado, 1997