Daniel Casado

Ensayo de la pobreza

 

- Diario -

20 - 25, Noviembre de 1998


Monasterio de Yuste


a los Monjes Jerónimos del Monasterio de Yuste

 

Nota Preliminar:

Este Ensayo de la pobreza, escrito en julio de 2001, ha sido elaborado a partir de los apuntes tomados a modo de diario durante los días de mi estancia en el Monasterio. Dada la distancia entre una fecha y otra, puedo haber incurrido en algún tipo de error u omisión con respecto a ciertos nombres de personas o títulos de libros que no he conseguido recordar. Espero que el lector sepa disculparlos.

 


Domingo, 20 de septiembre de 1998, Cuacos de Yuste


La posada surge de repente en medio del paisaje, umbría por la temprana ocultación de la luz tras la montaña, tras estos imponentes montes de Gredos, donde aún la nieve se hace de rogar.

Uno mira meseta arriba, y siente la mísera arrogancia de sus actos; su pretendida trascendencia cae al primer vistazo, lo inunda la montaña, su paciencia, su silencioso, elocuente trazo.

Sopla con cierta fuerza el viento esta tarde, y pueden verse en el cielo helicópteros. La intranquilidad sale a las calles, los vecinos se agolpan y murmuran, hasta que al fin el humo aparece, no tan lejos como todos desean. En pocos minutos, los helicópteros bajan a la piscina municipal a llenar su vientre de agua: el temor es ya tangible en el común de las gentes; lloran algunas ancianas, juegan divertidos niños desnudos.


* * *


Al caer la noche, he salido a pasear por las estrechas calles de Cuacos de Yuste; Como una alfombra las va cubriendo ya el olor del picón en los braseros, cuelgan los sarmientos, retozan al calor de la piedra, dóciles, los perros, y el pueblo parece que se apaga como horas antes el fuego en la montaña: vorazmente.

Voraz, el silencio embadurna una a una las casas, donde sólo ofician, implacables, los televisores. La noticia del fuego resuena en la noche, múltiple y sonora. Tras estas paredes, algunas mujeres rezan el rosario, mientras, muy despacio, un hombre recorre las calles, moja sus manos en el caño de infinitas aguas, dice versos para sí de una canción remota, y se vuelve sombra con la sombra del valle, ceniza en la ceniza incandescente de la montaña.

 

 

 

Lunes, 21 de septiembre de 1998

Bien temprano, he tomado la cuesta que lleva al Monasterio. Una fina lluvia va empapando mis huellas, tantea mi equipaje, se asoma, indiscreta, bajo mi camisa. Y así vamos subiendo, cuerpo y lluvia enlazados, resbalando hacia la cima.


* * *


Sin duda, la primera noción que he de aprender es la de la paciencia: estuve alrededor de media hora llamando a la puerta de la Hospedería del Monasterio sin obtener respuesta. El tiempo debe tener aquí otra medida. Nadie interrumpió sus labores para abrir al visitante, ninguno aceleró sus tareas para acudir presto a la llamada, simplemente cuando uno de ellos pudo al fin acercarse, las puertas del recinto se abrieron para mí.

Me recibe un monje de avanzada edad, serio, riguroso en su silencio; me indica que lo acompañe. Llegamos al primer claustro, magnífico, de semblante renacentista, con gárgolas que vierten sobre simétricos arriates. Allí, precisamente, al pie de uno de ellos el anciano monje me deja, sin decir nada, con otro, mucho más joven, que anda ocupado en labores de jardinería. Al presentarse, reconozco en él la voz con la que traté por teléfono los pormenores de mi estancia aquí: se trata del padre hospedero, fray Alfonso.

Fray Alfonso es sin duda, más joven de lo que esperaba: apenas aparenta treinta años, y su cordialidad es impagable: de semblante conciliador, y con acento andaluz. Tocado de esa gracia, trata de quitarle solemnidad al marco en que nos hallamos: recorremos así las distintas dependencias del Monasterio.

Durante el recorrido hemos hablado, con cierta prudencia por parte de ambos, de cosas vagas: la belleza del jardín, la nieve en la montaña, el sonido del agua que yo he comparado a un mantra. En ningún momento fray Alfonso me ha preguntado sobre mis creencias, o mi interés por estar allí. Las puertas del templo -ha dicho- están abiertas para que Dios hable a cada hombre, de acuerdo a lo que cada hombre está dispuesto a escuchar.

Le hubiera dicho que sólo he venido a contemplar cómo vierten las gárgolas minuciosamente su agua. De todo lo visto hasta ahora, incluyendo retablos y esculturas, arquitrabes y columnas, éste me parece el milagro más hermoso.


