Sobre
Oscuro pez del fondo
Rafael
Morales Barba
Con sus
virtudes bien claras me llega al correo este Oscuro pez del fondo,
que el jurado del Adonáis ha sabido premiar y dejar en segundo
plano simultáneamente. Al menos en apariencia, porque no
es ningún demérito ser accésit del premio más
importante en español para poetas jóvenes. Y recordemos
que accésit significa el que está más cerca
del primero. No es un demérito, ni mucho menos, sobre todo
cuando se lee el prometedor poemario, todavía lleno de futuro,
del poeta que es, pero sobre todo del que puede llegar a ser Daniel
Casado (1975). Fundamentalmente si consigue afianzar la voz propia
y delimita su papel de lector aplicado de José Ángel
Valente, Antonio Gamoneda o Claudio Rodríguez, cuyos versos,
fórmulas y referencias, resuenan todavía. En ese sentido
su merodeo todavía no ha despegado completamente como hizo
Antonio Méndez Rubio en su salto hacia el trasluz o el lugar
que no existe desde Wallance Stevens, frente a cierto continuismo
de Ada Salas. O quien es ya un nombre de referencia, Vicente Valero,
que supo evolucionar desde su antiguo maestro, Antonio Colinas,
con la lectura del desasosiego existencial de Claudio Rodríguez
y el lenguaje de José Ángel Valente, hacia un recorrido
de interiores a través de los paréntesis de Francis
Ponge. Del diálogo de interiores y ficciones que Stevens
construyó como metapoema. Algo parecido le puede ocurrir
a este zambranista que, como todos esos poetas un poco mayores que
él, pero con los mismos modelos, necesita evolucionar hacia
la voz sin anclajes. Sea la ya insinuada por alguno de esos nombres
o hacia territorios indómitos.
Oscuro pez de fondo (2009), como hemos dicho, trae todos esos iconos,
junto a citas no menos significativas como la de los inquietantes
Alejandra Pizzarnik y Paul Celan, o del contemplativo y desolado
César Simón, entre otras. En ese sentido el libro
trae algunos guiños desde las citas hacia cierta poesía
del minimalismo, como la argentina, junto a otras más inusuales
en español como el excéntrico poeta portugués
que fue Al Berto o, aunque choque en ese contexto de patrones, el
poeta realista asturiano Víctor Botas. Lo cierto es que es
la voz de Valente a través del juanramoniano animal de fondo,
del limo y el cieno, de la derrota en definitiva con que nuestra
época vive el yo, la que abre el libro desde el poema que
da título al libro con su conmovida resignación y
desconsuelo. Lo marca y también le lleva hacia el poeta moral
que reprueba envidia, mentira, traición…y hacia una
actitud gnoseológica, indagadora y existencial, que se revela
en la autognosis y en cierto hermetismo de quien señala un
camino y se adentra en él entre incertidumbres y titubeos
emocionales. A veces cierto hermetismo, sólo a veces, pero
también talento para proponerse en esos parajes titubeantes
donde brilla una capacidad tropológica muy sugerente: con
el ramo de niebla de la vida o la larga noche de palabras vencidas.
En efecto, la diosa melancolía del hombre moderno que ya
no cree en la revelación, viene en el libro como un presente
que se opone a la esperanza de un hijo, Miguel, que sosiega el desconsuelo
y da sentido al omphalos u ombliguismo, por contarlo a la manera
de su maestro, con que cierto ensimismamiento nos recorre. De esa
forma el poemario trastoca el angustiado pathos que marca una mirada
distinta y no monocromática como la que venía desde
la reciente tradición de la poesía esencial. Ese eclecticismo,
a veces desconcertante para el lector, porta así esperanza,
ironía (Equilibrios), o una profunda delicadeza, menos ácima
y desconsolada que la valentiana, como demuestra el espléndido
Pájaro del olvido. En cualquier caso esa herida desde donde
dialoga con la vida tiene su deriva hacia la ternura (y reproches),
como en el magnífico Surcos, donde la memoria establece una
silenciosa estampa de silencios. Así también lo hizo
Vicente Valero en su momento con una mujer de negro, intemporal,
en los campos de Ibiza. Pero Casado ha establecido ahí un
diálogo que hace olvidar ese después de todo somos
las piedras del río. Enlaza así con toda una tradición
metafísica extremeña, zurbaranesca, a la que habrá
que hacer caso en ese sentido conmocionado y de pureza, soledades,
intimismos. No nos engañemos, no es un desconsolado sin más
lleno de clichés y lecturas, sino una voz fresca y honda
en el camino, que busca desde su biblioteca viva de lecturas y sentimientos,
la suya propia. La del solitario pensativo y desasosegado que dialoga
entre tu alma y la noche.
Obviamente en un libro tan rico de inquisiciones y disquisiciones
hay otros registros que miran hacia los lados como el conmovedor
Inmigrantes, Equilibrios…es decir, donde Casado muestra esa
vena solidaria y conmovida por el dolor ajeno, que es la base de
ese cristianismo que parece dejado a un lado, tal y como le ocurrió
a Claudio Rodríguez en la época del Don (tal y como
se puede comprobar incluso desde los poemas de la prehistoria del
zamorano), pero del que guarda parte de la cosmovisión. En
este sentido el libro muestra su eclecticismo de intimismos esenciales
y metafísicos (expresión que no le gusta a Mario Martín
Gijón), sabio y solidario, humano y donde cielo y fondo (no)
son el mismo naufragio. No cabe duda de que su lectura no se aparta
en este sentido de la de muchos de sus contemporáneos.