Un largo andar escrito en el agua

Cuando comencé a escribir algunos de los poemas de este libro, allá por 1993, mi única pasión era el silencio. Acababa de conocer a mi Ángel de cristal, - que propició el poema más antiguo que conservo, el único, verdaderamente, de mi adolescencia -, y se me avecinaba un curso sabático (1993-1994), que ha sido hasta ahora el más fructífero en cuanto a experiencias. De aquella pasión, del reiterado trato a solas con los libros, la música, cierta búsqueda de dios, de mi continua aproximación a los excesos juveniles, hoy rescato tres o cuatro poemas, algún nombre –tibio- de muchacha, y la incontestable certeza de que los Ángeles existen.

Algunos amigos no entienden que por aquella época, precisamente, a la vez que cantaba en un grupo de rock, buscaba creer en dios, a la vez que escuchaba a Black Sabbath, leía a San Juan de la Cruz, a la vez que escribía poesía, andaba de cabeza por los bajos fondos del sexo. Estos extremos han sido totalizadores en mí. No concibo el arte o la vida de otra forma que una agradable discordia de los sentidos. Otras cuestiones vienen luego a poner freno a nuestra capacidad para sentir: la moral, la religión, la educación, la vergüenza... enmascaran y pudren nuestra percepción de la vida y la belleza, tratan de cerrar con llave nuestras puertas de la percepción. William Blake, supo avisarnos de ello: "El día que el Hombre abra las Puertas de la Percepción, cada cosa se le aparecerá tal como es: infinita".

He tratado, en definitiva, de mantener bien engrasada mi capacidad para responder con palabras y hechos ante el largo andar de los años. Es cierto que a la memoria, y más aún a la luz del poema, el recorrido se nos ha hecho breve: como breve es la luz de cada tarde cuando se demora en las ramas del horizonte, mas a cada instante lo fecundó la laboriosa mecánica de los días, los meses y los años. Nada pasa en vano y aún que lo que no pasó –dice Seferis – debe arder en el corazón de la rosa de cien pétalos.

Sean esa rosa mis poemas. En ellos el lector encontrará - bajo la previsible desigualdad de casi una década de escritura -, las claves del hombre que hoy soy: una insobornable fe en la vida, cierta palabrería metapoética, el infiel reflejo de la felicidad, los homenajes a amigos vivos y muertos, el leal cobijo, en fin, de la soledad.

Nota: En 2002, casi diez años después de aquél poema inicial, "El largo andar tan breve" ganó el Premio Ciudad de Mérida de Poesía. En mayo de 2003, el libro fue publicado por Ediciones Vitruvio (Madrid).

 

ISBN: 84-8979595-79-7
TÍTULO: El largo andar tan breve
AUTOR: Daniel Casado
EDICIÓN: 1ª
FECHA APARICIÓN: 2003
TIRADA: 1.500 ejemplares
COLACIÓN: 65 Pag.
MATERIA: Poesía
EDITORIAL: Edicciones Vitruvio
COLECCIÓN: Baños del Carmen, nº53
PRECIO: 6,01 Euros


MP3: Pulsa sobre el poema para escuchar al autor:

 

MIRO MIS MANOS

 

Ahora,
cuando es más dura la luz
y el silencio cae, ancho
como un río de mercurio
sobre nuestras sienes, levanto aquí,
memorial y póstumo, tu recuerdo.

Elevo estas manos
que tu cintura alzaran
como un soplo, furtivas,
y las convoco ahora
al antiguo oficio -inútil-
de la melancolía.

Son manos -solías decir-
de pianista, albinas y huesudas,
inocentes y tibias. Las apretabas
contra el pecho y soplabas
sobre ellas como al final de un truco
de magia.

Ahora,
cuando es más dura la luz
y el silencio cae, ancho,
con un bostezo amargo
en su pupila, miro, a solas,
mis manos.

Sólo en ellas parece posarse,
siquiera un segundo,
el abrasado gesto de tu amor.

 

 

DE UN LIBRO ATRAPADO


Un canto en la espesura del tiempo
Nuno Júdice
A Martín, de nuevo

Si existe una contraseña, una fórmula
o palabra, un solo pensamiento capaz
de regresarte, está entre las páginas
de ese libro que para siempre quedó
abierto sobre tu mesa, imperceptible.

Ahora lo rozan manos que tiemblan,
surcos que la noche abre en sus versos,
o quizá seas tú mismo que aún te entregas
a su lectura, en el silencio claro y lejano
del estudio, en su rudimentaria aurora.

Y piensas, o anotas ideas sobre una esquina
del papel; te ríes o lloras, te enojas, en fin,
con versos que parecen escritos por alguno
de nosotros, mitad verdad, mitad sangre.

Y ya el alba te va cubriendo, amigo mío,
ya amorosamente requiere tu atención;
Levantas la mirada y abandonas tu silla,
sales - ¿por dónde? - al encuentro del olvido.

Entre nosotros queda ese libro atrapado,
sus páginas, que nadie advierte, son movidas
al anochecer por fugaces manos de niebla.

¿Quién, me pregunto, está más lejos
de esos versos? ¿Quién de su secreta armonía
ha perdido ya un leve rastro, una pista?

Y sin embargo sé que ya no daré el paso
de requerirlo, ni sabría rescatarlo de ti,
robarte a ti mi libro, donde aún no se borran
las sagradas palabras que nos unen.

 

HOMENAJE A BLAKE

Pregunta a aquel que habla solo.

Aquel en cuyas manos gimen
los colores de la alucinación
las estepas grises del sueño.

Pregúntale a él,
que avanza esta noche.