* * *


Lo primero que llama la atención del visitante que se adentra en el Monasterio es el reducido número de monjes que lo habita: sólo cinco. Cinco personas a cargo de esta fortaleza, cinco hombres mantienen la armonía sagrada de este recinto. Qué difícil, me digo, resulta a veces entre dos poner paz en noventa metros cuadrados. Los monjes se entienden con infinita ternura, discuten también, se burlan con un tacto especial.


* * *


Mi habitación es pequeña y sobria. Apenas una cama, un lavabo con una toalla, una mesa con su silla frente a la ventana, y un flexo pequeño que será toda mi luz en las altas horas de la madrugada que dedico a leer.


Entre mis lecturas: Antonio Colinas, Álvaro Valverde, Antonio Gamoneda, Octavio Paz, Juan de la Cruz, Darwin, Valle-Ínclán, y un diccionario Rosacruz. Esto último está siendo para mí todo un descubrimiento.

 

 

 

Martes, 22 de septiembre de 1998

 


He asistido a las sextas, poco antes de la comida. Los seis monjes cantan versos del Libro de Horas y sus voces se confunden inflamadas por el viento y la costumbre. Tras ellos, el cielo, pardo como la montaña, amenaza con desprenderse sobre nuestras cabezas. Me pregunto qué origen conocieron estos cantos, hoy resentidos por una construcción melódica francamente desgastada. Esto es: los monjes cantan repetidamente las frases sobre una misma nota (la), y se limitan a poner el acento de la caída en la sílaba final, correspondiente a la nota tónica.

Aún así, es un privilegio escuchar estas voces tan cercanas, tan compactas en su reposado canto al dios.


* * *


Esta tarde, fray Alfonso me ha mostrado la biblioteca del Monasterio. Es inmensa. Según me cuenta, varias veces fue saqueada y quemada. No obstante, se conservan en ella verdaderas reliquias del siglo XV. Aquí está todo lo que la vida de estos frailes pudiese requerirles: la vida y obra de los grandes santos: San Jerónimo, San Francisco, San Ignacio, San Agustín... Me emociona encontrar tanta bibliografía sobre San Juan de la Cruz, estupendas ediciones del Cántico, el epistolario con Santa Teresa y hasta unas Canciones que mañana estudiaré.


* * *


¿Quién me iba a decir que hallaría en este lugar, oculto al mundo, un libro de José Hierro? Se trata de una edición conmemorativa por el Premio Nacional de Poesía concedido en 1990. Busco, casi a ciegas, urgente y preciso, algunos poemas. La luz de estos versos llena la opaca, impura claridad de la sala.

¿Qué otros libros yacen aquí, esperando, como el arpa del poema de Bécquer, una mano de nieve que sepa arrancarlos del polvo, arrancarlos de su prematuro olvido?

 

 

 

Miércoles, 23 de septiembre de 1998

 


Me encuentro en la biblioteca del Monasterio. Tengo a mi alcance obras incunables: todas las encíclicas, los actas de los Concilios (por fin podré enterarme de qué trató en verdad el Concilio Vaticano II), numerosos documentos papales así como cientos de códices canónicos de todas las épocas. También he hallado una colección de gruesos tomos en los que rezan, en largas listas escritas a mano, todos aquellos libros y personas que han sido sometidos al tribunal de la Santa Inquisición. Parece ser que todos esos fondos, libros, tratados, canciones... eran requisados y guardados en el Monasterio, pero luego se enviaban a Plasencia con el reo, donde tenía lugar el juicio, con lo cual no guardo esperanzas de encontrar aquí esos documentos.

Compruebo con tristeza una vez más cómo eran especialmente perseguidos los poetas; delatados por sus vecinos, entregados por unos y escondidos por otros, he rastreado la pista de trovadores de los pueblos más cercanos: Cuacos, Garganta la Olla, Valverde de la Vera... junto a sus nombres, aparece también el de la persona que los entregaba. En la mayoría de los casos, se trataba de rimas en las que se hacía mofa de los santos y los curas.


En un apartado he encontrado seis gruesos tomos que contienen el Zohar o Libro del esplendor, que es parte esencial de la Kábala. Su autor pudo ser Simeón Bar Jochai, un rabino del siglo II, aunque se conserva gracias a la magnífica labor de copia de Moisés de León. Aquí, según reza la edición francesa (París, 1970) que sostengo, se titula: "Le Livre de la spledeur. Doctrine Ésoterique des Israélites". La versión es de Jean de Pauly.


