Vem sentar-se comigo, Lídia, à beira do rio...
Ven a sentarte conmigo, Lidia, a la orilla
del río,
a la enhebrada orilla oscura de este río
donde aún nos sentimos,
donde, dioses implacables, apenas acertamos
a consumir el aire, juntos, de la tarde.
O quizá tan sólo, como otras veces, deba
presentirte a mi lado, en las cercanas ondas
perfectas del agua, entre los brotes tardíos,
en el incendio solitario de la tarde
queriendo desvelar mi pensamiento.
Ven, te pido, inclinémonos, (aún con falsa devoción),
ante el milagro hiriente de cuanto vive aquí,
en torno a nosotros, ajeno a nuestro gozo,
extraño a nuestra preocupación.
Y silba, Lidia, entre los juncos echados;
entonemos, párvulos ancianos, el resignado canto.
Que ama el que sabe perecedero el aire
que lo habita y lo consume, que sólo aire
besamos cuando oponemos labios, cinturas,
en el secreto reino de la yerba emboscados.
Y dejemos, luego, caer la noche,
que su frío alcance nuestros huesos,
porque sólo en el temblor
razón tenemos del frío, sólo en el beso
la tibia noticia hallamos de estar vivos.
Ven, - la tarde se agrieta en nuestras manos -,
concede este baile entre las ramas, no a mí,
que acaso te quiera tanto que no acierte
el compás; concédetelo, Lidia, a ti,
a tus enamorados ojos.
Ciérralos, ahora, y no mires atrás.
Allí, en el secreto de los bosques,
vive sola la nostalgia.
Las pausas
de la niebla habrán borrado en ella
nuestros nombres.
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Episodio con
lluvia y ventana
Antes que ella misma
fue el olor de la lluvia.
Llegaba antiguo y frágil, despistado
y se agolpaba
tras los cristales, y su presencia
se hacia acaso deseable,
cobijo aquel sedoso estruendo
en el sagrado, intangible centro
de la nada.
La lluvia, se dijo, es siempre
una forma de exilio.
Lamidos fueron
al instante los amplios ventanales,
el corazón
emitió un sonido similar
al de la nieve al derretirse
mientras ella miraba
las perfectas hojas del césped
mutiladas por el agua.
Abrázame
oyó decirse en voz baja.
Abrázame.
Después fue la lluvia
borrándolo todo, deshaciendo
cristal y ramas,
labios y ventana,
automóviles, casas, y al cabo
a ella misma.
Tendido,
sobre un único trozo de pizarra
quedó el corazón anegado,
sin olor.
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