Del amor y otros demonios


Escribir hoy acerca del amor supone para cualquier poeta un alto riesgo. El amor, tan traído y tan llevado por la lírica universal desde que el mundo es mundo, exige hoy más que nunca un profundo cambio de tono, un registro más sutil con que apreciar su consumación.

Poco puedo decir de El viento y las brasas que no se encuentre en uno de sus versos, hacia el final de la segunda parte:

apenas sepa la brasa del viento y lo aguarde, / como si pronto amaneciera / lentamente vibre, y en esa esperanza muera.


La brasa que es deseo y vocación, el viento que es azote pálido y fugaz, circunstancial y doloroso, son aquí dos símbolos de una pasión que arde más allá del verso, con la urgencia y el orgullo de esas hogueras que marcan, en la noche, los dominios del deseo.

Después de El largo andar tan breve (Premio de Poesía Ciudad de Mérida), desembocar en esta crónica amorosa exige del lector un alto grado de complicidad, de lealtad al propio corazón del poema, que revela tanto como oculta. Porque sólo el viento a veces parece traer el enigma de una tensión más honda, justo cuando apagadas creíamos las brasas de nuestra vida. Besar un rostro, nuevo y caprichoso, aguardar la lejana hora del encuentro, reinventar los sueños de la razón y salpicar con ellos el poema, es lo que aquí me importó, más aún que cierta exigencia formal.

Porque no hay razón, después de todo, que convenza al corazón.
Porque amamos el fuego.

D.C.



Índice de Poemas:

I. El viento

Como la brasa
Ciertamente
Secreta
Episodio con lluvia y ventana
Madrigal del que no está
Madrigal de Todos los Santos
Días de otoño de 2001
Amor sin pronunciar
Qué verdad
Habitación 206
De ésa mano
La casa de cartón
Hombre
Aunque duela el mundo
Vem sentar-se a comigo Lidia...
Moneda Portuguesa
Te amaría


II. Las brasas

Caminar con los pies llenos de frío
No hay nombres, te digo...
Qué oscuro el borde de la luz...
Tanto tiempo tracé signos...
Los años fueron jinetes...
De tus palabras desciende...
Tenías la voz de las cosechas...
Estaba en ti la sal...
De aquella mancha pura...
Viene a mí en depósito la noche...
Qué lejano corazón, qué ciego...
En la orilla el ángel lame...
Tierra que en la pálida tarde...
Cantabas una canción...
Apenas sepa la brasa...

 


III. Casa Abandonada

Primeros fríos
El camino del miedo
Otro tiempo
Mérida - Roma, agosto de 2002
Dolor
Como la fábula
Imagen última de ti
Volvieron un día
La canción de Solveig
Legión
De viento y mansedumbre
Sobre la fiel pared
Casa abandonada


 

Antología de poemas seleccionados:


Vem sentar-se comigo, Lídia, à beira do rio...

 

Ven a sentarte conmigo, Lidia, a la orilla del río,
a la enhebrada orilla oscura de este río
donde aún nos sentimos,
donde, dioses implacables, apenas acertamos
a consumir el aire, juntos, de la tarde.

O quizá tan sólo, como otras veces, deba
presentirte a mi lado, en las cercanas ondas
perfectas del agua, entre los brotes tardíos,
en el incendio solitario de la tarde
queriendo desvelar mi pensamiento.

Ven, te pido, inclinémonos, (aún con falsa devoción),
ante el milagro hiriente de cuanto vive aquí,
en torno a nosotros, ajeno a nuestro gozo,
extraño a nuestra preocupación.

Y silba, Lidia, entre los juncos echados;
entonemos, párvulos ancianos, el resignado canto.

Que ama el que sabe perecedero el aire
que lo habita y lo consume, que sólo aire
besamos cuando oponemos labios, cinturas,
en el secreto reino de la yerba emboscados.