Lo más curioso es que en las últimas páginas del libro, algún monje ha anotado algunas traducciones junto a su correspondiente número de página: Así, puedo leer: "Los 5 pétalos que sostienen el cáliz de la flor son los 5 dedos que mantienen la copa de la salvación". O también: "El cuerpo humano deja el cuerpo al dormir y renace al despertar" esto está anotado casi imperceptiblemente. Otros: "El valor numérico de Abraham es igual al de Yaveh", "El varón sin mujer no es hombre", "Situación de los arcángeles", "Reencarnación"... todos estos enunciados remiten a un número de página y tomo.


Qué curioso, llevo semanas leyendo los fundamentos de la doctrina rosacruz y lo primero con lo que me encuentro en este santo lugar viene de idénticas fuentes. Lástima no haber traído la poesía de Fernando Pessoa.

* * *

 

¿Por qué la Iglesia Católica trata de, conociéndolos, ignorar estos principios? ¿Por qué habiendo quizá heredado la tradición más honda en los enunciados de las Santas Escrituras, decide en algún punto de la Historia volver la cara a ciertos aspectos que permanecen desde entonces ocultos y amenazados por ella misma? ¿Por qué decide la Iglesia arrancarle estas hojas a la Verdad?


De cualquier forma, es seguro que esas hojas no están en este Monasterio, donde la fuente canta con las primeras luces del otoño. Sin darme cuenta, ha ido anocheciendo. Cierro la pesada puerta de la sala, y prosigo casi a oscuras por el claustro hasta mi celda. Escucho, abajo, el rumor de la fuente. No puedo sino acordarme de aquellos versos del Cántico:

Qué bien sé yo la fonte que mana e corre
aunque es de noche.

 

 

 

Jueves, 23 de septiembre de 1998


Esta mañana me acerqué a uno de los huéspedes que comparten la experiencia del retiro. Se llama Salvador, y me confiesa que siente una carencia grande en su vida cristiana. Hemos dado largos paseos y andado por los claustros, cabizbajos. Salvador es un gran orador, quiero decir: habla, habla sin parar. Yo le escucho. A ratos parece como si él esperara mi aprobación o consejo. Nada más lejos de mi intención. Le he escuchado. He escuchado a un hombre cargado de pesares, a un ser que anda, como todos, a ciegas. Sólo que ahora es consciente de su ceguera, ve la oscuridad. Y sólo me atrevo a sugerirle que pueda ser así el camino, ése oscuro borde de la luz donde ya nada reaparece, según el verso de Valente. No se me ocurre oscuridad mayor, desamparo tan grande como el de aquel que ha visto el rostro de su dios. Es como aquel primer fulgor de la nieve que hiere nuestros ojos y nos hace avanzar sin dirección, eufóricos; luego, tras la contemplación pausada de la nieve, uno se da de bruces con su pura esencia: el frío.


Huir, hacinarse en el silencio, herrar, vacío ya de esa luz, porque la luz no es, en efecto, nuestra.


Traigo aquí estos versos escritos cuatro años después, a solas también, desde otra soledad, y me reafirmo en la idea de que la luz no es nuestra, de que el mero atisbo de ella se debe a un acto de fe, esto es, a un acto de ilusión.


* * *


Esta tarde, Salvador me ha agradecido los ratos de charla y dice haber sentido, como una revelación "cosa del divino, desde luego, pero a través de ti", el elemento que busca en su vida: la alegría. Sonrío amablemente y dejo que las campanas compartan su armonía con el buen Salvador, mientras regreso a mi alcoba.

Siento que, a menudo, los seres humanos nos enredamos en un mundo de silencios.

Poco antes de la cena, alguien me ha hecho llegar un papel. Se trata de un poema de Salvador.

* * *


Esta tarde he bajado hasta el Cementerio Alemán que se encuentra en un claro del bosque, poco antes de llegar al pueblo. Es un lugar de una energía especial. Custodiados por olivos, descansan de su sueño de gloria los restos de más de doscientos jóvenes alemanes, la mayoría pilotos de la Segunda Guerra Mundial y de nuestra Guerra Civil. Tan sólo unas lápidas con sus ininteligibles nombres y su estremecedora edad perpetúan sobre el terreno la memoria de aquellos que vieron truncadas sus vidas. No es extraño que aquí la inspiración brote como un surco en la tierra, ni que este lugar me depare idéntica paz que el más bello rincón del Monasterio.

Sabiendo que visitaría este Cementerio, traje conmigo el libro Una Oculta razón, de Álvaro Valverde, donde un poema describe hermosamente cuanto ven mis ojos: "Tiene la muerte una medida exacta", advierte su primer verso. Dentro de este libro, en una cuartilla, me permití copiar a mano otro poema de Juan Lamillar que hace también referencia a este recinto: "Frente a ese silencio, alzándose, / está la juventud de vuestras fechas, / grabadas como un grito sobre el gris de las cruces..." y es igualmente estremecedor: Os hicieron luchar por un imperio: / seguís muriendo sucesivamente / bajo los árboles donde un Emperador / cambió sus sueños por relojes y misas".

