A vista de las aguas



I. Libro de los ángeles

II. Paraíso de flautas

III. Atrocidades

IV. El vuelo

 

...rumor de besos y batir de alas...

Gustavo A. Bécquer

Y ella deseó fervientemente que no fuera un ángel,
que fuera solamente un muchacho.

Rafael Pérez Estrada

Aviso para caminantes

A vista de las aguas es mi libro más divertido. Por una extraña mezcla de géneros, consigue escapar, creo yo, de lo férreos límites del verso para aproximarse al relato, sin dejar de soñar en todo momento con llegar a crear pequeños aforismos. Escrito entre 1998 y 1999, tuvo una desastrosa primera edición como suplemento de la revista Ala de Mosca (Mérida), en el otoño de 1999. Para enmendar aquella falta con los lectores (muchos de ellos no lo consiguieron leer completo debido a la extravagante ocurrencia de publicarlo in tonso, es decir, pegado a la revista y sin cortar las hojas), en los próximos meses EL ERMITAÑO EDICIONES incluirá este texto en la Colección El Pájaro Solitario, en una nueva y actualizada edición que incluirá además algunos grabados del poeta y pintor inglés William Blake. Pero volviendo al poemario, debo confesar que su nacimiento se debe al deslumbramiento que me supuso hace años la obra del escritor malagueño Rafael Pérez Estrada. A él le gustaron estos textos, pero a la luz de sus ingentes ocurrencias, supe de inmediato que esta forma de escritura no debía ser para mí más que un serio divertimento. En todo caso, en él encontrará el lector un mundo onírico, algo surrealista, en el que vienen a confluir algunas de mis obsesiones más agudas, a saber: los ángeles y presencias, la teoría de la poesía, los excesos de la pasión y la técnica de la flauta travesera. El título está tomado del último verso del Cántico Espiritual de Juan de la Cruz, dos enigmáticos versos que dicen: "y la cavallería / a vista de las aguas descendía". En estos cuatro capítulos hay un poco de todo esto y mucho más. Recomiendo una lectura sosegada, no más de cuatro o cinco textos por sentada, y nunca antes de irse a la cama.

No olvide el incauto lector que durante el sueño lleva consigo las emociones y los miedos del día. Por eso yo los escribo durante la noche. Así, mientras dormís, doy de comer a los monstruos de la razón.

Buen provecho.



D. C.

 

(Selección)

La paulatina deshabitación de los amaneceres fue dando al lugar su transparencia definitiva. Los teólogos advirtieron este hecho al sostener, la última tarde, la incolora palpitación de un ángel aplastado en la página anterior al Apocalipsis.

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No vieron las esquirlas ni el vello atroz bajo sus alas. Sólo la luz inexacta de las olas donde, hundido el ángel, rompían de sangre y éter las palabras: Te amo

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Cuando alcanzaron a descifrar el primer verso, la luz del entendimiento se hizo noche en sus corazones. Un ángel trajo sedas de Oriente con que arropar a aquellos hombres.

Dio así comienzo el sueño de los cabalistas.


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A menudo expuestos a una insolación de versos, los poetas dan mala noche. Sus ronquidos resbalan por los dormitorios de la literatura como la hermosa serpiente al pie de Eurídice; son precarios en la utilidad y molestos en el decoro. Yacen, sin embargo, los poetas en el revés de un sueño tejido largamente por bestias de un color indescriptible, que lavan por la noche sus rimas entregando a la mañana el fresco enigma de un verso perfecto.

Los hombres, en su despertar, atribuyen este hallazgo al soplo de los dioses.


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Despojad al verso de toda huella humana, dijo el maestro. Vaciad el poema de vosotros hacia la extrema unción de lo infinito. Desapareced de la escena por sí misma levantada y dormid al claro de la noche, donde el alma reside.
A las pocas semanas, los alumnos menguaron con la excitación de las primeras rimas. Sus manos se volvieron lentas y pesadas, sus rostros afilados bajo la tibia barba de la adolescencia. Sólo quedó de aquellos a los que el abandono tentó sin suerte, algunos pliegos de versos depositados en el suelo, junto al charco silencioso de sus ropas donde aún vocifera la palabra poética.

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Para alcanzar aquella tonalidad, Kandinsky hizo llamar a un flautista. El joven, colocado frente al lienzo observó unos minutos la obra, guardó silencio y estrajo, al fin, un Si bemol levemente azulado. Luego de pagarlo debidamente y acompañarlo hasta la puerta, el maestro borró de su paleta los tonos ocres, y con aquel sonido vibrando puro en sus oídos alcanzó el azul deseado. Este no era, para sorpresa suya, sino la esencia misma de la música, tanto tiempo silenciada.



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Existe, en ciertas abadías, la costumbre de someter al hambre los cuerpos y las sombras. Así, del grueso de las túnicas va quedando, en los días precedentes al Adviento, un seco charco de piel y de retórica: son los monjes, deshidratados bajo la estricta vigilancia de los cielos. Va el latín mermando sus estómagos, noche a noche, con la acidez de un dios incandescente. Se debaten en la furia, el amor o la tristeza. Tras las alcobas, alguna vez quedó tendida con llagas y lodos la sombra mortal de un monje. Aquel, desposeído de sí mismo, frecuentó los atardeceres y las regiones del día sumidas en la niebla, buscando insomne el cuerpo, mustio y ceniciento, de su sombra.

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Hasta aprender la extrema compostura del pelícano, Ian Anderson frecuentó aquella celda del zoo donde una vieja grulla rosada, envalentonaba al resto de su tribu con un graznido obsceno y valeroso. Es el canto de los que añoran el fuego, se dijo. Sobre el escenario, Anderson alza la pierna y busca con su flauta algún gruñido semejante al que deja el fuego al abandonar a las bestias.

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Para matar al ministril, qué mejor que una flauta envenenada, decidieron.
Larga fue la noche y duro el sueño. Cuando, aún agonizante, lo cubrieron, notaron en sus labios la irrespetuosa ofrenda de una mueca feliz.

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Hacia el atardecer, cuando la Basílica queda a solas y tus gritos se me olvidan tras las vidrieras, pienso en la tristeza de mi boca. Sólo las azucenas, en el altar, devuelven cautas tu novicio tacto. Raspa como la noche el canto de los ángeles que, entre los bancos, juegan a disputarse los suspiros acabados en ese, los rezos endecasílabos y la plegarias con rima asonante. Frente al altar, el ángel filólogo enuncia por enésima vez las preposiciones. En los rosales, antes del alba, los ángeles tardíos hacen caligrafía.

 

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Y la Belleza evitó, conscientemente, los espejos.

 

 

® Daniel Casado
EL ERMITAÑO EDICIONES