Miro mis manos y recuerdo las tuyas.
Firmes y seguras como una red de pescadores. Manos cóncavas,
profundas, manos sencillas. Era aquel otro tiempo y otro lenguaje
el de las manos. (Estos pequeños detalles el tiempo los acaba
exiliando de nosotros mismos).
Estaban tus manos frente a la cal desnuda de tu habitación,
tras el otoño manso que asomaba a la ventana. La amistad,
si toma cuerpo, razón de sí en algunos de nosotros,
será ya siempre en ti, Silvia. Mujer menguante que alcanzas,
en tu desfiladero de lágrimas, la altura de todos los Himalaya.
En tu sencilla compañía cruzaron los fuertes y fronteras
el agonizante niño y el adolescente turbio; tú los
trataste con exigencia de adulto. Ahora caminan perdidos por la
vida, y cada mañana sale un hombre - cansado, dicen, y viejo-
del gris marengo de los trajes para buscarles vanamente. Tal vez
aquellos de entonces seamos nosotros. No lo sé y no importa.
No es la felicidad lo que vuelve, es la aceptación de haber
sido felices un instante lo que reflejan mis manos, perdón,
tus manos. Las tuyas, Silvia, con las que escarvo y araño
la vieja cal de las paredes, en el alba de Almuñecar, en
adoquines mojados por la lluvia, sucia y triste, de Barcelona, entre
la rama fósil y la muralla viva de Trujillo, escarbo y son
tus manos, las nuestras, de entonces.
Manos cóncavas, profundas, Silvia, manos sencillas.
Daniel Casado, navidad
de 2004