Y paso, pasamos así la tarde: tres hombres en silencio frente a la atronadora quietud de las tumbas.

Cada uno ha escrito su poema, cada uno ha interpretado a su manera las sílabas del desastre, sílabas también de niebla y de retórica.

 

 

 

Viernes, 24 de septiembre de 1998


Desde que entré en el Monasterio, mi única pasión ha sido el silencio. He tratado en algún modo de introducirlo en mi interior, abrirme a su elocuente compañía. Debo confesar que me siento fracasado. Mi organismo gesticula con la inercia de los años, su música no ha cesado en ningún momento, incluso en el silencio parecía ratificarse su naturaleza musical. Hoy, último día de mi estancia aquí, he salido al huerto bajo un débil llovizna y, sobre un viejo tronco, mirando las lentas tareas de los monjes, he estado tocando la flauta.

Fray Alfonso, desde lejos, me hace un gesto de aprobación ante el inesperado hilo musical. Yo me reconozco en este sonido que repite el bosque, bebo sus frases como el agua de un manantial oscuro, respiro con la respiración de la flauta. Y sólo busco el silencio como espacio habitado, como medida esencial, necesaria, para la armonía.

Quizá esta certeza sea cuanto vine a buscar aquí.

Ha dejado de llover.


* * *


Poco antes de despedirme, el padre prior, un hombre de resuelta sonrisa, afable y silencioso, me ha hecho llamar. Después de un breve paseo, me ha conducido a una pequeña sala donde sólo un ser verdaderamente peculiar puede haber montado, con la paciencia del verdadero artesano, todo un taller dedicado al tratamiento del cuero, la madera, el papel... Fabricadas con sus propias manos, se muestran ()o se ocultan?) toda suerte de esculturas, imágenes, libros, zurrones y objetos de lo más variopinto. Finalmente, el padre prior me enseña con cierto secreto, y una mezcla de orgullo y tristeza en sus ojos, el estuche, hermoso y castigado, donde descansa una flauta travesera. Te oí tocar esta mañana, me dice, tímidamente.

Nos despedimos con un sentido abrazo.


* * *


Largas han sido las horas de la madrugada. En ellas, sometí a la luz de una lámpara algunos libros que han dejado en mí una huella indeleble. Procuré también que ese ambiente propicio dejara a la mañana sobre la mesa algunos poemas. Hube de contentarme con asistir, la última noche, a la aparición lenta y temblorosa, de un único poema. Y ha sido al leerlo cuando he comprendido que mi estancia aquí no ha sido otra cosa que un ensayo de la pobreza, un desprendimiento, una manera de desnudarme de ritmos y palabras, de conceptos y juicios.


ENSAYO DE LA POBREZA
(Monasterio de Yuste)


Aquí mana la yerba en los pétalos del frío.
Aquí el corazón en su pura oscuridad.

Desde septiembre llueven, despacio,
las gárgolas silenciosas.
Montaña abajo, la ofrenda de nieve
impondrá su peso en los rostros,
luego en las maderas graves del corazón.

Resiste la luz, sin embargo,
en los cuerpos de espaldas a la ira.
Gime en las alcobas del agua la dulzura
de los manantiales.

El canto de los monjes
en los aniversarios del miedo.

Así sanan las manos tendidas a la sombra.
Así la llaga en los árboles oscuros.

 

 

Ensayo
de la pobreza

terminóse
de imprimir

en Trujillo el doce de julio de 2001 festividad de San
Juan Gualberto. Siendo edición limitada de veinticinco
ejemplares que
serán ofrecidos
por el autor
como regalo
en la cena
de Navidad.

Se han
empleado
caracteres
Dweebo
Gothic
sobre
papel
Galgo.

Finis
coronat
opus

 

 


Domingo, 20 de septiembre:

Llegada al pueblo. Fuego en el monte.
Paseo nocturno.

Miércoles, 23 de septiembre:

En la biblioteca. Fiebre nocturna.


Lunes, 21 de septiembre:

Subida al Monasterio.
Encuentro con Fray Alfonso.
Necesidad del silencio.
Descenso a la mansedumbre.

Jueves, 24 de septiembre:

Salvador.
Lectura en el Cementerio Alemán.

Martes, 22 de septiembre:

La oración. Visito la Biblioteca.


Viernes, 25 de septiembre:

Pasión del silencio. El padre flautista.
La palabra.

Daniel Casado
EL ERMITAÑO EDICIONES