Y dejemos, luego, caer la noche,
que su frío alcance nuestros huesos,
porque sólo en el temblor
razón tenemos del frío, sólo en el beso
la tibia noticia hallamos de estar vivos.

Ven, - la tarde se agrieta en nuestras manos -,
concede este baile entre las ramas, no a mí,
que acaso te quiera tanto que no acierte
el compás; concédetelo, Lidia, a ti,
a tus enamorados ojos.

Ciérralos, ahora, y no mires atrás.

Allí, en el secreto de los bosques,
vive sola la nostalgia.
Las pausas
de la niebla habrán borrado en ella
nuestros nombres.





Episodio con lluvia y ventana

Antes que ella misma
fue el olor de la lluvia.

Llegaba antiguo y frágil, despistado
y se agolpaba
tras los cristales, y su presencia
se hacia acaso deseable,
cobijo aquel sedoso estruendo
en el sagrado, intangible centro
de la nada.

La lluvia, se dijo, es siempre
una forma de exilio.

Lamidos fueron
al instante los amplios ventanales,
el corazón
emitió un sonido similar
al de la nieve al derretirse
mientras ella miraba
las perfectas hojas del césped
mutiladas por el agua.

Abrázame
oyó decirse en voz baja.

Abrázame.

Después fue la lluvia
borrándolo todo, deshaciendo
cristal y ramas,
labios y ventana,
automóviles, casas, y al cabo
a ella misma.

Tendido,
sobre un único trozo de pizarra
quedó el corazón anegado,

sin olor.


Primeros fríos

¿A quién besas cuando me besas?

¿A quién buscas en mis labios, mi saliva,
en la íntima sequedad de mi garganta?

¿A quien contemplas despierto
mientras duermes?

Tal vez te miras a ti, enamorada.

Y dices Amor, tendida sobre mí,
con tus senos como blancos interrogantes,
mientras te hundes,
emerges, naufragas impaciente
sobre mi piel, que te contempla
y así te mira en mí, abandonada.


Como la brasa


Como la brasa inerme espera al viento,
como el soplo nocturno incendia
su vientre descuidado, y lo alza
y lo prende, y largas horas lo tiene
envalentonado y frágil;
como aún respira en la ceniza
la memoria de lo ardido, así te cito
en esta tarde imperfecta.
Te digo ven,
vienes, aparecemos, se respira mejor
el frío de diciembre, y en su silencio
damos lugar al milagro.

Bajan sucias las aguas,
restos de espuma lamen la orilla:
con ellos va
cuanto debió arder en nosotros,
cuanto arrasó nuestras vidas
con su lumbre cotidiana, cuanto no arderá ya
en las calderas ciegas del corazón.

Tú estás aquí,
tengo en mis manos tus cabellos
y un largo frío compartido.

Como el viento y las brasas,
también nosotros estamos aquí.
A fuerza elementos de un paisaje
que en nosotros nace y se destruye.



tenías la voz de las cosechas y la dulzura en tus párpados, el cabello gris como la distancia, la mirada lánguida y extranjera; hablabas de un lugar para la danza y el olvido, para el error y la lluvia

de tus hombros lentos manaban las tardes de septiembre, olían tus manos a membrillo y claridad y en tu lecho aún quedaban restos de hielo y desnudez

hablabas más allá del aire y las sílabas, mas allá del silencio
hablabas de dejar esta tierra en llamas

 


caminar con los pies llenos de frío, vuelto el rostro al suelo, la faz helada, las manos dentro del abrigo
caminar despacio, no obstante, cada vez más

sentir cómo las palabras nos van cubriendo bajo la noche, cómo a su fluir vamos quedando anclados, pétreos, sin poder hacer nada

y en medio de la oscuridad, en la borrada orilla, besar tus labios con la dulzura de las cosas que se hacen
por vez primera



apenas sepa la brasa del viento y lo aguarde,
como si pronto amaneciera

lentamente vibre

y en esa esperanza muera



 


® Daniel Casado

EL ERMITAÑO EDICIONES