Que trae en sus ojos
la vertical simetría

de los ángeles.

 

TE REVELARÁ

Ti svelerà
Giuseppe Ungaretti


Quien ahora cruza el humo de la infancia,
o descorre el tórrido velo adolescente
en busca de cuerpos y delitos, imagina,
a solas, también tus manos, lector futuro.


O tímida y dulce muchacha de ciudad
de provincias, que cercada por la lluvia
o el tedio acudes y plantas ante mí,
indestructibles, mis recuerdos y mis versos.


Desde un rincón cualquiera, en un ático
cualquiera, mientras la ciudad - y tú con ella -
duerme, pasto de la soledad, un hombre solo
traza signos y se interrumpe, llora o escupe,
se atraganta, en fin, en la verdad de las cosas.


Y piensa que en el poema,
- torpes signos escritos contra la muerte- ,
tu naciente rostro
terminará quizá asomando.
Que ésa palabra, después de tantos cuerpos
y pasiones y sueños,
acaso un día llegue a ser
palabra en tus labios.

Y que en este cerco donde asoma ahora
el vacío, un verso, oscuro, te revelará.

 

LAS MANOS DE MI PADRE

Eran días en que la lluvia
calcinaba las aceras
y las manos de mi padre.


Se extraviaba en la niebla
el olor de los churros.
Calles enmohecidas aún por la noche
y el invierno roto en los escaparates.
Dentro de casa, la música inhalaba
la humedad en los ojos lacrados
de mi hermana. En la ventana,
mi padre, bajo el clamor de los cristales,
pensaba.

(¿en qué piensas?)



Alcanzábamos la Plaza
poco antes de misa.
Los niños del invierno corrían
perseguidos por el viento y la libertad.

Se acercaban al tablón ensimismados,
y en sus dedos, los sellos
temblaban como insectos.

Bajo los portales - bien lo sé -
el frío puede hervir en los rostros.

Los niños del invierno nos miraban.

Eran días en que la lluvia
aún no surgía de nosotros.

 

VOCES INVERTIDAS

Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band

The Beatles

 

Cuando pesa como un gozne
helado el invierno, y sufres por la luz
que se araña en ramas, a lo lejos,
y nunca entra del todo, y deja
apenas sobre un ángulo de la pared,
incisivo, el atisbo de otro tiempo.

Cuando la edad nos miente
bajo el anodino disfraz agridulce
y la pena baja a esa función nocturna
que entablan, frente al espejo,
el miedo y la razón.

Empuñar tu copa,
no otra cosa puede sosegarte.

Te has sentado, a la ventana,
a escuchar cómo chirrían
los viejos surcos del sargento Peppers.

También
en la nostalgia, el encuentro amargo
con ese otro hombre
que a la vez escucha estas canciones
al revés, y las canta y las borra
para dejarlas, como hermoso cadáver
sobre el tiempo,
éste otro, tuyo,
en que pesadamente miras hacia afuera.

Tiempo
de voces invertidas.

 

EL ÁNGEL DE CRISTAL

Defiéndeme
de esta caída de hojas,
de la súbita ausencia de mis sentidos.

Ha helado fuera
y yo he soñado ángeles muertos
sembrados como vidrios en pena.

¿Por qué me queda perderlo todo?

No me dejes nunca.

O seré un ángel caído
plantado en un jardín con niños.

Un juego afilado, una risa más alta,
y un crío se rasgará los ojos.

Verá súbitamente el mundo
ausente de hojas, sin sentido,
los ángeles de cristal del sueño último
bajo los descalzos gritos del alba.

Se preguntará por qué lo ha perdido todo.

No sabe que nunca tuvo otra cosa,
mas que orinarse y gritar:

"No me dejes nunca"

 

MONEDA PORTUGUESA

Sostengo en mi palma una moneda.
Me la entregaste una tarde lluviosa de abril,
frente al Museo Romano;
te desprendiste de ella como de un zapato viejo:
súbitamente pasó de tu bolsillo a mis manos.

En ellas sigue, moneda vieja portuguesa,
como divisa de nuestra amistad,
como óbolo oscuro donde se cifra, ahora,
un latido.

Vendrán los años, dejará -si es que algo vale-
de representar algún poder, el brillo antiguo
para el que fue acuñada, y el recuerdo
borrará en ella también nuestras fechas.

¿Adónde, finalmente, llegará?
¿En qué rincones, teñidos por el silencio
o la lluvia, quedará varada?
¿De qué bulliciosa mañana, alguna mano
experta, amorosamente sabrá rescatarla?

A su futuro dueño,
bien le valiera esta advertencia:

Déjala estar, así: pálida y hermosa,
mas sin utilidad posible.

Hay ríos de sumergida luz bajo su manto y cuerpos
que nunca alcanzaron el mar.

 

AMA CON NIÑA MUERTA
(Fotografía anónima de 1861)

Sus brazos sostienen,
ya sin cuidado, el traje inmune.
Reposa en él como dormida
la criatura.

El sueño atroz que la mece
no habrá de impedir su imagen.
Partido el rostro de la mujer,
sus obedientes manos alzan
hermoso el cuerpo sin edad.

Todavía en la estancia su imagen
reside, lejano aquel año
de mil ochocientos sesenta y uno.

La niebla – me dicen –
cubre hoy con su peso los albumes prohibidos.

Los retratos
a los que se asoman los muertos.

 

® Daniel Casado, 2002

De la ilustraciones:
"Retrato de William Blake" © Frederik Tatham
"Ángel" © Antonio Ruiz Ayuso
"Ama con niña muerta" © María Teresa Zubizarreta
"Moneda portuguesa", Anónimo

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